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Contra la militarización de
la educación superior
Henry A.
Giroux
(Estados Unidos).-
Mientras se discute sobre la
forma que va a adoptar el
complejo industrial-bélico bajo
la presidencia de Obama, a
menudo se deja fuera del
análisis la cuestión sobre la
instrumentalización militar de
la educación superior. Un
ejemplo de la simbiosis, cada
vez más intensa y extensa, entre
el complejo industrial-bélico y
la enseñanza superior se hizo
plenamente evidente cuando
Robert Gates, secretario de
Defensa, anunció la creación de
lo que llamó el nuevo «Consorcio
Minerva», irónicamente bautizado
con el nombre de la diosa romana
de la Sabiduría, y cuyo
propósito es el financiamiento
de varias universidades para que
«lleven a cabo investigaciones
sociológicas que sean relevantes
para la seguridad nacional». [1]
El hecho de que Gates aspire a
convertir a las universidades en
fábricas militares de
conocimiento, investigación y
personal en interés del Estado
de la (In)Seguridad Nacional
debería preocupar especialmente
a intelectuales, artistas,
profesores y todos aquellos que
piensen que la universidad
tendría que oponerse a tales
intereses y afiliaciones. Cuando
menos, la creación del Consorcio
Minerva suscita aún más
inquietudes sobre la
militarización de la enseñanza
superior que se está llevando a
cabo en los Estados Unidos.
En el mundo post 11-S, con su
omnicomprensiva guerra al
terrorismo y su cultura del
miedo, la creciente propagación
social del mensaje y de los
valores militares están
propiciando una transmutación,
desde la promesa de una
democracia liberal a la realidad
de una sociedad militarizada. La
militarización sugiere algo más
que un ideal militarista simple,
con su ensalzamiento de la
guerra (la verdadera vara de
medir de la salud de una nación)
y el soldado-guerrero (la más
noble expresión de la fusión de
la masculinidad y el patriotismo
incuestionable), sino que
sugiere una intensificación y
expansión de los valores
subyacentes, modus operandi,
ideologías, relaciones sociales
y representaciones culturales
asociadas con la cultura bélica.
Lo que hay de novedoso en la
marcialización sobredimensionada
post 11-S es que se ha
convertido en algo normal, ha
servido como una fuerza
educacional poderosa que moldea
nuestras vidas, recuerdos y
experiencias diarias. En tanto
en cuanto fuerza educativa, el
poder militar genera
identidades, bienes,
instituciones, saber, modos de
comunicación y compromisos
afectivos, en suma, recae sobre
todos los aspectos de la vida y
el orden sociales. Como señala
Michael Geyer, lo que es
distintivo de la militarización
del orden social es que la
sociedad civil no solamente «se
organiza a sí misma para
producir violencia»[2], sino que
incita a una erosión cada vez
más gradual de la libertades
civiles. El poder y las
políticas militares se expanden
para abordar no solamente
asuntos relacionados con la
defensa y la seguridad, sino
también problemas asociados con
la salud y la vida social de
toda la nación, que ahora se
miden en función del gasto
militar, la disciplina y la
lealtad, así como los modos
jerárquicos de autoridad.
Mientras el ciudadano asume los
papeles de informador, soldado y
consumidor, dispuesto a
enlistarse o ser reclutado por
el espectro totalizador de la
guerra al terrorismo, vemos cómo
la misma idea de la universidad
-emplazamiento para el
pensamiento crítico, el servicio
público y la investigación
socialmente responsable- está
siendo usurpada por el
patrioterismo exaltado y el
fundamentalismo de mercado que
consagran al espíritu
emprendedor y la agresión
militar como modos de dominar y
controlar a la sociedad. Lo
anterior no debería
sorprendernos, puesto que, como
indica William G. Martin,
profesor de sociología de la
Universidad de Binghamton, «las
universidades, facultades e
institutos han sido precisamente
los objetivos porque tienen el
cometido tanto de socializar a
la juventud como de divulgar el
conocimiento sobre las gentes y
los pueblos más allá de las
fronteras
anglo-estadounidenses»[3]. Pero
antes de que caigamos en la
autocomplacencia por obra de la
insidiosa expansión del poder
militar y corporativo,
necesitamos prepararnos para
reclamar como propias las
instituciones tales como la
universidad, que ha servido
históricamente como esfera
democrática vital para proteger
y servir a los intereses de
justicia social e igualdad. Lo
que quiero sugerir es que tal
lucha no es sólo política, sino
también pedagógica por
naturaleza.
Más de 17 millones de
estudiantes recorren los
pasillos sacrosantos de las
universidades y es crucial que
sean educados de una manera que
les permita reconocer los
síntomas del avance furtivo de
la militarización y sus efectos
en la sociedad estadounidense,
particularmente en la medida en
que estos efectos suponen una
amenaza «para el gobierno
democrático, en casa, así como
también para la independencia y
la soberanía de otros países.»
[4] Mas los estudiantes también
tienen que saber ver cómo estas
fuerzas antidemocráticas
intentan desarticular a la
universidad misma como lugar
para aprender a pensar
críticamente y participar en el
debate público y el compromiso
cívico. [5] En parte, ello
implica proporcionar las
herramientas con las que luchar
por la desmilitarización del
conocimiento en los campus
universitarios, con las que
resistir a la complicidad,
mediante la producción de
conocimientos, información y
tecnologías en los mismos aulas
y laboratorios de investigación
que participan en la violencia y
en la consecución de objetivos
militares.
