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Yo nací en el We Tripantu
Tito
Tricot
Yo nací de repente, a la
medianoche justa del We Tripantu,
en un carnaval de bandurrias y
luciérnagas azules que
revolotearon tres días completos
por entre el campanario de la
lluvia del puerto. Y cuentan los
antiguos habitantes de
Valparaíso que la gente se
persignaba sin cesar,
atemorizada por aquel enjambre
de luz que parecía anunciar la
salida del sol en medio de la
noche. Y las parroquias de la
ciudad aumentaron sus misas y
los curas no daban abasto para
la multitud de feligreses que de
pronto quiso confesarse ante la
inminencia del fin del mundo.
Entre ellos, la abuela Julia,
que en realidad era la única
bisabuela viva y entera, según
algunos, e irremediablemente
muerta, según otros, que anunció
sin previo aviso al asombrado
confesor que ella alguna vez
había sido virgen, pero ya no, a
pesar de lo que decían
envidiosas las vecinas más
cizañeras. Estas susurraban que,
lo cierto, es que la señora
había muerto virgen, víctima de
un ataque al corazón cuando, en
medio de la peor tormenta que
había azotado al puerto en mucho
tiempo, encontró un galeón
incrustado en el patio de la
casa, allí a la sombra del
damasco.
Entonces, no eran los gatos los
que ahora gemían cada noche,
decían, sino la abuela que
lloraba por su eterna mala
suerte. Es que, deslumbrada por
aquel extraño navío, descendió
cautelosa las añosas escaleras y
salió al patio para encontrarse
de golpe con el más hermoso de
los corsarios que la miraba
fijamente con los ojos negros
más oscuros que ella jamás
hubiera visto. Era como si
llevara la noche en la mirada y
en la profundidad de su penumbra
navegaran todos los barcos
perdidos en noche de tormenta
como ésta. Pero la abuela no
pensaba en mares lejanos, sino
que en su molesta virginidad que
la angustiaba tanto que le
impedía confesarse los domingos
para no espantar al párroco
español que, cuentan, estaba
enamorado de ella. Por lo mismo,
en un arranque de coraje, sin
decir una sola palabra, tomó las
gélidas manos de aquel hombre
tembloroso de frío y empapado
por la lluvia que no cesaba de
caer en la ciudad y lo llevó
escaleras arriba.
En su pequeño cuarto, cerca de
la iglesia y del cielo, recuperó
el aliento, se despojó de su
camisón de dormir y aterrada por
ofender a sus dioses, le pidió
dulcemente a su corsario que se
sacara sus ropas. Pero el ya
había comprendido y estaba
desnudo frente a aquella mujer
pequeña que lo miraba extasiada
desde el injusto abismo de su
virginidad. Nunca había visto a
un hombre desnudo y se
sobresaltó ante lo que parecía
un animal demasiado pequeño para
un gigante de ultramar. Pero
nada importaba, era su día, su
noche, el amor de su vida que
llegaba en medio de la lluvia
para colmarla de felicidad. Así,
sin tregua, se besaron
apasionadamente, se tocaron y
recorrieron cada paraje de sus
almas y, cuando la abuela ya
sólo deseaba arrastrar a aquel
hombre a su propia profundidad y
dejar de ser la única virgen del
barrio, un rayo azul partió la
habitación en dos, fulminando a
la abuela sin remedio en un
estallido multicolor que se
escuchó hasta en el último cerro
de la ciudad.
Todo esto le contó al cura
mientras yo bregaba por entender
este universo en la fría
madrugada del Año Nuevo Mapuche,
aunque mi madre dice que no hay
duda que nací el 23 de junio,
pero jamás fue en la noche, sino
que un mediodía de sol y de
carreras de caballo a la inglesa
y, por lo tanto, mi llegada al
mundo nada tenía de mapuche y
que deje de inventar cuentos que
para eso están los escritores de
verdad. Pero yo estoy seguro de
haber percibido un leve olor a
humo que me hizo arriscar la
nariz cuando dejaba para siempre
el vientre materno. Y, además,
creí escuchar el murmullo de un
riachuelo argentado asomado por
entre el cántico de hombres y
mujeres que celebraban el
momento de renovación de las
fuerzas de la naturaleza. Y
había música y baile y
solemnidad y alegría y
esperanza. La esperanza de los
hualles y el pewen que besa el
cielo con pasión en las noches
de luna llena; de los choroyes
enamorados, de las bandurrias
cósmicas, de la tierra húmeda
con aroma a pasto virgen.
