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La Naturaleza en las naciones
americanas. Vida, pasión y
muerte en las nuevas tierras
Antonio
Elio Brailovsky
El Arca Digital
La siguiente nota de
investigación fue realizada por
el reconocido especialista
Antonio Elio Brailovsky[1],
donde se pasa revista a una
serie de episodios de la
compleja relación de América
latina con su soporte natural.
Para el autor, se trata de
superar "el mito de los
conquistadores", para quienes la
naturaleza americana era
inagotable. Problemas sobran: se
agotan nuestros bosques, nuestra
fauna, se agota el agua
subterránea, se contamina el
agua superficial y aún parece
agotarse la capacidad de
autodepuración del aire de
nuestras grandes ciudades. ¿No
será el momento de pensar
algunas cosas de vuelta y tratar
de mejorar nuestra relación con
la naturaleza de la que depende
nuestra subsistencia? (La
lectura de este texto demanda
20')
Licenciado en Economía Política.
Profesor titular de la UBA. Ha
publicado más de veinte obras
referidas al Medio Ambiente y
los recursos naturales, entre
ellas El negocio de envenenar y
Verde contra Verde
La naturaleza es la gran
protagonista de la historia de
América. El escenario del drama
es mucho más que un sitio
neutro, apenas esbozado, donde
se muevan las grandes figuras
humanas. Los fenómenos sociales
no se pueden comprender si no
tenemos en cuenta las
interrelaciones de las
sociedades humanas con el medio
natural del que se sustentan y
en el que se apoyan. En América,
el soporte natural es un
elemento constituyente de
identidad y nuestras vidas
nacionales no pueden
comprenderse sin tenerlo en
cuenta. Lo es desde las
características geográficas
hasta el uso social de los
recursos naturales [2].
Argentina y Uruguay son lo que
son porque se desarrollaron
apoyándose en la actividad
agropecuaria de sus grandes
llanuras. Chile es lo que es
porque se desarrolló apoyándose
en la minería de la Cordillera
de los Andes. Brasil define su
historia por el avance de su
economía sobre la selva
tropical, primero la Mata
Atlántica y después la Amazonia.
El que hoy haya un Presidente
indígena en Bolivia tiene mucho
que ver con que este país perdió
la salida al mar en el siglo XIX.
Sin puertos, se desarrolló
mirando hacia su cultura
originaria, mientras otras
naciones interactuaban con la
cultura europea, a través de
puertos como los de Buenos
Aires, Montevideo, Río de
Janeiro o La Habana.
Asentadas en dos valles muy
semejantes, las profundas
diferencias entre una Bogotá
fuertemente peatonalizada y una
Caracas cargada de autopistas
tienen que ver con la forma en
que el petróleo permeó el
conjunto de la cultura
venezolana. Las autopistas se
diseñaron en función de la
omnipresencia de ese recurso.
El determinismo geográfico había
sido desarrollado por
Montesquieu y adoptado entre
nosotros por Sarmiento y
continuado por autores como
Rómulo Gallegos. Pero en la
segunda mitad del siglo XX, la
mayor parte de los científicos
sociales adoptaron el punto de
vista opuesto: en vez de
utilizar la naturaleza como el
principal factor explicativo,
simplemente omitieron los
factores naturales de los
análisis sociales.
Esto fue coherente con el
abandono del tema ambiental por
las políticas industrialistas de
ese período, que actuaron según
un modelo de capitalismo salvaje
parecido al de la Revolución
Industrial inglesa del siglo
XVIII. La evolución reciente de
las ciencias sociales está
incorporando la temática
ambiental en el análisis de los
conflictos sociales.
Sin embargo, en unos pocos
países latinoamericanos
(Argentina entre ellos) todavía
se considera que los temas
ambientales deben quedar
circunscriptos a las ciencias
naturales y se los aleja de las
ciencias sociales en los
programas educativos. Es
sugestivo que aún no hayamos
incorporado los descubrimientos
realizados por Humboldt hace dos
siglos, quien comenzó a analizar
en forma integrada la naturaleza
y la sociedad de América Latina.
En esta nota nos vamos a ocupar
de algunos de los principales
aspectos de la relación que han
tenido con su medio natural los
distintos pueblos americanos,
antes y después de su
emancipación. Como todo
desarrollo general, es
fragmentario y sólo procura
llamar la atención sobre los
procesos más destacados.
