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Guerra, drogas y política,
elementos del mundo bipolar
Noam
Chomsky
TomDispatch
¿Qué lecciones nos han
dejado dos décadas de una
realidad mundial unipolar? Noam
Chomsky disertó ayer por la
tarde largamente sobre esta
pregunta y dejó en oídos del
auditorio ideas sorprendentes,
en una conferencia magistral en
la Sala Nezahualcóyotl,
transmitida en vivo por TV Unam
y 12 televisoras públicas y
universitarias que se enlazaron
para enviar la señal a
Aguascalientes, Hidalgo,
Michoacán, Morelos, Puebla,
Quintana Roo, San Luis Potosí,
Tlaxcala, Yucatán, Durango y
Nuevo León, además de por La
Jornada on line.
Ideas sorprendentes como la de
Barack Obama, presidente de
Estados Unidos, descrito como
una mercancía con una
mercadotecnia tan exitosa, que
el año pasado mereció el primer
lugar en campañas promocionales
por parte de la industria de la
publicidad. Más famoso que las
computadoras Apple. Tan vendible
como una pasta de dientes o un
fármaco. O la idea de que la
invasión estadunidense a Panamá,
en 1989, hoy apenas una nota a
pie de página para muchos, fue
en realidad la señal de que
Washington iniciaba, a través de
la ficción de la guerra contra
las drogas, una nueva etapa de
dominación, cuando apenas habían
pasado algunas semanas de la
caída del Muro de Berlín. O
bien, un dato puntual,
asombroso: la preocupación
manifestada en 1990, en un
taller de desarrollo de
estrategias para América Latina
en el Pentágono, de que una
eventual apertura democrática en
México osara desafiar a Estados
Unidos. La solución propuesta
fue imponer a nuestro país un
tratado que lo atara de manos
con las reformas neoliberales.
La propuesta se materializó en
el Tratado de Libre Comercio
(TLC), que entró en vigor en
1994.
Así, la reseña de Chomsky de las
dos últimas dos décadas llegó al
momento actual, al proceso de
remilitarización de América
Latina con siete nuevas bases en
Colombia y la reactivación de la
Cuarta Flota de su armada. Todo,
para aterrizar en la visión de
un continente, el nuestro, que
pese a todo comienza a liberarse
por sí solo de este yugo, con
gobiernos que desafían las
directrices de Washington, pero
sobre todo con movimientos
populares de masas de gran
significación. Congruente con
esta importancia que Chomsky da
a los procesos sociales y a su
constante llamado a visibilizar
a sus protagonistas, al concluir
su conferencia magistral y una
entrevista con TV Unam, el
académico todavía tuvo fuerzas
para encontrarse brevemente con
Trinidad Ramírez, dirigente del
Frente de Pueblos en Defensa de
la Tierra, de San Salvador
Atenco, esposa del preso
político Ignacio del Valle, la
cual agradeció al conferencista
que fuera firmante de la segunda
campaña por la libertad de 11
presos, le regaló su paliacate
rojo y, por supuesto, también su
machete.— Blanche Petrich, La
Jornada, México D.F.
Al pensar en cuestiones
internacionales, es útil tener
presentes varios principios de
generalidad e importancia
considerables. El primero es la
máxima de Tucídides: Los fuertes
hacen lo que quieren, y los
débiles sufren como es menester.
Esto tiene un importante
corolario: todo Estado poderoso
descansa en especialistas en
apologética, cuya tarea es
mostrar que lo que hacen los
fuertes es noble y justo y lo
que sufren los débiles es su
culpa. En el Occidente
contemporáneo a estos
especialistas se les llama
intelectuales y, con excepciones
marginales, cumplen su tarea
asignada con habilidad y
sentimientos de superioridad
moral, pese a lo disparatado de
sus alegatos. Su práctica se
remonta a los orígenes de la
historia de la que tenemos
registro.
Los principales arquitectos
Un segundo punto, que no hay que
olvidar, lo expresó Adam Smith.
Él se refería a Inglaterra, la
potencia más grande de su
tiempo, pero sus observaciones
son generalizables. Smith
observaba que los principales
arquitectos de políticas
públicas en Inglaterra eran los
comerciantes y los fabricantes,
quienes se aseguraban de que sus
intereses fueran bien servidos
por tales políticas, por gravoso
que fuera el efecto en otros
–incluido el pueblo de
Inglaterra– y pese a la
severidad que tuvieran para
quienes sufren la salvaje
injusticia de los europeos en
otras partes.
Smith fue una de esas raras
figuras que se apartaron de la
práctica normal de retratar a
Inglaterra como una potencia
angelical, única en la historia
del mundo, dedicada sin egoísmo
al bienestar de los bárbaros. Un
ejemplo revelador, en estos
términos exactos, es un ensayo
clásico de John Stuart Mill, uno
de los más decentes e
inteligentes intelectuales
occidentales, en el que
explicaba por qué Inglaterra
tenía que culminar su conquista
de la India en aras de los más
puros fines humanitarios. Lo
escribió justo en el momento de
mayores atrocidades de
Inglaterra en la India, cuando
el verdadero fin de una mayor
conquista era permitir a
Inglaterra apoderarse del
monopolio del opio y establecer
la más extraordinaria empresa de
narcotráfico en la historia
mundial, y así obligar a China,
con lanchas cañoneras y venenos,
a aceptar las mercancías de
fabricación británicas, que
China no quería.
