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Lo que el bosque (todavía)
puede enseñar
por Oscar
Taffetani
APe
El 6 de septiembre de 1847,
Henry David Thoreau abandonó la
cabaña del bosque de Walden Pond
en la que había vivido solitario
dos intensos años de su vida y
regresó a su casa y a su familia
en el pueblo de Concord,
Massachusetts.
Aquella experiencia de vida y
trabajo en un ámbito salvaje, no
regido por otras leyes que las
de la naturaleza, le permitieron
al filósofo ermitaño escribir un
par de buenos libros, de ésos
que aparecen una vez cada tanto,
en los que la humanidad consigue
destilar en sabiduría todos los
rigores y dolores de la
existencia.
A partir de allí, de su vida en
los bosques, Thoreau se
convirtió en el gran referente
de un pensamiento distinto,
utópico en el mejor sentido de
la palabra, un pensamiento que
llamó a respetar la dimensión
agreste (o salvaje) de la vida y
a entender que sin ese respeto
la humanidad está
irremisiblemente perdida.
"Fui a los bosques -escribió-
para no descubrir recién al
momento de morir que no había
vivido. (...) Creo que
deberíamos ser hombres primero,
y ciudadanos después. (...) Las
cosas no cambian; somos nosotros
los que cambiamos. (...) El
costo de una cosa es la cantidad
de eso que yo llamo vida
necesario para adquirirla..."
"¿Es la democracia tal como la
conocemos -se preguntó en uno de
esos libros- el último logro
posible en materia de gobierno?
¿No podremos dar un paso más
adelante, hacia el
reconocimiento y organización de
los derechos del hombre?"
"La mayoría de los lujos y
muchas de las llamadas
comodidades, no sólo no son
indispensables para vivir, sino
que resultan un obstáculo para
la elevación espiritual de la
humanidad."
Nada para comentar, ni agregar.
Los guaraníes lo sabían
No nos cansaremos nunca de
recordar y repetir, desde estas
páginas, que el continente
lingüístico tupí-guaraní, lo
mismo que el antiguo (y poco
estudiado) País del Guayrá,
ocupa casi todo el territorio de
América, y está presente en la
mayoría de sus culturas.
Cuando Christum Ferens Colombus
(Paloma portadora de Cristo),
más conocido como Cristóbal
Colón, tocó tierra en este lado
del Atlántico, lo hizo en una
isla que los nativos llamaban
Guanahani. Sí, el europeo tocó
tierra en una isla que se
llamaba Gua-na-ha-miní (isla de
tierra pequeña, en lengua
guaraní).
Hasta no hace mucho, el crucero
misilístico norteamericano USS
Ticonderoga ("ésta es tu casa",
en guaraní) patrulló las aguas
del Cará-í-be (Mar de los Cara,
en guaraní) vigilando a los
Caracas de Venezuela. La
etimología es una inagotable
fuente de sorpresas.
Y qué decir del bosque. El
guaraní tiene como media docena
de palabras distintas para decir
bosque. Ca-á es bosque a secas;
pero nadie se refiere al bosque
a secas, en abstracto. Ca´-á-guazú
es el bosque grande. Ca-á-ibaté
es el bosque alto. Ca-á-añá es
el bosque frondoso...
Los guaraníes son doctores en
bosque, doctores en monte y en
selva, desde tiempos
inmemoriales. "Nosotros no
tenemos historia escrita", nos
dijo una vez el cacique
Laudencio Benavídes Cabara. "La
selva habla por nosotros".
León Cadogan (1899-1973), hijo
de australianos nacido en
Paraguay, estudioso vocacional y
profundo de la cultura mbyá,
quien del inglés y el guaraní de
cuna pasó a estudiar el alemán y
el francés, tan sólo para
acercarse a los textos de los
folkloristas y los antropólogos,
solía decir que nunca había
aprendido tanto de la vida y de
la naturaleza humana como cuando
fue invitado por un cacique a
vivir un tiempo en la selva.
Releyendo a Thoreau
"La Corte ordenó suspender los
desmontes y talas en Salta. Se
pidió además un estudio de
impacto ambiental acumulativo de
la deforestación", leemos en un
matutino porteño.
Finalmente, tras una acelerada
reglamentación de la Ley de
Bosques (para la que debió pagar
su tributo el arrasado pueblo de
Tartagal, acotemos) y después de
una tonelada de expedientes y
reclamos abiertos por 18
comunidades originarias y grupos
criollos de la provincia de
Salta, la justicia imparte una
orden que apunta a detener el
desastre.
Si la reglamentación de la ley
de bosques se hubiera aprobado
antes, y si la justicia
argentina hubiera sido un poco
más rápida de lo que
habitualmente es, se hubiera
evitado un desmonte adicional de
medio millón de hectáreas,
producido desde 2007 a la fecha.
Pero esto es apenas lo que
ocurre en Salta. ¿Qué pasa con
eso que eufemísticamente se
llama "área cultivable" o "nueva
frontera agrícola", en el resto
de las provincias del NOA?
El bosque originario, el bosque
con bíodiversidad y maderas
preciosas, ése que alimentó por
siglos a las comunidades del
Chaco salteño (y chaqueño y
formoseño y santiagueño), es hoy
comprado, talado y vendido para
destinarlo después, en la
mayoría de los casos, al cultivo
de soja transgénica.
Es importante este fallo de la
Corte, sin duda. Es tan
importante como el fallo de 2007
que intimó al gobierno del Chaco
a evitar el genocidio por hambre
de los Wichí, los Toba y los
guaraníes de El Impenetrable.
Pero ¿se ha cumplido con lo
dispuesto por la Corte? En el
Chaco ya sabemos que no. Y
ahora, la máscara del dengue le
servirá al gobierno de
Capitanich para ocultar sus
incumplimientos en materia
alimentaria y sanitaria. Ahora,
la culpa será... del mosquito.
No viene mal, entonces, recordar
uno de esos breves pensamientos
aquilatados por Thoreau tras su
breve vida en los bosques,
resumidos más tarde en obras
capitales como Walden.
"La ley nunca hará a los hombres
libres -escribió Thoreau. Son
los hombres los que tienen que
hacer la ley libre".
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