Más allá de lo anecdótico, es
bueno destacar que la relación
hombre-naturaleza no existe,
sino que la relación de todos
los humanos con el medio natural
está mediatizada por la sociedad
a la que pertenecen. Distintas
sociedades construyen distintas
formas de relación con la
naturaleza. Lo hacen a través de
las respectivas tecnologías,
que, antes que una suma de
artefactos, son la expresión
material de una forma de pensar.
El Bicentenario es una buena
oportunidad para hacer un
balance de varios siglos de
aciertos y errores en nuestra
relación con la única Tierra que
tenemos.
Constructores de suelos en una
laguna
Una característica común a
diversos pueblos originarios de
América fue su actividad de
construir el suelo agrícola que
los sustentaba. Cuando los
españoles llegaron a México se
asombraron y maravillaron, por
supuesto, con las grandes
pirámides y la arquitectura de
los templos. Miraron con horror
los sacrificios humanos y las
imágenes de esos dioses feroces,
que necesitaban ser regados con
sangre de hombres para que el
sol pudiera salir al día
siguiente.
Hay, sin embargo, un
deslumbramiento menos conocido,
y es el de los espacios verdes.
Para ellos, que venían del
hacinamiento de las ciudades
europeas, fue un impacto
especial ver las enormes plazas
de Tenochtitlán, ubicada en lo
que hoy es Ciudad de México, y,
muy especialmente, las huertas y
jardines. Lo dice Hernán Cortés,
que quedó tan admirado por las
plantas como por el oro. “Tiene
muchos cuartos altos y bajos
-dice Cortés de una casa azteca
en 1520-, jardines muy frescos
de muchos árboles y flores
olorosas; asimismo albercas de
agua dulce muy bien labradas,
con sus escaleras hasta lo
hondo. Tiene una muy grande
huerta junto a la casa, y sobre
ella un mirador de muy hermosos
corredores y salas, y dentro de
la huerta una muy grande alberca
de agua dulce, muy cuadrada.
Detrás de ellas todo de
arboledas y hierbas olorosas, y
dentro de la alberca hay mucho
pescado y muchas aves de agua,
tantas que muchas veces casi
cubren el agua”.
La naturaleza americana seguirá
llamando la atención al
colonizador por lo extraña y
diversa.
Pero lo más sugestivo es que se
trata de una ciudad construida
sobre un ecosistema artificial.
Como los venecianos, los aztecas
eligieron construir sobre el
agua porque eran débiles y ésa
era una defensa ante enemigos
poderosos. La ciudad estaba en
el medio de la laguna, llena de
islas construidas especialmente.
Las llamaron chinampas, y son
bases de troncos flotantes
cubiertos con tierra para
sembrar allí hortalizas. De un
espesor que varía entre 20
centímetros y un metro, este
colchón puede soportar el peso
de animales grandes o de
personas. Se parecen a los
camalotes, que a veces eran tan
grandes que transportaban
jaguares. Después plantaron
sauces sobre las islas flotantes
para que sus raíces llegaran al
fondo de la laguna y las fijaran
en su lugar.
La existencia de grandes
poblaciones en el Valle de
México en la época de la
conquista sólo se puede explicar
por la gran productividad de las
chinampas. Una chinampa no
necesita descanso y está siempre
en producción. Su fertilidad se
mantiene mediante un alto uso de
abonos que hace posible que esté
dando cultivo tras cultivo. Es
claro que esto sólo puede
hacerse en un lugar en el que la
temperatura se mantenga siempre
constante; es decir, en el
trópico. Estas islas
artificiales son alargadas y
dejan canales para navegar entre
ellas. Las góndolas de este
lugar se llaman trajineras, unas
barcas de fondo chato,
impulsadas con palos que se
apoyan en el lecho de la laguna.
Aún hoy son una de las áreas de
producción de hortalizas y
flores para Ciudad de México, y
una importante atracción
turística. Xochimilco (“País de
las Flores”), un lugar en que
las orquestas de mariachis
cantan sin llorar, porque el
canto alegra los corazones, es
el último resto de las chinampas
aztecas.
Constructores de suelos en las
montañas
La existencia de un imperio en
zonas de altas montañas es una
peculiaridad de Sudamérica, que
debería llamarnos la atención. A
lo largo de la historia humana,
los imperios se expanden
siguiendo las vías de
comunicación más fáciles: las
costas, los valles de los ríos,
las grandes llanuras. Esto
resalta el carácter excepcional
del imperio incaico, un imperio
de las altas montañas, con un
fuerte desarrollo tecnológico,
artístico y organizacional, en
un continente donde las grandes
llanuras permanecieron desiertas
y las márgenes de los ríos
navegables tuvieron muy escasa
población durante siglos.
