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El Himno de Obligado
José Luis
Muñoz Azpiri (h)*
El Arca Digital
El canto nacía estentóreo y salvaje...
(Argentina).- Hace pocas semanas
El Arca recorrió la zona donde
se desarrolló el histórico
Combate de Obligado, lugar
lamentablemente poco frecuentado
y promocionado, que se encuentra
a escasa distancia de la
localidad de San Pedro, en la
provincia de Buenos Aires y en
las riberas del río Paraná. Esa
atractiva ciudad es reconocida
por ser una avanzada del micro
turismo masivo de los porteños.
Sin embargo, los recuerdos y
souvenirs del lugar apenas se
limitan a las célebres
ensaimadas locales o a los
paseos por la casa de té que se
encuentra en una
quinta-industrializada de los
populares locutores Mónica y
César. Por nuestra parte,
aportando al hecho histórico del
Combate… ofrecemos este texto
escrito para El Arca por José
Luis Muñoz Azpiri (h)
Recodo del río Paraná donde se
desarrolló el combate. Cuando
sonó el primer cañonazo enemigo,
Mansilla bajó el brazo derecho y
cerró de un golpe el catalejo.
Todo estaba consumado. El crimen
era un hecho. La cuarta guerra
exterior del país comenzaba. El
héroe alzó el brazo de nuevo,
dio la señal convenida y el
Himno Nacional Argentino estalló
en la barranca. La primera bala
francesa dio en el corazón de la
patria.
La segunda bala francesa cayó
sobre el Himno. El canto nacía
indeciso en el fondo de las
trincheras excavadas entre los
talas, trepaba resuelto por los
merlones de tierra, se deslizaba
ágil por las explanadas de las
baterías, corría animoso por los
claros de grama esmaltados de
verbenas, se animaba con furia
animal en el monte de
espinillos, y ascendía
estentóreo y salvaje, en el aire
de oro de la mañana de estío.
Allí, hecho viento, transformado
en ráfaga heroica, ganaba la
pampa, el mar, la selva, el
desierto, la estepa y la
cordillera y uniendo de un
extremo al otro del país la voz
de júbilo con la de protesta, la
de la imprecación con la del
entusiasmo cívico, creaba un
clamor de alegría y borrasca,
incomparable y único.
La voz clara y sonora de
Mansilla acaudillaba los ritmos
heroicos. El eco pasaba de una
garganta a la otra; partía de
los pechos de acero que
amurallaban la patria y se
confundía y entrechocaba sobre
los muros de las baterías. Las
notas prorrumpían de los bronces
y tambores majestuosamente, con
corrección inigualable, como en
un día de parada. La banda del
Batallón 1º de Patricios de
Buenos Aires, que ejecutaba el
himno al frente del regimiento
inmortal, solo encontraba
extraño en esta formación de
tropas que, en vez de ser un
jefe, fuese la Muerte quien
pasara revista. Lo demás era lo
acostumbrado desde los tiempos
de Saavedra y la trenza con
cintas. La hueste asistía
impecable a la inspección, en
tanto la metralla francesa e
inglesa llovía sobre las filas
sonoras y abría claros en la
música y el verso.
Los huecos se cubrían con
premura y renacía la estrofa,
redoblada y heroica. Cada voz
sustituta centuplicaba la fuerza
del canto. La oda se había
constituido en una marejada
incontenible de estruendo y de
furia.
Toda la barranca ardía en
delirio con las voces. Cantaban
los artilleros, los infantes,
los marineros, los jinetes, los
jefes, los oficiales y los
soldados, los veteranos de cien
encuentros y los novicios que
por primera vez, olían la sangre
y la muerte. La misma tierra
quería hendirse para cantar.
Parecía pedir la voz de todos
los pájaros para acompañar en el
canto a quienes la amparaban
hasta morir abrazados sobre
ella, crucificados sobre su
amor, dándole a beber
generosamente de su propia
sangre. Cantaban allí los
camaradas de aquellos que
custodiaba en su seno, y que
murieron defendiendo su pureza
criolla en los campos, sobre los
ríos y las montañas, en los
páramos frígidos y a la sombra
de los montes de naranjos donde
dormían cálidamente, bajo la
lluvia votiva del azahar.
El Arca en la Vuelta de Obligado
con periodistas norteamericanos.
Los viejos patricios de Buenos
Aires, los capitanes que
cruzaron la cordillera con el
Intendente de Cuyo y libertaron
los países que se recuestan
sobre un mar donde se pone el
sol, los oficiales que habían
combatido contra el Imperio del
Brasil, destrozando a lanzazos
los cuadros terribles de la
infantería mercenaria austríaca,
los marineros de camiseta
rayada, cubiertos de cicatrices,
que habían cañoneado y abordado
naves temibles al mando del
Almirante, en el río y en el
mar, luchando en proporción de
uno a veinte con la mecha o el
sable en el puño, todos los que
habían hecho la patria y no
deseaban vida que no se dedicase
a sostenerla, se hallaban allí y
cantaban religiosamente, con la
mirada arrasada y el corazón
desbordante de ternura por los
recuerdos, la canción que
hablaba de cadenas rotas, de un
país que se conturba por gritos
de venganza, de guerra y furor,
de fieras que quieren devorar
pueblos limpios, de pechos
decididos que oponen fuerte muro
a tigres sedientos de sangre, de
hijos que renovaban luchando el
antiguo esplendor de la patria y
de un consenso de la libertad
que decía al pueblo argentino :
¡Salud! La canción era seguida
por juramentos de morir con
gloria y el deseo que fueran
eternos los laureles
conseguidos.
