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Entrevistas: Gloria Muñoz: la
maravilla cotidiana de la lucha
zapatista
por
Gabriel Caparó
Conversación con la
periodista mexicana Gloria Muñoz
Ramírez, autora del libro EZLN
20 y 10: El fuego y la palabra:
«En la medida en que les
preguntamos a los zapatistas
hacia dónde van y nos responden
"no sé", nos meten en una
responsabilidad enorme de
construir junto a ellos lo que
definamos como propuesta»
Gloria Muñoz desanduvo los
pasillos de la Casa de las
Américas cual senderos de la
Selva Lacandona, subió y bajó
escaleras como si atravesara
comunidades indígenas y luego
desapareció, quizás en la misma
bruma que resguarda a los
zapatistas en Chiapas. Pero los
días que estuvo en La Habana
alcanzaron para conversar sobre
la invitación a participar en
Casa Tomada, II Encuentro de
Jóvenes Artistas y Escritores de
América Latina y el Caribe, y
para conocer de cerca su
experiencia de vida en las
comunidades zapatistas, en las
que habitó casi ocho años.
«El acontecimiento previo a esta
invitación de la Casa de las
Américas, es el Premio José
Martí que me dan en el 2005 por
un trabajo sobre la autonomía en
las comunidades indígenas
zapatistas», recuerda Gloria.
«Esta fue la primera sorpresa,
porque yo tenía muy poco
conocimiento del interés que
pudiera generar el zapatismo en
Cuba. El hecho de que premiaran
un trabajo sobre el movimiento
zapatista para mí ya era una
sorpresa, y que fuera mío, pues
mucho más todavía», sonríe la
periodista mexicana.
La frase de Gloria despierta
memorias, la cuenta de los años
regresa y sobrevuela dos
décadas, cuando el desplome del
socialismo eurasiático provocó
un desconcierto en la izquierda
mundial y aquellos que
mantuvieron la esperanza se
preguntaban dónde renacería la
utopía. Poco tiempo después
apareció una respuesta en la
mitad del continente americano:
el mismo día que México se
disponía a entrar en el primer
mundo —publicidad que antecedió
a la firma del Tratado de Libre
Comercio con los Estados Unidos
y Canadá el primero de enero de
1994—, el país de Zapata y Villa
amaneció con una rebelión
protagonizada por un ejército de
miles de indígenas que tomaron
siete cabeceras municipales del
estado de Chiapas.
No era cuestión de aguar la
fiesta por aguarla. Era para
recordar que muchos, muchísimos
mexicanos y mexicanas iban a
quedar fuera del festín "primermundista",
porque llevaban ya siglos fuera
del mundo; para recordar que aún
quedaban demasiados en México
sin otra opción que recurrir a
las armas para demandar trabajo,
tierra, techo, alimentación,
salud, educación, independencia,
libertad, democracia, justicia y
paz.
«Por primera vez, pueblos
indígenas diferentes —tzotziles,
choles, zoques, mames,
tojolabales, tzeltales…— estaban
juntos en una insurrección; esto
no había pasado nunca antes. Por
primera vez hay un movimiento
revolucionario que consigue unir
a todos estos pueblos indígenas
con culturas diferentes, con
percepciones diferentes»,
destaca Gloria.
La noticia fue toda una sacudida
en los noticieros cubanos, pero
un sismo que duró muy poco:
apenas días después de aquel
enero de 1994, sobrevino el
silencio en la Isla con respecto
a los acontecimientos que
dibujarían un pedazo de historia
en la América Latina rebelde.
Sin embargo, muchos en Cuba
hicieron todo tipo de malabares
para encontrar información sobre
el conflicto, otros desplegaron
su solidaridad —sobre todo
mediática—, pero algunos
llegaron incluso a aterrizar en
plena zona de conflicto para
llevarles a los zapatistas un
mensaje de aliento, un abrazo
desde Cuba.
«He tenido una relación de
intercambio y afectiva con
compañeros de aquí de Cuba que
han estado en Chiapas —dice
Gloria y me regresa a la
realidad—, compañeros que se han
interesado en el movimiento, que
lo han llevado a espacios de
revistas y talleres en Cuba».
La inquieta y sonriente
escritora mexicana ha regresado
a Cuba y parece como si trajera
de vuelta el mensaje de aliento,
un abrazo donde cuenta el ahora
del zapatismo, cómo marcha el
nacimiento de un nuevo mundo,
mejor y posible, en los que ya
pueden llamarse territorios
autónomos. "El zapatismo
—advierte— no pretende ser un
micromundo ideal que se plantee
la desconexión con el exterior,
creando sus escuelitas, sus
hospitales, sus cooperativas de
comercio, para hacer un mundo
nuevo. No, de ninguna manera. El
zapatismo se concibe dentro de
un país y de un mundo, con
luchas y resistencias similares.
El reto desde 1994 ha sido
vincular estas luchas, estas
resistencias de México y del
mundo".
¿Cómo reaccionaste ante la
invitación a participar en Casa
Tomada?
