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12 de Octubre, sin
resurrección
Salvador
Mendoza Maquiavelo
Las explicaciones las
encontramos en el
Pasado. El propósito es gozar
del futuro.
Cuando aún el mundo era
cuadrado, América nativa no
tenía más dueños que a sus
habitantes, ella era como sus
hijos querían que fuese. Bella.
Este mundo estaba rodeado de
mares; y un inca del
Tawantinsuyo se aventuró a ir en
una embarcación de palos y
toldos de paja a buscar los
secretos más allá de las aguas.
Regresó convencido de que todo
era un inmenso 0céano sin
derrotero. Salvo ellos, lo demás
eran aguas que protegían a
Viracocha.
Era un paraíso, todo era de los
hombres que la habitaban. Ellos
habían sido paridos por la
tierra. El Sol y la Luna los
pusieron allí y les prodigaron
calor y luz. La Tierra madre era
generosa. Sus hijos trabajaban
su vientre y persistían en los
labrantíos. Crearon muchas
naciones originales.
Idiosincrasias compatibles en un
mismo territorio Y disfrutaron
los suelos y sus frutos,
compartiéndolo. No hubo
hambrientos ni niños y ancianos
abandonados. Aquí el trabajo
transformaba las montañas sin
afectar a la naturaleza. La
gozaron cada día y en cada
estación, aun cuando había
poderosos que tomaban lo suyo
antes que los demás. Pero
alcanzaba para todos.
Era verdadero este paraíso de
hombres laboriosos. Cada uno era
valorado por su trabajo y en su
capacidad de trabajar juntos
para resolver los problemas
comunales. El oro, la plata y el
cobre servían como ornamento en
los templos de sus dioses o como
herramientas útiles en la medida
del trabajo, nada más. Los
frutos de la tierra, como ahora,
eran los bienes más apreciados.
La gente cantaba mientras
trabajaba, también morían
cantando y hacían el amor
cantando con el vientre, sólo al
nacer se lloraba por eso les
alegraban la vida dotándoles de
una parcela de tierra y asegurar
su alegría de vivir. Nada hay
más hermoso que la mirada
optimista ante el porvenir.
Tuvieron leyes, nunca escritas,
pero cada hombre o mujer las
conocían y amaban. Eran divinas,
provenían de la sabiduría.
Prohibían el robo, la mentira y
la pereza. Procuraban la
amistad, que la tierra fuese
siempre fértil, de acuerdo a los
mandatos naturales y que el
futuro estuviese asegurado para
todos. Claro, había los que
aseguraban su placer antes y en
demasía que los demás, pero aún
así cantaban satisfechos.
El amor era tan sagrado como
para casarse sin antes haberse
conocido íntimamente. Eso era
sabio, a un ser humano se le
conoce plenamente en la
intimidad, antes de formar el
hogar.
Si el sol lucía esplendoroso,
eran felices; la tierra
fructificaba. Entristecían si se
ocultaba molesto por el
despilfarro de los bienes. En
compensación, creaban canales,
andenes, surcos, tambos,
cuidaban solícitos las plantas y
animales, eran de la misma
estirpe, hijos de una misma
tierra. Todo lo que necesitaban,
sus dioses les facilitaban:
lluvia, ríos, lagos, bosques,
semillas, aire, llanuras,
montañas, nevados, todo anudado
por la misma cadena que
terminaba en el mismo punto del
renuevo. Comprendieron que el
fin era aparente, pues todo
volvía a comenzar como las
vueltas del Sol y la Luna.
Aprendieron también que todo
podía cambiar favorablemente
dentro de los límites de la
misma naturaleza, únicamente
tenían que trabajar como lo
hacía la luz y el calor, todo a
su tiempo, con paciencia. El
trabajo era la fuerza vital,
todo hacía germinar. Y el agua,
el prodigio de la vida, había
que cuidarla como se atiende a
los hijos.
Eran fuertes porque tenían los
secretos en sus manos
hacendosas, creadoras. Se
sustentaban en su propia fuerza
mancomunada, en la sabiduría y
el respeto por el mandato de la
madre. Podían cambiar de lugar a
las montañas o conducir las
aguas por las alturas
inaccesibles o entre quebradas
violentas; sólo con la fuerza
organizada de todos, el agua era
obediente y con su hermosa
sinfonía también recorría los
valles.
Los otros hombres, fuera de los
límites, se avinieron a ser
parte de la nueva forma de
trabajo y los que no quisieron y
malgastaban las aguas y ofendían
a los dioses, los sometieron
mediante la guerra y les
enseñaron todos los ritos del
trabajo que satisfacía a la
Madre Tierra. Pero la rebeldía
persistía porque sus dioses
habían sido humillados por otros
dioses extraños.
