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El arte de los locos
por Alejo
Carpentier
Revista Confabulación, Colombia
De
la revista Carteles. 28 de julio
de 1929
Autor de El siglo de las
luces y Los pasos perdidos, dos
de las novelas más complejas,
perdurables y hermosas de la
literatura hispanoamericana del
siglo veinte, el cubano Alejo
Carpentier, nacido en La Habana
en 1904 y fallecido en París en
1980 fue un artista universal en
el que se daban cita, como
caudalosos ríos que se
encuentran, se polemizan y se
funden, la gran cultura
occidental –con sus filósofos y
místicos, sus músicos
imperiales, sus crueles
teologías y sus ambiguos soles
revolucionarios- con los signos
fecundos de otras culturas,
principalmente la proveniente
del África. Pero además de su
obra de ficción, Carpentier
realizó una brillante carrera
periodística, y sus crónicas de
la revista Carteles son una
rareza deleitosa, como lo
demuestra esta pieza sobre el
arte de los locos tan cercanos
tan cercano a los medios
alternativos, donde como diría
Cioran tenemos que sostener
correspondencia con todos los
lunáticos del mundo.
Una gran galería parisiense
acaba de inaugurar una
exposición de dibujos y
esculturas de locos. Por
singular que esto parezca,
conviene advertir que no es la
primera vez que se celebra una
exposición de este género. Hace
ya muchos años que el espíritu
teorizante y clasificador de los
alemanes se encarga de revelar
al público las extrañas
producciones de los dementes.
El día de apertura de la
desequilibradísima pinacoteca,
se vio llegar al admirable poeta
Max Jacob, con su monóculo,
sonriente en su faz de monje de
buen vino.
—¿Se venden bien estos dibujos?—
preguntó Max al director de la
galería, después de ver algunas
de las cosas presentadas.
—Es decir… hay aficionados que…
—Si usted quiere –declaró Max,
alegremente—, puedo fabricarle
seis o siete todos los días.
El director de la galería adoptó
aire grave:
—Caballero ¡sólo se admiten aquí
obras de locos auténticos!
Max Jacob se echó a reír, pero
no tenía razón. El arte de los
locos es algo mucho más serio de
lo que él cree. Cuando se hojean
los libros del penetrante
alienista alemán doctor Hans
Prinzhorn, se descubren, en la
producción intelectual de los
dementes, peculiaridades que
plantean extraordinarios
problemas cuya solución está muy
lejos de hallarse. Ese obscuro
anhelo de creación se ve regido
por leyes misteriosas, que tocan
de muy cerca el enigma de la
verdadera creación poética que
tanto preocupó a los filósofos
antiguos. Para Platón, el
albedrío casi ni intervenía en
el canto de los bardos. Su
inspiración era de índole
divina, una suerte de fluido
desconocido que, proviniendo del
más allá, se servía de un sujeto
para transformarse en estrofas.
Sócrates afirmaba que “los
poetas componen por instinto,
del mismo modo que los adivinos,
sin tener conciencia de lo que
dicen”. El seco Cicerón llegaba
más lejos al declarar: “hay que
encontrarse en estado de
demencia para producir hermosos
versos”.
Sin embargo, el estudio del arte
de los locos está lejos de
apoyar tales aseveraciones,
llenas de la intrepidez que
ponían los antiguos en sus
juicios. Con los dementes el
asunto se complica de modo
extraordinario, pues sus
cerebros desquiciados se
divierten en depararnos extrañas
sorpresas. Su inspiración es
descocida y desigual. Hans
Prinzhorn nos entera de cosas
como esta: algunos de sus
enfermos, absolutamente in
experimentados en materia de
arte –por lo general
esquizofrénicos—, supieron
producir, sin la menor
preparación, obras capaces de
emparentarse con altísimas
producciones de artistas
cuerdos. Al lado de esto, cien
dibujos de locos se caracterizan
por la incoherencia. Los hay que
no saben vincular entre sí los
elementos de una observación
fragmentaria y disparatada.
Otras veces, en cambio, lo que
sorprende es el poder de
regresión estética de los
alienados. Sus obras se parecen
frecuentemente a las de los
primitivos flamencos e
italianos, sobre todo cuando
quieren presentar asuntos
religiosos. ¿Qué similitud puede
haber entre el cerebro de un
loco actual y el de un tallador
de piedra medioeval? Es muy
difícil determinarlo. Pero el
caso es frecuente, ya que se
cuentan varios ejemplares de ese
primitivismo de nueva cosecha en
la rara exposición que motiva
esta crónica.
Entre todas las artes, la
pintura y escultura son las más
favorecidas con los aportes de
los locos. Luego viene la
literatura, que lo dementes
cultivan de un modo muy curioso.
Al hablar de poemas de
internados, no debe olvidarse
que el género tiene antecedentes
de calidad. Gerald de Nerval
sentía ya germinar en sí la
demencia, cuando trazó las
páginas de algunas de sus
novelas admirables. Maupassant,
sin sospecharlo, escribió en el
alucinante Horla, un capítulo de
su propia historia. Sin embargo,
los escritores locos de hoy son
bastante más modestos, y para
ellos la frase escrita es, sobre
todo, un medio para descargar su
odio contra sus médicos,
guardianes y antiguos amigos. He
aquí la encantadora misiva que
recibió de uno de sus enfermos
un médico parisiense del
manicomio Nacional de Charenton:
“Tan pronto salga de aquí te
haré morir, como bandido
culpable de cien delitos. Te
arrojaré sobre un matojo de
espinas que te herirán con sus
dardos acerados; después te
apretaré la garganta con rabia y
no podrás impedir –parásito de
cloacas— que mi mano te ciegue y
te degüelle, porque has de saber
que te estrangularé sin
remordimiento ni asco”.
