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A cincuenta años del estreno de “Los cuatrocientos golpes”, Germán Ferrari. - 26/12/09
 

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A cincuenta años del estreno de “Los cuatrocientos golpes”, Germán Ferrari. - 26/12/09


 


A cincuenta años del estreno de “Los cuatrocientos golpes”

Germán Ferrari
El Arca Digital


Truffaut: un cine con niños y mujeres

Con el impulso periodístico de la revista Cahiers du Cinéma (Cuadernos de Cine) surge el fenómeno llamado nouvelle vague o nueva ola. Allí quedan reunidos numerosos críticos, guionistas y escritores y también consagrado François Truffaut, y su filme “Los 400 golpes”, en 1959, en el Festival de Cannes. De la partida fueron Jean-Luc Godard, Claude Chabrol, Alain Resnais y sobre todos ellos,su precursor, Jean Pierre Melville. La idea matriz era retratar la realidad organizando la percepción de las obras de modo verosímil y contadas sencillamente.

“Cuando tenía trece años, me moría de ganas de ser adulto para poder cometer todo tipo de fechorías impunemente. Me parecía que la vida de un niño consistía sólo en delitos, y la de un adulto sólo en accidentes. Cuando yo salía a la calle para tirar por la alcantarilla los pedazos de un plato que había roto mientras lo lavaba, por la noche oía a los amigos de mis padres que se divertían contando cómo habían estrellado su coche contra un árbol. A pesar de todos los años transcurridos, no he cambiado de opinión en cuanto a eso, y cuando oigo a un adulto añorar su infancia, tiendo a pensar que tiene mala memoria”. Las palabras de François Truffaut escapan de la anécdota moralizante para constituirse en una meditación aguda volcada en sus películas, que se convirtieron en ensayos filosóficos sobre el mundo de la infancia y la juventud. A partir de su primer largometraje, “Los cuatrocientos golpes”, estrenado hace cincuenta años en el Festival de Cannes y aclamado por el público y la crítica, Truffaut revitalizó la manera de hacer cine no sólo en Francia, a partir del movimiento conocido como nouvelle vague, sino también fuera de sus fronteras, y concibió una nueva manera de que niños y jóvenes se convirtieran en protagonistas de la pantalla grande. Su poder transformador con la cámara fue reconocido a través del los años por directores tan disímiles como los estadounidenses Woody Allen y Steven Spielberg, el español Fernando Trueba y el argentino Daniel Burman (alguna vez a Leonardo Favio se lo llamó “el Truffaut argentino” al establecer contactos entre su “Crónica de un niño solo” y la ópera prima del francés). Los estudios críticos sobre su vida y su obra se han sucedido desde su muerte y aún se suceden. En septiembre pasado el poeta y ensayista español Luis García Gil presentó su libro François Truffaut en el Festival de Cine de Cádiz.
La mirada de Truffaut sobre los niños y los adolescentes trascenderá “Los cuatrocientos golpes”. Además del magnífico hallazgo de seguir la vida de su protagonista, Antoine Doinel interpretado por el actor Jean-Pierre Léaud a través de casi dos décadas, en el cortometraje Antoine y Colette y en los filmes “Besos robados”, “Domicilio conyugal” y “El amor en fuga”, aquel compañero de ruta de Jean-Luc Godard, Claude Chabrol y Eric Rohmer indagó en los primeros años de la vida humana en el corto “Los mocosos” y los largometrajes “El niño salvaje” y “La piel dura”. Y en el resto de sus trabajos siempre aparece un niño o un muchacho, como también son infaltables los libros.
Antes de dedicarse de lleno a la labor de director, Truffaut había desplegado una actividad periodística como crítico en la revista Cahiers du Cinéma, desde donde atacó las estructuras anquilosadas del cine francés. Una muestra de ello es el famoso ensayo “Una cierta tendencia del cine francés”, escrito en 1954, y que establecería las bases de la próxima nouvelle vague.
La reflexión teórica fue una herramienta que utilizó a lo largo de su vida: “La adolescencia es un estado reconocido por los educadores y los sociólogos, pero negado por la familia, los padres. De acuerdo con el lenguaje de los especialistas, yo diría que el destete afectivo, el despertar de la pubertad, el deseo de independencia y el sentimiento de inferioridad son los signos característicos de este período. Cualquier desconcierto lleva a la rebelión, y a esta crisis se la llama precisamente ‘juvenil’. El mundo es injusto; es necesario despabilarse y por eso se dan “Los cuatrocientos golpes”. Es decir, se hacen “las mil y una”.

