|
Ferrer y Korczak, sin
efemérides.
Oscar Taffetani
El 13 de octubre de 1909,
hace cien años, fue fusilado en
el castillo de Montjuic,
Barcelona, Francisco Ferrer y
Guardia, notable educador
anarquista, creador de la
Escuela Moderna y gran promotor
de la organización sindical y
política de la clase obrera.
En la Cataluña y la España de
aquellos tiempos, fruto del
concordato firmado por la Casa
Real y la Santa Sede, la
inscripción de un niño en los
registros y su mismo derrotero
como persona hasta la tumba (ya
que no había cementerios
civiles) estaba determinada por
el origen social y la
pertenencia religiosa.
No había edad mínima para
trabajar. Niñas y niños del
proletariado entraban a fábricas
y talleres a cumplir con pesadas
tareas y con largas jornadas,
por un salario de hambre. La
contracara eran los hijos de la
burguesía y la nobleza
(particularmente, los varones),
quienes sí tenían oportunidad de
crecer y desarrollarse, aún en
medio del oscurantismo
religioso, para ocupar los
lugares que la burocracia o la
jerarquía del Estado les tenían
reservados.
Por eso el derecho a
autoeducarse y el derecho a
educar a los propios hijos
-paradójicamente- fue una
demanda histórica de las
vanguardias obreras. Sensible al
clamor, Ferrer y Guardia, hijo
de las clases acomodadas que
decidió poner su fortuna y
talento al servicio de la
emancipación social, se propuso
aplicar un modelo de enseñanza
distinto al imperante, inspirado
en la Ecole de Cempuis que
habían desarrollado con éxito,
en Francia, Sébastien Faure y
Paul Robin. Trabajo cooperativo,
contacto con la naturaleza y una
apertura al conocimiento
racional del mundo, tal era la
fórmula.
En apenas cinco años
(1901-1906), la escuela fundada
por Ferrer llegó a contar con
más de mil alumnos, distribuidos
en 34 centros educativos. Pero
sus enemigos eran poderosos y
tras un atentado anarquista en
el que estuvo involucrado un
discípulo de Ferrer, lograron
que se decretara el cierre de
todas las sedes de la Escuela
Moderna, demonizando al
fundador.
La historia siguió su camino y
poco tiempo después, nacida como
una huelga general para impedir
el envío de jóvenes reservistas
a combatir en las colonias del
África, estalló lo que la prensa
conservadora española (y luego
la de todo el mundo) llamó
Semana Trágica (para los obreros
anarquistas, socialistas,
republicanos y radicales,
aquella fue la Revolución de
Julio, o también la Semana
Gloriosa).
Solidaridad Obrera, entidad que
organizaba a unos 10.600
trabajadores de distintos rubros
(vidrieros, ladrilleros,
jornaleros, obreros textiles,
maestros laicos, empleados de
talleres metalúrgicos,
pescadores y estibadores
portuarios, entre otros) condujo
la revuelta. Y aunque se respetó
en todo momento la vida y la
integridad de las personas, los
activistas y agitadores
dirigieron los ataques -en
respuesta al cierre de las
escuelas anarquistas- contra las
instituciones religiosas.
Se quemaron en aquellas jornadas
33 conventos, 33 escuelas
confesionales y 20 iglesias.
También fueron incinerados en
las plazas distintos símbolos y
fetiches del poder burgués:
dinero, acciones de Bolsa y
hasta joyas que guardaban los
templos, los bancos y los
edificios consistoriales.
Francisco Ferrer y Guardia no se
hallaba en Barcelona por
aquellos días. Sin embargo (era
de prever) fue señalado como el
"autor ideológico" de la
insurrección y arrestado no bien
las fuerzas armadas lograron
retomar el control del
territorio.
Allí en el Muntjuic (monte de
los judíos, cementerio de los
disidentes) fue fusilado Ferrer.