La plegaria de Mill es la norma
cultural. La máxima de Smith es
la norma histórica.
Hoy, los principales arquitectos
de las políticas públicas no son
los comerciantes y los
fabricantes, sino las
instituciones financieras y las
corporaciones trasnacionales.
Una refinada versión actual de
la máxima de Smith es la teoría
de la inversión en política,
desarrollada por el economista
político Thomas Ferguson, la
cual considera que las
elecciones son la ocasión para
que grupos de inversionistas se
unan con el fin de controlar el
Estado, en esencia comprando las
elecciones.
Como muestra Ferguson, esta
teoría es un mecanismo muy bueno
para predecir políticas públicas
durante un periodo largo.
Entonces, para lo ocurrido en
2008 debimos haber anticipado
que los intereses de las
industrias financieras tendrían
prioridad para el gobierno de
Obama. Fueron sus principales
provedoras de fondos y se
inclinaron mucho más por Obama
que por McCain. Y así resultó
ser. El semanario de negocios
Business Week se ufana ahora de
que la industria de las
aseguradoras ganó la batalla por
la atención a la salud, y de que
las instituciones financieras
que crearon la crisis actual
emergen incólumes y aun
fortalecidas, tras un enorme
rescate público –lo que acomoda
el escenario para la siguiente
crisis–, apuntan los editores. Y
añaden que otras corporaciones
aprendieron valiosas lecciones
de estos triunfos y ahora
organizan grandes campañas para
frenar la aprobación de
cualquier medida relacionada con
energía y conservación (por
suave que sea), con pleno
conocimiento de que frenar esas
medidas negará a sus nietos
cualquier posibilidad de
supervivencia decente. Por
supuesto, no es que sean malas
personas, ni son ignorantes.
Ocurre que las decisiones son
imperativos institucionales.
Quienes deciden no seguir las
reglas son excluidos, a veces en
formas muy notables.
Las elecciones en Estados Unidos
son montajes espectaculares
(extravagancias), conducidos por
la enorme industria de las
relaciones públicas que floreció
hace un siglo en los países más
libres del mundo, Inglaterra y
Estados Unidos, donde las luchas
populares habían ganado la
suficiente libertad para que el
público ya no tan fácilmente
fuera controlado por la fuerza.
Entonces, los arquitectos de las
políticas públicas se dieron
cuenta de que iba a ser
necesario controlar las
actitudes y las opiniones. Uno
de los elementos de la tarea era
controlar las elecciones.
Estados Unidos no es una
democracia guiada como Irán,
donde los candidatos requieren
la aprobación de los clérigos
imperantes. En sociedades
libres, como Estados Unidos, son
las concentraciones de capital
las que aprueban candidatos y,
entre quienes pasan por el
filtro, los resultados terminan
casi siempre determinados por
los gastos de campaña.
Los operadores políticos están
siempre muy conscientes de que
con frecuencia el público
disiente profundamente, en
algunos puntos, de los
arquitectos de las políticas
públicas. Entonces, las campañas
electorales evitan ahondar en
cualquier punto y favorecen las
consignas, las florituras de
oratoria, las personalidades y
el chismorreo. Cada año la
industria de la publicidad
otorga un premio a la mejor
campaña promocional del año. En
2008 el premio se lo llevó la
campaña de Obama, derrotando
incluso a las computadoras Apple.
Los ejecutivos estaban
eufóricos. Se ufanaban
abiertamente de que éste era su
éxito más grande desde que
comenzaron a promocionar
candidatos cual si fueran pasta
de dientes o fármacos que
asocian con estilos de vida,
técnicas que cobraron fuerza
durante el periodo neoliberal,
primero que nada con Reagan.
En los cursos de economía, uno
aprende que los mercados se
basan en consumidores informados
que eligen racionalmente sus
opciones. Pero quien mire un
anuncio de televisión sabe que
las empresas destinan enormes
recursos a crear consumidores
uniformados que eligen
irracionalmente sus opciones.
Los mismos dispositivos
utilizados para derruir mercados
se adaptan al objetivo de
socavar la democracia, creando
votantes desinformados que
tomarán decisiones irracionales
a partir de una limitada serie
de opciones compatibles con los
intereses de los dos partidos,
que a lo sumo son facciones
competidoras de un solo partido
empresarial.
Tanto en el mundo de los
negocios como en el político,
los arquitectos de las políticas
públicas son constantemente
hostiles con los mercados y con
la democracia, excepto cuando
buscan ventajas temporales. Por
supuesto, la retórica puede
decir otra cosa, pero los hechos
son bastante claros.
La máxima de Adam Smith tiene
algunas excepciones, que son muy
instructivas. Un ejemplo
contemporáneo importante son las
políticas de Washington hacia
Cuba desde que ésta obtuvo su
independencia, hace 50 años.
Estados Unidos es una sociedad
que goza de una libertad poco
común, así que contamos con buen
acceso a los registros internos
que revelan el pensamiento y los
planes de los arquitectos de las
políticas públicas. A los pocos
meses de la independencia de
Cuba, el gobierno de Eisenhower
formuló planes secretos para
derrocar al régimen e inició
programas de guerra económica y
de terrorismo, cuya escala fue
aumentada bruscamente por
Kennedy, y que continúan en
varias formas hasta nuestros
días. Desde el inicio, la
intención explícita fue castigar
lo suficiente al pueblo cubano
para que derrocara al régimen
criminal. Su crimen era haber
logrado desafiar políticas
estadunidenses que databan de la
década de 1820, cuando la
doctrina Monroe declaró la
intención estadunidense de
dominar el hemisferio occidental
sin tolerar interferencia alguna
de fuera ni de dentro.