A 200 kilómetros de Arequipa, la
segunda ciudad del Perú, el río
Colca fue cavando en las
montañas una formación geológica
parecida al Gran Cañón del
Colorado. Allí el pueblo
collagua perfeccionó y sofisticó
al extremo el sistema de riego
que después sería la base del
imperio incaico. “Ni en el Cusco
ni en ninguna otra zona de los
Andes -dice el escritor Mario
Vargas Llosa- he visto unas
andenerías que suban y bajen de
los cerros con semejante
desprecio de la ley de gravedad”
[3]. Se trata de tierras que no
piden agricultores “sino
héroes”, señala José María
Arguedas.
Estos andenes o terrazas de
cultivo son una forma de
disminuir las pendientes. Si se
cultiva un suelo que no es
perfectamente horizontal, la
erosión lo destruirá muy
rápidamente. En consecuencia,
para que el cultivo sea
sustentable (es decir, para que
se mantenga en el tiempo), se
necesita una construcción
especial que modifique las
pendientes.
Las terrazas fueron protegidas
con paredes de piedra,
fertilizadas artificialmente y
regadas con arroyos de deshielo.
Un sector especial del Colca, de
andenes en diferentes niveles,
permitía la investigación
aplicada, detectándose los
límites agroecológicos de cada
variedad de cultivo. Estos
límites eran especialmente
importantes para todas las
culturas andinas. Cuando, más
tarde, los incas funden el Cusco,
lo harán a 3.400 metros de
altura, apenas por debajo del
límite superior para la
producción del maíz. Esto
significa estar lo más alto
posible (es decir, cerca del
sol, su dios principal), pero
sin alejarse de la tierra que
nutre los hombres.
Para prevenir las eventualidades
climáticas -especialmente las
heladas tardías- los collaguas
del Colca no sembraban toda una
terraza al mismo tiempo, sino
que se iban sembrando unas pocas
hileras cada dos semanas para
que las tormentas encontraran
siempre las plantas en
diferentes estadios de
desarrollo y las pérdidas fueran
mínimas.
Uno de los roles de los antiguos
caciques fue distribuir la
tierra entre los diferentes
grupos familiares. Para ello, en
un impresionante mirador sobre
el abismo hay esculpida en la
roca una maqueta del valle del
Colca, en la misma perspectiva
que se ve desde ese sitio. Allí,
en forma pública, se efectuaba
la ceremonia de asignación de
las parcelas a los collaguas y
se dirimían los litigios sobre
cuestiones agrarias.
Seis mil hectáreas bajo riego
-todas en las laderas de las
montañas- hicieron del Colca el
principal centro de provisión de
alimentos de los Andes
prehispánicos. A punto tal que
la palabra colca significa
precisamente granero. Un activo
comercio posibilitó la
distribución del maíz y de otros
alimentos en amplias zonas de lo
que hoy es Perú y Bolivia. Hoy,
después de 1.500 años de uso
continuado sin erosionar el
suelo, la andenería construida
por los collaguas del Colca
sigue en plena producción y es
la base económica de esa
población. “Cuando uno contempla
estos andenes collaguas casi
llega a creer lo que aseguran
los historiadores: que el
antiguo Perú dio de comer a
todos sus habitantes, hazaña que
no ha sido capaz de repetir
ningún régimen posterior”,
concluye Vargas Llosa.
Paradójicamente, los incas se
consideraban a sí mismos como
hijos de la tierra -la
Pachamama-, pero su práctica
agraria de creadores de suelos
los muestra mucho más como los
padres de la tierra que como sus
hijos.
Una tierra en la que el invierno
no existe
El descubrimiento del trópico
significó una profunda conmoción
sobre los conquistadores
españoles primero y sobre la
visión europea del mundo,
después. Recordemos que el
Renacimiento coincide con lo que
llamamos “Período Glacial
Breve”. Después de una Edad
Media relativamente templada, se
inicia una etapa que incluye
momentos de frío extremo. El
mundo se fue enfriando a partir
del Renacimiento: tenemos
pinturas de la época de Vivaldi
que muestran la laguna de
Venecia congelada y la gente
jugando en trineos como si
estuvieran en Moscú. Los
glaciares de los Alpes avanzan y
numerosos poblados quedan bajo
los hielos.
