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Carlomagno y su visión
imperial de Europa
Kenneth
Clark
La primera gran era de la
civilización Carlomagno es el
primer gran hombre de acción que
emerge de las tinieblas desde el
hundimiento del mundo romano.
Convertido en objeto de mito y
leyenda, un magnífico relicario
de Aquisgrán, hecho unos
quinientos años después de su
muerte para albergar un trozo de
su cráneo, expresa lo que la
alta Edad Media pensaba de él en
términos que él mismo habría
apreciado: oro y joyas.
Por un pelo*
Pero Carlomagno, el hombre real,
de quien sabemos mucho por un
biógrafo contemporáneo, no
estaba muy lejos del mito. Era
un personaje imponente, de más
de seis pies de estatura y
penetrantes ojos azules; sólo
que tenía una vocecilla chillona
y bigotes de morsa en vez de
barba. Fue un administrador
incansable. Las tierras que
conquistó, Baviera, Sajonia,
Lombardía, fueron organizadas
muy por encima de las
posibilidades de una época
semibárbara. Su imperio fue una
construcción artificial que no
pudo sobrevivirle. Pero la vieja
idea de que él salvó la
civilización no anda tan
descaminada, porque fue a través
de él como el mundo atlántico
restableció contacto con la
cultura antigua del mundo
mediterráneo. Hubo grandes
desórdenes tras su muerte, pero
no más salvaciones por un pelo.
La civilización había salido
adelante.
¿Cómo lo hizo? En primer lugar,
con la ayuda de un maestro y
bibliotecario excepcional
llamado Alcuino de York, recogió
libros y los hizo copiar. Pocas
veces nos damos cuenta de que
solamente tres o cuatro
manuscritos antiguos de los
autores latinos existen todavía:
todo nuestro conocimiento de la
literatura antigua se debe a la
tarea de recolección y copia que
se inició bajo Carlomagno, y
casi todos los textos clásicos
que llegaron hasta el siglo VIII
han llegado hasta hoy. Al copiar
esos manuscritos, sus copistas
crearon el más bello tipo de
letra que se haya inventado
nunca; y también el más
práctico, de modo que cuando los
humanistas del Renacimiento
quisieron encontrar un sustituto
claro y elegante de la
enmarañada letra gótica,
resucitaron la carolingia, que
es la que, más o menos con la
misma forma, ha sobrevivido
hasta hoy. Como la mayoría de
los hombres de talento que han
tenido que educarse penosamente,
Carlomagno era vivamente
consciente del valor de la
educación, y en particular
apreciaba la importancia de un
laicado educado. Promulgó una
serie de decretos para lograr
ese fin. Pero las palabras de
esos decretos son reveladoras:
"En toda sede episcopal se
impartirá instrucción en los
salmos, notación musical, canto,
el cómputo de los años y
estaciones y gramáticas". "¡El
cómputo de los años y
estaciones!" Todavía se estaba
muy lejos de lo que entendemos
por una educación liberal.
Un nuevo Sacro Imperio Romano
La adopción por Carlomagno de la
idea imperial le llevó a mirar
no sólo hacia la civilización
antigua sino también hacia su
extraña existencia póstuma en lo
que nosotros llamamos el imperio
bizantino. Hacía cuatrocientos
años que Constantinopla era la
ciudad más grande del mundo, y
la única donde la vida había
proseguido más o menos intocada
por los nómadas. Era una
civilización con todas las de la
ley, productora de algunos de
los edificios y obras de arte
más perfectos de todos los
tiempos. Pero estaba casi
incomunicada con Europa
occidental, en parte por la
lengua griega, en parte por una
diferencia religiosa, sobre todo
porque no quería mezclarse en
los feudos sangrientos de los
bárbaros de Occidente: ya tenía
bastante con los suyos de
Oriente. Un poco de su arte
había logrado filtrarse y había
servido de modelo a las primeras
figuras que aparecen en
manuscritos del siglo VIII. Pero
en conjunto Bizancio estaba más
alejado de Occidente que el
Islam, que había establecido una
base de vida intelectual
avanzada en el sur de España.
Ningún emperador de Oriente
había visitado Roma en los
últimos trescientos años, y
cuando Carlomagno, el gran
conquistador, fue allí en el 800
el Papa le coronó como cabeza de
un nuevo Sacro Imperio Romano,
pasando por alto el hecho de que
el emperador nominal reinaba en
Constantinopla. Más tarde se oyó
decir a Carlomagno que el famoso
episodio había sido un error, y
tal vez tuviera razón, porque
dio al Papa una pretensión de
supremacía sobre el emperador
que fue causa o pretexto de
guerra durante tres siglos. Pero
los juicios históricos son muy
peligrosos. Quizá fuera
precisamente la tensión entre
los poderes espiritual y mundano
a lo largo de toda la Edad Media
lo que mantuvo viva a la
civilización europea. Si uno u
otro hubieran logrado el dominio
absoluto, es posible que la
civilización se hubiera
estancado como las
civilizaciones de Egipto y
Bizancio.