Jamás resonó canción como
aquella. Los que habían
conseguido los laureles pedían
frente a la muerte que fueran
eternos, los que vivían
coronados por la gloria
adquirida luchando con el fusil,
el sable o el cañón, a pie, a
caballo o sobre el puente de una
nave, en defensa de su Nación,
juraban morir gloriosamente si
la vida debía comprarse al
precio del decoro y el valor.
Los proyectiles franceses e
ingleses caían ahora sobre la
protesta, el desafío o la
muerte, el orgullo y la
voluntad. La voz, engrosada y
magnificada por el eco, había
recorrido de una frontera a otra
de la tierra invadida, y
retornaba al lugar de su
nacimiento para recobrar vigor y
lanzarse esta vez hacia el
frente, en procura de los
agresores. Descendía presurosa
por la barranca, corría sobre la
playa de arena, alcazaba la
orilla del río, volaba sobre el
espejo del agua y se lanzaba al
abordaje sobre los invasores,
repitiendo un asalto sorpresivo
y desenfrenado. Trepaba por las
cuadernas de las quillas, se
encaramaba por las bordas, hacía
esfuerzos desesperados por
amordazar los cañones de 80
milímetros, de 64, de 32, las
cien bocas que vomitaban fuego
sobre las baterías de menor
alcance, lograba poner el pie en
las cubiertas, brincaba a lo
puentes donde se hallaban,
condecorados y magníficos,
Tréhouart, el capitán de la Real
Marina Francesa y el Honorable
Hothan, de la armada de Su
Majestad, con uniformes de gala,
cubiertos de entorchados,
dirigiendo con el catalejo el
bombardeo implacable e impune;
ascendía por los obenques a las
gavias y las cofas y giraba
sobre las arboladuras lanzando
un grito recio y retumbante.
Luego descendía sobre el río y
soplaba en el mar, y a través de
las olas, cabalgando sobre el
agua y la espuma, pisaba la
tierra desde donde las naves
habían partido y se retorcía en
remolinos briosos y épicos en
busca de oídos para requerir,
demostrar, probar, retar y
herir.
La canción aludía a los derechos
sagrados del hombre y el
ciudadano, a los principios de
igualdad política y social, al
respeto por la propiedad ajena,
a la soberanía de la Nación, a
la obligación de cada ciudadano
de respetar la ley, a la libre
expresión de la voluntad
popular, al respeto de las
opiniones y creencias ajenas, a
la abolición de los obstáculos
que impiden la libertad y la
igualdad de los derechos. La voz
hablaba de la injusticia de la
metralla, y ésta, tal como si
hubiera interpretado la protesta
del canto, hería ahora el seno
de la voz, en acto obstinado,
buscando rabiosamente el corazón
de la canción.
Los defensores eran ya los
árbitros de la batalla. El
enemigo había entendido la voz y
comprendía que el triunfo
pertenecía, por derecho propio,
al atacado, cualquiera fuera el
desenlace de la acción. Ya no
significaba nada vencer en el
encuentro y cobrar el botín de
la conquista para conducirlo a
la tierra donde estallarían
aclamaciones y vítores junto a
los arcos de triunfo. El
adversario cantaba estoico
frente a la muerte; cantaba
vivamente, alegremente, enhiesto
e impasible, sin responder al
fuego, como queriendo demostrar
que era más importante terminar
con aquel canto, antes que
defender la vida y resguardar la
defensa del paso. Los cañones de
80 golpeaban el vacío,
asesinaban la nada; las granadas
explosivas no acallaban la
música ni podían matar la
poesía. La lucha era imposible:
¡Si al menos los defensores
hubieran dejado de cantar!...
Cuando la voz dejó de escucharse
hasta en su último eco, Mansilla
recogió de nuevo el catalejo,
tomó la espada, y alzando el
brazo nuevamente, dio orden de
iniciar el fuego contra las
naves. La barranca ardió en
llamas y comenzó el cañoneo que
se sostendría por espacio de
ocho horas…Pero la hazaña
principal estaba cumplida, con
el Himno entonado frente al
adversario y que escucharían
después los siglos. La música de
los cañones sólo componía el
acompañamiento de este canto. El
héroe había legado a la patria
su tesoro más puro de heroísmo,
de exaltación emocional y de
pasión patriótica: el Himno
ganaba de paso, igualmente, la
batalla de la Vuelta de
Obligado.
*Nació el 22/06/57 en Buenos
Aires, cursó estudios superiores
de Historia en la Universidad
del Salvador y de Antropología
en la UBA y la Escuela Nacional
de Antropología e Historia de
México. Egresado del Curso
Superior de la Escuela de
Defensa Nacional, integra el
Instituto Nacional de
Investigaciones Históricas Juan
Manuel de Rosas. Ejerce el
periodismo en diversos medios
nacionales y extranjeros. Su
último libro (2007) es "Soledad
de mis pesares" (Crónica de un
despojo).
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