—La invitación de Casa de las
Américas a Casa Tomada es todo
un honor. Yo tengo una relación
con Cuba y con la Casa de las
Américas que viene desde hace
veinte años. En el año 1990
vengo por primera vez a Cuba y
regreso en el 91, en el 92, en
el 93, siempre de visita por la
Casa de las Américas. Hace diez
meses estuve aquí y tuve la
oportunidad de participar como
público en diferentes
actividades. Esta relación es
parte de mi historia y de mi
formación, así que la invitación
la tomo desde ese lugar: me está
invitando un espacio al que yo
he ido como público y como
admiradora; y tiene un
significado muy especial para mí
desde el punto de vista afectivo
e intelectual, porque me provoca
la institución, me provoca su
revista, me provoca lo que aquí
se dice… y siempre una
provocación es buena. Así que el
hecho de que esté invitada a
participar del otro lado de la
mesa, para mí es muy
significativo.
¿Qué expectativas te causó la
idea de un encuentro de jóvenes
latinoamericanos y caribeños?
—Que este evento sea el cierre
por la celebración de los
cincuenta años de la Casa de las
Américas es un ingrediente más a
la satisfacción que tenía por la
invitación. Sabía que me estaban
invitando también como
periodista conocedora del
movimiento zapatista y cercana a
él. A partir de ahí comienzo a
pensar qué voy a decir, y desde
dónde lo voy a decir. Venía como
periodista a hablar, no por un
movimiento, sino sobre un
movimiento: eso debía quedar muy
claro también. Bueno, hablar de
zapatismo en Italia es muy
fácil, pero hablarlo en Cuba
tiene otro significado. Entonces
empecé a plantearme ese tipo de
inquietudes desde el momento en
que recibí la invitación.
Vienes, como conocedora de un
territorio en resistencia, a un
país que también conoces y que
también está en resistencia.
¿Puedes hermanar estas dos
resistencias de algún modo?
—Es una pregunta sumamente
difícil, pero te voy a contestar
desde lo que propone el
movimiento zapatista, que es —y
esto es muy importante— un
movimiento anticapitalista, un
movimiento contra el
neoliberalismo que impera, un
movimiento por la justicia, por
la igualdad; es un movimiento
que se da en un contexto no solo
de pobreza en México, sino de
desprecio y de olvido hacia las
minorías, que juntas son
mayorías.
»En mi formación yo paso primero
por Cuba y luego por Chiapas.
Como te dije, yo vine cada año
desde 1990 hasta el 93; justo en
el 94 dejé de venir a Cuba, lo
cual es muy significativo porque
ya teníamos una resistencia en
México, ya teníamos también un
motivo de permanencia y de
inspiración propia. No teníamos
que estar buscando revoluciones
y resistencias en otros lados:
se estaba gestando una en
nuestro propio país. Y debíamos
no solo observarla, sino tratar
de entenderla y, en la medida de
lo posible, que nos dejaran
involucrarnos. Desde luego, Cuba
seguía siendo un motivo de
inspiración, como lo sigue
siendo ahora, como lo son las
cosas que se dan contra viento y
marea. Si quieres una similitud
entre Chiapas y Cuba, esa es
una: aun contra viento y marea
las cosas son posibles. Es algo
muy palpable en estas dos
resistencias.
»Cuando venía a Cuba, en medio
del Período Especial, me decía
"esto no va a sobrevivir"; se me
hacía una locura todo: la gente
en bicicleta por las calles, los
apagones, la falta de comida… Me
decía: "¿de qué va a vivir esta
gente?, ¿hasta dónde este pueblo
va a resistir?". Y sin embargo,
aquí están. Con Chiapas pasa de
manera mucho más precaria en las
comunidades indígenas, pero es
la misma sensación: ¿cómo es
posible que estén haciendo esto
en medio de tanta adversidad?
»También está el referente. El
movimiento zapatista tiene, como
cualquier movimiento en el
mundo, sus referentes; dos de
ellos son la Revolución cubana y
el Che: tú vas a cualquier
comunidad zapatista y te
encuentras diez Ches por
comunidad. Y no es solo su
imagen, es su significado como
formador, como paradigma, como
horizonte. Es una figura
sumamente importante.
»En los pueblos zapatistas
hablan mucho del pueblo cubano.
Se refieren a una hermandad muy
grande con el pueblo cubano, e
incluso en el 2006 —viniendo de
un pueblo zapatista que nada
tenía y en una acción poco
difundida en Cuba—, tuvieron un
gesto de solidaridad de los
pueblos zapatistas con el pueblo
cubano. Esto es una similitud
con Cuba: la solidaridad desde
el más pequeño, cuando el que
nada tiene es el que te ofrece.
»Yo estoy en las comunidades en
ese momento, y a mí lo que me
toca ver es cómo la señora, los
señores, los ancianitos, los
niños, todos vienen bajando con
un kilogramo de maíz en sus
manos y se hacen unas filas
enormes de miles de personas
cargando su kilo de maíz. Eso
para mí fue muy significativo.