El Atlántico Norte se llena de
témpanos y se congelan tantas
zonas que se hace extremadamente
difícil navegarlo. Los vikingos,
que habían establecido colonias
en el norte de Estados Unidos y
Canadá, se ven obligados a
abandonarlas y retornar a casa.
Esto obligó a que el viaje de
Colón a América fuera por el
largo camino del Ecuador, al
estar bloqueado el mucho más
corto camino del Atlántico
Norte.
Por eso, la sorpresa de los
conquistadores de encontrar que
Dios había creado un lugar del
mundo en el cual el invierno no
existía. Esto explica por qué
Colón anunció haber encontrado
el Paraíso Terrenal en América.
Durante toda la época colonial,
la naturaleza americana seguirá
llamando la atención por lo
extraña y diversa. Los animales
parecían una caricatura
degradada de los que ya
conocían, a punto tal que las
descripciones siempre tienen que
ver con comparaciones entre las
partes de los cuerpos de
animales europeos o conocidos en
Europa.
Los primeros cronistas nos
hablan del miedo de los
conquistadores a la naturaleza
americana. Para los que salían
de su pueblo y se iban a correr
el mundo, los ríos aparecían
como demasiado caudalosos, las
llanuras demasiado extensas, los
animales extraños, y todo en
América tenía las proporciones
de la desmesura. En América los
ecosistemas son tan misteriosos
que parecían no regir las leyes
de la naturaleza. Cristóbal
Colón ve sirenas en la
desembocadura del Orinoco y
también se encuentra con un río
cuyas aguas eran tan calientes
que no se podía meter la mano en
ellas. Antonio Pigafetta, el
cronista de Hernando de
Magallanes cree ver plantas que
caminan. Los habitantes de la
Patagonia le parecen gigantes:
“Ese hombre era tan grande que
nuestra cabeza llegaba apenas a
su cintura. Las mujeres no son
tan grandes como los hombres
pero, en compensación, son más
gordas. Sus tetas, colgantes,
tienen más de un pie de
longitud. Nos parecieron
bastante feas. Sin embargo, sus
maridos mostraban estar muy
celosos”. De aquí nació una
leyenda de gigantes que, durante
un siglo, pobló de estos seres
los mapas del sur del
continente. Por la misma época,
un libro publicado en Italia
muestra unos hombres con cabeza
de perro, que aullaban a la
luna, y que eran muy comunes en
el actual territorio brasileño.
Pero el horror a la naturaleza
alcanza su máximo en el libro
que dio nombre a nuestro país,
en “La Argentina”, el poema de
Martín del Barco Centenera. Este
autor llena la tierra de una
zoología fantástica, dictada por
el miedo. Describe perros que
morían bailando, arrojándose
voluntariamente al fango
ardiente de una laguna. Ve
sirenas que lloran y huye de los
diablos. Encuentra la tierra y
los ríos llenos de amenazas: un
hombre “en la boca de un pez
perdido había, lo que el pez le
cortó con gran porfía”.
En esta tierra hostil, los
hombres de la expedición de
Mendoza se comieron los caballos
y las ratas, las piernas de un
ahorcado, y uno de ellos, el
brazo de su propio hermano. Los
de la expedición de Caboto iban
de isla en isla del Paraná
buscando serpientes y si él
cazaba alguna “pensaba que tenía
mejor manjar de comer que el
Rey”. También comían osos
hormigueros y se quejaban
amargamente por ello. Del olor
de los zorrinos decían que “da
mucha pena y parece que se entra
a la persona en las entrañas”.
El puma era un león degenerado,
el tapir un elefante que había
perdido la trompa, la llama un
camello sin jorobas y así
sucesivamente. De este modo se
fue creando la idea de que en
América la naturaleza sufría una
degradación con respecto a otras
partes del mundo, tal vez por
causa del calor excesivo. Y, por
supuesto, estos sentimientos se
extendieron a los pobladores
originarios del continente.
Esta acumulación de
monstruosidades no es neutral
desde lo político. El miedo a la
naturaleza aparece asociado al
miedo a los hombres que vivían
en ese ambiente. Al principio
dijeron: estos hombres tan
extraños que aquí vemos, ¿son
realmente hombres? Es decir,
¿tienen alma como la tienen los
europeos? Lo que, por supuesto,
no es una disquisición puramente
teológica: si tienen alma, hay
que procurar salvarla y
evangelizarlos. Si no la tienen,
hay que encadenarlos y forzarlos
a trabajar como se hace con
cualquier animal.
