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Orgullosamente evolucionistas
Julio Muñoz Rubio
El pasado 24 de noviembre
celebramos 150 años de la
publicación de una de las obras
más trascendentales y
revolucionarias de la historia
de la humanidad: El origen de
las especies, de Charles Darwin
(1809-1882).
Ciento cincuenta años es un
lapso lo suficientemente
prolongado para hacer un balance
del resultado de la publicación
de este libro. A lo largo de
este siglo y medio ha habido
tiempo de sobra para sopesar,
valorar, debatir, analizar y
criticar la obra de este
científico británico.
¿Y qué enseñanzas podríamos
extraer después de 150 años de
evolucionismo darwinista?
Para responder a esta pregunta
quizá sea pertinente remitirnos
a las palabras del propio
Darwin, en las últimas páginas
del capítulo XIV (Recapitulación
y conclusiones) de su magna
obra. En esos párrafos finales,
el científico intenta, con
ejemplar modestia, pero también
con seguridad y optimismo,
esbozar las perspectivas futuras
que se abren ante la por
entonces nueva teoría de la
evolución de las especies por
medio de la selección natural.
Si a Charles Darwin le fuera
dada hoy la facultad de
resucitar por un momento y, al
levantar la pesada losa que
cubre su sepulcro (ubicado en
una de las naves laterales de la
abadía de Westminster), y
contemplara entonces el
resultado de su obra,
seguramente quedaría asombrado
frente a la manera en que las
perspectivas que en 1859 él
mismo se formuló se han
cumplido, y además han
sobrepasado todos los cálculos.
Y es que a los alcances logrados
y previstos por él habría que
añadir muchos otros
desarrollados después de su
muerte.
El hallazgo, en 1900, de las
investigaciones de Gregor Mendel
(1822-1884) concernientes a las
leyes de la herencia condujo a
una fusión del evolucionismo con
la genética, comúnmente llamada
la síntesis moderna, gracias a
los trabajos de científicos como
J B S Haldande, Julian Huxley, R
A Fischer, Sewall Wright, Ernest
Mayr y Theodosiuz Dobszhansky,
entre muchos otros. Tales
avances se reforzaron
enormemente con el
descubrimiento de la estructura
tridimensional de los ácidos
nucleicos, en 1953, de James
Watson y Francis Crick.
Asimismo, como señalábamos en un
artículo publicado en estas
páginas el 12 de febrero pasado,
el darwinismo ha sido pieza
clave para el desarrollo de
ramas del conocimiento como la
ecología, la paleontología, la
antropología, la taxonomía, la
filosofía e incluso de aspectos
de la sociología, la economía y
la lingüística.
El ataque demoledor de Darwin al
prejuicio y al autoritarismo
religioso, al destrozar el dogma
bíblico de la creación, es una
de sus más relevantes
contribuciones al saber humano,
con todas sus consecuencias
positivas.
Todo esto, y mucho más, es el
resultado de una construcción
teórica con fuerte arraigo y
fundamento en la realidad
material; es el resultado de la
adecuada aplicación de
razonamientos y argumentos
coherentemente construidos,
nunca de la elucubración
simplona con base en meras
imágenes místicas y fetichizadas.
Ni de la utilización del
prejuicio como norma del
pensamiento.
Cuando en febrero pasado
celebramos los 200 años del
nacimiento de Darwin,
comenzábamos en todo el mundo la
realización de una interminable
serie de actividades para
reflexionar sobre el impacto de
su teoría. En México
instituciones como la
Universidad Nacional Autónoma de
México (UNAM), la Universidad
Autónoma Metropolitana (UAM) y
el Instituto Politécnico
Nacional (IPN) efectuaron
numerosos actos a lo largo del
año para impulsar esta
fascinante reflexión. Hubo
coloquios, mesas redondas,
debates, conferencias,
seminarios y cursos, así como la
publicación de libros y
artículos. En fin, la
investigación, docencia y
difusión de la ciencia se
sucedieron en una interminable
cascada de actos a los que
cientos, miles de estudiantes,
académicos y público en general
asistieron con entusiasmo, con
sed de conocimiento, con pasión.
Ha sido un excelente año; ha
sido una digna celebración. Con
motivos sobrados podemos decir,
todos aquellos que en este país
hemos participado de ella, que
somos orgullosamente
evolucionistas; que la UNAM, el
IPN y la UAM han cumplido
ejemplarmente con su labor de
difusión y preservación del
conocimiento, de la búsqueda de
la verdad, de lucha contra la
ignorancia.
Estoy convencido de que en los
años por venir el evolucionismo
y el darwinismo se podrán
consolidar aún más en México y
de que se constituirán en piezas
claves para derrotar a aquellas
personas e instituciones que
hoy, desde las esferas
gubernamentales, pretenden
aniquilar el conocimiento y la
sabiduría, y conducirnos hasta
las catacumbas de su propia
ignorancia.
No lo lograrán. No pasarán.
El darwinismo vive, el
evolucionismo vive. Y por aquí
también: la lucha sigue.
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