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Enséñeme a pensar
David
Rodríguez Seoane
Las relaciones entre
profesores y alumnos han
cambiado mucho en los últimos
años. Los docentes se enfrentan
ahora a unos estudiantes menos
obedientes que los de
generaciones anteriores, pero
con mayores conocimientos en
ciertos campos y con menos
tabúes sobre cuestiones
"delicadas" para padres e
instructores. Las nuevas
tecnologías y el sexo son
ejemplos de ambas cualidades.
Muchos se plantean la siguiente
pregunta: ¿Debemos volver a la
disciplina de la regla y el
tirón de oreja o ir hacia una
modernización de la enseñanza?
En un artículo publicado en EL
País, se analizaba la situación
de los educadores españoles y se
decía que quizás el problema
esté en que "profesores del
siglo XX intentan educar a
jóvenes del siglo XXI en unas
escuelas del siglo XIX". Sin
duda, un desfase temporal
demasiado grande que reúne, en
el mismo espacio, realidades muy
distintas y difíciles de
combinar en el presente. La
pérdida de la autoridad que
suponía la cátedra y la
disipación en los alumnos de
otros valores como el esfuerzo
constante, la disciplina o el
respeto por unas normas han
modificado el ámbito de la
educación y el cariz de las
interacciones que se dan en él.
Más allá del debate sobre el
incremento de la indisciplina y
los adolescentes insolentes, un
hecho objetivo pero no por ello
mayoritario, la controversia en
las escuelas e institutos se
centra en cuestiones todavía más
importantes. Qué se enseña y
cómo se enseña, sobre todo en la
formación obligatoria, es la
gran asignatura pendiente en
materia educativa.
"La falta de motivación por
parte de los estudiantes es la
consecuencia y no la causa del
problema", asegura Andreas
Schleicher, director del Informe
Pisa de la OCDE que mide el
aprendizaje de jóvenes de quince
años en 60 países diferentes.
Es aquí en donde la figura del
profesor se vuelve fundamental,
a pesar de que Internet y la
facilidad con la que se puede
acceder a la información lo
hayan despojado de la
exclusividad como transmisor de
conocimiento. El docente tiene
que ser quien logre conmover e
interesar a su audiencia, el que
despierte el interés de los que
se sientan en la última fila. El
que consiga, con las
herramientas y los métodos
adecuados, que los que le
escuchan crean que lo que
aprenden es importante para su
vida y no un mero conjunto de
saberes inconexos, inservibles a
efectos prácticos. Para que todo
ello sea posible, además de
modelos de enseñanza más
atractivos o una participación
más activa del estudiante, hace
falta que el que se sube a la
tarima tenga la ilusión de
compartir y de mostrar. Esa es
la esencia que no debe perder la
educación.
Federico Luppi interpreta, en
Lugares Comunes (2002), una
película del director argentino
Adolfo Aristarain, un hermoso
discurso sobre lo que debería
ocurrir entre pizarras y
pupitres. Bajo la piel de
Fernando Robles, un profesor
universitario de literatura que
acaba de ser prejubilado por el
Estado, se dirige a sus alumnos
diciendo:
"Si alguno de ustedes es un
necio y cree en verdades
reveladas, dogmas religiosos o
doctrinas políticas, sería
saludable que no preste atención
a estas palabras.
Me preocupa que no se tenga
siempre presente que mostrar
quiere decir enseñar. Mostrar no
es adoctrinar, es dar
información pero dando también
el método para entender,
analizar, razonar y cuestionar
una información, y eventualmente
dar una respuesta. Las
respuestas no son la verdad,
buscan una verdad que siempre
será relativa. Las mejores
preguntas son las que se vienen
repitiendo desde los filósofos
griegos. Muchas ya son lugares
comunes, pero no pierden
vigencia: Qué, cómo, cuándo,
dónde, por qué. Pero, si en esto
también aceptamos eso de que la
meta es el camino, no nos sirve
como respuesta. Describe la
tragedia, pero no la explica".
Fue la última clase del
personaje de la novela, El
Renacimiento, de Lorenzo F.
Aristarain que más tarde su
primo director llevaría al cine.
En abrir caminos es en donde
radica el verdadero trabajo del
profesor. De recorrerlos de una
manera u otra, de traspiés en
traspiés o con paso firme y
seguro ya se encarga el alumno.
En eso, precisamente, consiste
educar.
David
Rodríguez Seoane
Periodista
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