Hay un documental que muestra
esta acción, absolutamente
simbólica, pero que era además
la primera acción pública de un
movimiento —que insisto, nada
tiene— hacia otra resistencia,
como tú la llamas, aquí en Cuba.
Fue todo un gesto de
hermanamiento público preparar
este cargamento que se entrega
en Veracruz y que después ya no
sabemos su destino».
Supimos de esa acción por los
comunicados del EZLN. El Centro
Memorial Dr. Martin Luther King,
Jr., en La Habana, hizo una
celebración del gesto solidario,
con trovadores y tamales. E hizo
además una hermosa carta de
agradecimiento a las comunidades
zapatistas, que fue publicada en
La Ventana.
—Nos hubiera dado mucho gusto
saberlo en México, porque para
los que tenemos el corazón
dividido entre Chiapas y Cuba
era un momento de unión muy
particular. Porque, además,
después de una década del
alzamiento se habían dado, de
uno y otro lados, muy pocos
guiños, muy pocas señales, pero
que tampoco hacían mucha falta:
se sabe de qué lado late el
corazón. En esos años empieza
una serie de saludos que hasta
la fecha perduran.
»Otra sincronía de los dos lados
es la identificació n del
enemigo. El zapatismo es un
movimiento anticapitalista. Cuba
lo es también. El enemigo no es
una persona, no es un gobierno,
sino un sistema. En México, me
atrevería a decir que hoy el
movimiento que más claro tiene
esto es el zapatista».
EMPEZAR A VIVIR
En el año 2003, en vísperas del
veinte aniversario de la
fundación del EZLN y del décimo
de su alzamiento, el
subcomandante insurgente Marcos
escribió:
(...) una mujer de profesión
periodista acabó, no sin
dificultades, por brincar el
complicado y espeso muro del
escepticismo zapatista y se
quedó a vivir en las comunidades
indígenas rebeldes. Desde
entonces compartió con los
compañeros el sueño y el
desvelo, las alegrías y las
tristezas, los alimentos y sus
ausencias, las percusiones y los
reposos, las muertes y las
vidas. Poco a poco los
compañeros y compañeras la
fueron aceptando y haciéndola
parte de su cotidianeidad. No
voy a contar su historia. Entre
otras cosas, porque ella
prefirió contar la historia de
un movimiento, el zapatista, y
no la propia. [1] Se refería,
obviamente, a Gloria Muñoz
Ramírez. Tres años después de
iniciado el conflicto armado, la
periodista "…dejó su trabajo, su
familia, sus amigos", hizo
silencio y volteó su vida hacia
las comunidades zapatistas. Tal
vez ya le fastidie responder
siempre la misma pregunta, pero
ella es comprensiva y sonríe,
como si lo esperara.
¿Cuál fue el detonante que te
hizo dejarlo todo y radicarte en
las comunidades?
—Antes te cuento una pequeña
historia. Yo llego a Chiapas el
3 de enero de 1994 enviada como
periodista. Llego totalmente
inexperta a la cobertura de una
guerra, con una formación
política atravesada por Cuba y
por una tendencia progresista en
México, pero que tampoco
encontraba dónde ubicarse, no
encontraba el espacio de
expresión. Era más fácil marchar
frente a la embajada de los
Estados Unidos en México en
solidaridad con Cuba, que tener
una propia lucha en México,
sobre todo un espacio en el que
yo me sintiera representada o
reflejada.
»Llego así a la cobertura de la
guerra en Chiapas, a la
irrupción de un ejército
indígena en armas. Para nosotros
fue realmente explosivo, y no
empezó con un discurso ni con
cuentos del viejo Antonio:
empezó con la guerra. Esto
siempre hay que recordarlo. Con
toda la ingenuidad, torpeza e
ignorancia del mundo fui dando
los pasos para conocer lo que
estaba pasando, muchas veces por
intuición, sin ninguna
experiencia, sin saber por dónde
iba ese movimiento, por dónde
verlo en medio del caos y de la
guerra.
»Muy poco tiempo después la fase
de la guerra, de los
enfrentamientos directos, pasa a
un segundo plano y viene toda la
parte discursiva, la parte de la
palabra, del diálogo, del
encuentro. Y es ahí donde me
siento sumamente reflejada en un
discurso, en una propuesta que
no nos ofrece un manual, sino
que habla del caminar
preguntando, que habla de la
consulta, que convoca a todos,
que es incluyente. Desde muchas
vertientes me sentía
identificada, aunque no sé si
esa era la intención del
movimiento zapatista, no sé si
ellos estaban tan conscientes de
todo lo que iban a provocar en
materia de identificaciones.
»Bueno, así me la paso tres
años: 1994, 1995 y 1996,
entrando y saliendo de las
comunidades, tratando de
entender qué era lo que estaba
ocurriendo. Yo tenía una duda
muy básica y muy ingenua
también: el movimiento zapatista
nace el 17 de noviembre de 1983.