La libertad, el mar, la soledad

“Los cuatrocientos golpes” se estrenó en 1959, primero en el Festival de Cannes, en el que Truffaut obtuvo el premio al Mejor Director -Orfeo negro, de Marcel Camus, fue elegida la Mejor Película-, y un mes después en París, para el público en general. Más de 450 mil espectadores presenciaron la cinta en las primeras semanas de exhibición. De ese mismo año es “Intriga internacional”, la famosa película con Cary Grant y Eva Marie Saint, dirigida por su admirado Alfred Hitchcock, con quien mantuvo una serie de charlas que luego plasmó en el libro El cine según Hitchcock, una extensa entrevista publicada en 1966 en la que el director francés indaga con una devoción desbordada en la trayectoria de su colega británico y en la que ambos analizan en profundidad diversos aspectos del cine.
A medio siglo de su estreno, ¿por qué “Los cuatrocientos golpes” aún conserva la frescura y el atractivo de entonces? Desde la primera vez que la vi, en un ciclo de trasnoche de ATC, cuando estaba despidiendo mi adolescencia, quedé fascinado por la simpleza y la complejidad de una historia que una mala sinopsis podría definir como las travesuras de un chico de trece años que terminan mal, aunque el final quede abierto. El blanco y negro de las imágenes, una música incidental sobria y, por sobre todo, las soberbias interpretaciones no sólo de Léaud, en el papel de Antoine, sino también de su amigo René interpretado por Patrick Auffay y del resto de los chicos, con actuaciones tan alejadas del endurecimiento y la incredibilidad de los pequeños actores del cine argentino de entonces. Puede armarse una antología de situaciones y escenas inolvidables: Antoine prende una vela a una imagen de Honoré de Balzac, a manera de ofrenda pagana, para que lo ayude en una composición escolar; Antoine y René comparten la alegría de una rabona por las calles de París; el cachetazo que le da el padre en medio de sus compañeros de escuela; la incomodidad resignada por la estrechez de la casa familiar; el gesto de Antoine cuando ve a su madre con un amante; su intento por pasar inadvertido con un sombrero de adulto al robar una máquina de escribir del trabajo de su padre; su cara contra las rejas del camión policial que lo lleva detenido; el interrogatorio al que es sometido por la psicóloga del instituto de jóvenes delincuentes; su tristeza ante la partida obligada de René, a quien no dejan entrar a visitarlo al penal. Y el interminable e imprescindible travelling del escape final hacia la libertad, el mar, la soledad. El espectador escapa con Antoine; todos quisimos ser Antoine y aún queremos conservar su espíritu.
El carácter autobiográfico de “Los cuatrocientos golpes” fue analizado en extenso por críticos e investigadores, fascinados, además, ante el extraordinario parecido entre el director y el actor. Truffaut afirmaba al respecto: “Antoine Doinel es todavía el mismo personaje, bastante cerca de mí sin ser yo, bastante cerca de Jean-Pierre Léaud sin ser Jean-Pierre Léaud. El personaje de ficción Antoine Doinel es, pues, una mezcla de dos personajes reales, François Truffaut y Jean-Pierre Léaud”.


