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Malas palabras
Miguel A.
Semán
APe
A mi tío Fermín lo
exhumaron de la Recoleta,
le pasaron un plumero,
lo sentaron frente a un
escritorio ministerial,
lo gastaron en tres meses,
y lo devolvieron a su tumba,
no sin agradecerle los
patrióticos servicios prestados.
Leopoldo Marechal
Megafón, o la guerra
A los pibes que hoy toman
colegios secundarios en la
ciudad de Buenos Aires el
macrismo quiso imponerles como
ministro de educación a un señor
que se llama Abel Posse, quien
al finalizar los pocos días de
su “no mandato” justificó su
fracaso diciendo: “No soy
político, soy un intelectual”.
No debería llamar la atención,
entonces, que desde el gobierno
porteño y desde los medios, casi
independientes, se reproche a
los estudiantes rebeldes su alto
grado de politización, como si
política fuese el nombre de
alguna de esas enfermedades
infamantes que a comienzos del
siglo pasado todavía provocaban
repugnancia y horror.
A veintisiete años del fin de la
dictadura, periodistas,
docentes, padres y sobretodo
políticos siguen mirando a la
política con desconfianza. Cada
vez que alguien enarbola una
protesta, corta una calle o toma
una escuela o una fábrica la
forma más común de
descalificarlo es tildar el
reclamo de político e indagar
sobre la ideología de los
disidentes.
En la última semana periodistas
de diversas radios montaron en
cólera varias veces al día
porque los estudiantes en vez de
desvelarse por la nota de
matemática o lengua, alzaron los
ojos de los libros y los
llevaron hacia las paredes y los
techos averiados de sus
escuelas, hacia las becas
impagas y las viandas que no les
llegan a los compañeros más
pobres.
Al mismo tiempo hombres que hace
más de cuarenta años se han ido
de las aulas y vaya uno a saber
con cuántas materias al hombro,
levantan el índice amenazante y
dicen que en sus tiempos no
había estufas ni ventiladores y
nadie se quejaba de nada. No se
acuerdan que hace cuarenta años
la televisión era en blanco y
negro, no había computadoras, la
vida se nos pasaba de general en
general y nadie se quejaba de
nada.
Gobernantes que se supone han
llegado al poder haciendo de la
política un modo y un medio de
vida, en vez de reivindicarla,
se indignan de que otros la
practiquen y mucho más cuando
esos militantes, además de
opositores a su pensamiento, son
jóvenes y les apuntan a la
cabeza con proyectos que van más
allá del próximo cuatrimestre.
Cuando los adolescentes, con
sensatez y claridad, dicen:
“Todos tenemos conciencia de que
se trata de un problema político
al que hay que darle respuestas
políticas” (Florencia Sacarelo,
presidenta del Centro de
Estudiantes del Normal 5 de
Barracas), ministros y
secretarios se escandalizan como
si fueran monjas, maldicen al
cielo y reclaman hogueras para
los desobedientes.
Cuando ellos y yo íbamos a la
escuela los colegios secundarios
eran casi cuarteles, casi
cárceles y casi monasterios. El
nivel de enseñanza no era mejor
que ahora. San Martín cruzaba la
cordillera con cara de viajar en
la proa de un transatlántico,
Perón era innombrable, Evita una
puta y Sarmiento un pelado al
que nadie quería parecerse. Y
nosotros, los educandos, éramos
una manga de timoratos que no
nos atrevíamos a decir más que
“Buenos tardes, señorita” a la
vestal de turno, y nuestra mayor
hazaña consistía en escribir
malas palabras en las paredes
del baño cuando nadie nos veía.
Hoy los adolescentes se han
vuelto visibles. Los reclamos
legítimos abandonaron la
clandestinidad del baño. El
ejercicio del poder produce
poderes inclasificables y a
nadie le importa demasiado el
teorema de Pitágoras. El
aprendizaje aspira al dominio de
materias más trascendentes que
las que figuran en los planes de
estudio. Y ya no se trata sólo
de aprobar o quedarse. Tampoco
es un problema de ladrillos o de
viáticos. Es mucho más profundo.
Se trata de las malas palabras
de costumbre: política,
solidaridad, compañerismo. Las
palabras que todos tenemos
derecho a pronunciar como si
recién llegáramos al mundo y a
partir de nosotros empezara
todo.
Gentileza:: Agencia de Noticias
Pelota de Trapo
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