Durante diez años se mantuvo en
la clandestinidad. Son diez años
de formación, de crecimiento, de
ir persona por persona, casa por
casa, familia por familia,
creando esta base de apoyo que
después conoceríamos como EZLN.
A mí este período de los diez
años me quedaba totalmente
lejano, me preguntaba ¿qué es
esto? Porque platicadito así,
por Marcos o por los comandantes
sonaba muy bonito, ¿no?, pero
fueron diez años. Y yo me
preguntaba: en esos diez años,
¿dónde estábamos todos los
demás?, ¿dónde estaba nuestra
cabeza, nuestro pensamiento,
todo, cuando había un ejército
en ciernes en el sur de mi país?
»Entonces eran diez años que se
me escapaban, que no podía
entender porque no tenía ningún
elemento para hacerlo. Esa era
una de las dudas primarias que
me hacen quedarme durante cada
vez más tiempo en las
comunidades, tratando de
comprender ese proceso
fundacional del EZLN, sobre todo
al nivel de las comunidades:
cómo empezaron a armarse, cómo
eran los talleres donde hacían
los uniformes… Y todo esto
ocurría mientras uno estaba
estudiando inglés y computación,
porque ya íbamos a pasar al
primer mundo. Era un choque muy
fuerte.
»Pero pasó algo. Yo trabajaba
para tres medios de
comunicación, y siempre tenía
que salir de las comunidades a
dejar una nota de prensa, a
dejar un cable… y a lo demás:
pagar la renta, pagar la luz,
pagar el teléfono, y estas cosas
cotidianas. Todo esto
interrumpía un proceso de
acercamiento, de confianza, de
entendimiento con las
comunidades —que ya no eran tan
abstractas: ya era una familia a
la que yo iba a ver allá; las
personas comenzaban a tener
rostro para mí en estas
comunidades—. Así que paso cada
vez más tiempo dentro y cada vez
le veo más inutilidad a salir a
cobrar un cheque, a pagar la
renta o a dejar una nota.
Además, ya esa nota no me decía
nada; si a mí misma no me decía
nada, ¿qué le iba a decir a los
demás? Era una nota de rutina,
de agencia, que al otro día iba
a ser vieja y que ya no me
estaba diciendo absolutamente
nada.
»Hasta que en cierto momento
decido dejar de interrumpir esos
períodos en los que permanecía
más tiempo en las comunidades.
Al principio fue un mes, luego
dos, tres meses hasta que decidí
dejar los compromisos que tenía
fuera y solicitar un permiso
para permanecer por tiempo
indefinido adentro. Esto podía
ser dos meses, quince días, seis
meses o un año. Y fueron cerca
de ocho años».
¿Fue una decisión difícil, o ya
te sentías preparada?
—Fue un proceso totalmente
natural, carente de todo
estoicismo, del mito de "me voy
a meter en las comunidades y
abandono lo urbano". Mentiría si
te lo contara como el sacrificio
de mi vida y la gran renuncia.
Todo lo contrario, no fue ni una
renuncia ni un sacrificio: fue
un proceso muy natural que se da
entre estas comunidades que ya
yo conocía y mi necesidad de
permanecer más tiempo, nunca
planteándome cuánto tiempo. Lo
único que sabía es que no tenía
que tener ningún compromiso
laboral. Los años se fueron
pasando y dejé de escribir; no
solo de publicar, también dejé
de escribir. No sé en qué
momento dejé de grabar, de tomar
notas, de apuntar, de preguntar.
Y empecé a vivir.
»Hay una imagen que yo uso mucho
para relatar este momento. Los
zapatistas bailan mucho, siempre
están en continuos bailes, es un
movimiento muy alegre; y yo
cubría periodísticamente todos
esos bailes, ya fuera en el
aniversario del alzamiento, o de
la fundación, o de la autonomía,
o sea, mil cosas que eran un
pretexto para bailar. Los
periodistas rodeábamos el baile
y escribíamos la crónica; así
era todo el tiempo. No te daba
tiempo —ni gusto— de tararear la
canción y mucho menos de
bailotearla. Y a mí de pronto me
daban ganas de bailar, de
aplaudir y de gritar ¡viva!,
pero también quería escribir,
entonces ¿qué hago? Y hay un
momento en que decido bailar. La
premura de escribir para
entregar una nota ya no se me
hizo tan importante. Entonces
dejé de apuntar, dejé de grabar
y me puse a bailar,
literalmente.
»No sé si ese aspecto lúdico sea
políticamente correcto —porque
le resta estoicismo y algo de
consigna que allí no había—,
pero estar allí fue y sigue
siendo una experiencia
totalmente gozosa, aun con los
momentos críticos de
militarizació n, de
paramilitarizació n, de
precariedad extrema. Es que el
gozo que tienen ellos por la
lucha y por la cotidianidad de
esa lucha es sumamente
contagioso, y por eso me sentía
privilegiada. Así que durante
más de siete años dejo de
escribir y de publicar».
¿Qué hacías en las comunidades?
