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En la senda de Von Humboldt‹
[1807-1892]
José Luis
Muñoz Azpiri
Un siglo atrás,
contrariamente a la constante
que padecemos desde hace más de
cuarenta años, la Argentina no
solo no expulsaba a sus
científicos sino que los
convocaba con el objeto de
formar discípulos y enriquecer
el acervo de una nación que
recién se organizaba y cuyas
potencialidades desconocía. Tal
fue el caso de Germán Burmeister,
a quien Mitre y Sarmiento se
dirigieron para ofrecerle la
Dirección del Museo de Buenos
Aires.
Nacido en Stralsund, a orillas
del mar Báltico y en ese
entonces bajo el dominio de
Suecia, Burmeister estudió
medicina, ciencias naturales y
filosofía e inició una breve
carrera política. Pero pronto se
dio cuenta que su personalidad
directa y apasionada no encajaba
en el mundo de la función
pública y se dedicó por completo
a las ciencias naturales. Fue un
sabio mundialmente conocido por
sus trabajos paleontológicos y
zoológicos, en especial sobre
insectos: su Handbuch der
Entomologie, en cinco tomos, de
1832, ya había sido traducido al
inglés. Después de ejercer
durante algún tiempo la
docencia, en 1850, consiguió un
subsidio para viajar al Brasil,
con el apoyo del famoso
científico Alejandro Von
Humboldt, que era su amigo.
Fascinado por los paisajes de
América del Sur, en 1856 viajó a
los países del Plata y Chile;
fruto de esos viajes fueron
varios libros, entre los cuales
el Reise durch die La Plata-Staaten,
en dos volúmenes, está casi
dedicado exclusivamente a la
Argentina. Aquí permaneció
cuatro años recorriendo el país
y reuniendo una asombrosa
cantidad de datos sobre
mineralogía y zoología. Volvió a
Europa, pero el desencanto
producido por motivos políticos
lo indujeron a renunciar en 1861
a su cátedra en Halle y regresó
a nuestro país con la intención
de quedarse y entonces aceptó la
dirección del Museo Público de
Buenos Aires. Trabajando
prácticamente solo como
preparador, investigador,
conservador, dibujante y
corrector de pruebas, logró
reunir colecciones de fósiles e
insectos que alcanzaron
prestigio ante todo el mundo.
Durante dos años, con envidiable
paciencia, reconstruyó sin ayuda
el esqueleto de un gliptodonte y
al mismo tiempo descubrió nuevas
especies de insectos y escribió
innumerables informes sobre
temas como botánica, geografía,
geología y entomología.
Pasaporte entregado a Burmeister
de la Administración de Correos
para viajar por la Confederación
Argentina
Intentó fundar una sociedad
paleontológica en 1866, que
presidiría Gutiérrez, para
apuntalar la languideciente
Asociación de Amigos de la
Historia Natural, pero tuvo
corta existencia por ser
demasiado especializada para su
época. Es que Burmeister fue
fundamentalmente un hombre del
renacimiento, cuyo afán
enciclopédico lo impulsaba a
intentar abarcar la totalidad de
las ciencias naturales. Prueba
de ello fue la monumental obra "Description
Phisique de la Republique
Argentine" en la que se propuso
describir la totalidad de la
fauna flora, geología y
paleontología del país y donde,
nada menos él sería el único
redactor e ilustrador. Semejante
tarea, que hubiera llevado una
vida, explica que la obra haya
quedado inconclusa, habiendo
aparecido solo cinco tomos, a
partir de 1876, en alemán y
francés
Hombre difícil y altanero, con
un carácter más cercano al
granadero prusiano que al
erudito de gabinete, su
personalidad lo llevó a
polemizar con la mayoría de sus
colegas que lo transformaron en
una suerte de confinado
científico de las calles Alsina
y Perú. Al parecer no fue una
excepción en el atribulado mundo
de la ciencia, si nos atenemos a
un comentario del descubridor
del ADN, James D. Watson,
respecto de sus colegas:
"Contrariamente a la idea
popular sostenida por los
periódicos y por las madres de
los sabios, un número
considerable de estos sabios
son, no ya mezquinos de espíritu
y nada graciosos, sino también
completamente idiotas". Si esto
es en la actualidad, imaginemos
en los albores de la ciencia
argentina lo que opinaría
Burmeister sobre sus adversarios
evolucionistas de la Gran Aldea,
siendo él un solitario paladín
del antidarwinismo. En efecto,
en las sucesivas ediciones de su
"Historia de la Creación"
publicada en 1843 y anterior al
"Kosmos" de Humboldt, manifestó
siempre su olímpico desdén
antidarwinista, que sólo
abandonaría a los 84 años, a
poco de morir.
Es probable que las
características de su
personalidad, que lo llevaron a
un exilio interior, determinaran
que no fuera un maestro en
sentido estricto, pero no le
impidieron tener dos discípulos:
Luis Jorge Fontana, el
explorador intrépido del Gran
Chaco y la Patagonia y él, por
entonces, prometedor Francisco
P. Moreno. Niño aún, recordaría
el futuro "Perito", visitó junto
a sus dos hermanos a Burmeister,
quien los recibió sonriente por
el halago que le producía hallar
eco en jóvenes con vocación de
naturalistas. Fue tan viva la
impresión que causó Moreno en el
ánimo del viejo investigador,
que bautizó a uno de los fósiles
descubierto por su admirador con
el nombre de "Dasypus Morenoi".
No obstante la distinción del
sabio, Moreno puso a buen
recaudo sus colecciones bajo la
atenta mirada de su hermana
Maruja, dado que Burmeister y
los Moreno eran parientes, pues
el erudito cascarrabias tenía
fama de no devolver las piezas
prestadas. Pero las colecciones
de Burmeister quedaron en el
país, distinta fue la suerte de
los descubridores argentinos del
"Eoraptor" de Ischigualasto - un
primitivo y pequeño dinosaurio
de más de doscientos millones de
años de antigüedad - a quienes,
si bien no les birlaron los
huesos, les robaron su justo
reconocimiento. En 1991 la
Universidad de San Juan invitó a
la Universidad de Chicago a un
trabajo conjunto de exploración
y análisis de los restos fósiles
del Valle de la Luna, donde
tuvieron destacada participación
científicos de la talla de los
doctores Novas, Montea y
Martínez. Sin embargo, tanto en
"Nature" como en "National
Geographic" el rol protagónico
correspondió a los visitantes y
la participación argentina quedó
relegada al papel de meros "juntahuesos",
lo que produjo un malestar que
el tiempo no ha subsanado. Los
países centrales no solo se
apropian de los recursos
naturales de la periferia,
también de su producción
cultural. Tal vez por ello,
debemos ser indulgentes con los
defectos que pudo haber tenido
el solitario germano y recordar
con gratitud la labor que
desplegó en el Museo que, a la
postre, le causó la muerte. El 8
de febrero de 1892, al abrir la
ventana de una vitrina, cayó de
una escalera doble y un cristal
le abrió la arteria frontal.
Antes de despedirse de la tierra
que eligió y quiso como propia,
nos dejó como legado los "Anales
del Museo Público de Buenos
Aires" y "Los caballos fósiles
de la pampa argentina" con la
que el gobierno argentino
participó en la Exposición de
Filadelfia de 1876.
José
Luis Muñoz Azpiri
Para “Vida Silvestre”
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