Aunque las políticas
bipartidistas hacia Cuba
concuerdan con la máxima de
Tucídides, entran en conflicto
con el principio de Adam Smith,
y como tales nos brindan una
mirada especial sobre cómo se
configuran las políticas.
Durante décadas, el pueblo
estadunidense ha favorecido la
normalización de relaciones con
Cuba. Desatender la voluntad de
la población es normal, pero en
este caso es más interesante que
sectores poderosos del mundo de
los negocios favorezcan también
la normalización: las
agroempresas, las corporaciones
farmacéuticas y de energía, y
otros que comúnmente fijan los
marcos de trabajo básicos para
la construcción de políticas. En
este caso sus intereses son
atropellados por un principio de
los asuntos internacionales que
no recibe el reconocimiento
apropiado en los tratados
académicos en la materia:
podríamos llamarlo el principio
de la Mafia. El Padrino no
tolera que nadie lo desafíe y se
salga con la suya, ni siquiera
el pequeño tendero que no puede
pagarle protección. Es muy
peligroso. Debe, por tanto,
erradicarse brutalmente, de tal
modo que otros entiendan que
desobedecer no es opción. Que
alguien logre desafiar al Amo
puede volverse un virus que
disemine el contagio, por tomar
prestado el término usado por
Kissinger cuando se preparaba a
derrocar el gobierno de Allende.
Ésa ha sido una doctrina
principal en la política
exterior estadunidense durante
el periodo de su dominio global
y, por supuesto, tiene muchos
precedentes. Otro ejemplo, que
no tengo tiempo de revisar aquí,
es la política estadunidense
hacia Irán a partir de 1979.
Tomó su tiempo cumplir los
objetivos plasmados en la
doctrina Monroe, y algunos de
éstos siguen topándose con
muchos impedimentos. El fin
último perdura y es
incuestionable. Adquirió mucho
mayor significación cuando, tras
la Segunda Guerra Mundial,
Estados Unidos se convirtió en
una potencia global dominante y
desplazó a su rival británico.
La justificación se ha analizado
con lucidez.
Por ejemplo, cuando Washington
se preparaba para derrocar al
gobierno de Allende, el Consejo
de Seguridad Nacional puntualizó
que si Estados Unidos no lograba
controlar América Latina, no
podría esperar consolidar un
orden en ninguna parte del
mundo, es decir, imponer con
eficacia su dominio sobre el
planeta. La credibilidad de la
Casa Blanca se vería socavada,
como lo expresó Henry Kissinger.
Otros también podrían intentar
salirse con la suya en el
desafío si el virus chileno no
era destruido antes de que
diseminara el contagio. Por
tanto, la democracia
parlamentaria en Chile tuvo que
irse, y así ocurrió el primer 11
de septiembre, en 1973, que está
borrado de la historia en
Occidente, aunque en términos de
consecuencias para Chile y más
allá sobrepase, por mucho, los
terribles crímenes del 11 de
septiembre de 2001.
Aunque las máximas de Tucídides
y Smith, y el principio de la
Mafia, no dan cuenta de todas
las decisiones de política
exterior, cubren una gama
bastante amplia, como también lo
hace el corolario referente al
papel de los intelectuales. No
son el final de la sabiduría,
pero se encaminan a él.
Con el contexto proporcionado
hasta el momento, miremos el
momento unipolar, que es el
tópico de gran cantidad de
discusiones académicas y
populares desde que se colapsó
la Unión Soviética, hace 20
años, dejando a Estados Unidos
como la única superpotencia
global en vez de ser sólo la
primera superpotencia, como
antes. Aprendemos mucho acerca
de la naturaleza de la guerra
fría, y del desarrollo de los
acontecimientos desde entonces,
mirando cómo reacciona
Washington a la desaparición de
su enemigo global, esa
conspiración monolítica y
despiadada para apoderarse del
mundo, como la describía
Kennedy.
Unas semanas después de la caída
del Muro de Berlín, Estados
Unidos invadió Panamá. El
propósito era secuestrar a un
delincuente menor, que fue
llevado a Florida y sentenciado
por crímenes que había cometido,
en gran medida, mientras cobraba
en la CIA. De valioso amigo se
convirtió en demonio malvado por
intentar adoptar una actitud
desafiante y salirse con la
suya, al andarse con pies de
plomo en el apoyo a las guerras
terroristas de Reagan en
Nicaragua.
La invasión mató a varios miles
de personas pobres en Panamá,
según fuentes panameñas, y
reinstauró el dominio de los
banqueros y narcotraficantes
ligados a Estados Unidos. Fue
apenas algo más que una nota de
pie de página en la historia,
pero en algunos aspectos rompió
la tendencia. Uno de ellos fue
que se hizo necesario contar con
un nuevo pretexto, y éste llegó
rápido: la amenaza de
narcotraficantes de origen
latino que buscan destruir a
Estados Unidos. Richard Nixon ya
había declarado la guerra contra
las drogas, pero ésta asumió un
nuevo y significativo papel
durante el momento unipolar.