—Pues hacer tortillas, trabajar
la milpa, hacer periódicos
murales, escuchar cuando me
dejaban escuchar, participar en
la vida comunitaria… Y dejar de
hacer preguntas, porque todo te
llegaba: cuando dejas de
preguntar te empiezan a hablar.
Entonces empecé a platicar: dejé
de entrevistar y comencé a
platicar.
»No me planteaba salir. Cada vez
menos tenía esa inquietud de en
qué momento voy a salir y cómo.
Incluso tuve algunas
enfermedades de acoplamiento,
como fiebre tifoidea, paludismo,
cólera, todo lo que te puede dar
en condiciones de insalubridad y
de falta de alimento, que es
como viven las comunidades
indígenas. Yo me decía, bueno,
si ellos viven así, ¿por qué una
no?
»Pero también ahí viene una cosa
que quiero dejar clara: en
ningún momento me planteo
convertirme en indígena, ni
dejar mi ser mestizo para
transformarme en otra persona
que no tiene que ver conmigo ni
con mi historia. Eso me relajó
mucho y me permitió estar allí
más de siete años sin salir.
Porque no me importaba no
caminar descalza, porque no
podía; me fastidiaba el lodo y
tenerlo por todos lados. Tenía
una vida de la que no me
avergonzaba; es decir, no vivía
con culpas, sino con
motivaciones, que son las que
sigo teniendo. Eso es lo que me
permitió vivir, burlarme de mí
misma, de mi situación, que
tenía bastantes aspectos
cómicos, porque era una mujer
urbana con una fragilidad
física… o sea, no caminaba,
porque en la ciudad tampoco
camino nunca, y ahí tienes que
caminar a fuerza. Entonces,
bueno, pues a caminar, si de eso
se trataba; ¿a comer frijol?,
bueno, pues a comer frijol; ¿te
enfermas?, pues te dan la
pastilla y te la tomas. Es un
proceso de adaptación que tiene
que ver con la maravilla
cotidiana de la lucha zapatista».
Adaptación que incluye construir
una confianza mutua, ¿no?
Conversando con amigos que han
estado en comunidades zapatistas,
nos divertíamos con los cuentos
de que les fue bastante difícil
lograr que los niños les dijeran
sus nombres, por ejemplo…
—Hay que tener en cuenta que
ellos venían de diez años de
clandestinidad, diez años de
mentiras: todo era mentira en la
comunidad durante esos diez
años; eso después lo entendí.
Los niños están acostumbrados a
no decir nombres, ni quiénes
son, ni quiénes son sus papás.
Yo recuerdo una imagen. Tú
podías tener un cartel, o una
camiseta, o una postal del
subcomandante Marcos y les
preguntabas "¿quién es él?, ¿es
el subcomandante Marcos?". Y
ellos te respondían: "a saber…".
Y podías insistirles: "él es, él
es el subcomandante Marcos", que
ibas a recibir por respuesta:
"no". "Que sí es, ya es público,
es él". "Yo no sé", terminaban
diciéndote. Entonces, bueno, era
algo muy fuerte, la discreción
de la clandestinidad, el
cuidado, la seguridad con que
habían crecido y que había hecho
posible que llegaran a ser lo
que hoy son. Eso después fue
quedándome más claro.
Después de todos aquellos
primeros años con una presencia
mediática muy fuerte —sobre todo
con iniciativas de apropiación
del ciberespacio y también de
los medios tradicionales—, el
zapatismo fue cada vez más
silencioso, a medida que empezó
a poner en práctica ese mundo
otro y posible con el que soñó y
por el que ha batallado
arduamente. ¿Qué riesgos supone
para el zapatismo ese tránsito
de los medios al silencio?
—Sin dudas, los dos momentos que
marcas han sido muy
significativos. Este momento
actual de organización y de
consolidación del proyecto es
mucho más "verdadero" que los
momentos mediáticos que tuvo el
EZLN. Me atrevería decir también
que sin estos momentos
mediáticos no hubiera sido
posible la construcción
posterior. Todos los que
acudimos a la selva en esos años
creo que construimos un cierto
aro protector para que el
proyecto pudiera ser posible y
desarrollarse. Fue también una
cuestión de seguridad, el
mantenerse tan visibles.
»Era primero presentarse ante el
mundo: "esto somos, esta es
nuestra base, esto pensamos" y
todo el esfuerzo posible
dedicado a eso: los eventos, las
entrevistas, el contacto, la
llegada de mil periodistas a
invadir las comunidades. Era
ofrecer una presentación, y con
ella la legitimidad del
movimiento, y con esa
legitimidad poner una barrera
protectora ante el asedio
militar y paramilitar que hasta
el día de hoy se sigue gestando;
aunque que por alguna razón —que
tiene que ver con esos primeros
años en los que fueron muy
visibles— no se ha podido
implementar una ofensiva militar
contra el EZLN tan grande
después de la del 9 de febrero
de 1995. [2]
»Ya no eran solo los periodistas
quienes los protegían, sino que
había una gran cantidad de
figuras, artistas,
intelectuales, campamentos
civiles de prácticamente los
cinco continentes; tú llegabas y
te encontrabas, como te sigues
encontrando, gente de África, de
Asia, de Europa, de América
Latina, principalmente de
Argentina. Toda esta cuestión
mediática de darse a conocer y
de protegerse permitió la
construcción del proceso de
autonomía. Pero el proceso de
autonomía arranca en 1994: el 19
de diciembre de 1994 ellos dan a
conocer las nuevas demarcaciones
municipales autónomas de estas
cinco regiones zapatistas.