Sabían que mientras dormían o
cuando se entregaban a los
placeres de la música y la
danza, ella trabajaba
incansablemente elaborando los
frutos en sus entrañas para
premiar el trabajo de cada hijo,
según su esfuerzo y amor. Cada
uno sabía que había que anudar
todos los trabajos en uno solo,
que cada parcela tenía que
recibir el sudor de los hijos.
Nada era tan desgraciado como no
tener un lugar en que trabajar,
eran estériles como las piedras
abandonadas por el agua y el
Sol.
Así fue el mundo que habían
construido, con hambre y sudor,
con guerras, rencores, pero aún
en las batallas y en las
tempestades aprendieron a ser
generosos.
A pesar de todo esto,
descubrieron que el ser humano
es el comienzo y el fin de todo
lo divino, que sin el hombre
también los dioses morían. Ambos
eran la palanca del elan vital.
Entonces la tierra devino en
redonda. Llegaron hombres
extraños, bautizados con el
fuego de todas las ambiciones,
con el carácter siniestro de
todos los venenos incubados y
fermentados en miles de años de
guerra, sediciones, traiciones y
conspiraciones. El mundo que
ellos habían hecho cuadrado, en
el que ya no cabía la vastedad
de sus ambiciones ni los cañones
y arcabuces, ya no le placía a
su nervio infecto de poder.
Vinieron cabalgando truenos, se
mostraron como ángeles, pero
eran guerreros fementidos que
traían escondidas las armas de
la traición en la fantasía de
los espejos y en los vidrios de
sus cuentas de colores. Ese día
las almas de los hombres de esta
Tierra fueron sustituidas por el
brillo efímero de los metales.
La tierra, herida de muerte,
perforada en sus entrañas para
extraer metales, nunca más
florecería con toda su fuerza
fructuosa. Es una larga agonía,
algún día concluirá y con ello
sucumbirá toda forma de vida:
catástrofes inimaginables
destruirán vergeles como
maldiciones de los dioses
nativos.
Eran cobardes, pero la ambición
era más poderosa, por eso
quemaron sus naves para no tener
más alternativa que la de matar
y matar hasta vencer. La tierra
quedó regada de cadáveres de
niños, mujeres, ancianos y
guerreros que perecieron ante
las arnas del hombre extraño que
usaba a otros hombres y perros
feroces, amaestrados, para matar
hasta el cansancio. Sucumbieron
con la rabia de haber sido
vencidos por los hijos de un
dios extraño y cruel. Su
intelección de la vida se
convirtió en un mundo de
laberintos con muertes
oprobiosas y torturas que
demostraron la naturaleza
malvada de sus apetitos;
perpetraron violaciones, robos,
practicaron las mentiras y se
dedicaron a la ociosidad. Ahora
todo estaba patas arriba y ellos
quedaron fuera de toda
valoración humana, ni siquiera
merecieron lástima. Hubieron
excepciones, pero sin fuerza
para persuadir a su propio dios
omnipotente para que
intercediera, en defensa de las
víctimas, ante sus
enfervorizados siervos a causa
de las ambiciones, para que
detuviese las enfermedades raras
que diezmaban poblaciones
enteras y les permitieran
sembrar la tierra y no murieran
por miles en los caminos
buscando de comer. Tan duro era
esto que un español logró
escribir una carta a la
autoridad española en este nuevo
mundo: Mírelo bien por entero,
señor gobernador, que allá va el
recogedor y aquí queda el
carnicero.
El escándalo era en el viejo
continente, donde la tierra ya
no tenía fuerza y daba frutos
limitados. Corrió como un rayo
errante la noticia de que el
mundo era redondo, recorrió cada
rincón del continente de las
ambiciones, que allende los
mares habían animales extraños
como monos gigantes que no
hablaban ninguna lengua conocida
ni tenían alma, pero que eran
dueños de inmensos tesoros, de
que había una ciudad colosal,
escondida en algún lugar de la
selva, hecha de oro y plata
puros y adornada con pedrería
preciosa como nunca nadie ha
visto jamás. Desde ese día los
ambiciosos no podían dormir por
soñar con esos inmensos tesoros
en sus manos. Algunos perdieron
el juicio, y quisieron ir a la
nueva tierra remando en viejas
barcazas con escaso bastimento,
naufragaron juntos con sus
fantasías desquiciadas por
fantasmagoría de reinos dorados.