La sorpresa de los
conquistadores de encontrar que
Dios había creado un lugar del
mundo en el cual el invierno no
existía. Esto explica por qué
Colón anunció haber encontrado
el Paraíso Terrenal en América.
La Naturaleza artificializada de
las ciudades en damero
En la Europa de la Conquista
vemos ciudades amuralladas,
laberintos de callejuelas a la
sombra de las almenas: torres
cuadradas de los castillos
moros, torres redondas de las
fortalezas cristianas. Son
ciudades de hecho, edificadas y
pobladas a medida que las
necesidades económicas y
militares lo iban requiriendo.
En Toledo, en Córdoba, en
Granada, hay calles tan
estrechas que podría saltarse
del balcón de una casa a la de
enfrente. En Sevilla se apoyan
casas sobre la vieja muralla
romana, para no tener el trabajo
de levantar la pared del fondo.
Nada de eso ocurre en América.
Aquí las ciudades nacen todas
calcadas unas de otras, con su
Plaza Mayor al centro, con los
mismos edificios situados de la
misma manera y con las calles
cortándose en exacto ángulo
recto, como en un tablero de
ajedrez. Aquí se construye
pensando en poder atravesar una
ciudad de una punta a la otra,
en sentido longitudinal y
transversal, sin abandonar nunca
la línea recta. En Europa las
calles siempre son curvas. Hay
razones políticas, sociales y
ambientales para hacer ciudades
de una forma o de la otra.
La ciudad europea está hecha por
los vasallos. Nobles, burgueses
y artesanos la fueron
construyendo poco a poco,
poniendo cada uno su casa donde
quería. Después vino otro y puso
la casa junto al primero y así
se fueron haciendo las calles,
como una obra colectiva.
En América, la cosa es distinta.
Porque estas Indias no son de
España sino del Rey. Para que
eso quede muy en claro, Carlos V
quiere dejar su impronta sobre
el terreno. Manda Carlos, pues,
que todas las ciudades se hagan
a su medida, de manera que
cualquier persona que camine por
una de ellas perciba las marcas
de su poder. Que el trazado de
la ciudad sea en damero: “Cuando
hagan la planta del lugar -dice
Carlos V-, repártanlo por las
plazas, calles, a cordel y
regla, comenzando desde la plaza
mayor y sacando desde ella las
calles a las puertas y caminos
principales”. Esa era la forma
que mandaba el rey, y ésa fue la
forma que Juan de Garay le dio a
Buenos Aires, esa lejanísima
mañana de 1580, y que hoy se
conserva, idéntica, en el
microcentro, lo mismo que en el
centro histórico de Montevideo o
de Santiago de Chile.
Pero las ciudades espontáneas
europeas están hechas siguiendo
la topografía. En Italia es
frecuente que las ciudades se
construyan en el alto, como
ocurre en Asís y en las zonas
montañosas de Sicilia, para
poder reservar los espacios
horizontales para la
agricultura. Sigüenza en
Castilla-La Mancha y la mayor
parte de los pueblos blancos de
Andalucía siguen el mismo
modelo. En cambio, las ciudades
europeas de mercaderes necesitan
estar cerca del agua, el
principal medio de transporte de
la época. Por eso, Sevilla,
Florencia, Colonia y París,
entre tantas otras, sufren
periódicas inundaciones. Lisboa
tiene una ciudad alta y una
baja. Cuando Portugal se vuelca
a la navegación, el Palacio Real
se traslada del alto al bajo,
junto al río Tajo (1511).
En cambio, en la América
española, la política domina
sobre la topografía. La
cuadrícula es tan rígida que se
la superpone al medio natural en
vez de adaptarse a él. Así, se
inundan los vecinos de los
arroyos Terceros de Buenos
Aires. Se inundan también
aquellos a los que la geometría
política ha asentado en los
valles de inundación del Mapocho
en Santiago de Chile o del
Guayre en Santiago de León de
Caracas.
Lo que nos muestra la enorme
inercia de las funciones
urbanas. Las zonas que se
inundaban hace varios siglos son
casi las mismas que hoy se
inundan. El damero rígido
impuesto por la política
colonial española asentará
poblaciones en áreas de riesgo
de inundación. Los siglos
posteriores los dejarán allí y,
en la mayor parte de los casos,
agregarán más y más población a
esas zonas.
Lo único que importa es el oro y
la plata
La doctrina mercantilista
identificaba los metales
preciosos con la riqueza misma.