»Paralelamente a todas estas
actividades mediáticas, con
reflectores, flashes y toda la
parafernalia del mundo, ellos
están construyendo en silencio,
eso nunca se detuvo. En 1994 y
1995 empiezan a funcionar las
primeras escuelas, los primeros
centros de salud comunitarios,
empiezan a explorar nuevas
formas de comercializació n,
principalmente con el café,
empiezan los talleres de calzado
para su consumo y para
comercializació n.
»Todo esto hay que verlo en tres
planos: está el plano del
Intercontinental, [3] del gran
encuentro; el plano de mantener
la negociación con el Gobierno,
que también daba esta
visibilidad y les permitía
comunicarse con el exterior, con
otros movimientos, con la
sociedad civil; y al mismo
tiempo el plano de construir
casi imperceptiblemente las
autonomías, que se anuncian en
el 2004 con el nacimiento de las
Juntas de Buen Gobierno, pero
que ya cuando las formalizan
tenían diez años trabajándolas.
Y las formalizan porque cuando
en el Congreso les niegan los
derechos y la cultura indígenas
en una ley,[4] lo que ellos
deciden es practicarlos,
anunciar un proyecto que ya
venía construyéndose con cinco
autogobiernos que tienen que ver
con regiones indígenas
distintas: tzotziles, choles,
zoques, mames, tojolabales y
mestizos.
»Este dato es importante: por
primera vez todos estos grupos
indígenas estaban juntos en una
insurrección, esto no había
pasado nunca antes. Por primera
vez hay un movimiento
revolucionario que consigue unir
a todos estos pueblos indígenas
diferentes, con culturas
diferentes, con percepciones
diferentes, que aunque vengan de
origen común maya tienen
cosmovisiones distintas.
»Así nos podemos explicar la
demarcación de los cinco
Caracoles, porque la educación
en los altos de Chiapas,
habitados por tzotziles, no
puede ser la misma que la región
de la selva fronteriza, que es
tojolabal, ni la misma que la
región tzeltal, porque ven de
manera diferente las cosas. Y la
autonomía empieza desde adentro.
Por eso no puede haber un
programa de educación zapatista;
no lo hay, porque los tzotziles
piensan de una manera y los
tojolabales de otra, los
mestizos de otra y los zoques de
otra. Entonces cada uno va
haciendo su programa educativo,
su programa de salud, sus
maneras de comercializació n,
sus métodos ancestrales de
siembra…
»Así es como se da este proceso
de autonomía, como llegan al
anuncio de las cinco regiones
autónomas con casi cuarenta
municipios autónomos, cada uno
de ellos con varias comunidades
que juntas suman más de mil, y
les calculamos más de 100 000
personas organizadas.
»Hay un momento de menor
visibilidad, como tú lo apuntas;
hay un riesgo y una fragilidad
en este proyecto que no se
plantea de ninguna manera el
aislamiento. Ahí está todo el
reto permanente de encontrarse,
de vincularse, de dialogar, de
conocer, de aprender del otro; y
los encuentros no paran. Ahora
son menos mediáticos, pero
siguen —en el pasado verano hubo
uno contra la impunidad para el
que llegó gente de todo el
continente—, en cada aniversario
hay fiestas, con coloquios, con
la convocatoria de mucha gente y
de pensamientos que sigan
generando esta construcción de
la que dependemos todos».
EL FUEGO Y LA PALABRA
El fragmento del subcomandante
Marcos, citado antes, se incluyó
en el prólogo al libro EZLN 20 y
10. El fuego y la palabra
concebido con motivo del doble
aniversario que el EZLN celebró
el 17 de noviembre de 2003 y el
1º de enero del 2004. En la
presentación del volumen, el
líder zapatista explicó:
Hace dos años […] vi una especie
de botella gorda, como una olla
de boca angosta. Era de barro,
creo, y estaba forrada con
pedacitos de espejo. Al reflejar
la luz, cada espejito de la
olla-botella devolvía una imagen
particular. Todo a su alrededor
tenía en ella su reflejo
singular y, al mismo tiempo, el
conjunto semejaba un arco iris
de imágenes. Era como si muchas
pequeñas historias se unieran
para, sin perder su ser
distintas, formar una historia
más grande. […] Si pudiera
sintetizar este libro en una
imagen, nada me vendría mejor
que la de la olla-botella
forrada de pedacitos de espejo".
[5] Nos quedamos en que habías
dejado de escribir. ¿Cómo lo
retomas después? ¿Cómo surge el
libro EZLN 20 y 10. El fuego y
la palabra?
