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En el mundo de los niños
Danilo
Sánchez Lihón
1.
LAS VETAS
DE BARRO
GREDA
1. Batida por manos
o aleteos de ángeles
¿Qué niño de la serranía no ha
de conocer en su pueblo los
sitios en donde se puede extraer
greda o arcilla?
No creo que exista uno en
Santiago de Chuco que no haya
hundido sus dedos en las vetas
fabulosas en donde se encontraba
arcilla de diferentes colores.
Finísima como si estuviera
batida por manos o aleteos de
ángeles, amasando un producto
que es sencillamente uno de los
regalos más atesorables que nos
prodiga en esta triste
existencia la naturaleza.
Una “huaca” o veta de “barro
greda” se ubica al pie de “El
Cerrillo” que nos prodiga
arcilla de color negro
lapislázuli, pareja y gomosa.
Es una de las mejores por su
consistencia, frescura y olor.
2. Hasta el fondo
de su esencia temblorosa
Esta veta avanza horizontal y de
tanto extraer la arcilla de su
ubre pródiga, para confeccionar
las artesanías que nos encarga
elaborar el profesor Eladio Ruiz
en el curso de Trabajo Manual,
está cavada hacia adentro por
nuestras manos.
Tanto que es casi ya como una
cueva.
Las pencas que están encima
ahora cuelgan suspendidas
prácticamente en el aire y se
entra como a una galería en
donde nos guarecemos si es que
cayera repentinamente un
aguacero.
Porque, ¿quién que venga por
este camino puede resistir la
tentación de hacer su bola de
esta materia divina?
Mientras entresacamos su afable
médula con el dedo índice que se
introduce hasta el fondo de su
esencia temblorosa, aún nos caen
gotas de lluvia que la tierra
rezuma hacia adentro.
3. Arco iris
subterráneo
Otra veta se encuentra allí, en
la carretera que va a Cachicadán.
Convida una greda de varios
colores con fintas rojas,
verdes, azules, naranjas,
violetas y amarillas que se
ofrecen como una cometa de
varios colores.
Es el mismo arco iris pero
subterráneo, lo cual es tanto o
más bello que el aéreo.
Es lo más lindo que se pudiera
contemplar y conseguir:
Una serpiente audaz, milenaria y
siempre nueva, de infinitos
colores.
E iridiscente en su alma y en su
cuerpo.
Es escasa y con frecuencia
desaparece para los descreídos o
para quien se acerquen sin decir
conjuros, oraciones o pagos a la
tierra que hay que saberlos
decir con voz tierna y
candorosa.
4. ¡Es mujer!,
decimos los niños por esta veta
Sin embargo, hay otra veta que
es de una greda naranja nogal,
acercándose al amarillo oro.
Está en el camino que sube de la
curva de Las Guitarras a la
Poza.
Es una veta con maleficio
porque, a veces, aparece y otras
se esfuma sin razón
comprensible.
Uno puede escarbar tierra y más
tierra y no aparece. Así como,
en un momento imprevisto para
quien la hubiera estado
buscando, brota fresca como un
pecho de mujer o de madre
tierna.
¡Ahí viene la desesperación de
hacerse dueño de ella!
– ¡Es mujer!, –decimos los niños
por esta veta.
Porque esta arcilla es dulce.
5. Como si fuera
un manjar
Y ¿quién de nosotros niega
haberla comido y hasta reventado
sus grumos con los dientes?
¿Quién?
Como también paladeado hasta
deshacer sus pequeñas bolsitas
de agua entre la lengua y el
paladar. Y sus areniscas ¿no las
apretábamos entre los dientes
hasta deshacerlas? ¿Quién?
Porque, debemos reconocer, ¡la
comíamos pues, y paladeándola!
Claro, la hemos saboreado pero a
escondidas de los mayores, sean
padres o maestros, que nos
hubieran regañado, de repente
increpado y hasta pasado al
castigo con correa de cuero en
la desesperación de vernos comer
y luego tragar, pasándolo hacia
adentro la tierra o el barro.
Pero eso hacíamos, porque era
una cosa tan agradable ¡que la
comíamos pedacito a pedacito!