Al mismo tiempo, se dispuso el
cierre de un centenar de
escuelas anarquistas que habían
logrado sobrevivir.
Vivir y morir con dignidad.
No terminará nunca Polonia de
homenajear a Janusz Korczak como
se merece. Lo mismo que Ferrer y
Guardia, Korczak era hijo de una
familia acomodada. Médico
pediatra, podría haber
desarrollado su profesión en
contacto con sus pares y con los
hijos de sus pares. Sin embargo,
optó por los niños huérfanos y
desamparados de Varsovia, por
ésos que eran variable de ajuste
durante las guerras y anexiones
armadas; o que resultaban
víctimas de la planificación
económica en tiempos de paz.
Desde el orfanato de Kroshmalna
92, Janusz Korczak ejerció el
menester de médico, pedagogo y
padre, asumiendo un compromiso
sin fronteras ni coartadas ni
excusas. "Lo he visto bañarlos y
limpiarles los zapatos", relató
un testigo. "Compartí sus
tristezas, sus inquietudes y sus
alegrías. Su dolor por los niños
enfermos, cuando en punta de pie
vigilando de noche a los
afiebrados, arreglando las
frazadas y almohadones
desordenados, en el inquieto
sueño, como un ángel guardián".
Ofrecieron a Korczak, en
distintas ocasiones, ponerse a
salvo, salir de aquella Polonia
trasegada por las guerras,
fundar su orfanato en otra
parte. Korczak no sólo rechazó
los ofrecimientos, sino que se
dedicó hasta último momento a
preparar a sus chicos, en el
ghetto de Varsovia, para la
muerte inevitable. Les enseñó a
ser dignos y humanos frente a la
indignidad e inhumanidad de sus
verdugos.
Joshua Perle, testigo del
embarque hacia Treblinka del Dr.
Korczak y sus niños, en 1942,
describió la escena con palabras
imborrables: "Había ocurrido un
milagro, doscientos niños que no
lloraban, doscientas almas puras
condenadas a la muerte y no
derramaban una lágrima. Ninguno
trató de huir, ninguno trató de
escapar. Tragando su dolor, se
aferraban a su maestro y mentor,
a su padre y hermano Janusz
Korczak, quien los protegería.
Janus Korckzak marchaba con la
frente en alto, sosteniendo la
mano de uno de sus niños. No
llevaba sombrero. Tenía una
correa de cuero alrededor de su
cintura y calzaba botas altas.
Los doscientos niños, meticulosa
y prolijamente vestidos, seguían
a las enfermeras hacia el altar
(...). Por todos lados, esos
niños estaban rodeados de
alemanes, ucranianos y, en ese
momento, también por la policía
judía, que les lanzaban golpes
con sus macanas o garrotes y les
disparaban con armas de fuego.
Las mismas piedras de la calle
lloraban en silencio al ver
aquella procesión".
Antes de subir a aquel tren de
la muerte, un oficial de la SS
reconoció a Korczak como el
autor de uno de los libros
favoritos de sus hijos, y le
ofreció un pasaporte a zonas
liberadas. El maestro Korczak,
una vez más, dijo que no. Y
subió al tren con sus niños. Hoy
una hermosa escultura recuerda a
Korczak y a sus niños en el
cementerio de Powazki. Nadie
sabe dónde quedaron esparcidos
sus restos. Pero no importa.
Esta semana de octubre viene
marcada por distintas
conmemoraciones oficiales: el ex
Día de la Raza; el Día Mundial
de la Alimentación; el Día de la
Lealtad justicialista; el Día de
la Pediatría...
¿Es que alguna de esas
efemérides nos servirá para
recordar a Korczak? ¿O tal vez
para evocar al maestro Ferrer?
¿Ninguna de ellas? Qué pena.
Agencia de Noticias Prensa
Ecuménica
www.ecupres.com.ar
asicardi@ecupres.com.ar
Gentileza::
noticias@ecupres.com.ar
paginadigital |