—Cuando me quedo de manera
permanente en las comunidades
indígenas no estoy pensando en
determinado tiempo, pero después
de ocho años viene justamente el
aniversario veinte de la
fundación del EZLN y el décimo
aniversario del levantamiento.
Nosotros en la comunidad, en los
talleres que hacíamos,
preparábamos unas hojitas que
pensábamos engrapar y repartir
en las comunidades que nos los
permitieran. Esas hojitas
después serían el libro EZLN 20
y 10. El fuego y la palabra.
Realmente esa es la historia del
libro.
»Nosotros usábamos piedras: les
poníamos pegamento a las copias
fotostáticas y las dejábamos
durante dos días con piedras
encima para que pegaran, y esos
eran nuestros folletos. Todo
esto es el preámbulo de lo que
después va a ser el libro.
Cuando llega el momento de los
aniversarios, con los compañeros
y compañeras con los que me
encontraba decidimos proponerlo
no solo desde las comunidades
sino desde la comandancia como
un material que podría ser de
estudio o conmemorativo a nivel
interno. Queríamos hacer unas
cincuenta copias y ponernos a
trabajar todos de manera
artesanal para que llegaran diez
a cada región. Esa era la
propuesta inicial.
»Simultáneamente, en la ciudad
ya se estaba trabajando en la
campaña de celebración. Y un
grupo de personas se plantea una
serie de festejos que incluían
un libro que fuera como una
bitácora de lo que habían sido
esos primeros diez años. Pero
esa bitácora ya nosotros la
teníamos, al menos su esqueleto,
la habíamos formado en talleres
y es la que da forma al segundo
capítulo del libro: el
transcurrir de los primeros diez
años públicos. Cuando lo
presentamos y nos lo aceptan,
dijimos: "Ah bueno, ya que nos
lo aceptan, ¿por qué no hacemos
además unas entrevistas para
cubrir los diez primeros años
—que es el primer capítulo del
libro— y luego una entrevista
con Marcos ya a nivel de
conmemoración, para que haga un
balance de estos veinte y diez
años?"
»La revista Rebeldía me invita a
participar en estos festejos y a
colaborar directamente en la
campaña; no solo en la
elaboración del libro, sino en
la organización de la campaña a
nivel musical, de recopilación
de fotografías y carteles, y una
serie de cosas que se hicieron:
mesas redondas, conciertos… Es
el momento en que digo, bueno,
parece que toca salir».
¿Cómo viviste esa salida de las
comunidades?
—Fue menos natural, menos
aterciopelada que la entrada
—que tarda tres años: son tres
años entrando y saliendo de
estas comunidades hasta que me
quedé—. La salida fue más
abrupta: fue irme a una campaña
y de pronto encontrarme en
París, en Milán, en Buenos Aires
y ahora en Cuba, hablando de
zapatismo.
»Fue más abrupta, menos
esperada, seguramente menos
deseada; pero también supone,
desde el punto de vista
individual, la terminación de un
ciclo en donde ya tenía, no que
volver a escribir, pero sí que
devolver un poquito de lo que ya
conocía, y no nada más
devolverlo, sino hacerlo sin que
significara ninguna
representació n.
»Esto es muy importante decirlo
en cada espacio: cuando hablo de
zapatismo yo no tengo ninguna
representació n de las
comunidades y mucho menos del
EZLN; hablo desde lo personal,
gracias a que ellos me
permitieron estar cerca, conocer
una experiencia y después
reflejarla en un libro y
difundirla, hasta ahorita, en
más de veinte países en el
mundo».
Entonces, Gloria, según tu
criterio y sin que implique
representació n alguna, ¿hacia
dónde crees que va el zapatismo?
—Tenemos toda la incertidumbre
que puede provocar una apuesta
política de esta naturaleza. Lo
que yo te podría decir desde
México es que en este momento no
tenemos otra propuesta
anticapitalista en el país, no
tenemos una representació n
partidaria que vaya en contra de
las políticas neoliberales.
Entonces lo que estamos tratando
de hacer es construir otra cosa.
¿Qué es esa otra cosa y hacia
dónde va? También me lo pregunto
y también me inquieta. En la
medida en que también se lo
preguntamos a ellos y ellos nos
dicen "no sé", nos meten en una
responsabilidad enorme de
construir junto a ellos lo que
vayamos a querer como propuesta.
Lo que sí te puedo decir es que
lo que tenemos a nivel
partidario e institucional no
nos representa a grandes
sectores del país.
Los zapatistas siempre han sido
"incómodos", o si se mira desde
otro lado, siempre nos
sorprenden.
—Es que no me negarás que tienen
una facilidad para caer mal. Y
no lo veo como algo negativo. El
hecho de que no logren
encasillarlos, acomodarlos y
etiquetarlos a mí me parece un
logro. Claro, cuando hablo de
incomodidades me refiero a
ciertos sectores. Por supuesto a
otros esta falta de etiquetas y
de categorizaciones es lo que
nos motiva y nos acerca a ellos,
porque decimos "ah, pues yo
también estoy así, porque yo
tampoco quiero categorías". Los
zapatistas dicen: "Déjennos ser,
somos zapatistas", con toda la
responsabilidad que eso conlleva
y la polémica que causa.