Todos los tesoros del mundo
Al regresar de Roma, Carlomagno
pasó por Rávena, donde los
emperadores bizantinos habían
erigido y decorado una serie de
edificios espléndidos que no
iban nunca a visitar. Vio los
mosaicos de Justiniano y Teodora
en la iglesia de San Vital, y se
dio cuenta de lo deslumbrante
que podía ser un emperador
(añadiré que él nunca vestía
otra cosa que un manto franco
azul y liso). Y de vuelta en su
residencia de Aquisgrán (se
había instalado allí porque le
gustaba nadar en los manantiales
de agua templada) decidió
construirse una réplica de San
Vital como capilla palatina. No
podía ser una réplica exacta; su
arquitecto, Eudes de Metz, no
había captado toda la
complejidad del edificio
antiguo. Pero cuando se piensa
en las toscas obras de piedra
que lo precedieron, como el
baptisterio de Poitiers, es una
hazaña de lo más extraordinario.
Claro está que los artesanos,
como las columnas de mármol,
vinieron de Oriente porque, bajo
Carlomagno, Europa occidental
estaba una vez más en contacto
con el mundo exterior. Incluso
recibió un elefante de parte de
Harún-al-Rashid, el de Las Mil y
una noches, llamado Abbul Abuz:
murió en el curso de una campaña
en Sajonia, y de sus colmillos
se hizo un juego de piezas de
ajedrez, algunas de las cuales
se conservan todavía.
Como rector de un imperio que se
extendía desde Dinamarca hasta
el Adriático, Carlomagno acumuló
tesoros de todo el mundo
conocido: joyas, camafeos,
marfiles, sedas preciosas. Pero
al final serían los libros lo
más importante, no sólo los
textos sino las ilustraciones y
encuadernaciones. En ambas artes
había una larga tradición
técnica, y en ambas se hicieron
obras maestras por influencia
del renacimiento carolingio. No
ha habido nunca libros más
espléndidos que los ilustrados
para la biblioteca de la corte,
y enviados como regalos a toda
Europa occidental. Muchas de las
ilustraciones se basaban en
modelos antiguos tardíos o
bizantinos, cuyos originales se
han perdido. Como los textos de
la literatura romana, sólo los
conocemos a través de sus
imitaciones carolingias. Lo más
curioso son las páginas que se
derivan del estilo de la pintura
mural antigua: aquellas
fantasías arquitectónicas que se
extendieron por todo el mundo
romano, desde España hasta
Damasco. En su tiempo, aquellos
libros eran tan preciosos que se
estableció la costumbre de
dotarlos de las encuadernaciones
más ricas y complicadas.
Normalmente tenían la forma de
una placa de marfil rodeada de
oro martillado y piedras.
Todavía se conservan algunas
así, pero incluso allí donde el
oro y las joyas han sido robados
quedan las placas de marfil; y
en algunos aspectos estas
pequeñas piezas de escultura son
la mejor indicación que poseemos
de la vida intelectual de Europa
durante casi doscientos años.
Una Iglesia segura y triunfante
De la disgregación del imperio
de Carlomagno nació algo
semejante a la Europa que
conocemos. Francia al oeste,
Alemania al este y Lotaringia o,
como diríamos ahora, Lorena, una
faja de tierra contenciosa entre
ambas. Ya en el siglo X
correspondía el predominio a la
parte alemana bajo los príncipes
sajones, los tres Otones que
fueron sucesivamente coronados
emperadores.
Los historiadores suelen
considerar al siglo X casi tan
oscuro y bárbaro como el VII.
Ello se debe a que lo contemplan
desde el punto de vista de la
historia política y la palabra
escrita. Si leemos lo que Ruskin
llamaba el libro de su arte
recibiremos una impresión muy
escrita, porque, en contra de lo
que cabría esperar, el siglo X
produjo obras tan espléndidas y
técnicamente perfectas, tan
delicadas incluso, como
cualquier otra época. No será la
última vez que, al estudiar la
civilización, observemos lo
difícil que es establecer un
paralelo entre arte y sociedad.
La cantidad de obras de arte es
asombrosa. Los mecenas regios
como Lotario y Carlos el Calvo
encargaban numerosos manuscritos
con cubiertas preciosas y los
enviaban como presentes a otros
príncipes o a eclesiásticos
importantes. Una época que
valoraba estos bellos objetos
como instrumentos de persuasión
no puede haber sido totalmente
bárbara. Hasta Inglaterra, que
en vida de Carlomagno yació
sumida en una oscuridad
provinciana, se recuperó en el
siglo X y produjo obras de arte
que apenas han sido igualadas en
esta isla. ¿Hay algún dibujo
inglés más fino que la
Crucifixión que sirve de
frontispicio a un salterio del
Museo Británico? El rey
Aethelstan no es una figura muy
clara o heroica de la historia
inglesa, pero su colección, que
tenemos descripta con cierto
detalle, habría hecho palidecer
de envidia al señor Pierpont
Morgan, que era muy aficionado
al oro. Claro está que aquellos
objetos maravillosos solían
contener reliquias de los
santos: era el pretexto normal
para que el artista empleara sus
materiales más preciosos y su
mejor técnica. La idea de que
basta el arte para dar
espiritualidad a las sustancias
materiales pertenece a una fase
posterior del pensamiento
medieval, pero esta utilización
de lo artístico para revestir
objetos de valor religioso no es
sino una expresión indirecta de
la misma actitud. En estos
objetos esplendorosos, el
apetito de "oro y gemas
labradas" ha dejado de ser
símbolo de valentía y ferocidad
de un guerrero para emplearse
para mayor gloria de Dios.