Sofisticación tecnológica en el
tercer mundo
La necesidad de un nuevo
pretexto guió también la
reacción oficial en Washington
ante el colapso de la
superpotencia enemiga. El
gobierno de Bush padre trazó el
nuevo rumbo a los pocos meses:
en resumidas cuentas, todo se
mantendrá bastante igual, pero
tendremos nuevos pretextos.
Todavía requerimos de un enorme
sistema militar, pero ahora hay
un nuevo justificante: la
sofisticación tecnológica de las
potencias del tercer mundo.
Tenemos que mantener la base
industrial de defensa, eufemismo
para describir la industria de
alta tecnología apoyada por el
Estado. Debemos mantener fuerzas
de intervención dirigidas a las
regiones ricas en energéticos de
Medio Oriente, donde no haríamos
responsable al Kremlin de las
amenazas significativas a
nuestros intereses, a diferencia
de las décadas de engaño cuando
eso ocurría.
Todo lo anterior pasó muy en
silencio, apenas si se notó.
Pero para quienes confían en
entender el mundo, es bastante
ilustrativo.
Como pretexto para una
intervención, fue útil invocar
una guerra a las drogas, pero
como pretexto es muy estrecho.
Se necesitaba uno de más
arrastre. Rápidamente las elites
se volcaron a la tarea y
cumplieron su misión. Declararon
una revolución normativa que
confería a Estados Unidos el
derecho a una intervención por
razones humanitarias escogida
por definición, por la más noble
de las razones.
Para expresarlo con sutileza, ni
las víctimas tradicionales se
inmutaron. Las conferencias de
alto nivel en el Sur global
condenaron con amargura "el así
llamado 'derecho' a una
intervención humanitaria". Era
necesario un refinamiento
adicional, por lo que se diseñó
el concepto de responsabilidad
de proteger. Quienes prestan
atención a la historia no se
sorprenderán al descubrir que
las potencias occidentales
ejercen su responsabilidad de
proteger de modo muy selectivo,
en adherencia estricta a las
tres máximas descritas. Los
hechos perturban de tan obvios,
y requieren considerable
agilidad de las clases
intelectuales: otra reveladora
historia que debo dejar de lado.
Conforme el momento unipolar se
iluminó, otra cuestión que se
puso al frente fue el destino de
la OTAN. La justificación
tradicional para la organización
era la defensa contra las
agresiones soviéticas. Al
desaparecer la Unión Soviética
se evaporó el pretexto. Las
almas ingenuas, que tienen fe en
las doctrinas del momento,
habrían esperado que la OTAN
desapareciera también; por el
contrario, se expandió con
rapidez. Los detalles revelan
mucho acerca de la guerra fría y
de lo que siguió. A nivel más
general revelan cómo se forman y
ejecutan las políticas de los
estados.
A medida que se colapsó la Unión
Soviética, Mijail Gorbachov hizo
una pasmosa concesión: permitió
que una Alemania unificada se
uniera a una alianza militar
hostil encabezada por la
superpotencia global, pese a que
Alemania por sí sola casi había
destruido Rusia en dos ocasiones
durante el siglo XX. Sin
embargo, fue un quid pro quo, un
esto por aquello, una
reciprocidad. El gobierno de
Bush prometió a Gorbachov que la
OTAN no se extendería a Alemania
oriental, y que desde luego no
llegaría más al oriente. También
le aseguró al mandatario
soviético que la organización se
transformaría en un ente más
político. Gorbachov propuso
también una zona libre de armas
nucleares desde el Ártico al Mar
Negro, un paso hacia una zona de
paz que eliminara cualquier
amenaza a Europa occidental u
oriental. Tal propuesta se pasó
por alto sin consideración
alguna.
Poco después llegó Bill Clinton
al cargo. Muy pronto se
desvanecieron los compromisos de
Washington. No es necesario
abundar sobre la promesa de que
la OTAN se convertiría en un
ente más político. Clinton
expandió la organización hacia
el este, y Bush fue más allá. En
apariencia Barack Obama intenta
continuar la expansión.
Un día antes del primer viaje de
Barack Obama a Rusia, su
asistente especial en Seguridad
Nacional y Asuntos Eurasiáticos
informó a la prensa: No vamos a
dar seguridades a los rusos, ni
a darles ni intercambiar nada
con ellos respecto de la
expansión de la OTAN o la
defensa con misiles.
Se refería a los programas de
defensa con misiles
estadunidenses en Europa
oriental y a la posibilidad de
convertir en miembros de la OTAN
a dos vecinos de Rusia, Ucrania
y Georgia. Ambos pasos eran
vistos por los analistas
occidentales como serias
amenazas a la seguridad rusa,
por lo que, de igual modo,
podían inflamar las tensiones
internacionales.
Ahora, la jurisdicción de la
OTAN es todavía más amplia. El
asesor de Seguridad Nacional de
Obama, el comandante de Marina
James Jones, hace llamados a que
la organización se amplíe al sur
y también al este, de modo que
se refuerce el control
estadunidense sobre las reservas
energéticas de Medio Oriente. El
general Jones también aboga por
una fuerza de respuesta de OTAN,
que confiera a la alianza
militar encabezada por Estados
Unidos mucho mayor capacidad y
flexibilidad para efectuar
acciones con rapidez y en
distancias muy largas, objetivo
que ahora Washington se empeña
en lograr en Afganistán.