»Me voy a detener en un momento
clave, y es la marcha del 2001:
el momento climático de la
movilización zapatista en todo
el país.[6] Podemos imaginar un
millón de personas en el Zócalo,
la primera movilización de esta
naturaleza en el país sin
gestión oficial, ni partidaria,
ni nada, la gente organizándose
sola: la gente poniendo de su
bolsa, la gente organizando los
camiones… En sí misma, la
organización de esta
movilización es todo un evento
inédito en el país. Pero,
además, los zapatistas tienen el
Zócalo lleno, esa plancha
inmensa a reventar y todas las
calles aledañas absolutamente
atiborradas de gente que los va
a escuchar. Y suben los
zapatistas al estrado y lo
primero que dicen es: "México,
no venimos a decirte qué hacer,
no venimos a guiarte a ningún
lado; venimos a pedirte
humildemente, respetuosamente,
que nos ayudes".
»¡Uy!, se oye muy bonito, muy
poético, pero los partidos se
dieron de topes; dijeron:
"Bueno, pero si aquí estaba todo
para que organizaras,
estructuraras, propusieras,
dijeras vamos a hacerlo de esta
manera", porque además muchos
llegaron para eso: "Dinos qué
hacer, no nos digas no venimos a
decirte qué hacer". Era
anticlimático. Y eso fue lo que
nos dijeron: "no venimos a
decirte qué hacer". Es un
momento muy significativo, que
puede ejemplificar muy bien la
manera en que los zapatistas se
proponen construir, pero no
solitos, sino junto a nosotros».
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Notas:
1. "Un tapiz-espejo disfrazado
de libro", comunicado del
Ejército Zapatista de Liberación
Nacional, fechado en octubre de
1993.
2. El 9 de febrero de 1995, el
gobierno del entonces presidente
Ernesto Zedillo —posesionado
solo un mes antes—, tras
construir un discurso de paz y
desplegar promesas de diálogo y
negociación, lanzó una ofensiva
militar contra el EZLN al tiempo
que ordenó la captura de sus
líderes. La ofensiva fracasó en
su objetivo principal, pero
cerró el cerco a las tropas
insurgentes e inauguró una
política de guerra de baja
intensidad.
3. En 1996, el EZLN convocó al I
Encuentro Intercontinental por
la Humanidad y contra el
Neoliberalismo, conocido además
como "el Intergaláctico",
realizado en julio de ese año y
al que asistieron unas 4 000
personas de todo el planeta para
debatir las consecuencias
económicas, políticas, sociales
y culturales del neoliberalismo.
Sería el germen de lo que hoy
conocemos como "movimiento
altermundista".
4. En 1995, el EZLN y el
gobierno mexicano comenzaron un
proceso de construcción de
propuestas que serían la base de
acuerdos para una eventual firma
de la paz. Solo la primera de
estas propuestas —referido al
tema de Derechos y Cultura
Indígenas— logró firmarse en
1996, en lo que se conoce como
Acuerdos de San Andrés, los
cuales deberían pasar al
Congreso de la Unión como una
propuesta de ley que le daría
reconocimiento constitucional a
los pueblos indígenas. A pesar
del reclamo, año tras año, del
EZLN y de la sociedad civil
mexicana, esta Ley de Derechos y
Cultura Indígenas nunca fue
aprobada. Con la asunción de
Vicente Fox como presidente en
el año 2000, la propuesta de ley
llega por fin al Congreso, pero
el 25 de abril del 2001 lo que
se aprueba es una reforma
constitucional tan diferente a
los Acuerdos de San Andrés, que
en la práctica significa su
incumplimiento. Cuatro días
después el EZLN declara en
comunicado que "…formalmente
desconoce esta reforma
constitucional sobre derechos y
cultura indígenas".
5. "Los 20 y los 10 del EZLN",
comunicado del Ejército
Zapatista de Liberación
Nacional, fechado el 10 de
noviembre de 1993, donde es
presentado el libro 20 y 10. El
fuego y la palabra, de Gloria
Muñoz.
6. El 24 de febrero del 2001
partieron desde San Cristóbal de
las Casas veintitrés comandantes
y comandantas zapatistas y el
subcomandante Marcos, en un
largo periplo por todo México
que fue conocido como la Marcha
del Color de la Tierra, con el
objetivo de exigir el
cumplimiento de los Acuerdos de
San Andrés. La gigantesca
movilización tuvo su punto
culminante en el discurso de la
comandanta Esther en el Congreso
de la Unión, el 28 de marzo del
2001, un histórico
pronunciamiento en el que
reclama la aprobación de la Ley
de Derechos y Cultura Indígenas.
Un mes después, ya sabemos, la
ley nacería muerta.
CUEVA REBELDE ITZCUINTLI
http://members.tripod.com/~itzcuintli/index.html
Gentileza:: Red Latina sin
fronteras
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