Y otros que llegaron acompañados
de bandidos y toda clase de
desalmados, murieron a manos de
sus propios con pañeros por unas
cuantas piezas de metales
preciosos. Era una orgía de
ambiciones desmedidas y de
sangre en disputas horribles. A
otro, los nativos le dieron de
beber oro líquido. Demás ilusos,
afiebrados por los cuentos sobre
oro en polvo o ciudades doradas,
inventados por nuestros
ancestros para que se alejaran y
los dejaran en paz con la tierra
que siempre les había compensado
con abundantes frutos. Se
aventuraron por la selva
navegando el río más caudaloso
del mundo hasta llegar al océano
por donde habían venido de
España. Lo único que
descubrieron fueron árboles
gigantescos, extrañas flores y
animales y vieron hermosas
mujeres rubias ilusorias.
Los que regresaron a España,
cruzando mares y empujados por
vientos novísimos, se
presentaron ante la corte real
portando los tesoros
recolectados con muerte y
destrucción de poblados,
llevaron animales y plantas
exóticas. Lo asombroso fue los
nativos apresados en diferentes
naciones. Les pidieron que
hablaran, pero permanecieron
mudos, No entienden vuestra
majestad, no tienen
entendimiento, tampoco tienen
alma y soportan el sufrimiento
como las bestias. Son cobardes,
mentirosos, son paganos, son
como los bárbaros. No saben
apreciar el valor de los metales
y piedras preciosos que es
abundante como para comprar todo
un continente.
El viejo continente estaba
afiebrado, bullía la avaricia,
todos deseaban ser afortunados
en el viaje a estas nuevas
tierras para regresar cargado de
grandes tesoros y hacerse señor
de las cortes y no trabajar
nunca más.
En oleadas se vinieron a este
lado del mundo sin pedirle
permiso a nadie, se aposentaron
en propiedades ajenas después de
matar a sus propietarios
antiquísimo, a las mujeres
jóvenes y niñas las hicieron sus
concubinas y a los hijos que
tuvieron en ellas los
despreciaron y los hicieron
parias. Y a los que no mataron
porque se rindieron
incondicionales o porque fueron
sus aliados para vencer a
antiguos enemigos, los hicieron
sus esclavos o siervos.
No quedó tumba, templo o guaca
sin destruir, en busca de
tesoros cada vez muy escasos. La
plata descubierta en Potosí
trastornó otra vez las
ambiciones, los odios, las
afrentas, la soberbia y el
derroche esplendoroso en
interminables noches de fiesta y
placer como si el mundo pronto
habría de acabarse. Una
inmensidad de riqueza se
derrochó, no sirvió para que
prosperara el nuevo continente
sino para la acumulación
capitalista de Inglaterra,
Holanda y Francia. España
disfrutaba todas las fantasías
que se derivan de una frase
soberbia: En mi reino el sol
jamás se oculta. Creyeron en la
perennidad de la riqueza fácil,
en la placidez de la pereza
eterna y en los boatos de las
fiestas perpetuas con mujeres
galantes. Al final se quedaron
sin nada, con sus ambiciones, su
pereza y con enormes deudas.
Toda la riqueza cambio de manos
rápidamente, fue a parar a las
arcas de los bancos de
Inglaterra u Holanda, que lo
atesoraron; éstos eran los
productores, los españoles los
compradores; los unos acumulaban
los tesoros provenientes de
América y los otros eran
gastadores compulsivos, creyeron
en la eternidad del
colonialismo.
Jamás hubo parecida carnicería
de seres humanos. Para probar la
puntería usaban a los hijos de
los antiguos dueños. Los muertos
había que contarlos por millones
y nadie hasta ahora ha pedido
perdón por semejante crimen de
lesa humanidad, de exterminio
brutal y menos ha devuelto una
parte de lo robado y saqueado en
condiciones tan humillantes y
bárbaras. Ellos ahora son
potencias debido a los inmensos
tesoros acumulados y a los
productos de la fuerza de
trabajo gratis que se llevaron
durante trescientos años,
dejándonos en la ruina,
dependientes de las riquezas
robadas. También impusieron la
práctica del menosprecio por
todos aquellos que no eran del
color de su piel o que viven en
la pobreza que nos repartieron
juntos con la muerte.
