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Tres grandes fracasos
educativos
Mikel
Agirregabiria
(España).- Las
madrugadas de los días festivos
la ciudadanía puede realizar una
evaluación educativa, comparable
a las pruebas internacionales
tipo PISA. Por nuestras calles y
carreteras sobresale nuestra
juventud, en un horario que
parece pertenecerles casi en
exclusiva. Es un buen momento de
evaluar su educación, ésa que
reciben en el seno de las
familias desde que nacen, en los
centros escolares desde muy
temprana edad (a razón de casi
mil horas anuales hasta los 16
años por lo menos) y en la misma
sociedad donde se reflejan
valores éticos y patrones de
conducta. Va mejorando la
educación, pero queda una parte
de la juventud que aún ignora
las tres enseñanzas vitales más
básicas:
La vida es sagrada. En su
acepción laica o religiosa, toda
vida humana es digna de respeto
y veneración. Las vidas ajenas,
y la propia, deben ser cuidadas
y preservadas como el máximo
bien. El amplio abuso del
alcohol (y otras drogas), las
ocasionales peleas pandilleras,
las evitables muertes por
conducción irresponsable, o
residuales personas que se creen
con el derecho a eliminar a
otras (por machismo, racismo,
fundamentalismo pseudopolítico,...)
son pruebas de un gran fracaso
cualitativo, aunque afecte sólo
a una parte de nuestra
generación más joven.
La vida es injusta. La justicia
es uno de los más nobles anhelos
humanos, que ha de permitirnos
convertir la arbitraria realidad
en un mundo más equilibrado y
solidario. El azar determina con
aleatoriedad una distribución
poco equitativa de nuestras
primeras señas de identidad
pasiva (dónde nacemos, en qué
familia y sociedad, con qué
dotación genética, cuánto
viviremos,...), lo que genera
muy diferentes papeles en un
planeta no siempre coherente.
Pero podemos construirnos,
mejorarnos, educarnos,
crecernos,... sobre las
circunstancias que nos han
tocado.
La vida es esfuerzo. La
naturaleza es rigurosa en sus
consecuencias y nada se obtiene
sin una labor previa. La
sociedad humana protege a sus
menores con un cuidado muy
especial y durante dos décadas
les proporciona todo de forma
incondicional y regalada. Pero
la juventud marca el comienzo de
la reciprocidad, y es el momento
de comenzar a devolver los dones
recibidos (alimentación,
educación,...). Tras una época
de recibir, llega el momento de
dar a los demás, de legar
estudio, trabajo y dedicación a
la familia y a la sociedad. Eso
es madurar: Hacerse cargo de uno
mismo... y de los demás, a
través de una profesión y de una
nueva familia.
Mikel Agirregabiria
agirregabiria@gmail.com
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Gentileza:: Mikel Agirregabiria
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