Así la íbamos probando y
saboreando por el camino como si
fuera un manjar.
6. En los altares
de nuestro templo
De ella hacemos unas bolas
grandes, a veces del tamaño de
un balón de fútbol, que
envolvemos con acelgas del campo
antes de emprender el camino a
casa.
O a la escuela, adonde llegamos
con este presente de la madre
tierra.
Y ¿quién no se acerca a pedirnos
siquiera un trozo? ¡Todos!
A todos hay que darles un
pedacito. Y cada uno hace ya lo
que quiere de ella, ¡hasta
comerla!
Pero lo más frecuente es urdir
en base a ella: patos, ovejas,
toros y todo animalito del
campo.
Hacemos granjas repletas de
pollitos, huertas con árboles y
acequias. O carreteras con
puentes y camiones que se
atascan en las curvas. Juguetes
como boliches, trompos y yases.
Pero también iglesias con las
deidades de la Semana Santa; con
tanta destreza y similitud que
salen estas últimas igual a las
imágenes que permanecen en sus
tronos en los altares de nuestro
templo.
7. Cuando al amanecer
se ocultan las estrellas
Hay otra veta de arcilla, pero
que es difícil sino imposible
encontrarla.
Está en la subida del “Agua del
Oro”.
Ella es la veta más rara que
hayamos visto, porque es de un
blanco leche.
¿Cómo es posible –digo yo– que
bajo todos los estragos de la
tierra, con lluvias, chorreras y
tempestades pueda haber algo tan
núbil, inmaculado e intacto?
¡Es un prodigio!
Aunque no muy abundante sino más
bien exigua es de un blanco
níveo.
Y cerca hay otras dos franjas
más.
Una que da una greda de color
verde esmeralda. Y la otra es de
un azul pacífico como el cielo
de Santiago de Chuco cuando al
amanecer se ocultan las
estrellas.
8. Sus entrañas
amorosas y apacibles
De estas arcillas –en realidad
de todas– se hacen pigmentos de
colores que son fuertes.
De allí que, si no laváramos la
ropa tan pronto las roza con su
color cualquiera de ellas, en
realidad ya no sale nunca,
quedándose pintada de ese tono
para siempre.
¡Ah gredas de mi infancia que
ojalá las encuentre allá, en la
otra vida!, que si es buena de a
verdad las tendrá en abundancia.
Ha de tenerlas para nuevamente
hundir mis dedos y untar la
punta de mi lengua con sus
entrañas amorosas y apacibles!
2.
LOS
“CHANITOS”
SOLIDARIOS
1. Oblongos,
disparejos e indóciles
Los “chanitos” son los frutos de
un árbol llamado el “choloque”
cuya cáscara se usa como jabón o
detergente para lavar la ropa.
El fruto que hay dentro es
negro, redondo y duro, de
redondez irregular, que contiene
dentro las semillas.
Nos sirve a los niños para jugar
a las bolitas o a las canicas.
Un bolsillo de “chanitos”
oblongos, disparejos, indóciles
–pero siempre cálidos y
sinceros, y no fríos e ingratos
como son las bolas de cristal–
están prestos a producir en
cualquier momento un sonido
manso, cordial y solidario,
cuando la mano los agita y es
tiempo de paz en el mundo de
afuera.
2. Las manos
de otros dueños
Previo a un desafío,
revolviéndolos con la mano que
los acaricia, su rumor es el de
una arenga y una proclama por
conquistar la victoria cuando el
rival es un chico díscolo y
agresivo.
En tal caso, la mano los tienta
como si en el bolsillo
guardáramos armas secretas, como
si cobijáramos a hermanos y a
primos cariñosos dispuestos a
batirse defendiéndonos hasta
dejar la sangre en la arena.
Prestos a ayudarnos en todo, sea
en las buenas o en las malas.
No hay chanitos, parejos o
exactos en su redondez. Eso está
bien para los productos salidos
de las fábricas, que se elaboran
en serie y en base a artificios.
