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Más complejo que el triángulo
de Sábato
Pablo
Kreimer
El Arca Digital
De las universidades a las
empresas
El físico Jorge Alberto Sábato
propuso lo que hoy en día se
conoce como el “Triángulo de
Sábato” que consiste en un
modelo de política
científico-tecnológica que
articule el sector científico y
privado, junto con el Estado,
para promover el desarrollo del
país. El doctor en sociología
Pablo Kreimer, investigador del
Conicet, indica que las
relaciones entre esos tres
sectores son tan complejas que
exceden ese modelo “triangular”.
El físico Jorge Alberto Sábato
(4 de junio de 1924 – 16 de
noviembre de 1983) promovió la
transferencia de los avances
científicos y tecnológicos al
sector productivo a fin de
fortalecer el desarrollo de la
Argentina. En 1955 creó el
Departamento de Metalurgia de la
Comisión Nacional de Energía
Atómica (CNEA).
El investigador propuso lo que
hoy se conoce como el “Triángulo
de Sábato” que consiste en un
modelo de política
científico-tecnológica que
postula una relación articulada
entre el sector científico y
privado, junto con el Estado,
para promover el desarrollo del
país.
“La idea de este modelo de Jorge
Sábato era correcta en su
origen, y el propio Sábato,
desde la CNEA o desde los
Servicios Eléctricos del Gran
Buenos Aires, hizo aportes para
ponerla en práctica. Pero en los
años siguientes se la interpretó
vulgarmente de un modo lineal,
como si se tratara sólo de
generar “transferencia” de las
universidades y centros públicos
de investigación a las empresas.
Y lo cierto es que, a nivel
internacional no hay ejemplos de
un modelo de desarrollo
tecnológicamente activo basado
exclusivamente en la
‘transferencias’”, señaló a la
Agencia CyTA el doctor Pablo
Kreimer, investigador del
Conicet, profesor y director del
Instituto de Estudios sobre la
Ciencia y la Tecnología, y
docente de la Maestría en
Ciencia, Tecnología y Sociedad
de la Universidad Nacional de
Quilmes.
Incorporar la sociedad a la
investigación
De acuerdo con Kreimer es más
importante que haya innovación
propia en las empresas. “Es más
conveniente que los
investigadores que se forman en
las universidades vayan a
trabajar en las empresas e
innoven a medida que participan
directamente en los procesos de
producción”, indica el
investigador y agrega: “Además,
el conocimiento recorre caminos
que no son lineales, no se pasa
de ‘una idea’ a demostrar una
hipótesis, luego a analizar sus
posibles aplicaciones y entonces
se desarrolla un producto. El
proceso, más complejo, se
articula en los países más
exitosos a partir de que se
desarrollan entornos innovadores
(multi-institucionales), que son
capaces de generar demandas
específicas de conocimientos y
procesar demandas sociales.
Dicho de otro modo, se trata de
‘incorporar la sociedad a la
investigación’, y que la
‘sociedad incorpore
conocimiento’. De hecho, en la
mayor parte de los países de
América latina, si un
investigador abandona un centro
público de investigación para ir
a trabajar a una empresa, se lo
suele percibir como “una
pérdida” y no como la apertura
de una nueva oportunidad.”
Los esfuerzos por fortalecer las
bases científicas, las
capacidades de investigación son
una herramienta fundamental, una
condición necesaria, pero no es
suficiente, porque el
conocimiento, por ejemplo,
publicado en papers (trabajos de
investigaciones publicados en
revistas científicas) no se
puede usar nunca ‘tal cual’,
necesita ser industrializado,
esto es, que sea incorporado en
productos y procesos, en
dispositivos que atiendan a
resolver necesidades y problemas
sociales, productivos,
económicos y ambientales, entre
otros, subraya Kreimer. Y
continua: “Y eso no se puede
hacer en los laboratorios
universitarios o del Conicet, es
necesario que intervengan otras
instituciones: empresas
(públicas o privadas), actores
de la sociedad civil que
resignifiquen el conocimiento y,
a través de su incorporación
material, lo distribuyan en la
sociedad. Por ejemplo: es
importante establecer el
mecanismo biológico para atacar
a un agente causal de una
enfermedad. Y puede dar lugar a
papers internacionales de
trascendencia. Pero el diseño de
una molécula que cumpla esa
función, y ‘alojarla en un
comprimido que se administre a
los pacientes cada 8 horas’ es
algo diferente, y debe
involucrar a otros actores y
saberes.”
Una figura compleja de
comprender
Entre esos actores, el
especialista menciona a
bioquímicos, farmacéuticos,
ingenieros, técnicos, médicos
infectólogos, epidemiólogos,
estadísticos, personal de
enfermería, expertos en
comercialización, organismos de
verificación y control, vínculos
internacionales, productores de
equipos, abogados, expertos en
propiedad intelectual,
sanitaristas y antropólogos,
entre otros. “A ello se agregan,
naturalmente, los mecanismos de
financiamiento, sin los cuales
todo lo anterior no es posible.
Cualquier otro ejemplo tendría
las mismas consecuencias. Porque
además están los usuarios
-categoría frecuentemente
olvidada-, que no son sólo los
enfermos (como en el ejemplo
anterior), sino todos los otros
actores, que también son
‘usuarios intermedios’ de esos
conocimientos. Hoy no hay sólo
triángulos, sino figuras más
complejas y con múltiples
relaciones entre sus
componentes”, enfatiza el
investigador del Conicet.
Kreimer destaca que Sábato
propuso su modelo hace más de 30
años y que, desde entonces, los
triángulos han evolucionado
hacia figuras más complejas que
se van articulando con diversos
actores, tanto a nivel nacional
como internacional, “aunque el
propio Sábato decía en broma que
el triángulo era la figura más
compleja que podía comprender un
economista.”
Pablo Kreimer / Doctor en en
Ciencia y Tecnología.
Investigador del Conicet,
profesor titular de la
Universidad Nacional de Quilmes.
*Fuente: AgenciaCyTA Instituto
Leloir
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Gentileza:: ead / El Arca
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