Nuestros antepasados fueron
sometidos a cruel servidumbre y
obligados a pagar tributo con su
pobreza o endeudarse de tal modo
que sus descendientes heredaban
deudas y una cultura del odio y
del desprecio por todo lo
original que habían creado a lo
largo de la historia. Cuando nos
independizamos de tal oprobio y
cruel colonialismo, exigieron
que pagáramos la deuda de la
independencia y como nos negamos
quisieron invadirnos nuevamente,
pero los derrotamos.
Miles de años les costaron a
nuestros ancestros crear una
ingeniería hidráulica, cuyo
origen fueron los canales de
regadío rústicos, hasta los que
sirvieron para regar un sistema
de andenería con el máximo
ahorro de agua. Descubrir el
valor alimentario y medicinal de
cada planta, adaptar el cultivo
en su piso o nicho natural,
descubrir el abono, mejorar sus
herramientas de labranza,
aventajar la agricultura hasta
lograr un alto nivel productivo
y una gran variedad de cultivos,
conservar y usar adecuadamente
los bosques a fin de evitar una
crisis energética, la
desprotección del suelo, la
escasez del agua y el detrimento
del medio ambiente. Era el
tiempo de la hermandad del
hombre con los bosques, los
manantiales, el viento, la
lluvia y los animales. Se
amaban.
Esos lazos poderosos fueron
destruidos por los emparentados
con Atila, los conquistadores
avarientos de tesoros. Todo lo
construido con manos hábiles
para tejer la luz y las aguas
fue arruinado con muerte y
desolación, con odio, por tener
los nuestros una cultura
próspera, diferente. Inventaron
la justificación de que era
imposible que hombres
inferiores, como nosotros,
pudieran haber edificado
semejante prosperidad sin la
contribución del demonio. En
todos los ídolos encontraban
supuestas huellas satánicas. Por
eso los descendientes de la
estirpe de los señores antiguos
fueron condenados a la muerte
infame; y sus templos, saqueados
y arrasados. Fue una catástrofe
humanitaria cuyas consecuencias
las seguimos viviendo, nos
dejaron el estigma en el alma,
en nuestra conciencia, de que
éramos inferiores. Nos marcaron
con sumo odio y desprecio y
hasta ahora se nos persigue, con
saña, en cualquier lugar del
mundo, enriquecido con los
tesoros que se llevaron de este
continente. Nos odian porque
somos el testimonio viviente de
la destrucción y el saqueo y los
crímenes de lesa humanidad que
sus ancestros cometieron contra
nuestros pueblos. Destruyeron
una cultura cuyo valor es
superior a todos los tesoros
juntos que se llevaron de
nuestras tierras, pero que ahora
expresa el valor de esa
destrucción cultural y humana. Y
cada vez que intentamos
revalorizarnos con la teología
de la liberación o simplemente
buscamos un desarrollo diferente
al consumismo que ellos
idolatran como a un nuevo dios,
nos convierten en objeto de sus
campañas políticas nefastas.
No sólo invadieron territorios y
destruyeron los templos y
saquearon ciudades, también
colonizaron las almas, a las que
torturaron con pecados
incomprensibles y las hicieron
inferiores, les impusieron todas
las leyes de la servidumbre.las
condenaron a vivir el infierno
del conquistado. Nada de lo que
hicieran ellos tendría valor
nunca, siempre sería una
inutilidad o una herencia del
demonio que había que
exterminar. El valor dependía de
la voluntad del dominante. Y
ellos establecían incluso el
valor de la vida de los
americanos recién bautizados.
Eran valores de inferioridad
irrecusables. Quedó como un
estigma hereditario en todos los
siglos subsiguientes. Hoy los
herederos de los conquistadores,
aliados del poder mundial, se
encargan de reproducirlo desde
el nacimiento y a través de la
educación. Sellan en las almas
de los niños todas las
inferioridades inventadas e
insisten en perpetuarlas. Esta
es la cultura dominante, la
excluyente, denigratoria, que
remoza los estigmas, anatemiza a
las demás culturas, menosprecia
a los demás por el color de la
piel, por haber nacido en
América o por ser pobres, es la
cultura occidental que valoriza
lo suyo como superior, hasta su
comida chatarra y el consumismo
pasan como elementos superiores
de esa cultura que envenena
nuestro ambiente, destruye las
otras opciones culturales que
cuidan de los recursos naturales
y preserva nuestro entorno
ambiental
Trastocaron ese antiguo mundo
próspero, construido con manos
de señores por otro de miseria,
de minusvalía mendicante. Sobre
esas ruinas construyeron el
sistema que hasta ahora impera.
