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Autoridad en las aulas y
poder en la escuela
Julio
Carabaña
La relación docente implica
autoridad del que enseña sobre
el que aprende. Parte del tiempo
de clase se gasta definiendo
esta relación, es decir,
poniendo orden en el aula o
negociando la autoridad; y lo
que queda se dedica al
contenido, es decir a la
enseñanza y al aprendizaje.
Corren voces de que cada vez se
dedica más tiempo a poner orden
y menos a trabajar, y ni más ni
menos que un informe de la OCDE
confirma que el problema es más
grave en España que en otros
países. Los profesores se quejan
de que los alumnos son cada vez
menos respetuosos, y cada vez
tienen menos autoridad, en el
aula y fuera de ella. La prensa
se lo confirma con relatos de
amenazas y agresiones, no sólo
de los alumnos, sino también de
padres que secundan a sus hijos.
El vínculo pedagógico parece
deteriorarse en escuelas
asediadas por las novedades de
la modernidad.
Ya Platón, en el libro VIII de
su República, anticipó los dos
modos de culpar a la sociedad de
los males de la escuela. Para
unos, lo que mina la autoridad
de la escuela es ese espíritu
que se caracteriza por “el gran
aprecio que dispensa a las
riquezas y por su afán de lucro
y su amor al trabajo” (todo
decae, así que ahora ya ni esto
último).
Para otros, todo es culpa de la
democracia, un régimen donde
“reina la liberad y cada cual
hace como le place”, cuya ruina,
como la de la oligarquía, “viene
del deseo insaciable de su
propio bien”.
Cuando la libertad lo domina
todo, la anarquía se adentra en
las familias, donde “nace en el
padre el hábito de considerarse
igual a sus hijos y de temerlos,
y recíprocamente, en los hijos
con respecto al padre, hasta el
punto de que ni respetan ni
teman a sus progenitores para
dar fe de su condición de
hombres libres”. Y en las
escuelas, donde “el maestro teme
y halaga a sus discípulos, éstos
se despreocupan de los maestros.
Los jóvenes se comparan con los
viejos y disputan con ellos de
palabra, mientras los ancianos
condescienden ante los jóvenes y
remedan su buen humor y sus
gracias con gran espíritu de
imitación por no parecer
antipáticos ni despóticos”.
Algo ha de haber de cierto en
todo esto porque, como ha
escrito Enric González, no
llevaríamos si no dos mil años
quejándonos de la juventud
actual. Conviene precisar que
nunca tantos adolescentes se han
sometido por tanto tiempo y de
tan buen grado a la disciplina
escolar. Basta una ojeada a los
relatos literarios sobre los
años escolares, o en su defecto
un esfuerzo de rememoración
realista, para darnos cuenta de
que, “antes”, la convivencia en
las aulas era bastante menos
pacífica que “ahora”.
Por consiguiente, no cabe echar
la culpa a la televisión, ni a
los videojuegos, ni a la dejadez
de los padres de un deterioro
que nunca ha ocurrido. En todo
caso, siempre ha habido
profesores con más y con menos
autoridad, y alumnos dispuestos
a desafiar la autoridad de los
profesores.
No creo que la cuestión esté en
el entorno social ni en la
juventud, sino en la
organización escolar. Quizás el
problema viene de que,
optimistas ante la buena salud
del vínculo pedagógico, lo hemos
intentado reducir a mera
autoridad sin poder, y además en
el momento más inoportuno. Se
obliga a las escuelas a retener
a todos los alumnos hasta los 16
años, pero no pueden ni
castigarlos más que con malas
notas ni expulsarlos más que a
través de un proceso
pseudo-judicial. De poco sirve
que sea hoy mayor que nunca la
autoridad de los profesores y la
sumisión de los alumnos, si se
organiza la escuela de tal modo
que se da toda la ventaja al
alumno dispuesto a demostrar que
no le importan ni las notas ni
la escuela.
Parece que hemos confiado
demasiado en la autoridad del
profesor obligándole a trabajar
como un trapecista sin red. Esa
red no consiste en judicializar
todavía más las relaciones
escolares, sino en medios de
actuación eficaces y rápidos en
la escuela.
Julio Carabaña
Catedrático de Sociología.
Sección de Sociología de la
Educación.
Universidad Complutense de
Madrid
Centro de Colaboraciones
Solidarias (CCS)
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