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A cincuenta años del estreno
de “Los cuatrocientos golpes”
Germán
Ferrari
El Arca Digital
Truffaut: un cine con niños
y mujeres
Con el impulso periodístico de
la revista Cahiers du Cinéma
(Cuadernos de Cine) surge el
fenómeno llamado nouvelle vague
o nueva ola. Allí quedan
reunidos numerosos críticos,
guionistas y escritores y
también consagrado François
Truffaut, y su filme “Los 400
golpes”, en 1959, en el Festival
de Cannes. De la partida fueron
Jean-Luc Godard, Claude Chabrol,
Alain Resnais y sobre todos
ellos,su precursor, Jean Pierre
Melville. La idea matriz era
retratar la realidad organizando
la percepción de las obras de
modo verosímil y contadas
sencillamente.
“Cuando tenía trece años, me
moría de ganas de ser adulto
para poder cometer todo tipo de
fechorías impunemente. Me
parecía que la vida de un niño
consistía sólo en delitos, y la
de un adulto sólo en accidentes.
Cuando yo salía a la calle para
tirar por la alcantarilla los
pedazos de un plato que había
roto mientras lo lavaba, por la
noche oía a los amigos de mis
padres que se divertían contando
cómo habían estrellado su coche
contra un árbol. A pesar de
todos los años transcurridos, no
he cambiado de opinión en cuanto
a eso, y cuando oigo a un adulto
añorar su infancia, tiendo a
pensar que tiene mala memoria”.
Las palabras de François
Truffaut escapan de la anécdota
moralizante para constituirse en
una meditación aguda volcada en
sus películas, que se
convirtieron en ensayos
filosóficos sobre el mundo de la
infancia y la juventud. A partir
de su primer largometraje, “Los
cuatrocientos golpes”, estrenado
hace cincuenta años en el
Festival de Cannes y aclamado
por el público y la crítica,
Truffaut revitalizó la manera de
hacer cine no sólo en Francia, a
partir del movimiento conocido
como nouvelle vague, sino
también fuera de sus fronteras,
y concibió una nueva manera de
que niños y jóvenes se
convirtieran en protagonistas de
la pantalla grande. Su poder
transformador con la cámara fue
reconocido a través del los años
por directores tan disímiles
como los estadounidenses Woody
Allen y Steven Spielberg, el
español Fernando Trueba y el
argentino Daniel Burman (alguna
vez a Leonardo Favio se lo llamó
“el Truffaut argentino” al
establecer contactos entre su
“Crónica de un niño solo” y la
ópera prima del francés). Los
estudios críticos sobre su vida
y su obra se han sucedido desde
su muerte y aún se suceden. En
septiembre pasado el poeta y
ensayista español Luis García
Gil presentó su libro François
Truffaut en el Festival de Cine
de Cádiz.
La mirada de Truffaut sobre los
niños y los adolescentes
trascenderá “Los cuatrocientos
golpes”. Además del magnífico
hallazgo de seguir la vida de su
protagonista, Antoine Doinel
interpretado por el actor
Jean-Pierre Léaud a través de
casi dos décadas, en el
cortometraje Antoine y Colette y
en los filmes “Besos robados”,
“Domicilio conyugal” y “El amor
en fuga”, aquel compañero de
ruta de Jean-Luc Godard, Claude
Chabrol y Eric Rohmer indagó en
los primeros años de la vida
humana en el corto “Los mocosos”
y los largometrajes “El niño
salvaje” y “La piel dura”. Y en
el resto de sus trabajos siempre
aparece un niño o un muchacho,
como también son infaltables los
libros.
Antes de dedicarse de lleno a la
labor de director, Truffaut
había desplegado una actividad
periodística como crítico en la
revista Cahiers du Cinéma, desde
donde atacó las estructuras
anquilosadas del cine francés.
Una muestra de ello es el famoso
ensayo “Una cierta tendencia del
cine francés”, escrito en 1954,
y que establecería las bases de
la próxima nouvelle vague.
La reflexión teórica fue una
herramienta que utilizó a lo
largo de su vida: “La
adolescencia es un estado
reconocido por los educadores y
los sociólogos, pero negado por
la familia, los padres. De
acuerdo con el lenguaje de los
especialistas, yo diría que el
destete afectivo, el despertar
de la pubertad, el deseo de
independencia y el sentimiento
de inferioridad son los signos
característicos de este período.
Cualquier desconcierto lleva a
la rebelión, y a esta crisis se
la llama precisamente ‘juvenil’.
El mundo es injusto; es
necesario despabilarse y por eso
se dan “Los cuatrocientos
golpes”. Es decir, se hacen “las
mil y una”.
