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Rituales*
Noé Jitrik
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El Arca Digital
Los andamios para alcanzar
al Ser Supremo
Un camino para alcanzar a la
diosa Atenea Parthenos en la
Grecia del siglo V a.ne. Al
abordar el tema del título de
esta nota –rituales– el pensador
Noé Jitrik bucea el mundo de lo
sagrado, de las ceremonias y
protocolos, esto es lo normativo
que alienta a los seres humanos
hacia el misterio de la
existencia y que, efectivamente,
siempre se resuelve a través de
los rituales. Eso supone –dice
el autor– que para llegar a la
atención que Dios podría brindar
a los mortales bastaría con
seguir ciertas normas o
prácticas que, muy probablemente
no han sido enunciadas por ese
Dios del cual se espera
comprensión, amor, salvación,
protección, iluminación.
Nació en 1928 en La Pampa y
desde 1939 vivió en Buenos Aires
y también en Europa y en México.
Actualmente es investigador y
director del Instituto de
Literatura Hispanoamericana de
la Facultad de Bs.As.
Noé Jitrik En un episodio de una
serie de televisión que tiene su
chiste, Doctor House, el núcleo
es una situación que no parece
ser una mera ocurrencia. Se dirá
que reparar en la significación
que presenta un efímero producto
televisivo no es muy serio y que
extraer de él reflexiones y
consecuencias puede ser tan
provisorio como el lugar del que
procede: el tema que entrará en
escena a continuación suele ser
abordado con solemnidad, digno
de todo respeto y veneración, o
con vehemente indignación,
creciente a decir verdad si la
comparamos con las primeras
décadas del siglo XX. Entiendo
que no es así, no sólo porque
esa serie en particular posee
rasgos de una inteligencia
notable, sino porque ninguna
estructura verbal y visual que
recorre el espacio social es un
objeto inerte, huérfano de
significación.
Una mujer es sometida a las
bizarras revisiones que dan
sustancia a la serie; declara,
de entrada, que es judía
ortodoxa y, por lo tanto, sean
cuales fueren las indicaciones
médicas, sólo seguirá las que no
se opongan a sus creencias. En
un momento culminante se le dice
que debe someterse a una
operación porque, si no lo hace,
podrá morir en pocas horas. Ella
se niega porque no puede admitir
que la operen en ese momento, en
pleno shabat. De nada vale un
razonamiento como éste: "¿Puede
querer Dios la muerte de alguien
que cree en El sólo porque la
salvación se le ofrece un día de
guardar?". No hay forma de
convencerla, pero a alguien se
le ocurre una argucia: la
duermen un poco, tapan con
cortinas todas las ventanas y,
cuando se despierta, le dicen
que ya se está en el día
siguiente y, por lo tanto, la
operación debe y puede hacerse
sin violar esa estricta ley. El
rito, que podía llevarla a la
muerte, fue burlado y no pasó
nada, Dios no se hizo presente,
se ve que el rito que le daba
existencia y crédito poco le
importó.
La situación tiene a mi juicio
mucho interés porque pone en
evidencia un desplazamiento
patético de la creencia, sea lo
que fuere lo que es, o la fe, al
rito, con cuya práctica parece
confirmarse la creencia o la fe,
como se la quiera llamar. y
tantas otras muestras de un
afecto que, en un terreno más
modesto, entre gente que no es
Dios, se suele desear o buscar.
Así, pues, de una especie de
ocurrencia, no necesariamente
antijudía pues es muy probable
que creyentes de otras
religiones tengan actitudes
semejantes, se puede entender
una situación mucho más compleja
en la que, seguramente, muchos
teólogos se deben haber
detenido. Dicho de otro modo,
¿sólo el cumplimiento de los
ritos conduce al esplendor de
Dios? ¿No es concebible un
contacto directo con la
divinidad, tal como, al parecer,
había ocurrido en los remotos
tiempos bíblicos? ¿O no será que
los ritos, y las palabras que
los invisten son todo lo que
Dios puede ser? En otras
palabras la Iglesia es Dios, la
Sinagoga es Dios, la Mezquita es
Dios y así siguiendo, cultos
paganos incluidos, y Dios,
triste conclusión, ya no es
Dios.