Obra viva

François Truffaut vivió sólo 52 años, entre 1932 y 1984. Dedicó al cine más de la mitad de su vida, primero como crítico, luego como director y actor; en su adolescencia había devorado filmes en interminables veladas en las salas parisinas. Allí había descubierto, entre otros, a Charles Chaplin, Jean Renoir, Jean Cocteau, Alfred Hitchcock y Orson Welles, un universo ajeno a las dificultades de una familia quebrada: una madre distante y un padrastro que lo sentía como una carga. Aquella pasión lo llevó a fundar un cine-club cuando era un quinceañero. Luego vendrá la reclusión en un instituto de jóvenes; la ayuda del crítico de cine André Bazin, quien lo rescató del encierro e inició en el oficio y a quien está dedicada “Los cuatrocientos golpes”; y su trabajo consagratorio en Cahiers du Cinéma. Dos años antes de su éxito en Cannes, se había casado con Madelaine Morgenstern, hija de un distribuidor que le financió su empresa “Les Films du Carrosse”.
El padrino de casamiento fue Roberto Rossellini, el afamado director de “Roma, ciudad abierta” y “Alemania, año cero”.
Casi como una asociación mnemotécnica, el nombre de Truffaut está asociado a “Los cuatrocientos golpes”, como el de Orson Welles a “El ciudadano”. Al valor de una primera obra monumental, difícil de equiparar con la producción posterior, se suma otra coincidencia: ninguno pasaba los 30 años cuando estrenaron sus filmes Welles estaba por cumplir 26 y Truffaut tenía 27.
El público argentino conoció “Los cuatrocientos golpes” al año siguiente de su consagración. Gracias al reconocimiento en ese certamen, Truffaut fue invitado a participar del Festival de Cine de Mar del Plata de 1962, en el que presentó su tercer largometraje, “Jules et Jim”, protagonizado por Jeanne Moreau (Catherine), Oskar Werner (Jules) y Henri Serre (Jim). Un exquisito triángulo amoroso ambientado entre las dos guerras mundiales del siglo pasado tuvo una recepción dispar en el público argentino. Aún se recuerda el desconcierto de Truffaut ante la puja entre aplausos y silbidos durante el estreno. El jurado reconoció a Truffaut con el premio al Mejor Director, pero el italiano Elio Petri se llevó el galardón a la Mejor Película con “Los días contados”. A decir de su creador, con “Jules et Jim” empezaba a moldear su trayectoria. Consideraba a "Disparen sobre el pianista", su segundo filme, seguía “la ley de la segunda película”: “Son menos completas que la primera, en la que intentamos contar toda una primera etapa vital, en la que queremos decir todo lo que hemos acumulado durante años. La segunda es voluntariamente más modesta en su propósito. La tercera es la más interesante: es una reflexión sobre las otras dos y señala el comienzo de una carrera”.
Truffaut transitó por distintos géneros, desde la ciencia ficción con “Fahrenheit 451”, hasta la novela negra con “La novia vestida de negro” y “La sirena del Mississippi”, y el drama amoroso (otro triángulo) con “Las dos inglesas y el continente”. Su consagración internacional llegó con “La noche americana”, que ganó el Oscar a la Mejor Película Extranjera de 1973, en la que reflexiona sobre el mundo del cine, a partir de “una película dentro de una película”. El propio Truffaut interpreta el papel del director de “Les presento a Pamela”.
Hasta su muerte rodó ocho largometrajes más en total filmó 21. En su vida acumuló amores con sus actrices. Fanny Ardant, pareja de sus años finales y protagonista de sus últimas películas, “La mujer de al lado” y “Vivamente el domingo”, lo definía a partir del título de una de sus cintas, “El hombre que amaba a las mujeres”: “Ha sido una relación completamente determinante en mi vida. Hice sólo dos films dirigidos por él. Y tenía un proyecto para una tercera película, pero murió. [ ] El ha sido el hombre de mi vida, me ha marcado. Y lo disfruté mucho. Yo prefiero vivir con alguien peligroso que con alguien aburrido. Creo que un hombre que ama a las mujeres es más agradable que un hombre que no es querido por ellas”.



A través de los años, la figura de Truffaut se agiganta. La competencia con Godard, su antiguo compañero de la nouvelle vague, a veces se estableció como rivalidad. Los caminos estéticos propuestos por uno y otro divergían, pero no confrontaban. Quienes en uno veían al “romántico” y en el otro al “político” simplificaban la cuestión, sin esforzarse en encontrar los lazos que unían a ambas obras. Truffaut supo retratar a los niños y los jóvenes como muy pocos cineastas “la edad más apasionante, la que ofrece más posibilidades cinematográficas, se sitúa entre los ocho y los quince años”, pero también fue un observador sagaz, a veces despiadado, del mundo de los adultos.
Poco después de la muerte de Hitchcock, escribió: “El hombre había muerto, pero no el cineasta, porque sus películas, realizadas con un cuidado extraordinario, una pasión exclusiva, una emotividad extrema enmascarada por una maestría técnica poco frecuente, no dejarían de circular, difundidas por todo el mundo, rivalizando con las producciones nuevas, desafiando el paso del tiempo, comprobando la imagen de Jean Cocteau cuando habla de Proust: ‘Su obra continuaba viviendo como los relojes de pulsera de los soldados Muertos’”. Con estas mismas palabras se puede homenajear al creador de “Los cuatrocientos golpes”.

Germán Ferrari / Periodista

http://www.elarcadigital.com.ar
http://www.elarcadigital.com.ar/modules/suplementos/articulo.php?id=84



 

Gentileza:: ead / El Arca Digital [lectores@elarcadigital.com.ar]

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