En las colonias, el bloqueo al
desarrollo va en paralelo con la
actividad extractiva. De las
colonias se saca, nunca se
invierte en ellas.
La historia económica de Buenos
Aires comienza mucho antes de su
fundación por Garay. En
realidad, empieza en una fría
noche de 1545 cuando el indio
Huallpa se perdió en los cerros
altoperuanos buscando una llama.
Encendió una fogata para
calentarse y las piedras le
devolvieron el reflejo. El cerro
era de plata. ¡Pótojsi! dijo (ha
brotado). Y durante doscientos
años la gente continuó creyendo
que la plata del Potosí crecía
como las plantas, renovándose
continuamente, al tiempo que la
sacaban y embarcaban para
Europa. Comenzaba la era de la
plata. “Por la dicha mina es
Castilla, Roma es Roma, el Papa
es el Papa y el Rey es monarca
del mundo”, decía acerca de
Potosí el cronista indio Felipe
Guamán Poma de Ayala [5]
La posesión de territorios
coloniales suplió en España al
desarrollo artesanal e
industrial, proveyendo la
capacidad de compra de esos
productos en los mercados
europeos. El metálico, según
Quevedo, nace en las Indias
honrado / donde el mundo le
acompaña / viene a morir en
España / y es en Génova
enterrado. El metal nace en el
cerro del Potosí, actualmente en
territorio boliviano. De allí
baja una larga corriente de
plata, que crea en su trayecto
centros comerciales y
artesanales en toda la región
central del actual territorio
argentino. La economía minera da
su nombre al Río de la Plata,
más tarde al país y genera una
particular organización del
espacio nacional.
De 1503 a 1660 llegan a España
16 millones de kilos de plata,
el triple de las reservas
totales europeas, originadas en
su mayor parte en las minas del
Potosí. Las autorida¬des
coloniales no regularon la
producción de plata, con lo cual
generaron en su país una
acelerada inflación y provocaron
la ruina de gran número de
actividades artesanales.
En los extremos del largo camino
seguido por la plata se
desarrollaron dos ciudades muy
distintas. En uno de ellos,
Buenos Aires. Como el puerto
necesario para comunicar Potosí
con la metrópoli. Un puerto cuyo
movimiento no guardaba relación
con las actividades productivas
de las áreas más próximas a él,
sino que era la continuidad
lejana de las riquezas del
Potosí. Los lingotes de plata
llegaron a representar hasta el
80 ciento del valor de las
mercaderías que salían por
Buenos Aires. La mayor parte de
lo que ingresaba era
contrabando. Se formó así una
ciudad predominantemente
comercial, cuya riqueza no se
basada en la producción sino en
el intercambio, característica
que tendrá su importancia
política en los años
subsiguientes.
En la otra punta del camino, la
Villa Imperial del Potosí,
ciudad fantástica que en 1660
contaba con 160 mil habitantes,
igual que Londres y más que
Sevilla, Madrid. Roma o París.
La plata llenó la ciudad de
riquezas y ostentación: al igual
que en la corte del Rey Arturo,
de todas partes llegaban
caballeros y soldados de
fortuna, cubiertos con lujosas
corazas, para sostener duelos
con los campeones de la Villa, y
los relatos de estos duelos,
hechos por cronistas de la
época, parecen páginas de un
libro de caballerías. Se
construyeron 36 iglesias y en
1658 una procesión recorrió las
calles empedradas especialmente
con lingotes de plata [6], [7].
Potosí es porque esta ciudad
sintetiza una serie de problemas
ambientales característicos de
la época, pero además preanuncia
los de la nuestra. La alta
rentabilidad obtenida por el
sector empresario se basó en una
particular modalidad de subsidio
otorgado por la Corona española,
que era asegurar mano de obra
forzada. Si bien los indígenas
que allí trabajaban cobraban un
salario miserable (a diferencia
de los mercados capitalistas
habituales), no podían elegir no
ir a trabajar a Potosí [8]. Esto
crea un tipo particular de
empresariado, que no hace
inversiones de riesgo porque
tiene la rentabilidad asegurada
por el Gobierno. Una situación
que se repetirá muchas veces en
los siglos siguientes.
“La contaminación debida al
mercurio fue común en los
centros mineros españoles de las
colonias. La contaminación de la
gente y el suelo no sólo afligió
a los trabajadores de una enorme
mina de mercurio en
Huancavelica, Perú, sino a los
de todas las minas de plata
donde el proceso de amalgamación
con mercurio se usaba para
extraer plata del mineral de
menor gradación” [ 9].
