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En el mundo de los niños, Danilo Sánchez Lihón. - 10/05/09
 

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En el mundo de los niños, Danilo Sánchez Lihón. - 10/05/09


 


En el mundo de los niños

Danilo Sánchez Lihón


1.
LAS VETAS
DE BARRO
GREDA


1. Batida por manos
o aleteos de ángeles

¿Qué niño de la serranía no ha de conocer en su pueblo los sitios en donde se puede extraer greda o arcilla?

No creo que exista uno en Santiago de Chuco que no haya hundido sus dedos en las vetas fabulosas en donde se encontraba arcilla de diferentes colores.

Finísima como si estuviera batida por manos o aleteos de ángeles, amasando un producto que es sencillamente uno de los regalos más atesorables que nos prodiga en esta triste existencia la naturaleza.

Una “huaca” o veta de “barro greda” se ubica al pie de “El Cerrillo” que nos prodiga arcilla de color negro lapislázuli, pareja y gomosa.

Es una de las mejores por su consistencia, frescura y olor.


2. Hasta el fondo
de su esencia temblorosa

Esta veta avanza horizontal y de tanto extraer la arcilla de su ubre pródiga, para confeccionar las artesanías que nos encarga elaborar el profesor Eladio Ruiz en el curso de Trabajo Manual, está cavada hacia adentro por nuestras manos.

Tanto que es casi ya como una cueva.

Las pencas que están encima ahora cuelgan suspendidas prácticamente en el aire y se entra como a una galería en donde nos guarecemos si es que cayera repentinamente un aguacero.

Porque, ¿quién que venga por este camino puede resistir la tentación de hacer su bola de esta materia divina?

Mientras entresacamos su afable médula con el dedo índice que se introduce hasta el fondo de su esencia temblorosa, aún nos caen gotas de lluvia que la tierra rezuma hacia adentro.


3. Arco iris
subterráneo

Otra veta se encuentra allí, en la carretera que va a Cachicadán.

Convida una greda de varios colores con fintas rojas, verdes, azules, naranjas, violetas y amarillas que se ofrecen como una cometa de varios colores.

Es el mismo arco iris pero subterráneo, lo cual es tanto o más bello que el aéreo.

Es lo más lindo que se pudiera contemplar y conseguir:

Una serpiente audaz, milenaria y siempre nueva, de infinitos colores.

E iridiscente en su alma y en su cuerpo.

Es escasa y con frecuencia desaparece para los descreídos o para quien se acerquen sin decir conjuros, oraciones o pagos a la tierra que hay que saberlos decir con voz tierna y candorosa.


4. ¡Es mujer!,
decimos los niños por esta veta

Sin embargo, hay otra veta que es de una greda naranja nogal, acercándose al amarillo oro.

Está en el camino que sube de la curva de Las Guitarras a la Poza.

Es una veta con maleficio porque, a veces, aparece y otras se esfuma sin razón comprensible.

Uno puede escarbar tierra y más tierra y no aparece. Así como, en un momento imprevisto para quien la hubiera estado buscando, brota fresca como un pecho de mujer o de madre tierna.

¡Ahí viene la desesperación de hacerse dueño de ella!

– ¡Es mujer!, –decimos los niños por esta veta.

Porque esta arcilla es dulce.


5. Como si fuera
un manjar

Y ¿quién de nosotros niega haberla comido y hasta reventado sus grumos con los dientes? ¿Quién?

Como también paladeado hasta deshacer sus pequeñas bolsitas de agua entre la lengua y el paladar. Y sus areniscas ¿no las apretábamos entre los dientes hasta deshacerlas? ¿Quién?

Porque, debemos reconocer, ¡la comíamos pues, y paladeándola!

Claro, la hemos saboreado pero a escondidas de los mayores, sean padres o maestros, que nos hubieran regañado, de repente increpado y hasta pasado al castigo con correa de cuero en la desesperación de vernos comer y luego tragar, pasándolo hacia adentro la tierra o el barro.