El secretario general de la
OTAN, Jaap de Hoop Scheffer,
informó a la conferencia de la
organización que las tropas de
la alianza tienen que custodiar
los ductos de crudo y gas que
van directamente a Occidente y,
de modo más general, proteger
las rutas marinas utilizadas por
los buques cisternas y otras
cruciales infraestructuras del
sistema energético. Dicha
decisión expresa de forma más
explícita las políticas
posteriores a la guerra fría:
remodelar la OTAN para volverla
una fuerza de intervención
global encabezada por Estados
Unidos, cuya preocupación
especial sea el control de los
energéticos. Supuestamente, la
tarea incluye la protección de
un ducto de 7 mil 600 millones
de dólares que conduciría gas
natural de Turkmenistán a
Pakistán e India, pasando por la
provincia de Kandahar, en
Afganistán, donde están
desplegadas las tropas
canadienses. La meta es bloquear
la posibilidad de que un ducto
alterno brinde a Pakistán e
India gas procedente de Irán, y
disminuir la dominación rusa de
las exportaciones energéticas de
Asia central, según informó la
prensa canadiense, bosquejando
con realismo algunos de los
contornos del nuevo gran juego
en el que la fuerza de
intervención internacional
encabezada por Estados Unidos va
a ser un jugador principal.
Desde los primeros días
posteriores a la guerra fría, se
entendía que Europa occidental
podría optar por un curso
independiente, tal vez con una
visión gaullista de Europa, del
Atlántico a los Urales. En este
caso el problema no es un virus
que pueda diseminar el contagio,
sino una pandemia que podría
desmantelar todo el sistema de
control global. Se supone que,
al menos en parte, la OTAN
intenta contrarrestar esa seria
amenaza. La expansión actual de
la alianza, y los ambiciosos
objetivos de la nueva
organización, dan nuevo empuje a
esos fines.
Los acontecimientos continúan
atravesando el momento unipolar,
adhiriéndose bien a los
principios que rigen los asuntos
internacionales. Más en
específico, las políticas se
conforman muy cerca de las
doctrinas del orden mundial
formuladas por los
planificadores estadunidenses de
alto nivel durante la Segunda
Guerra Mundial. A partir de
1939, reconocieron que, fuera
cual fuese el resultado de la
guerra, Estados Unidos se
convertiría en una potencia
global y desplazaría a Gran
Bretaña. En concordancia,
desarrollaron planes para que
Estados Unidos ejerciera control
sobre una porción sustancial del
planeta. Esta gran área, como le
llaman, habría de comprender por
lo menos el hemisferio
occidental, el antiguo imperio
británico, el Lejano Oriente y
los recursos energéticos de Asia
occidental. En esta gran área,
Estados Unidos habría de
mantener un poder
incuestionable, una supremacía
militar y económica, y actuaría
para garantizar los límites de
cualquier ejercicio de soberanía
por parte de estados que
pudieran interferir con sus
designios globales. Al principio
los planificadores pensaron que
Alemania predominaría en Europa,
pero conforme Rusia comenzó a
demoler la Wermacht (las fuerzas
armadas nazis), la visión se
hizo más y más expansiva, y se
buscó que la gran área
incorporara la mayor extensión
de Eurasia que fuera posible,
por lo menos Europa occidental,
el corazón económico de Eurasia.
Se desarrollaron planes
detallados y racionales para la
organización global, y a cada
región se le asignó lo que se le
llamó su función. Al Sur en
general se le asignó un papel de
servicio: proporcionar recursos,
mano de obra barata, mercados,
oportunidades de inversión y más
tarde otros servicios, tales
como recibir la exportación de
desperdicios y contaminación. En
ese entonces, Estados Unidos no
estaba tan interesado en África,
así que la pasó a Europa para
que explotara su reconstrucción
a partir de la destrucción de la
guerra. Uno podría imaginar
relaciones diferentes entre
África y Europa a la luz de la
historia, pero no se tuvieron en
cuenta. En contraste, se
reconoció que las reservas de
petróleo de Medio Oriente eran
una estupenda fuente de poder
estratégico y uno de los premios
materiales más grandes en la
historia del mundo: la más
importante de las áreas
estratégicas del mundo, para
ponerlo en palabras de
Eisenhower. Y los planificadores
se daban cuenta de que el
control del crudo de Medio
Oriente proporcionaría a Estados
Unidos el control sustancial del
mundo.
Quienes consideran
significativas las continuidades
de la historia tal vez recuerden
que los planificadores de Truman
hacían eco de las doctrinas de
los demócratas jacksonianos al
momento de la anexión de Texas y
de la conquista de medio México,
un siglo antes. Tales
predecesores anticiparon que las
conquistas proporcionarían a
Estados Unidos un virtual
monopolio del algodón, el
combustible de la primera
revolución industrial: Ese
monopolio, ahora asegurado, pone
a todas las naciones a nuestros
pies, declaró el presidente
Tyler. En esa forma, Estados
Unidos podría esquivar el
disuasivo británico, el mayor
problema de esa época, y ganar
influencia internacional sin
precedente.
Concepciones semejantes guiaron
a Washington en su política
petrolera. De acuerdo con ella
–explicaba el Consejo de
Seguridad Nacional de Eisenhower–,
Estados Unidos debe respaldar
regímenes rudos y brutales y
bloquear la democracia y el
desarrollo, aunque eso provoque
una campaña de odio contra
nosotros, como observó el
presidente Eisenhower 50 años
antes de que George W. Bush
preguntara en tono plañidero por
qué nos odian y concluyera que
debía ser porque odiaban nuestra
libertad.