Los chanitos son frutos de la
naturaleza a quienes les damos
un incierto destino, ¡el de
guerrear en cruentas apuestas y
a veces pasar a las manos
enemigas o de otros dueños!
3. Bailotean
por alguna curva dispareja
No sé si ello sea una distinción
o constituya quizás un agravio
el convertirlos en canicas.
Todo esto crea dilema,
considerando que el “choloque”
al ser planta, está concebido
como un don de la vida para dar
frutos en están las semillas que
han de transmitir la especie
fecundada en nuevos árboles, con
hojas, flores, pájaros; y otra
vez, ¡frutos!
El consuelo en esta inquietud es
que esto, al menos, los humaniza
frente a las bolas o canicas
artificiales, y por eso
pretenciosas.
De allí que, cuando ruedan los
chanitos bailotean por alguna
curva dispareja porque nunca van
directo al lugar, hacia donde
uno los apunta y dispara.
Eso no ocurre con las bolas de
vidrio, galanas y ostentosas,
que van directo y sin
contemplaciones a lo que
quieren: sea golpear a la otra
bola y chantarlas o entrar las
primeras a un hoyo.
4. Inconsolable añoranza
y discreta soledad
Los chanitos, en cambio, se
salen con su gana, van donde
quieren; hacen “quengos”,
llevándose de la gracia, la risa
y la humorada; siempre
voluntariosos y cantando una
endecha o una copla, sacándole
partido a lo disparejo de su
cuerpo y del camino.
Al final, son los seres más
dignos de confianza.
No traicionan, no se van, ni nos
abandonan cuando las papas
queman. Se quedan el mayor
tiempo posible.
A veces se quedan olvidados de
sí mismos para siempre con
nosotros, en nuestros cajones
ruinosos, quizá porque a nadie
los fascine.
Están allí para paliar con su
presencia discreta y amable
nuestra inconsolable añoranza y
discreta soledad.
3.
NOMBRES
DE PUEBLOS
Y LUGARES
1. Parajes
que rodean al pueblo
– ¿De donde trae las ocas,
señora?
– De Querquerbal, niña.
– ¿Y las arvejas, señor, de
dónde son?
– De arriba, de Chusgón, vienen
patroncito.
– ¿Y las papas?
– De Huarán, que son las más
ricas, niño.
– Y las cebollas, ¿de dónde las
trae?
La respuesta es:
– De Muycán, de Urupamba, de
Suyubal.
¡Ah! Estos nombres henchidos,
sonoros y a la vez quebrados.
¡Transidos!, como son aquellos
que indican los lugares y
parajes que rodean al pueblo de
Santiago de Chuco.
2. Nombres
sonoros
– ¿Y este maíz?
– De San Agorán es niño. De allí
viene.
– ¿Y el lino?
– De Calipuy lo estoy trayendo
– Y ¿el olluco?
– De Uningambal, de Sangual, de
Llaturpamba.
– ¿Y hacia donde bueno se va tan
de madruga vecina?
La respuesta es:
– Para Añaco me voy.
O bien: para La Cuchilla,
Chambuc, Cotay.
Y así como éstos, si se
recopilan, son miles los nombres
sonoros, evocativos y
estallantes que corresponden a
cada valle, saliente o curva del
camino.
3. La vida
temblante
Así nos dan un gusto por las
palabras y los vocablos, puesto
que a través de ellos tratamos
de adivinar la vida que se
desenvuelve o se acumula en las
faldas, senos u orillas del
universo.
Las imágenes que esos nombres
transmiten al escucharlos, es de
cumbres y cuestas infinitas.
Y también de campos dorados de
espigas.
De casas de adobe detrás de un
recodo, abrigadas con pilares y
sombras en los muros.
O bien de paredes y esquinas
expuestas al viento en lo alto
de las lomas.
Casas también abandonadas, donde
alguna vez hubieron risas y
otras veces llanto.
También gemidos dando nacimiento
a la vida indefensa, temblante,
pero al final digna y valerosa.
www.danilosanchezlihon.blogspot.com
Gentileza:: danilo Sanchez Lihon
[danilosanchezlihon.3@gmail.com]
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