Pero eso hacíamos, porque era una cosa tan agradable ¡que la comíamos pedacito a pedacito!

Así la íbamos probando y saboreando por el camino como si fuera un manjar.


6. En los altares
de nuestro templo

De ella hacemos unas bolas grandes, a veces del tamaño de un balón de fútbol, que envolvemos con acelgas del campo antes de emprender el camino a casa.

O a la escuela, adonde llegamos con este presente de la madre tierra.

Y ¿quién no se acerca a pedirnos siquiera un trozo? ¡Todos!

A todos hay que darles un pedacito. Y cada uno hace ya lo que quiere de ella, ¡hasta comerla!

Pero lo más frecuente es urdir en base a ella: patos, ovejas, toros y todo animalito del campo.

Hacemos granjas repletas de pollitos, huertas con árboles y acequias. O carreteras con puentes y camiones que se atascan en las curvas. Juguetes como boliches, trompos y yases.

Pero también iglesias con las deidades de la Semana Santa; con tanta destreza y similitud que salen estas últimas igual a las imágenes que permanecen en sus tronos en los altares de nuestro templo.


7. Cuando al amanecer
se ocultan las estrellas

Hay otra veta de arcilla, pero que es difícil sino imposible encontrarla.

Está en la subida del “Agua del Oro”.

Ella es la veta más rara que hayamos visto, porque es de un blanco leche.

¿Cómo es posible –digo yo– que bajo todos los estragos de la tierra, con lluvias, chorreras y tempestades pueda haber algo tan núbil, inmaculado e intacto?

¡Es un prodigio!

Aunque no muy abundante sino más bien exigua es de un blanco níveo.

Y cerca hay otras dos franjas más.

Una que da una greda de color verde esmeralda. Y la otra es de un azul pacífico como el cielo de Santiago de Chuco cuando al amanecer se ocultan las estrellas.


8. Sus entrañas
amorosas y apacibles

De estas arcillas –en realidad de todas– se hacen pigmentos de colores que son fuertes.

De allí que, si no laváramos la ropa tan pronto las roza con su color cualquiera de ellas, en realidad ya no sale nunca, quedándose pintada de ese tono para siempre.

¡Ah gredas de mi infancia que ojalá las encuentre allá, en la otra vida!, que si es buena de a verdad las tendrá en abundancia.

Ha de tenerlas para nuevamente hundir mis dedos y untar la punta de mi lengua con sus entrañas amorosas y apacibles!




2.
LOS
“CHANITOS”
SOLIDARIOS



1. Oblongos,
disparejos e indóciles

Los “chanitos” son los frutos de un árbol llamado el “choloque” cuya cáscara se usa como jabón o detergente para lavar la ropa.

El fruto que hay dentro es negro, redondo y duro, de redondez irregular, que contiene dentro las semillas.

Nos sirve a los niños para jugar a las bolitas o a las canicas.

Un bolsillo de “chanitos” oblongos, disparejos, indóciles –pero siempre cálidos y sinceros, y no fríos e ingratos como son las bolas de cristal– están prestos a producir en cualquier momento un sonido manso, cordial y solidario, cuando la mano los agita y es tiempo de paz en el mundo de afuera.



2. Las manos
de otros dueños

Previo a un desafío, revolviéndolos con la mano que los acaricia, su rumor es el de una arenga y una proclama por conquistar la victoria cuando el rival es un chico díscolo y agresivo.

En tal caso, la mano los tienta como si en el bolsillo guardáramos armas secretas, como si cobijáramos a hermanos y a primos cariñosos dispuestos a batirse defendiéndonos hasta dejar la sangre en la arena. Prestos a ayudarnos en todo, sea en las buenas o en las malas.