Rezar, arrodillarse cuando está
indicado, usar sombreros
antiguos y trajes oscuros en
verano, vestir ropa talar,
cubrirse la cabeza con peluca,
pañuelo u otro sucedáneo, no
comer carne ciertos días y
ayunar otros, murmurar plegarias
balanceándose en las
procesiones, dejarse crecer las
barbas hasta la nuez, ocultar la
belleza con una burka, lavar a
los muertos o echarse gotas de
agua en la cabeza al entrar a
una iglesia, beber de ciertos
vinos y no tomar ningún vino, y
muchas otras gestualidades
derivadas, mediante todo lo cual
se exhibe la pertenencia a un
credo, ¿garantiza tal cosa el
acceso a Dios o a los misterios
de la creación y de la fe? Y, si
es así, ¿qué sería Dios fuera de
los ritos consagrados a Su
Nombre y dónde va a parar lo
sagrado, la creación y la fe?
¿Su Todo Poder se desvanecería
si quienes creen en él no
cumplen tales ritos?
Hay que reconocer, no obstante,
que en algunos momentos y
circunstancias esas prácticas,
porque crean una atmósfera de
trance, hacen que muchos seres
sientan lo sagrado, ahí nomás o
como inminencia, vivamente les
parece que están a punto de
entrar en el misterio: la
mística es eso, o casi eso
puesto que no es fácil reconocer
un estado místico indiscutible,
transmisible y legítimo, así
como también son importantes
ciertos ritos funerarios,
determinadas plegarias, así sea
dichas por un sacerdote
burócrata, algunos gestos,
aunque sean tan falaces como las
lágrimas de las lloronas
profesionales, que suelen traer
paz o hacen sentir que la muerte
es menos tremenda y, por lo
tanto, se llena un vacío, el
placebo es eficaz en el momento
para cortar la soledad que
inevitablemente invade cuando
alguien muere.
Pero, en cuanto a los ritos, una
primera pregunta: ¿de dónde
salieron? ¿Quién los proclamó,
los impuso, quiénes se los
creyeron y hasta murieron tanto
por hacerlos respetar como por
respetarlos? Las respuestas a
esas casi triviales preguntas se
pierden en los tiempos, pero
siguen creando cierta
perplejidad. Por ejemplo, ¿dónde
estaba indicado, por Dios o
algunos de sus voceros
preferidos, que un cura debía
ser casto o un rabino usar ropa
que estaba de moda en Rumania o
Ucrania en el siglo XVII,
insuficiente en invierno y
sofocante en verano? Alguna
explicación, basada en una
astucia histórica, se ha dado:
Maimónides, que algo sabía de
esto, cuenta, porque era médico,
que la prohibición de comer
cerdo entre los judíos responde
a que la triquinosis que los
bichos trasmitían sólo podía ser
neutralizada si a los fieles se
les decía que para Dios los
porcinos eran réprobos. Algo
semejante a las cortinas que
suspenden un shabat y permiten
que se salve una vida.
En los ritos, pues,
aparentemente, se ejecuta la
creencia y quien no los sigue
tal como están estatuidos bien
puede correr una suerte penosa,
es lo menos que le puede pasar,
peor que la muerte. ¿Es impropio
señalar, por eso mismo, que la
idea o la intuición de Dios
pueden haberse vaciado, al menos
como según los libros parece
haber existido en remotos
tiempos? Y no sólo eso sino que
la idea misma de Dios, tal como
fue consagrada por diversos
textos en diversas religiones y
trasmitida tal cual desde hace
siglos, haya sido socavada,
perforada, ahuecada de modo tal
que aplicarle el verbo "ser" es
sólo una mera hipótesis, un modo
de decir, una costumbre que ni
siquiera salva del aburrimiento.