Donde los descendientes de los
conquistadores de aquellos
tiempos son ahora los amos del
mundo. Emplearon esa riqueza
para construirse una cultura de
dominio, consumismo, explotación
y opresión. Nos habían dejado en
la extrema miseria; pero ellos
con esa misma riqueza siguen
comprando, mediante corrupción
de por medio, y a precio de
bagatela, nuestros recursos
naturales, nos imponen su
mercado en el que sus esbirros
controlan los precios y las
mercaderías.
Quienes ahora osan rebelarse
contra ese sistema injusto de
opresión, que utiliza la misma
riqueza arrebatada a nuestros
antepasados para derrotarnos y
mantenernos en su sistema
injusto, somos anatematizados,
calumniados, difamados. Usan el
miedo, la amenaza, la calumnia,
la deformación política, la
tergiversación periodística, el
chantaje, el asesinato, la
traición, la conspiración, los
golpes de estado, la dictadura,
el fascismo y la autocracia.
Tienen enormes corporaciones
financieras que pueden producir
la quiebra fraudulenta de
nuestras economías y de ese modo
apropiarse de nuestros recursos
naturales a precios de remate o
destruir a un gobierno que busca
el desarrollo por otros caminos,
por el camino del
fortalecimiento del medio
ambiente y el uso racional de
nuestras riquezas y recursos
naturales. Eso mismo ocurre hoy
en día en contra de los
gobiernos que buscan un camino
independiente del desarrollo.
Llaman a escarnio a quienes
gobiernan para construir la
prosperidad compatible con la
naturaleza y el bienestar de los
seres humanos, sin exclusiones
de ningún tipo. Esta es la
herencia que nos dejaron los
viejos conquistadores y sus
hijos quieren dejarle un mundo
de desastre a las futuras
generaciones.
Este doce de octubre nada
tenemos que celebrar. Es el día
de nuestro duelo americano en
memoria de los millones de
asesinados, de los que murieron
en las minas y los obrajes de
hambre y de los que siguieron
siendo asesinados por rebelarse
contra el coloniaje brutal. Fue
el día de la ruina, del
homicidio calificado, o más que
eso: el genocidio. Es el
recuento de la historia para
encontrar en el presente la
explicación del desastre social
y poder construir un mundo
diferente, en el que el hombre
se reencuentre con su medio
natural, su identidad con las
plantas y los animales. Es hora
de establecer nuevos valores,
superiores al consumismo y su
correlato con la avaricia
desenfrenada.
Es también hora de la denuncia
de todos los crímenes cometidos
y que continúan perpetrando
contra nuestra América, de la
oposición férrea y conspirativa
contra los gobiernos
independientes, del uso de todas
las maquinaciones y de todos los
instrumentos y medios para
impedir la voluntad popular,
como en Honduras. Contra la
imposición de siete bases
militares en Colombia cuyas
armas mortíferas apuntan a los
países de América del Sur. En
estas luchas se expresan las
voluntades imperialistas para
impedir que Honduras emprenda un
camino diferente para construir
su prosperidad. Las fuerzas
dictatoriales, en alianza con el
imperialismo no sólo se oponen a
la conquista de la democracia
por el propio pueblo hondureño
sino que han impuesto a un
dictador como parte de una nueva
estrategia de dominio y exacción
de los pueblos que habitan esta
parte de América. Quieren marcar
a sangre y fuego el intento de
una alternativa popular y
democrática, en el encuentro
entre humanos y de naciones
libres de ataduras imperiales.
Usan estratagemas para mantener
a la dictadura de Micheletti y
derrotar a las fuerzas
nacionalistas y democráticas que
quieren construir un mundo
distinto, posible, y asegurar el
advenimiento de un futuro
próspero para nuestros
descendientes. Emplean inmensas
riquezas y trampas dignas de
hampones y métodos de guerra
contra el mismo pueblo para
acabar con los deseos de
libertad. Pero no podrán. Al
final todos los hombres serán
constructores de un mundo que
los hará dueños de todos los
horizontes y de los vientos sin
contaminar.
Este 12 de octubre nefasto nos
encuentra en una disputa feroz
contra el imperialismo, contra
su modelo económico neoliberal
en crisis que nos arras como en
un torrente incontenible de
marginación, pobreza, desempleo
y expoliación; pero aún así
seguimos firmes en la lucha por
la construcción de una sociedad
diferente, de prosperidad para
todos, en un mundo sano y
perdurable.
Trujillo, 04-10-09
Salvador Mendoza Maquiavelo
CUEVA REBELDE ITZCUINTLI
http://members.tripod.com/~itzcuintli/index.html
Gentileza:: Salvador Mendoza
Maquiavelo
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