Con respecto a América Latina,
los planificadores posteriores a
la Segunda Guerra Mundial
concluyeron que la primera
amenaza a los intereses
estadunidenses la representan
los regímenes radicales y
nacionalistas que apelan a las
masas de población y buscan
satisfacer la demanda popular de
mejoramiento inmediato de los
bajos estándares de vida de las
masas y el desarrollo a favor de
las necesidades internas del
país. Estas tendencias entran en
conflicto con las demanda de un
clima económico y político que
propicie la inversión privada,
con la adecuada repatriación de
las ganancias y la protección de
nuestras materias primas. Gran
parte de la historia
subsiguiente fluye de estas
concepciones que nadie
cuestiona.
TLC, cura recomendada
En el caso especial de México,
el taller de desarrollo de
estrategias para América Latina,
celebrado en el Pentágono en
1990, halló que las relaciones
Estados Unidos-México eran
extraordinariamente positivas, y
que no las perturbaba ni el robo
de elecciones, ni la violencia
de Estado, ni la tortura o el
escandaloso trato dado o obreros
y campesinos, ni otros detalles
menores. Los participantes en el
taller sí vieron una nube en el
horizonte: la amenaza de "una
'apertura a la democracia' en
México", la cual, temían, podría
poner en el cargo a un gobierno
más interesado en desafiar a
Estados Unidos sobre bases
económicas y nacionalistas. La
cura recomendada fue un tratado
Estados Unidos-México que
encerrara al vecino en su
interior y proponerle las
reformas neoliberales de la
década de 1980, que ataran de
manos a los actuales y futuros
gobiernos mexicanos en materia
de políticas económicas.
En resumen, el TLCAN, impuesto
puntualmente por el Poder
Ejecutivo en oposición a la
voluntad popular.
Y al momento en que el TLCAN
entraba en vigor, en 1994, el
presidente Clinton instituía
también la Operación Guardián,
que militarizó la frontera
mexicana. Él la explicó así: no
entregaremos nuestras fronteras
a quienes desean explotar
nuestra historia de compasión y
justicia. No mencionó nada
acerca de la compasión y la
justicia que inspiraron la
imposición de tales fronteras,
ni explicó cómo el gran
sacerdote de la globalización
neoliberal entendía la
observación de Adam Smith de que
la libre circulación de mano de
obra es la piedra fundacional
del libre comercio.
La elección del tiempo para
implantar la Operación Guardián
no fue para nada accidental. Los
analistas racionales anticiparon
que abrir México a una avalancha
de exportaciones
agroindustriales altamente
subsidiadas tarde o temprano
socavaría la agricultura
mexicana, y que las empresas
mexicanas no aguantarían la
competencia con las enormes
corporaciones apoyadas por el
Estado que, conforme al tratado,
deberían operar libremente en
México. Una consecuencia
probable sería la huída de
muchas personas a Estados Unidos
junto con quienes huyen de los
países de Centroamérica,
arrasados por el terrorismo
reaganita. La militarización de
la frontera fue un remedio
natural.
Las actitudes populares hacia
quienes huyen de sus países
–conocidos como extranjeros
ilegales– son complejas. Prestan
servicios valiosos en su calidad
de mano de obra superbarata y
fácilmente explotable. En
Estados Unidos las agroempresas,
la construcción y otras
industrias descansan
sustancialmente en ellos, y
ellos contribuyen a la riqueza
de las comunidades en que
residen. Por otra parte,
despiertan tradicionales
sentimientos antimigrantes,
persistente y extraño rasgo en
esta sociedad de migrantes que
arrastra una historia de
vergonzoso trato hacia ellos.
Hace pocas semanas, los hermanos
Kennedy fueron vitoreados como
héroes estadunidenses. Pero a
fines del siglo XIX los letreros
de ni perros ni irlandeses no
los habrían dejado entrar a los
restaurantes de Boston. Hoy los
emprendedores asiáticos son una
fulgurante innovación en el
sector de alta tecnología. Hace
un siglo, acciones racistas de
exclusión impedían el acceso de
asiáticos, porque se les
consideraba amenazas a la pureza
de la sociedad estadunidense.
Sean cuales fueren la historia y
las realidades económicas, los
inmigrantes han sido siempre
percibidos por los pobres y los
trabajadores como una amenaza a
sus empleos, sus modos de vida y
su subsistencia. Es importante
tener en cuenta que la gente que
hoy protesta con furia ha
recibido agravios reales. Es
víctima de los programas de
manejo financiero de la economía
y de globalización neoliberal,
diseñados para transferir la
producción hacia fuera y poner a
los trabajadores a competir unos
con otros a escala mundial,
bajando los salarios y las
prestaciones, mientras se
protege de las fuerzas del
mercado a los profesionales con
estudios. Los efectos han sido
severos desde los años de Reagan,
y con frecuencia se manifiestan
de modos feos y extremos, como
muestran las primeras planas de
los diarios en los días que
corren. Los dos partidos
políticos compiten por ver cuál
de ellos puede proclamar en
forma más ferviente su
dedicación a la sádica doctrina
de que se debe negar la atención
a la salud a los extranjeros
ilegales. Su postura es
consistente con el principio,
establecido por la Suprema
Corte, de que, de acuerdo con la
ley, esas criaturas no son
personas, y por tanto no son
sujetos de los derechos
concedidos a las personas. En
este mismo momento la Suprema
Corte considera la cuestión de
si las corporaciones deben poder
comprar elecciones abiertamente
en lugar de hacerlo de modos más
indirectos: asunto
constitucional complejo, porque
las cortes han determinado que,
a diferencia de los inmigrantes
indocumentados, las
corporaciones son personas
reales, de acuerdo con la ley, y
así, de hecho, tienen derechos
que rebasan los de las personas
de carne y hueso, incluidos los
derechos consagrados por los tan
mal nombrados acuerdos de libre
comercio. Estas reveladoras
coincidencias no me provocan
comentario alguno. La ley es en
verdad un asunto solemne y
majestuoso.