Todo eso sentí, lo prometo,
aquella lejana noche de
invierno, aunque nadie me cree,
sin embargo, me asiste la
certeza de que si mi abuelo Luis
estuviera vivo, el asentiría
quedo con su mirada de vicuña
alentando mi proverbial memoria.
El era de Arauco, de las
profundidades mapuche, sin serlo
y el me contó alguna vez, sin
contármela, porque nunca lo
conocí, la historia de aquella
joven que había emprendido el
camino del Señor a los dieciséis
años cuando una decepción
amorosa le ensombreció el alma y
le torció el destino. Fue allá
en Capitán Pastene, un pueblito
del sur de Chile donde
inmigrantes italianos
construyeron su propio edén en
territorio indio, pero sin
indios, por supuesto. Entonces,
cuando la joven se enamoró
perdidamente de un mapuche de
pelágicos ojos negros que bajaba
cada día a buscar el agua que le
habían quitado por la fuerza los
colonos, sus padres la
encerraron un año completo en la
casa paterna. Pero ella se
escapaba por las noches de
plenilunio a buscar la felicidad
perdida cerca del arroyuelo que
visitaba el amor de su vida.
Allí, escondidos de la furia
familiar, se miraban eternamente
a los ojos sin atreverse a
pronunciar palabra alguna por
temor a despertar los viejos
fantasmas de la guerra. Porque
los colonos italianos se
instalaron en territorio mapuche
sin permiso de éstos y aunque
ahora coman pasta con merken,
siguen siendo extranjeros en
tierra ajena y los mapuche
poseen una memoria colosal que
no perdona, pues no tienen nada
que perdonar. Pero Anselmo
Marileo no pensaba en eso cuando
la vio en el justo momento en
que una estrella fugaz se
recortó fulgente sobre el cielo
de la noche sureña. Y en esa
dulce brevedad cayó una gota de
luna entre flores y ríos que,
preñadas de futuro, comenzaron
el proceso de renovación de la
naturaleza. Era el We Tripantu,
el año nuevo mapuche, que
anunciaba por primera vez en su
vida cánticos de amor, pues era
la mujer más hermosa que había
conocido jamás y el quería
perderse para siempre en la
ternura de su candorosa sonrisa.
Como los treiles que se perdían
entre los árboles, mareados con
aquella risa imposible que
reverberaba en las hojas
bermejas del notro. Y
desaparecían para siempre, pero
daba lo mismo, porque la frágil
joven presagiaba conciertos de
violines de fuego hasta que la
muerte nos separe.
Entonces se acercó con toda su
ancestral timidez a la morena de
su vida entre las volutas del
inmemorial fuego. No supo que
decirle y sólo logró barbotar un
te quiero tan breve que ni
siquiera pudo salir de sus
apretados labios de niño antes
de derretirse en una tormenta
volcánica que le empezó en la
cara, le atravesó la garganta y
se le posó en el vientre con tal
fuerza que emitió un grito duro
y hosco que asustó a todos.
Menos a ella que comprendió con
una leve sonrisa que aquel
esmirriado hombrecito era el
hombre de sus sueños. Hasta la
noche invernal cuando, en medio
de la torrencial lluvia, los
sorprendió el padre de Beatriz
en el instante justo en que
Anselmo Marileo acariciaba por
vez primera sus pechos de niña
asustada. Fue tal su ira que sin
vacilar subió la colina con
hombres armados hasta los
dientes para matar indios, como
antes, como siempre. Eso me lo
contó mi abuelo, sin contármelo,
porque era de las profundidades
mapuche, sin serlo y yo nací en
el momento preciso del We
Tripantu en un carnaval de
bandurrias y luciérnagas azules
que revolotearon tres días
completos por entre el
campanario de la lluvia del
puerto.
Tito Tricot, sociólogo y
colaborador de Azkintuwe,
agencia de información mapuche,
en Chile.
http://www.jornada.unam.mx
http://www.jornada.unam.mx/2009/07/20/oja147-mapuche.html
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