En el siglo X, el arte cristiano
asumió el carácter que retendría
a lo largo de toda la Edad
Media. Para mí, la cruz de
Lotario del tesoro de Aquisgrán
es uno de los objetos más
impresionantes que nos han
llegado del pasado remoto. Una
de sus caras es una hermosa
afirmación del prestigio
imperial. En el centro de las
piedras y la filigrana de oro
figura un camafeo del emperador
Augusto, una imagen del imperium
mundano en su forma más
civilizada. En la otra cara no
hay más que una lámina de plata,
pero que lleva inciso un dibujo
lineal de la Crucifixión, un
dibujo de tan profunda belleza
que a su lado el anverso de la
cruz parece vulgar. Es la
experiencia de un gran artista
reducida a su esencia: lo que
Matisse quiso hacer en la
capilla de Vence, pero más
concentrado y hecho por un
creyente.
Hasta tal punto nos hemos
acostumbrado a la idea de que la
Crucifixión sea el símbolo
supremo del cristianismo, que
nos asombra comprobar lo
tardíamente que se reconoció su
poder dentro de la historia del
arte cristiano. En el
paleocristiano no aparece casi,
y el ejemplo más antiguo, el de
las puertas de Santa Sabina de
Roma, está metido en un rincón,
casi escondido. Sencillamente,
la Iglesia necesitaba conversos,
y desde ese punto de vista la
Crucifixión no era un tema
atractivo. Así, el arte
paleocristiano se ocupa de
milagros, curaciones y aspectos
tan esperanzadores de la fe como
la Ascensión y la Resurrección.
La Crucifixión de Santa Sabina
es oscura y fría; las otras
pocas que se conservan de la
Iglesia primitiva pretenden
hacer mella en nuestras
emociones. Fue el siglo X, ese
período despreciado y repudiado
de la historia europea, el que
hizo de la Crucifixión un
símbolo conmovedor de la fe
cristiana. En una figura como la
realizada para el arzobispo
Gerón de Colonia aparece ya muy
semejante a como desde entonces
ha venido siendo: los brazos
extendidos, la cabeza hundida,
la torsión patética del cuerpo.
Los hombres del siglo X no se
limitaron a reconocer el
significado del sacrificio de
Cristo en términos físicos sino
que supieron también sublimarlo
en forma de ritual. La evidencia
de miniaturas y marfiles muestra
por primera vez una conciencia
del poder simbólico de la Misa.
En el manuscrito de ese siglo
conocido como Códice de Uta se
aprecia el esplendor oriental
que los otonianos creyeron
apropiado para el ritual
eclesiástico. Las cuestiones
teológicas están representadas
visualmente con gran detalle.
Ello sólo era posible dentro de
una Iglesia segura y triunfante.
Y contemplamos esta cubierta de
libro de marfil, con sus
solemnes, columnares figuras
cantando y celebrando la misa.
¿No son, casi literalmente,
pilares de un gran establishment
nuevo?
Estas obras confiadas demuestran
que a finales del siglo X había
en Europa una potencia nueva,
mayor que ningún rey o
emperador: la Iglesia. Si
hubiéramos preguntado al hombre
medio de la época a qué país
pertenecía, no nos habría
entendido; solamente habría
sabido decir a qué diócesis. Y
la Iglesia no fue solamente
organizadora sino humanizadora
también. Mirando marfiles
otonianos, o las maravillosas
puertas de bronce hechas para el
obispo Bernardo de Hildesheim a
principios del siglo XI, me
vienen a la memoria los famosos
versos de Virgilio, ese gran
mediador entre el mundo antiguo
y el medieval. Vienen después
que Eneas ha naufragado en un
país que teme esté habitado por
bárbaros; luego, al mirar a su
alrededor y ver algunas figuras
esculpidas en relieve, dice:
"Estos hombres conocen el
patetismo de la vida, y las
cosas mortales les tocan el
corazón".
El hombre ya no es imago hominis,
imagen del hombre, sino un ser
humano, con los impulsos y
temores de la humanidad, y
también con su sentido moral y
su fe en la autoridad de un
poder superior. Para el año
1000, el año en que muchas
gentes pusilánimes habían temido
que se acabara el mundo, la
larga dominación de los bárbaros
errantes había llegado a su fin,
y Europa occidental estaba
preparada para su primera gran
era de civilización.
*Este fragmento pertenece al
libro Civilización de Kenneth
Clark, publicado por la
Editorial Alianza.
Kenneth Clark / Crítico de arte
e historiador inglés
http://www.elarcadigital.com.ar
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Gentileza:: ead / El Arca
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