El espectro de la planificación
es estrecho, pero permite alguna
variación. El gobierno de Bush
II fue tan lejos, que llegó al
extremo del militarismo agresivo
y ejerció un arrogante
desprecio, inclusive hacia sus
aliados. Fue condenado duramente
por estas prácticas, aun dentro
de las corrientes principales de
opinión. El segundo periodo de
Bush fue más moderado. Algunas
de sus figuras más extremistas
fueron expulsadas: Rumsfeld,
Wolfowitz, Douglas Feith y
otros. A Cheney no lo pudieron
quitar porque él era la
administración. Las políticas
comenzaron a retornar más hacia
la norma. Al llegar Obama al
cargo, Condoleeza Rice predecía
que seguiría las políticas del
segundo periodo de Bush, y eso
es en gran medida lo que ha
ocurrido, más allá del estilo
retórico diferente, que parece
haber encantado a buena parte
del mundo… tal vez por el
descanso que significa que Bush
se haya ido.
En el punto más candente de la
crisis de los misiles cubanos,
un asesor de alto rango del
gobierno de Kennedy expresó muy
bien algo que hoy es una
diferencia básica entre George
Bush y Barack Obama. Los
planificadores de Kennedy
tomaban decisiones que
literalmente amenazaban a Gran
Bretaña con la aniquilación,
pero sin informar a los
británicos.
En ese punto, el asesor definió
la relación especial con el
Reino Unido. "Gran Bretaña
–dijo– es nuestro teniente"; el
término más de moda hoy sería
socio. Gran Bretaña, por
supuesto, prefiere el término en
boga. Bush y sus cohortes se
dirigían al mundo tratando a
todos como nuestros tenientes.
Así, al anunciar la invasión de
Irak, informaron a Naciones
Unidas que podía obedecer las
órdenes estadunidenses, o
volverse irrelevante. Es natural
que una desvergonzada arrogancia
así levante hostilidades.
Obama adopta un curso de acción
diferente. Con afabilidad saluda
a los líderes y pueblos del
mundo como socios y únicamente
en privado continúa tratándolos
como tenientes, como
subordinados. Los líderes
extranjeros prefieren con mucho
esta postura, y el público en
ocasiones queda hipnotizado por
ella. Pero es sabio atender a
los hechos, y no a la retórica o
a las conductas agradables.
Porque es común que los hechos
cuenten una historia diferente.
En este caso también.
Tecnología de la destrucción
El actual sistema mundial
permanece unipolar en una sola
dimensión: el ámbito de la
fuerza. Estados Unidos gasta
casi lo mismo que el resto del
mundo junto en fuerza militar, y
está mucho más avanzado en la
tecnología de la destrucción.
Está solo también en la posesión
de cientos de bases militares
por todo el mundo, y en la
ocupación de dos países situados
en cruciales regiones
productoras de energéticos. En
estas regiones está
estableciendo, además, enormes
megaembajadas; cada una de ellas
es en realidad es una ciudad
dentro de otra: clara indicación
de futuras intenciones. En
Bagdad se calcula que los costos
de la megaembajada asciendan de
mil 500 millones de dólares este
año a mil 800 millones en los
años venideros. Se desconocen
los costos de sus contrapartes
en Pakistán y Afganistán, como
también se desconoce el destino
de las enormes bases militares
que Estados Unidos instaló en
Irak.
El sistema global de bases se
comienza a extender ahora por
América Latina. Estados Unidos
ha sido expulsado de sus bases
en Sudamérica; el caso más
reciente es el de la base de
Manta, en Ecuador, pero
recientemente logró arreglos
para utilizar siete nuevas bases
militares en Colombia, y se
supone que intenta mantener la
base de Palmerola, en Honduras,
que jugó un papel central en las
guerras terroristas de Reagan.
La Cuarta Flota estadunidense,
desbandada en los años 50 del
siglo XX, fue reactivada en
2008, poco después de la
invasión colombiana a Ecuador.
Su responsabilidad cubre el
Caribe, Centro y Sudamérica, y
las aguas circundantes. La
Marina incluye, entre sus
variadas operaciones, acciones
contra el tráfico ilícito,
maniobras simuladas de
cooperación en seguridad,
interacciones ejército-ejército
y entrenamiento bilateral y
multilateral. Es entendible que
la reactivación de la flota
provoque protestas y
preocupación de gobiernos como
el de Brasil, el de Venezuela y
otros.
