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El oro verde africano*
Clemente
Álvarez
Respetar y salvar los
grandes bosques
La selva de la cuenca del río
Congo es la segunda mayor
extensión de bosque tropical del
mundo. Para su población
significa subsistencia; para
otros países, incluido España,
un gran almacén de madera.
Actualmente explotarla de forma
sostenible empieza a ser posible
gracias a la organización
ecologista World Wildlife Fund (WWF
/ Adena). Ya están certificados
o en proceso de certificación
como bosques explotados de forma
sostenible. No es mucho
comparado con la superficie del
resto de concesiones, pero
constituye un cambio fundamental
en África.
Nada más penetrar en la
vegetación, un calor espeso y
húmedo se pega a la piel y
decenas de moscas enloquecidas
se arremolinan por toda la cara.
Éste es el desagradable ambiente
de uno de los paraísos de la
biodiversidad del planeta: la
selva de la cuenca del río
Congo, la segunda mayor
extensión de bosque tropical
después de la Amazonia y el
refugio de la mitad de todas las
especies animales de África,
entre ellas la mayor parte de
los elefantes de selva y los
últimos gorilas de llanura. Aquí
dentro, gigantescos troncos se
alzan como grandiosas columnas,
y las ramas y hojas entretejen
una hermosa bóveda de colores
esmeralda que apenas deja pasar
la luz del día. En esta fabulosa
catedral de la naturaleza
retumba de pronto el rugido de
una motosierra.
Protegido tras la visera de un
casco color naranja, el
camerunés Moulele Thomas, de 38
años, comienza a hundir la hoja
dentellada de su máquina en el
vientre de un enorme árbol: unos
85 metros cúbicos de valiosa
madera tropical africana, de la
que España es uno de los mayores
compradores europeos, junto a
Francia e Italia.
No deja de caer lluvia de serrín
rojo en medio del quejido de las
sierras. Polvo de azobé, el "oro
verde" africano Las madereras
generaron mucho dinero rápido y
después desaparecieron, dejando
un paisaje desolador.
Esta inmensa mancha verde que se
extiende por seis países de
África central (República
Democrática del Congo, Congo-
Brazzaville, Gabón, Camerún,
República Centroafricana y
Guinea Ecuatorial) encierra
algunos de los últimos bosques
primarios de la Tierra, además
de cerca de 400 especies de
mamíferos, 1.000 de aves, 1.300
de mariposas o más de 10.000 de
plantas (3.000 de ellas,
endémicas). Sin embargo, las
sierras mecánicas de las
madereras son todavía, junto a
la agricultura y el fuego, una
de las causas principales de que
su extensión se siga reduciendo
hoy a un ritmo de unas 700 mil
hectáreas al año, casi tanto
como la provincia de Málaga,
según cifras de 2007 de la
Organización para la Agricultura
y la Alimentación (FAO), de
Naciones Unidas, que reconoce no
disponer de toda la información
en este continente. Otros
cálculos anteriores de la
Comisión de Bosques de África
Central (Comifac) llegan a
duplicar esta tasa de
destrucción.
Con sello de propiedad
Ahora bien, no todo es siempre
lo que parece: sobre la corteza
del árbol que destripa Thomas
con su sierra mecánica, un
número 16 pintado en letras
amarillas muestra que las cosas
también empiezan a cambiar en
África. Significa que éste es el
ejemplar 16 de la parcela 17 D
de la Unidad de Gestión Forestal
(UFA) 00 004 de Camerún: un
trozo de selva de los cerca de
5,5 millones de hectáreas de la
cuenca del Congo que, según la
organización ecologista World
Wildlife Fund (WWF / Adena),
están ya certificados o en
proceso de certificación como
bosques explotados de forma
sostenible con el sello FSC (Forest
Stewardship Council). No es
mucho comparado con la
superficie del resto de
concesiones, pero constituye un
cambio fundamental en África.
Basta darse un paseo por Madrid
para encontrar una buena muestra
de madera tropical africana en
plena calle: muchos de los
bancos de color pardo o rojizo
más nuevos colocados en aceras y
parques para que se sienten los
transeúntes. Son de iroko, un
árbol que sale de estas selvas
del África negra. La
organización internacional WWF
asegura que España es el segundo
importador en Europa de madera
de la cuenca del Congo y el
tercero del mundo, detrás de
Francia y China. Una aseveración
negada por la Asociación
Española de Importadores de
Madera (AEIM), que en cambio sí
que confirma que el mayor
proveedor de madera tropical del
país en todo el mundo es
Camerún, por delante de Brasil.
