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Nadie puede ser un
“diccionario que camina”
¡Diga no sé! cuando no sabe,
o no entiende
El doctor Adrián Paenza sostiene
que las personas, a medida que
crecen, se sienten incómodas
cuando desconocen o no entienden
algo. Y por ese temor, son
incapaces de decirlo. La
sociedad, a su vez, se ocupa
también de remarcar esa
ignorancia, a veces en forma
agraviante (“A ese le faltan
jugadores….”). Los niños por su
parte, no tienen dificultades en
preguntarlo todo: “¿por qué el
cielo es azul?”, “por qué mi
hermanito tiene pitito y yo no”,
¿por qué el agua moja…?
Entonces, ¿por qué se supone que
los adultos no pueden preguntar?
¿por qué está mal volver a
preguntar algo que se supone que
uno tiene que entender, aunque
no se entienda? A continuación
las reflexiones de Paenza.
Es curiosa la dificultad que
tenemos los humanos de decir:
“no sé, no entiendo”.
Y es curioso también cómo se va
modificando a lo largo de los
años, porque los niños no tienen
dificultades en preguntar: “¿por
qué el cielo es azul?” o “¿por
qué mi hermanito tiene pitito y
yo no?” o “¿por qué gritaban
ustedes dos ayer por la noche?”
o “¿por qué el agua moja y el
fuego quema y la electricidad da
patadas?” Y siguen los “porqué”.
En todo caso, a lo que aspiro es
a que concuerde conmigo en que
los niños no tienen dificultades
ni pruritos en cuestionar todo.
Y cuando digo “todo”, quiero
decir “¡todo!”.
Pero a medida que el tiempo
pasa, empiezan los rubores, los
temores y uno ya no se siente
tan cómodo cuando se exhibe
“falible” o “ignorante”. La
cultura se va filtrando por
todas partes y las reglas
empiezan a “encorsetar”.
Uno se empieza a sentir incómodo
cuando no entiende algo... y la
sociedad se ocupa de remarcarlo
todo el tiempo.
“¿Cómo no entendés?”
“¿No sabías que era así?”
“¿Dónde estabas metido..., en
una burbuja?”
“¡Es medio tonto..., no entiende
nada!”
O los más agraviantes aún:
“El ascensor no le llega hasta
el último piso”.
“No es el cuchillo más afilado
del cajón”.
“Le faltan algunos jugadores”.
Los ejemplos abundan. En el
colegio, uno solamente hace las
preguntas que se supone que
puede hacer. Pero si uno tiene
preguntas que no se corresponden
ni con el tema, ni con la hora,
ni con la materia, ni son las
esperables por el docente,
entonces son derivadas o
pospuestas para otros momentos.
Es decir, ir a la escuela es
obviamente imprescindible pero,
por lejos, la escuela dejó de
ser la única fuente de
información (y la más
consistente) como fue en el
pasado no muy lejano. Y por eso
creo que en algún momento habrá
que repensarla. No dudo del
valor inmenso que tiene, pero
requiere de adaptaciones rápidas
a las nuevas realidades. Y no me
refiero solamente a modificar
los programas, sino a revisar
las técnicas de educación que
seguimos usando.
Durante muchos años, salvo a
través de los padres, no había
otra referencia más importante y
fuente de conocimiento que “ir
al colegio”. Sin embargo, las
condiciones han cambiado
fuertemente. Ahora, los medios
electrónicos no están reducidos
a la radio y la televisión. Y no
es que sean prescindibles
–todavía–, pero me refiero a la
unicidad y posición de
privilegio que tuvieron durante
más de medio siglo.
“Ir a la escuela es obviamente
imprescindible pero, por lejos,
la escuela dejó de ser la única
fuente de información (y la más
consistente) como fue en el
pasado no muy lejano. Y por eso
creo que en algún momento habrá
que repensarla. No dudo del
valor inmenso que tiene, pero
requiere de adaptaciones rápidas
a las nuevas realidades. Y no me
refiero solamente a modificar
los programas, sino a revisar
las técnicas de educación que
seguimos usando”.
Hoy ya no. Internet, correos
electrónicos, mensajes de texto,
skype, twitter, facebook,
teléfonos inteligentes,
blackberries, iphones, ipods,
ipads, etc... han reemplazado y
ocupado esos lugares de
preponderancia o, por lo menos,
están en franca competencia.
Perdón la digresión, pero no
pude evitarla. Sigo: todavía la
sociedad, en forma implícita o
explícita, condena el decir “no
sé”. Siempre sostuve que la
“matemática que se enseña
infunde miedo entre los
jóvenes”, especialmente en los
colegios, aunque también sucede
en las casas de esos mismos
jóvenes por el problema que
tuvieron/tienen los propios
padres de esos chicos.
Pero el otro día, en una nota,
me propusieron que pensara si lo
mismo no pasa con “lengua” o
“historia”. Y creo que no, que
no es lo mismo. Me explico:
ningún niño siente que es
“inferior” si no entiende algo
de historia o de lengua. Lo
siente, sí, cuando se trata de
matemática. Allí no hay
alternativa. Si uno entiende, es
un “bocho” y tiene patente de
“inteligente”, “nerd” o algo
equivalente. Es más: a ese niño
le están permitidas ciertas
licencias que los otros no
tienen. Y eso porque le va bien
en matemática. Son pocos...
digo, son pocos los niños a los
cuales “les va bien”, con todo
lo que eso conlleva como carga
por parte de los adultos.