Hay locos humoristas, capaces de
escribir lindas composiciones
parecidas a las que produjeron
en una época los “fantasistas
franceses”. En un estudio de
Regis sobre los dementes, se
encuentra este divertido poema:
“Todos afirman que estoy loco
Y tengo una rata en el cerebro.
¿Acaso penetró en su madriguera
Sin usar la escalera?
Si no eres animal
Sácame de esta barraca
Y serás gran almirante
De mi flota del Atlántico”
Hay, sin embargo, entre el
centenar de páginas de fárrago
que llenan un tratado sobre la
demencia, un poema que estimo de
gran valor informativo. En sus
versos, un demente nos cuenta
las persecuciones imaginarias de
que fue objeto, antes de ser
“encarcelado” en el manicomio.
No pueden narrase con más color
las angustias de un
hipocondríaco, que se cree
víctima de las más crueles
maquinaciones:
“Rompían las máquinas en torno
mío. Trataban de incendiar mis
sábanas; robaban los cubiertos
de plata de mi jefe para
atribuirme el delito; me robaban
todas mis cosas; colocaban ramas
en el corredor para hacerme
caer; llenaban mi habitación de
periódicos y libros, cuyas
ilustraciones mostraban cruces y
tumbas. Se quemaban ácidos
delante de mi puerta, se
cortaban en dos las cucharitas
para que se rompieran en mis
manos, se rajaban las tazas de
café con un diamante, se
introducía una araña roja como
la sangre en la maleta donde
guardaba mi ropa. Pagaban a unos
golfos para que robaran zapatos
y chocolates a los jóvenes que
jugaban al tenis… ¡Y por eso me
recluyeron aquí!”
En el fondo los locos auténticos
son mucho menos divertidos que
lo imaginados por Edgar Poe, en
su deliciosa historia de
manicomio. Por lo general son
individuos que toman la vida muy
en serio. No es menuda tarea la
de asumir, un buen día, las
responsabilidades históricas de
Napoleón o de Julio César. Es
grave cosa ser Diosa Razón
–personaje auténtico y que vive
pese a haber sido novelada por
Joaquín Belda—. Pintar y
esculpir como primitivos y
escribir poemas contra los
médicos, son ocupaciones de
gente extraordinariamente seria
y digna de respeto. Son
entretenciones análogas a las
que engendraron algunas
catedrales góticas y más de una
comedia de Moliere.
Además ¡cuántas locuras
inofensivas florecen, sin
conocer nunca el examen médico!
En el noroeste de Francia, en un
pueblecito apartado y tranquilo,
existe la más admirable de las
creaciones de los locos. Y se
trata, por excepción, de una
obra arquitectónica –verdadero
monumento a la locura
constructiva.
La historia merece narrarse. Un
cartero de la localidad,
honrado, buen empleado y
excelente padre de familia,
tenía una manía singular. Cada
tarde, al regresar de sus
correrías epistolares, recogía
un guijarro –uno solo—, siempre
de la misma forma y calidad.
Invariablemente, antes de probar
el cocido vespertino, mojaba el
guijarro en cemento, y lo añadía
a un montículo que comenzaba a
alzarse en su pequeño jardín.
Pasaron cuarenta años, y hoy, el
montículo se ha transformado en
un indescriptible palacio, de
unos diez metros de frente por
ocho de alto, donde se
encuentran reminiscencias de
todos los estilos
arquitectónicos conocidos: desde
el indostano hasta el modernista
catalán, pasando por los Mayas y
el Medioevo. La comarca entera
se encuentra orgullosa de la
obra del cartero inspirado, a la
que le ha puesto el nombre
pomposo de Museo. Y es éste, sin
duda, el único ejemplo conocido
de una arquitectura de dementes.
Conocida es la grosera
perogrullada, según la cual
algunos sostienen que el arte
moderno tiene puntos de contacto
con el arte de los locos. No me
detendría en hablar de esta
fantasía demasiado fácil, digna
de quienes la sustentan, si no
fuera porque ha motivado
recientemente un delicioso rasgo
de ingenio.
Hace pocos días, Jean Cocteau se
encontraba el Atelier del
admirable inventor de objetos
plásticos que es Pablo Picasso.
Un amigo del pintor entró en el
estudio trayendo un libro de un
“Herr doktor” germano, en el que
trataba de demostrarse que
muchos cuadros modernos se
parecen a los dibujos de los
locos.
Picasso –según me contó Cocteau—,
tomó gravemente el libro y
comenzó a contemplar grabados
sin decir palabra alguna. Estos
representaban lienzos de
pintores nuevos, comparados con
obras de dementes. Había un loco
Juan Gris, un loco Braque, un
loco Chirico, un loco Picasso.
Después de verlo todo, Pablo
Picasso cerró el libro, y
exclamó con desconsuelo:
—¡Ya está! ¡Ahora resulta que
hemos curado a los locos!
Gentileza:: Con-Fabulación
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