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Educar para la Paz. En un
mundo de injusticia, la Paz
exige subversión.
por Josep
Castelló.
Hay palabras que por el uso
perverso que de ellas se
hicieron han sido condenadas a
la más absoluta ambigüedad,
motivo por el cual generan
sospechas, cuando no rechazo, en
buena parte de quienes las
reciben. Así vemos que un
término tan loable en su origen
como es "paz" genera en no pocas
mentes tantas alarmas como su
contrario "guerra".
Razones hay para ello más que
sobradas, pues a estas alturas
de la historia son ya muchos los
millones de seres que han
sufrido y aun sufren la "paz" de
quienes la imponen mediante
sanguinarias guerras y crueles
represiones. Y no en tiempos
pasados sino en tiempos
actuales, ya que como todo el
mundo sabe hasta las Fuerzas de
Paz de la ONU son ejércitos
compuestos por tropa de origen
pobre al servicio de los ricos,
pues sirven para imponer el
orden que establecen los países
poderosos y sus clases
dominantes.
La palabra "paz" al uso, según
viene voceada desde las altas
esferas, no es sino una falacia.
Piden paz los opresores, los
déspotas de todo género cuando
quieren que nadie se oponga a
sus punibles acciones. Apelan a
la paz ciudadana y a su
correlato el orden los gobiernos
autoritarios que no aceptan que
nadie discuta sus arbitrarias
decisiones. La paz es, para toda
esa canallada, el escudo que les
permite permanecer en la
arbitrariedad y la injusticia
sin que nadie les discuta nada.
Desde muy antiguo se asoció paz
con sumisión, con aceptación
resignada de las imposiciones de
quienes detentan el poder. En la
formación de esa idea contribuyó
no poco la religión cristiana,
que al amparo de los poderes
terrenales a partir del siglo IV
tuvo sumo cuidado en predicarle
al pueblo la paz asociándola a
la sumisión y desvinculándola de
la justicia, algo que por pocas
luces que se tenga ya se ve
claramente que es un camino sin
otra salida que la impunidad de
quienes detentan el poder.
La paz como incondicional
mansedumbre, como sumisión de
unos seres humanos a la voluntad
de otros no es sino una apología
de la injusticia y del más
absoluto desorden, tanto si esa
sinrazón ocurre en el seno de un
sistema tan sencillo, como puede
ser una familia, como si es a
nivel estatal o mundial.
Afortunadamente, la naturaleza
humana tiene en su raíz
suficiente sentido de la
supervivencia como para
despertar de todos los letargos
mentales en que puedan intentar
sumirlo quienes manipulan el
pensamiento colectivo, lo cual
hace que cada vez sea más
manifiesto el rechazo a
semejante forma de entender la
paz.
Desde una perspectiva
pedagógica, superada la
trasnochada idea de paz que nos
predicaron durante siglos las
fuerzas del poder, debemos
entender hoy que educar para la
paz es educar en el respeto a la
dignidad humana, en la justicia
equitativa, en la libertad
responsable y en el compromiso
humano, valores sin los cuales
cualquier simulacro de paz es
pura falacia.
Sin dioses, sin ídolos, sin
mitos, sin falacias ni dogmas;
con tan sólo la confianza
profunda en la capacidad humana
para discernir el bien del mal,
lo justo de lo injusto, lo noble
de lo espurio, lo humano de lo
inhumano... Esa es la senda que
la pedagogía actual tiene que
hollar de nuevo en esta
civilización que ha emponzoñado
con intereses y odios los viejos
caminos de la sabiduría y de su
tradicional vehículo transmisor,
el lenguaje.
La tarea de educar y de educarse
no exime a nadie. Es un
imperativo categórico que afecta
a todo ser humano. Cada cual
debe llevarla a cabo en la
medida de sus capacidades sin
que quepa excusa alguna. Nadie
puede sentirse exento de esta
obligación, pues es la principal
de las funciones de relación que
tenemos en tanto que miembros de
la gran familia humana.
A la vista de la situación
mundial presente, quienes tienen
responsabilidades educativas,
sea cual sea el grado de
responsabilidad que ocupen y el
modo como lo hagan, deberán
replantearse qué senda van a
seguir en sus tareas de ahora en
adelante. Nadie puede ignorar
que llevamos siglos avanzando
por una ruta equivocada, la cual
nos ha traído hasta el caos
presente y nos conduce
inexorablemente hacia el caos
total.
La Paz no es ningún regalo,
tiene un precio y un gran costo,
que es el de cultivarla primero
en la propia mente, intelecto y
corazón, para luego con esfuerzo
construirla día a día con
quienes tengamos cerca y hacer
que vaya extendiéndose como una
mancha de aceite hasta abarcar
todo el mundo.
Construir la Paz equivale a
oponerse a la injusticia, a
alzarse contra ella y contra
quienes la ejercen.
En un mundo de injusticia, la
Paz exige subversión.
(*) El artículo, enviado por su
autor directamente a PE/Ecupres,
también fue publicado en la
página web KAOSENLARED.NET.
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