“La sociedad parece sólo valorar
‘el gran conocimiento’, la
cultura
enciclopedista. Algo así como la
cultura de ser un ‘gran
diccionario’ o una ‘enciclopedia
que camina’. Yo creo que uno
debería tratar de estimular la
prueba y el error o, mejor
dicho, estimular que el joven
pruebe y pruebe, que pregunte y
pregunte o si entiende lo que en
apariencia le resulta
inaccesible. Y, sobre todo,
invito a los adultos a que nos
asociemos a la búsqueda con
ellos, a mostrarnos tan falibles
como ellos, sobre todo porque
somos tan falibles como ellos”.
“Le va bien.” ¿Suena raro, no?
¿Qué querrá decir que “le va
bien”? Ese niño, quizá, puede
preguntar. Nadie lo va a
considerar mal si cuestiona lo
que pasa alrededor, porque “le
va bien en matemática”. No es lo
mismo que le vaya bien en lengua
o en historia o en geografía.
Eso no, porque eso “se aprende”,
“se estudia”, es cuestión de
dedicarle tiempo. Con la
matemática parece que eso no
pasa. Es decir, la percepción
generalizada que la sociedad
tiene (al menos de acuerdo con
mi experiencia) es que hay gente
dotada y otra que no. Los
dotados no necesitan mucho
esfuerzo: entienden y listo. Y
los otros, la gran mayoría, no
importa cuánto tiempo le
dediquen o cuánto esfuerzo estén
dispuestos a ofrecer, no hay
caso. Algo así como “lo que
natura non da, Salamanca non
presta”, con todo lo brutal que
esta frase implica.
Aquí, un breve paréntesis. El
arte presenta también otro
ángulo interesante. Si un niño
tiene algunas condiciones que lo
destacan en la pintura o en la
música, por poner algunos
ejemplos, entonces sí..., ese
niño está bien. Se lo acepta
como “raro” o “rara” y puede
hacer preguntas. Pero la media,
no. No está bien visto.
¿Por qué? ¿Por qué se supone que
uno no puede preguntar? ¿Por qué
se supone que uno tiene que
entender aunque uno no entienda?
¿Por qué está mal volver a
preguntar algo que se supone que
uno sabía pero se olvidó? ¿Por
qué no valorar la duda como
motor del aprendizaje, del
conocimiento?
En todo caso, pareciera que sólo
aquellos que tienen la seguridad
de que nada les va a pasar son
los que pueden cuestionar sin
sentirse minimizados o
disminuidos ante los ojos del
interlocutor.
Y aquí es donde conviene
detenerse. Si se trata de
conseguir seguridad, uno podría
decir: “¿seguridad de qué?”
Seguridad de que nadie lo va a
considerar a uno un “idiota”.
Están también aquellos a quienes
no les importa tanto el “qué
dirán”. Pero son los menos.
La sociedad parece sólo valorar
“el gran conocimiento”, la
cultura enciclopedista. Algo así
como la cultura de ser un “gran
diccionario” o una “enciclopedia
que camina”. Una sociedad que
discute la “creatividad”, a
aquel que se sale del molde,
aquel que pregunta todo el
tiempo, aquel que dice “no sé”,
“no entiendo”.
Yo creo que uno debería tratar
de estimular la prueba y el
error o, mejor dicho, estimular
que el joven pruebe y pruebe,
que pregunte y pregunte y que
busque él/ella la vuelta para
ver si le sale o si entiende lo
que en apariencia le resulta
inaccesible. Y, sobre todo,
invito a los adultos a que nos
asociemos a la búsqueda con
ellos, a mostrarnos tan falibles
como ellos, sobre todo porque
somos tan falibles como ellos, y
no estaría mal mostrarnos tan
apasionados por entender como
ellos, tan curiosos como ellos.
“…la percepción generalizada que
la sociedad tiene es que hay
gente dotada y otra que no. Los
dotados no necesitan mucho
esfuerzo: entienden y listo. Y
los otros, la gran mayoría, no
importa cuánto tiempo le
dediquen o cuánto esfuerzo estén
dispuestos a ofrecer, no hay
caso. Algo así como ‘lo que
natura non da, Salamanca non
presta’, con todo lo brutal que
esta frase implica”.
En definitiva, el “saber” es
algo inasible, difícil de
definir. Y perecedero, salvo que
uno lo riegue todos los días.
¿Qué quiere decir saber algo?
Una persona puede saber cuáles
son todos los pasos para
conducir un auto, pero eso no
significa que sepa manejar. Un
cirujano, no bien egresa de la
Facultad de Medicina, puede
creer que sabe lo que tiene que
hacer. De allí, a poder operar,
hay un gran trecho.
Por eso, el único camino es la
pregunta, la duda y el
reconocimiento constante del “no
sé, no sé cómo se hace. No
entiendo. Explicámelo de nuevo”.
Eso es lo que creo que nos falta
como sociedad: seguir como
cuando éramos niños, sin
pruritos ni pudores. Era el
momento en el que “no saber” era
visto como una virtud, aceptado
por los adultos por la
ingenuidad que contenía y porque
la película estaba virgen y
estaba todo por entender.
Quizás uno llegue a la
conclusión de que en esencia
“conoce poco” y de muy poquitas
cosas, pero la maravilla de la
vida pasa por el desafío de
descubrir. Y de poder decir: “no
sé, no entiendo”.
*Publicado en Página 12 el
15/10/2010
Adrián
Paenza / Licenciado y Doctor en
Ciencias Matemáticas Facultad de
Ciencias Exactas y Naturales UBA.
http://www.elarcadigital.com.ar
http://www.elarcadigital.com.ar/modules/suplementos/articulo.php?id=124
Gentileza:: ead / El Arca
Digital
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