De acuerdo a las últimas
estadísticas de la propia AEIM,
en 2006 se descargaron en los
puertos nacionales unos 140 mil
metros cúbicos de madera
procedente de este país
africano, valorados en 58
millones de euros. "España
compra mucha madera de la cuenca
del Congo, pero no invierte en
ella", se queja Elie Hakizumwami,
un economista ruandés, de 47
años, encargado de bosques de
WWF para toda África central,
que lamenta que no haya ni una
sola empresa española sobre el
terreno que contribuya al
desarrollo de la zona. Tampoco
ninguno de estos 140 mil metros
cúbicos de madera desembarcados
el año pasado llevaban marcadas
las siglas FSC. Un sello que
para conseguirlo exige muchos
requisitos y a veces
complicados. Pero ¿qué quiere
decir realmente en África eso de
que el bosque sea explotado de
forma sostenible?
Un gigantesco termitero humano
Douala, la ciudad más grande de
la República de Camerún, es una
urbe caótica semejante a un
gigantesco termitero humano por
cuyas calles se amontonan cerca
de dos millones de personas de
muy diferentes etnias. Desde
este puerto fluvial parten
muchos de los barcos que luego
cruzarán el océano cargados con
madera tropical, y allí también
se encuentra uno de los
aserraderos de la empresa
holandesa Transformation Reef
Cameroun (TRC), la encargada de
la UFA 00 004.
"Somos transparentes, los
periodistas pueden pasar", se
ufana en su despacho Jacques
Huleux, director de gestión y
certificación de esta compañía.
"Había que cambiar, las
condiciones eran deplorables.
Durante los últimos 20 años
parecía que todo valía, y esto
no podía durar, se hacía
realmente mucho daño. El propio
Gobierno camerunés también ha
evolucionado; ya no se trata del
funcionario corrupto de antaño,
ahora hay técnicos".
Junto a un mapa de la selva
troceada en su mayor parte por
distintas áreas coloreadas, este
maderero explica el sistema de
explotación que marca la ley del
país: cada una de esas zonas es
una concesión para 30 años, y la
empresa que pague por ella debe
dividirla en 30 parcelas. Sólo
se puede explotar una por año;
de esta forma se deja que el
bosque se regenere, y al acabar
el periodo se podrá comenzar de
nuevo. Hasta no hace mucho, las
concesiones eran de seis meses,
y las madereras se llevaban todo
lo que fueran capaces de cortar
en ese tiempo. "Aunque ahora
tampoco sea perfecto, la fórmula
actual representa un progreso
enorme", detalla el francés,
mientras en el exterior no cesa
de caer una fina lluvia de
serrín rojo en medio del
estridente quejido de las
sierras. Polvo de azobé, el oro
verde africano. "¿Qué mejora la
certificación? La diferencia es
que te obliga a cumplir", se
sonríe Huleux, que admite que
aquí resulta demasiado
complicado controlar todo el
proceso de extracción para
evitar que madera ilegal de
origen desconocido salga del
país mezclada entre el resto.
"Algunos funcionarios siguen
teniendo aún sueldos muy bajos".
Esta compañía holandesa comenzó
hace un año el proceso de
certificación FSC de la UFA 00
004, una concesión al oeste de
Ndikinimeki de unas 100 mil
hectáreas de selva. Allí mismo,
el joven camerunés William
Wainfoin lleva consigo varios
tomos con los estudios
ambientales y socioeconómicos
realizados por la compañía TRC
para el proceso de
certificación. En estos papeles
se describe la presencia en la
zona de 415 variedades distintas
de árboles y al menos 35
especies animales relevantes;
entre ellas, los muy amenazados
elefantes de bosque, cocodrilos,
chimpancés o una decena más de
primates.
La riqueza natural del área es
tal que se estudia la creación
de un parque nacional, el de Ebo.
Y para reducir el daño se ha
limitado una reserva de
protección integral y se ha
fijado toda una serie de
requisitos para la explotación
del bosque: tamaños mínimos para
cortar, árboles protegidos,
técnicas de extracción, cierre
de caminos... "Lo realmente
importante de todo esto es que
al certificarnos permitimos que
terceras personas de una entidad
independiente vengan a verificar
que hacemos lo que dice aquí",
incide Wainfoin.
Bajo un toldo de lona verde
instalado fuera del bosque,
varios mapas unidos sobre un
tablón muestran la ubicación
exacta y el código de cada árbol
de la explotación. El 16/17D
está ya coloreado de rosa. A
partir de ahora, cada etapa del
viaje que emprenda la madera de
este azobé debe ser registrada
minuciosamente hasta llegar a
las tiendas.
Alfombra de tierra roja
Pero en la selva de la cuenca
del Congo no sólo viven
elefantes y simios; de acuerdo a
los datos de la Comifac, también
dependen de este ecosistema
cerca de 20 millones de humanos.