El cerro estaba horadado por más
de 5 mil bocaminas. Las
condiciones ambientales de la
minería y del área industrial de
Potosí eran simplemente infames.
Los accidentes de trabajo y
enfermedades bronquiales eran
elevadísimos. El humo tóxico de
los hornos quemó la vegetación
en una zona muy amplia y sus
efectos sobre los pulmones de
los humanos fueron semejantes.
Un testigo de la época dice que
si se exprimieran las monedas
acuñadas en Potosí, se les
sacaría “más sangre que plata”.
Algunas estimaciones sugieren
que durante los dos siglos de
explotación intensa en Potosí,
allí murió tanta gente como en
Auschwitz, el peor campo de
concentración nazi de la Segunda
Guerra Mundial.
Sin embargo, con mucha
frecuencia los conflictos
ambientales se olvidan y los
actores sociales no registran
que determinados hechos han
ocurrido. Muchos de estos
olvidos no son más que
ocultamientos y suceden con
especial intensidad en temas
vinculados con lo que hoy
llamamos derechos humanos. Por
eso me parece importante
destacar este tipo de hechos. Y,
por supuesto, si alguien llega a
decir que no ha atendido los
problemas ambientales porque son
demasiado nuevos y acaba de
descubrir su existencia, hay
reales motivos de enojo.
Mal lugar es América
Mal lugar es América, dicen
todos. No sólo queda lejos de
todo lo conocido, sino que,
además, su naturaleza sigue
reglas extrañas e
incomprensibles. A dos y aún
tres siglos de la conquista
encontramos restos del miedo
originarios a la naturaleza
americana, esta vez usado como
pretexto “científico” para
bloquear su explotación
productiva.
Félix de Azara, un autor
partidario de estimular la
ganadería extensiva en el Río de
la Plata y desalentar la
agricultura y la industria, se
esfuerza por demostrar la rareza
de las condiciones
meteorológicas americanas.
Afirma que “una tempestad el día
7 de octubre de 1789 arrojó
piedras de hasta diez pulgadas
de diámetro a dos leguas de
Asunción”.
Y por si no bastaran estos
bloques de hielo de veinticinco
centímetros que caían del cielo
por razones incomprensibles, se
dedica a hablarnos de los rayos,
y a dar una explicación
científica de esas cosas del
Demonio: “En cuanto a rayos
-afirma-, caen diez veces más
que en España, sobre todo si
viene la tormenta del noroeste”.
Explica que eso no puede deberse
a bosques ni a serranías, y
concluye que “es preciso
conjeturar que aquella atmósfera
tiene más electricidad o que
posee una cualidad que condensa
más vapores y que los precipita
más prontamente, causando los
meteoros citados”.
Animales fantasmagóricos
poblaban su imaginación.
No era una opinión aislada. En
fecha tan tardía como 1790, los
sabios de la época afirmaban que
en todas las Indias de Occidente
-y aún en las zonas tropicales-
la tierra era tan fría a 10 o 15
centímetros de profundidad que
los cereales se helaban al
sembrarse. Por eso, explican,
los árboles de América “en lugar
de extender sus raíces
perpendicularmente, las esparcen
sobre la tierra, horizontal,
evitando por instinto el hielo
interior que los destruye”.
Así, los naturalistas inventan
una ecología tan fantástica como
la zoología de los primeros
cronistas. La tierra americana
era tan helada que enfriaba el
aire y por eso en los trópicos
no había animales grandes. De
allí deducían que las semillas
traídas de Europa no podrían
germinar, y que si lo hacían,
darían unas plantitas
raquíticas, tan endebles como
los animales domésticos que se
importaban.
Contaban el fracaso de un
comerciante que en 1580 había
tratado en vano de aclimatar
guindos. Del trigo, sembrado con
grandes cuidados, decían que
sólo producía una hierba espesa
y estéril que había obligado en
muchas regiones a abandonar su
cultivo. De la viña decían que
no prosperaba, aún plantada en
zonas semejantes a las regiones
de los grandes viñedos de
Europa. Del café, que no podía
engañar el gusto de quien
hubiese probado los de Oriente.
Del azúcar, que era preferible
cualquier otra a la del Brasil,
considerada como la mejor de
América. Era la naturaleza y no
la política quien condenaba a
los americanos al estancamiento
económico.