La preocupación de los
sudamericanos se ha incrementado
por un documento de abril de
2009, producido por el comando
de movilidad aérea estadunidense
(US Air Mobility Command), que
propone que la base de
Palanquero, en Colombia, pueda
convertirse en el sitio de
seguridad cooperativa desde el
cual puedan ejecutarse
operaciones de movilidad. El
informe anota que, desde
Palanquero, casi medio
continente puede ser cubierto
con un C-17 (un aerotransporte
militar) sin recargar
combustible. Esto podría formar
parte de una estrategia global
en ruta, que ayude a lograr una
estrategia regional de combate y
con la movilidad de los
trayectos hacia África. Por
ahora, la estrategia para situar
la base en Palanquero debe ser
suficiente para fijar el alcance
de la movilidad aérea en el
continente sudamericano,
concluye el documento, pero
prosigue explorando opciones
para extender el sistema a
África con bases adicionales,
todo como parte de un sistema
global de vigilancia, control e
intervención.
Estos planes forman parte de una
política más general de
militarización de América
Latina. El entrenamiento de
oficiales latinoamericanos se ha
incrementado abruptamente en los
últimos 10 años, mucho más allá
de los niveles de la guerra
fría.
La policía es entrenada en
tácticas de infantería ligera.
Su misión es combatir pandillas
de jóvenes y populismo radical,
término este último que debe de
entenderse muy bien en América
Latina.
El pretexto es la guerra contra
las drogas, pero es difícil
tomar eso muy en serio, aun si
aceptáramos la extraordinaria
suposición de que Estados Unidos
tiene derecho a encabezar una
guerra en tierras extranjeras.
Las razones son bien conocidas,
y fueron expresadas una vez más
a fines de febrero por la
Comisión Latinoamericana sobre
Drogas y Democracia, encabezada
por los ex presidentes Cardoso,
Zedillo y Gaviria. Su informe
concluye que la guerra al
narcotráfico ha sido un fracaso
total y demanda un drástico
cambio de política, que se aleje
de las medidas de fuerza en los
ámbitos interno y externo e
intente medidas menos costosas y
más efectivas.
Los estudios llevados a cabo por
el gobierno estadunidense, y
otras investigaciones, han
mostrado que la forma más
efectiva y menos costosa de
controlar el uso de drogas es la
prevención, el tratamiento y la
educación. Han mostrado además
que los métodos más costosos y
menos eficaces son las
operaciones fuera del propio
país, tales como las
fumigaciones y la persecución
violenta. El hecho de que se
privilegien consistentemente los
métodos menos eficaces y más
costosos sobre los mejores es
suficiente para mostrarnos que
los objetivos de la guerra
contra las drogas no son los que
se anuncian. Para determinar los
objetivos reales, podemos
adoptar el principio jurídico de
que las consecuencias
previsibles constituyen prueba
de la intención. Y las
consecuencias no son oscuras:
subyace en los programas una
contrainsurgencia en el
extranjero y una forma de
limpieza social en lo interno,
enviando enormes números de
personas superfluas, casi todas
hombres negros, a las
penitenciarías, fenómeno que
condujo ya a la tasa de
encarcelamiento más alta del
mundo, por mucho, desde que se
iniciaron los programas, hace 30
años.
Aunque el mundo es unipolar en
la dimensión militar, no siempre
ha sido así en la dimensión
económica. A principios de la
década de 1970, el mundo se
había vuelto económicamente
tripolar, con centros
comparables en Norteamérica,
Europa y el noreste asiático.
Ahora la economía global se ha
vuelto aún más diversa, en
particular tras el rápido
crecimiento de las economías
asiáticas que desafiaron las
reglas del neoliberal Consenso
de Washington.
También América Latina comienza
a liberarse por sí sola de este
yugo. Los esfuerzos
estadunidenses por militarizarla
son una respuesta a estos
procesos, particularmente en
Sudamérica, la cual por vez
primera desde las conquistas
europeas comienza a enfrentar
los problemas fundamentales que
han plagado el continente. He
ahí el inicio de movimientos
encaminados a la integración de
países que tradicionalmente se
orientaban hacia Occidente, no
uno hacia el otro, y también un
impulso por diversificar las
relaciones económicas y otras
relaciones internacionales.
Están también, por último,
algunos esfuerzos serios por dar
respuesta a la patología
latinoamericana de que son los
estrechos sectores acaudalados
los que gobiernan en medio de un
mar de miseria, quedando los
ricos libres de
responsabilidades, excepto la de
enriquecerse a sí mismos. Esto
último es muy diferente de Asia
oriental, como se puede medir
observando la fuga de capitales.
En Asia oriental tales fugas se
han controlado con mucha fuerza.
En Corea del Sur, por ejemplo,
durante su periodo de rápido
crecimiento, la exportación de
capitales podía acarrear la pena
de muerte.
Estos procesos en América
Latina, en ocasiones encabezados
por impresionantes movimientos
populares de masas, son de gran
significación. No es sorpresivo
que provoquen amargas reacciones
entre las elites tradicionales,
respaldadas por la superpotencia
hemisférica. Las barreras son
formidables, pero, si logran
remontarse, los resultados van a
cambiar en forma significativa
el curso de la historia
latinoamericana, y sus impactos
más allá de ella no serán
pequeños.
Noam
Chomsky, el intelectual vivo más
citado y figura emblemática de
la resistencia antiimperialista
mundial, es profesor emérito de
lingüística en el Instituto de
Tecnología de Massachusetts en
Cambridge y autor del libro
Imperial Ambitions:
Conversations on the Post-9/11
World.
Traducción para La Jornada:
Ramón Vera Herrera
Gentileza:: alfaro melina
[cybermelinaalfaro@bandalibre.com]
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