Uno de ellos camina encorvado
bajo una mochila por las mismas
pistas de tierra en las que los
camiones sacan el oro verde de
la selva hacia Douala. Colgado
de su espalda, doblada por el
peso, lleva uno de los simios de
la lista de especies destacadas
de la UFA 00 004. Es un furtivo.
Uno de los quebraderos de cabeza
de los responsables de TRC para
completar el proceso de
certificación de la concesión.
Como señala Cyrille Ekoumou,
experto en FSC de la
organización WWF, "lo que
distingue también un bosque
certificado de otro simplemente
bien explotado es que las
madereras están obligadas a
invertir en las comunidades
locales para reducir la presión
sobre el bosque".
En los contornos de este trozo
de selva de 100 mil hectáreas
viven unas 20 mil personas,
repartidas en 60 poblados y
pertenecientes a una veintena de
etnias distintas. En Yingui,
poblado de los banen, vive Mack
Jean, de 44 años, uno de los
ocho representantes del comité
campesino forestal de Yingui
Sur, el grupo de participación
local que discute los asuntos
del bosque y que debe concretar
con la compañía maderera los
proyectos que se vayan a poner
en marcha de forma conjunta.
En la zona son 11 los comités
campesinos. "Queremos ayuda para
montar un gallinero y una
plantación de plátanos; además
tenemos problemas para traer
agua potable", detalla Jean. "El
bosque lo es todo para
nosotros", recalca Jean, que no
entiende que los blancos se
lleven los árboles sin recibir
nada a cambio. En otros lugares
del país, como Moloundou, las
madereras generaron mucho dinero
rápido y después desaparecieron,
dejando atrás un paisaje
desolador y gente mucho más
pobre que antes.
En la selva, casi toda la vida
de las comunidades locales
transcurre sobre la tierra roja
que cubre la mayoría de las
carreteras. Todo lo demás es de
color verde. Estas pistas marcan
los límites de hasta dónde se
puede llegar, y por ellas se van
los días caminando de un lado
para otro. Desde el borde se ve
pasar a niños y niñas
uniformados con los libros en la
cabeza, mayores con cestos para
recolectar frutos y leña,
vendedores ambulantes, incluso
brillantes motocicletas sobre
las que se exhibe una elegante
clase media. Pero también es
desde aquí donde empieza el
fuego. De camino hacia Kribi,
donde otra empresa holandesa,
Wijma, cuenta con la primera
explotación certificada del
país, la UFA 09 021, un hombre
con las ropas todas tiznadas de
negro contempla, entre troncos
carbonizados, el hueco
arrebatado a la selva. De la
tierra ennegrecida surgen aquí y
allá diferentes hojas verdes de
lo que poco que acaba de
plantar. Es un agricultor que se
prepara para la época de
lluvias.
Como indica Ekoumou, de WWF, la
zona agroforestal comprende un
máximo de cinco kilómetros de
cada lado de las carreteras, y
antes de que comiencen las
precipitaciones más fuertes irán
apareciendo muchas columnas de
humo. Aunque pronto recupere su
color verde y vuelva incluso a
crecer la vegetación, toda esta
selva más próxima a los caminos
tiene ya muy poco que ver con el
bosque original y ha perdido
gran parte de su riqueza. "La
selva virgen hay que buscarla
mucho más adentro", afirma
Jeremie Mba Aloo, jefe de Akak,
un poblado que explota su propio
bosque comunitario de 5 mil
hectáreas, 200 cada año. Como
cuenta, el abuelo de su padre
conocía muy bien estos árboles y
cómo utilizar su magia: "La
gente iba al bosque para hacer
su culto; buscaban el bubinga,
un árbol anciano muy venerado,
que da mucho poder". Mba Aloo
explica que estos bubingas más
viejos eran sagrados y no se
cortaban jamás.
Buena parte del mundo
conservacionista piensa que los
últimos bosques primarios de la
cuenca del Congo también
deberían ser considerados
sagrados y no tocarse, como los
bubingas más viejos. Algunas
voces advierten de que la
certificación puede convertirse
en la coartada de las madereras
para entrar de forma definitiva
en los últimos bosques primarios
de la cuenca del Congo. Sin
embargo, otras como WWF
defienden que una de las vías
para detener la deforestación
causada por el avance de los
grandes cultivos pasa por
conseguir una explotación
sostenible de la madera y otros
productos del bosque rentable a
largo plazo, y para ello la
herramienta más poderosa hoy por
hoy es el sello FSC.
Clemente
Àlvarez / Periodista
*Este
artículo fue publicado en la
revista El País, España.
Junio/09
http://www.elarcadigital.com.ar
http://www.elarcadigital.com.ar/modules/suplementos/articulo.php?id=66
Gentileza:: ead / El Arca
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