No hay chanitos, parejos o exactos en su redondez. Eso está bien para los productos salidos de las fábricas, que se elaboran en serie y en base a artificios. Los chanitos son frutos de la naturaleza a quienes les damos un incierto destino, ¡el de guerrear en cruentas apuestas y a veces pasar a las manos enemigas o de otros dueños!


3. Bailotean
por alguna curva dispareja

No sé si ello sea una distinción o constituya quizás un agravio el convertirlos en canicas.

Todo esto crea dilema, considerando que el “choloque” al ser planta, está concebido como un don de la vida para dar frutos en están las semillas que han de transmitir la especie fecundada en nuevos árboles, con hojas, flores, pájaros; y otra vez, ¡frutos!

El consuelo en esta inquietud es que esto, al menos, los humaniza frente a las bolas o canicas artificiales, y por eso pretenciosas.

De allí que, cuando ruedan los chanitos bailotean por alguna curva dispareja porque nunca van directo al lugar, hacia donde uno los apunta y dispara.

Eso no ocurre con las bolas de vidrio, galanas y ostentosas, que van directo y sin contemplaciones a lo que quieren: sea golpear a la otra bola y chantarlas o entrar las primeras a un hoyo.



4. Inconsolable añoranza
y discreta soledad

Los chanitos, en cambio, se salen con su gana, van donde quieren; hacen “quengos”, llevándose de la gracia, la risa y la humorada; siempre voluntariosos y cantando una endecha o una copla, sacándole partido a lo disparejo de su cuerpo y del camino.

Al final, son los seres más dignos de confianza.

No traicionan, no se van, ni nos abandonan cuando las papas queman. Se quedan el mayor tiempo posible.

A veces se quedan olvidados de sí mismos para siempre con nosotros, en nuestros cajones ruinosos, quizá porque a nadie los fascine.

Están allí para paliar con su presencia discreta y amable nuestra inconsolable añoranza y discreta soledad.



3.
NOMBRES
DE PUEBLOS
Y LUGARES


1. Parajes
que rodean al pueblo

– ¿De donde trae las ocas, señora?

– De Querquerbal, niña.

– ¿Y las arvejas, señor, de dónde son?

– De arriba, de Chusgón, vienen patroncito.

– ¿Y las papas?

– De Huarán, que son las más ricas, niño.

– Y las cebollas, ¿de dónde las trae?

La respuesta es:

– De Muycán, de Urupamba, de Suyubal.

¡Ah! Estos nombres henchidos, sonoros y a la vez quebrados.

¡Transidos!, como son aquellos que indican los lugares y parajes que rodean al pueblo de Santiago de Chuco.


2. Nombres
sonoros

– ¿Y este maíz?

– De San Agorán es niño. De allí viene.

– ¿Y el lino?

– De Calipuy lo estoy trayendo

– Y ¿el olluco?

– De Uningambal, de Sangual, de Llaturpamba.

– ¿Y hacia donde bueno se va tan de madruga vecina?

La respuesta es:

– Para Añaco me voy.

O bien: para La Cuchilla, Chambuc, Cotay.

Y así como éstos, si se recopilan, son miles los nombres sonoros, evocativos y estallantes que corresponden a cada valle, saliente o curva del camino.




3. La vida
temblante

Así nos dan un gusto por las palabras y los vocablos, puesto que a través de ellos tratamos de adivinar la vida que se desenvuelve o se acumula en las faldas, senos u orillas del universo.

Las imágenes que esos nombres transmiten al escucharlos, es de cumbres y cuestas infinitas.

Y también de campos dorados de espigas.

De casas de adobe detrás de un recodo, abrigadas con pilares y sombras en los muros.

O bien de paredes y esquinas expuestas al viento en lo alto de las lomas.

Casas también abandonadas, donde alguna vez hubieron risas y otras veces llanto.

También gemidos dando nacimiento a la vida indefensa, temblante, pero al final digna y valerosa.


www.danilosanchezlihon.blogspot.com 



 

Gentileza:: danilo Sanchez Lihon [danilosanchezlihon.3@gmail.com]

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