La libertad, el mar, la soledad
“Los cuatrocientos golpes” se
estrenó en 1959, primero en el
Festival de Cannes, en el que
Truffaut obtuvo el premio al
Mejor Director -Orfeo negro, de
Marcel Camus, fue elegida la
Mejor Película-, y un mes
después en París, para el
público en general. Más de 450
mil espectadores presenciaron la
cinta en las primeras semanas de
exhibición. De ese mismo año es
“Intriga internacional”, la
famosa película con Cary Grant y
Eva Marie Saint, dirigida por su
admirado Alfred Hitchcock, con
quien mantuvo una serie de
charlas que luego plasmó en el
libro El cine según Hitchcock,
una extensa entrevista publicada
en 1966 en la que el director
francés indaga con una devoción
desbordada en la trayectoria de
su colega británico y en la que
ambos analizan en profundidad
diversos aspectos del cine.
A medio siglo de su estreno,
¿por qué “Los cuatrocientos
golpes” aún conserva la frescura
y el atractivo de entonces?
Desde la primera vez que la vi,
en un ciclo de trasnoche de ATC,
cuando estaba despidiendo mi
adolescencia, quedé fascinado
por la simpleza y la complejidad
de una historia que una mala
sinopsis podría definir como las
travesuras de un chico de trece
años que terminan mal, aunque el
final quede abierto. El blanco y
negro de las imágenes, una
música incidental sobria y, por
sobre todo, las soberbias
interpretaciones no sólo de
Léaud, en el papel de Antoine,
sino también de su amigo René
interpretado por Patrick Auffay
y del resto de los chicos, con
actuaciones tan alejadas del
endurecimiento y la
incredibilidad de los pequeños
actores del cine argentino de
entonces. Puede armarse una
antología de situaciones y
escenas inolvidables: Antoine
prende una vela a una imagen de
Honoré de Balzac, a manera de
ofrenda pagana, para que lo
ayude en una composición
escolar; Antoine y René
comparten la alegría de una
rabona por las calles de París;
el cachetazo que le da el padre
en medio de sus compañeros de
escuela; la incomodidad
resignada por la estrechez de la
casa familiar; el gesto de
Antoine cuando ve a su madre con
un amante; su intento por pasar
inadvertido con un sombrero de
adulto al robar una máquina de
escribir del trabajo de su
padre; su cara contra las rejas
del camión policial que lo lleva
detenido; el interrogatorio al
que es sometido por la psicóloga
del instituto de jóvenes
delincuentes; su tristeza ante
la partida obligada de René, a
quien no dejan entrar a
visitarlo al penal. Y el
interminable e imprescindible
travelling del escape final
hacia la libertad, el mar, la
soledad. El espectador escapa
con Antoine; todos quisimos ser
Antoine y aún queremos conservar
su espíritu.
El carácter autobiográfico de
“Los cuatrocientos golpes” fue
analizado en extenso por
críticos e investigadores,
fascinados, además, ante el
extraordinario parecido entre el
director y el actor. Truffaut
afirmaba al respecto: “Antoine
Doinel es todavía el mismo
personaje, bastante cerca de mí
sin ser yo, bastante cerca de
Jean-Pierre Léaud sin ser
Jean-Pierre Léaud. El personaje
de ficción Antoine Doinel es,
pues, una mezcla de dos
personajes reales, François
Truffaut y Jean-Pierre Léaud”.
Obra viva
François Truffaut vivió sólo 52
años, entre 1932 y 1984. Dedicó
al cine más de la mitad de su
vida, primero como crítico,
luego como director y actor; en
su adolescencia había devorado
filmes en interminables veladas
en las salas parisinas. Allí
había descubierto, entre otros,
a Charles Chaplin, Jean Renoir,
Jean Cocteau, Alfred Hitchcock y
Orson Welles, un universo ajeno
a las dificultades de una
familia quebrada: una madre
distante y un padrastro que lo
sentía como una carga. Aquella
pasión lo llevó a fundar un
cine-club cuando era un
quinceañero. Luego vendrá la
reclusión en un instituto de
jóvenes; la ayuda del crítico de
cine André Bazin, quien lo
rescató del encierro e inició en
el oficio y a quien está
dedicada “Los cuatrocientos
golpes”; y su trabajo
consagratorio en Cahiers du
Cinéma. Dos años antes de su
éxito en Cannes, se había casado
con Madelaine Morgenstern, hija
de un distribuidor que le
financió su empresa “Les Films
du Carrosse”.
El padrino de casamiento fue
Roberto Rossellini, el afamado
director de “Roma, ciudad
abierta” y “Alemania, año cero”.