Aún así, hay mucho más en juego
que alertar a los estudiantes de
los peligros de la
militarización y de la manera en
que se está nada menos que
redefiniendo la misión de la
enseñanza superior. Chalmers
Johnson, en su continua crítica
a la amenaza que la política
imperialista representa para la
democracia en casa y en el
extranjero, arguye que si no
queremos que los Estados Unidos
degeneren en una dictadura
militar (pese a la elección de
Obama), los movimientos de bases
tendrán que ocupar el centro del
escenario para mostrar su
oposición a la militarización,
el gobierno del secretismo y el
poder imperial, mientras
reivindican los principios
básicos de la democracia. [6]
Semejante tarea seguramente
parezca de enormes proporciones,
pero hay una necesidad crucial
de que el profesorado, los
estudiantes, el personal
administrativo y los ciudadanos
formen alianzas para la creación
de organizaciones y movimientos
sociales con los que resistir,
con miras a largo plazo, los
cada vez mayores lazos entre la
educación superior, por un lado,
y las fuerzas armadas, las
agencias de inteligencia y la
industria bélica por el otro;
lazos que juegan un papel
crucial en la reproducción del
conocimiento militarizado del
que estamos hablando.
La oposición a la militarización
como parte de una estrategia
pedagógica más amplia, dentro y
fuera de las aulas, también
suscita la cuestión sobre
cuántos tipos de competencias,
habilidades y saberes puedan ser
cruciales para la realización de
semejante tarea. Una posibilidad
es el desarrollo de teorías
educacionales críticas y
prácticas que definan el espacio
destinado a la enseñanza no
solamente a través de la
utilización crítica del
conocimiento sino también a
través de la producción de fines
pacíficos y socialmente justos.
En la lucha contra la
militarización y los
«intelectuales armados», los
educadores necesitan un lenguaje
crítico, pero también necesitan
un lenguaje que abarque un
sentido de la esperanza y de la
lucha colectiva. Esto significa
la elaboración del significado
de la política a través del
esfuerzo concertado para
expandir el espacio destinado a
la política, reclamando «el
carácter público de los
espacios, las relaciones y las
instituciones que se consideran
privadas». [7] Vivimos en un
tiempo en que los asuntos de
vida y muerte son centrales para
la gobernanza política. Mientras
que se registra un cambio de
poder hacia la producción en
masa de muerte, desposesión y
exclusión, un nuevo
entendimiento del significado y
el propósito de la educación
superior debe también apuntar
hacia las nociones de agencia,
poder y responsabilidad que
operan en el servicio a la vida,
las luchas democráticas y la
expansión de los derechos
humanos
Por último, si la educación
superior aspira a enfrentarse a
las patologías producidas por la
militarización a todos los
niveles, no se podrá limitar a
replantear el papel de la
universidad como esfera
democrática pública. También
tendrá que reconsiderar el
ámbito global en el que los
intelectuales, los educadores,
los estudiantes, los artistas,
los representantes sindicales y
otros actores y movimientos
sociales pueden formar alianzas
transnacionales con las que
resistirse a la ideología de
vida y muerte de la
militarización y sus efectos en
el mundo, entre los que se
incluyen la violencia, la
polución, la pobreza masiva, el
racismo, el comercio de
armamento, el aumento de los
ejércitos privatizados, los
conflictos civiles, la
esclavitud infantil y las
actuales guerras en Irak y
Afganistán. Ahora que el régimen
del presidente Bush llega a su
fin, es el momento de que los
educadores y los estudiantes se
organicen y movilicen a nivel
mundial en un esfuerzo por
suplantar la cultura de la
guerra con la cultura de la paz,
cuyos principios elementales
deben anclarse en las relaciones
económicas, políticas,
culturales y sociales
democráticas y en el deseo de
preservar la vida humana.
Notas
Brainard, Jeffrey, «U.S. Defense
Secretary Asks Universities for
New Cooperation» en The
Chronicle of Higher Education,
en línea en
http://chronicle.com/news/article/4316/us-defense-secretary-asks-universities-for-new-cooperation
[regresar]
Geyer, Michael, «The
Militarization of Europe,
1914-1945» en The Militarization
of the Western World, ed. John
Gillis (Rutgers University Press,
1989), pág. 79. [regresar]
Martin, William G., «Manufacturing
the Homeland Security Campus and
Cadre », ACAS Bulletin 70
(primavera 2005), pág. 1.
[regresar]
Johnson, Chalmers, The Sorrows
of Empire: Militarism, Secrecy,
and the End of the Republic
(Nueva York, Metropolitan Books,
2004), pág. 291. [regresar]
Véase Nelson, Cary, «The
National Security State» en
Cultural Studies 4:3 (2004),
págs. 357-361. [regresar]
Johnson, Chalmers, «Empire v.
Democracy», TomDispatch.com (31
de enero de 2007), disponible en
línea en
http://www.commondreams.org/cgi-bin/print.cgi?file=/views07/0131-27.htm
[regresar]
Rancière, Jacques, «Democracy,
Republic, Representation»,
Constellations 13:3 (2006), pág.
299. [regresar]
Henry
A. Giroux ostenta, en la
actualidad, la cátedra Global TV
Network en el departamento de
Inglés y de Estudios Culturales
de la Universidad de McMaster.
Sus libros más recientes son La
universidad encadenada. Frente
al complejo industrial bélico
universitario (2007) y Contra el
terror neoliberal (2008). Sus
principales áreas de
investigación son los estudios
culturales, la teoría social y
las políticas educativas en el
marco de la enseñanza superior y
la enseñanza pública.
Traducido por Maite Padilla y
revisado por David Sevilla
http://www.zmag.org
http://www.zmag.org/znet/viewArticle/19726
Gentileza:: Melina Alfaro [cybermelinaalfaro@bandalibre.com]
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