Lo que queda, y a eso vamos, son
los ritos. Ahora son lo que son
y resulta extraño que no sean
objeto de una reubicación
conceptual, sobre todo cuando en
otros momentos no han podido
impedir saltos al vacío de
tremenda importancia: podría
decirse que la música,
plenamente ritual, de Juan
Sebastián Bach, nos crea una
duda sobre este punto; la
recordamos, la celebramos,
creemos entenderla pero no
recordamos a los asistentes a
las misas en las que se tocaba,
tampoco a los guardianes de la
fe que la encargaban, y ni
siquiera a las misas mismas que
se siguen prolongando
tediosamente mientras Bach
resplandece más allá del rito al
que se prestaba. También la obra
de San Juan de la Cruz sugiere
que si no para todos al menos
para él Dios, o Cristo, era una
presencia lancinante, una
quemadura que sólo podía
atemperar escribiendo esos
versos que todavía resuenan,
mientras que los oscuros
sacerdotes que no le llegaban a
la sotana vaya a saber en qué
basurero de la historia han
quedado. Y lo mismo esa obra
fulgurante de Simone Martini,
que brilla todavía en tanto que
las finalidades que se le
quisieron imponer han
desaparecido: ¿dónde está Dios
en la ecuación de una
circunstancia ritual y una
perduración prodigiosa? ¿Será el
poder de los artistas el modo en
que Dios exhibe su existencia?
¿O no será que los artistas de
esa talla son ellos mismo Dios?
Pero esto no es sólo asunto
individual, que mucho no
importa, que cada cual se las
arregle con lo que cree y las
expectativas que tiene respecto
de lo que cree y cómo cumple con
las respectivas ordenanzas; lo
que importa es el paso a lo
político de ese desplazamiento;
entiendo que es la fuente de
conflictos muy grandes,
enfrentamientos muy cruentos,
desinteligencias feroces,
retrocesos civilizatorios, nada
de lo cual resiste un análisis
más o menos tranquilo y sensato.
¿No residirá en eso el eterno,
sangriento, implacable y
delirante conflicto del Medio
Oriente? Sin duda que hay muchas
otras cosas por detrás, y más
materialmente importantes, pero
de pronto el tema se pone en
evidencia y brota en desacuerdos
trágicos, por ejemplo los
espacios llamados sagrados y a
los cuales nadie que no cumpla
con los respectivos ritos puede
entrar. Así, por qué los
israelíes quieren construir en
tierra musulmana, a la que
consideran propia pero no porque
posean la propiedad sino porque
en ellas Jehová se le hizo
presente a ¿quién?, ¿a Job, a
Jeremías, a Ezequías?, sabiendo
que esa intención es agresiva y,
a la inversa, por qué los
musulmanes consideran que esa
tierra es su propiedad porque
por ahí pasó algún emisario del
Profeta?
¿Dónde está lo sagrado en uno y
otro caso? ¿No sería más
político y más humano considerar
que la idea de la divinidad que
cada uno pueda tener no reside
en un pedazo de tierra y que si
se piensa así sería más fácil
respetarse, reconocerse, dejar
de agredirse, construirse como
seres humanos en un tiempo
también humano?
Si lo sagrado que define a lo
humano no pasa por los pelos de
la cabeza ni de la cara sino por
lo que hay dentro de ella,
tampoco pasa por los ritos, los
símbolos, los emblemas, los
gritos. Más bien, se diría,
recordando a viejos poetas, Dios
está en el detalle, en la
palpitación, en el en sí y no en
el exterminio del diferente,
insensato propósito, fuente de
infinitas desdichas en homenaje
a algo que se disipa en los
innumerables desplazamientos de
que es objeto, cada vez más, y
con más ferocidad.
*Este
artículo fue publicado en Página
12 el 3 de junio del 2010
Noé Jitrik / Escritor, crítico
literario y pensador filosófico
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