Casi como una asociación
mnemotécnica, el nombre de
Truffaut está asociado a “Los
cuatrocientos golpes”, como el
de Orson Welles a “El
ciudadano”. Al valor de una
primera obra monumental, difícil
de equiparar con la producción
posterior, se suma otra
coincidencia: ninguno pasaba los
30 años cuando estrenaron sus
filmes Welles estaba por cumplir
26 y Truffaut tenía 27.
El público argentino conoció
“Los cuatrocientos golpes” al
año siguiente de su
consagración. Gracias al
reconocimiento en ese certamen,
Truffaut fue invitado a
participar del Festival de Cine
de Mar del Plata de 1962, en el
que presentó su tercer
largometraje, “Jules et Jim”,
protagonizado por Jeanne Moreau
(Catherine), Oskar Werner
(Jules) y Henri Serre (Jim). Un
exquisito triángulo amoroso
ambientado entre las dos guerras
mundiales del siglo pasado tuvo
una recepción dispar en el
público argentino. Aún se
recuerda el desconcierto de
Truffaut ante la puja entre
aplausos y silbidos durante el
estreno. El jurado reconoció a
Truffaut con el premio al Mejor
Director, pero el italiano Elio
Petri se llevó el galardón a la
Mejor Película con “Los días
contados”. A decir de su
creador, con “Jules et Jim”
empezaba a moldear su
trayectoria. Consideraba a
"Disparen sobre el pianista", su
segundo filme, seguía “la ley de
la segunda película”: “Son menos
completas que la primera, en la
que intentamos contar toda una
primera etapa vital, en la que
queremos decir todo lo que hemos
acumulado durante años. La
segunda es voluntariamente más
modesta en su propósito. La
tercera es la más interesante:
es una reflexión sobre las otras
dos y señala el comienzo de una
carrera”.
Truffaut transitó por distintos
géneros, desde la ciencia
ficción con “Fahrenheit 451”,
hasta la novela negra con “La
novia vestida de negro” y “La
sirena del Mississippi”, y el
drama amoroso (otro triángulo)
con “Las dos inglesas y el
continente”. Su consagración
internacional llegó con “La
noche americana”, que ganó el
Oscar a la Mejor Película
Extranjera de 1973, en la que
reflexiona sobre el mundo del
cine, a partir de “una película
dentro de una película”. El
propio Truffaut interpreta el
papel del director de “Les
presento a Pamela”.
Hasta su muerte rodó ocho
largometrajes más en total filmó
21. En su vida acumuló amores
con sus actrices. Fanny Ardant,
pareja de sus años finales y
protagonista de sus últimas
películas, “La mujer de al lado”
y “Vivamente el domingo”, lo
definía a partir del título de
una de sus cintas, “El hombre
que amaba a las mujeres”: “Ha
sido una relación completamente
determinante en mi vida. Hice
sólo dos films dirigidos por él.
Y tenía un proyecto para una
tercera película, pero murió. [
] El ha sido el hombre de mi
vida, me ha marcado. Y lo
disfruté mucho. Yo prefiero
vivir con alguien peligroso que
con alguien aburrido. Creo que
un hombre que ama a las mujeres
es más agradable que un hombre
que no es querido por ellas”.
A través de los años, la figura
de Truffaut se agiganta. La
competencia con Godard, su
antiguo compañero de la nouvelle
vague, a veces se estableció
como rivalidad. Los caminos
estéticos propuestos por uno y
otro divergían, pero no
confrontaban. Quienes en uno
veían al “romántico” y en el
otro al “político” simplificaban
la cuestión, sin esforzarse en
encontrar los lazos que unían a
ambas obras. Truffaut supo
retratar a los niños y los
jóvenes como muy pocos cineastas
“la edad más apasionante, la que
ofrece más posibilidades
cinematográficas, se sitúa entre
los ocho y los quince años”,
pero también fue un observador
sagaz, a veces despiadado, del
mundo de los adultos.
Poco después de la muerte de
Hitchcock, escribió: “El hombre
había muerto, pero no el
cineasta, porque sus películas,
realizadas con un cuidado
extraordinario, una pasión
exclusiva, una emotividad
extrema enmascarada por una
maestría técnica poco frecuente,
no dejarían de circular,
difundidas por todo el mundo,
rivalizando con las producciones
nuevas, desafiando el paso del
tiempo, comprobando la imagen de
Jean Cocteau cuando habla de
Proust: ‘Su obra continuaba
viviendo como los relojes de
pulsera de los soldados
Muertos’”. Con estas mismas
palabras se puede homenajear al
creador de “Los cuatrocientos
golpes”.
Germán Ferrari / Periodista
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Gentileza:: ead / El Arca
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