Poco a poco, esta naturaleza va
siendo dominada, y su
degradación se presenta como
mejoramiento. A fines del siglo
XVIII se decía que esa frialdad
del suelo americano se iba
transformando por el continuo
tráfico, por el talado de los
árboles y matorrales, por la
“sequedad” de las lagunas y “el
calor de las habitaciones”, que
templaban “la constitución del
aire”.
También la agricultura calentaba
la tierra, por la labranza, que
al remover el suelo facilitaba
la entrada de los rayos del sol,
y por las “sales de las hojas y
plantas que acumuladas en una
larga serie de años forman por
su corrupción un mejoramiento
natural”, como lo habían
deducido al observar, sobre
todo, el crecimiento
extraordinario de algunas
plantas “en terreno allanado por
el fuego”. Es decir, que para
“mejorar” un bosque había que
quemarlo y que la obra humana
deseable era acelerar en pocos
años el mismo proceso de
degradación de la naturaleza que
había necesitado muchos siglos
en Europa.
Simón Bolívar y la protección
ecológica
La Emancipación significó la
posibilidad de una nueva mirada
sobre la relación con los
recursos naturales. La mayor
parte de los líderes
revolucionarios habían sido
influidos por la obra de
Humboldt y su propuesta de un
uso conservacionista de los
recursos naturales. Bolívar,
Caldas, Belgrano, Sarmiento y
Artigas fueron algunos de sus
seguidores mas conocidos.
Estamos en 1825, poco después de
las victorias que terminaron con
el dominio realista en América.
En muchos países es época de
anarquía y de guerras civiles.
Pero también es el tiempo de la
utopía. En ese contexto, Bolívar
lanza un sueño ecologista. El 19
de diciembre, desde su palacio
de gobierno en Bolivia, decreta
la protección de las aguas y los
bosques. En los considerandos
afirma que “una gran parte del
territorio de la república
carece de aguas y por
consiguiente de vegetales para
el uso común de la vida”. Agrega
que “la esterilidad del suelo se
opone al aumento de la población
y priva entretanto a la
generación presente de muchas
comodidades”.
Afirma también “que por falta de
combustible no puede hacerse o
se hace inexactamente o con
imperfección la extracción de
metales y la confección de
productos minerales que por
ahora hacen casi la sola riqueza
del suelo”.
Basándose en estos criterios
decreta: “Que se visiten las
vertientes de los ríos, se
observe el curso de ellos y se
determinen los lugares por donde
puedan conducirse aguas a los
terrenos que están privados de
ellas”.
“Que en todos los puntos en que
el terreno prometa hacer
prosperar alguna especie de
planta mayor cualquiera, se
emprenda una plantación regulada
a costa del estado, hasta el
número de un millón de árboles,
prefiriendo los lugares donde
haya más necesidad de ellos”.
“Que el Director General de
Agricultura proponga al Gobierno
las ordenanzas que juzgue
convenientes a la creación,
prosperidad y destinos de los
bosques en el territorio de la
República”.
Sabemos lo que pasó después. La
ola de la guerra civil pasó por
encima de las propuestas
ecologistas y también del sueño
bolivariano de integración
latinoamericana. Bolivia sigue
siendo un país sin bosques y sin
agua, con el agravante de que
ahora tampoco tiene el mar que
tenía en tiempos de Bolívar. En
las pendientes de los Andes, el
suelo se escapa después de cada
cosecha, sin que haya formas
eficientes de detener la
erosión. Bolivia es uno de los
países en que la desertificación
avanza a mayor velocidad. En
amplias zonas no hay árboles y
la gente de pocos recursos
necesita leña para calentarse y
cocinar, por lo que terminan con
los pocos arbustos que quedan.
Sin vegetación, tampoco habrá
nutrientes en el suelo. Sin
suelo y sin árboles, la lluvia
se transforma en torrentes que
destruyen todo a su paso para
dejar, nuevamente, la tierra
seca y desierta. Una realidad
muy distinta de la soñada por el
Libertador, en una época en la
que los hombres prefirieron los
cañones a los árboles.
La peor forma de contaminación
es la guerra
Las guerras también causan
epidemias. En la guerra por la
liberación de Haití, las
condiciones ambientales jugaron
un rol decisivo, al derrotar a
los ejércitos europeos. Los
ejércitos franceses enviados por
Napoleón lucharon con refuerzos
masivos hasta 1803, cuando
decidieron evacuar lo que
quedaba del ejército. Diez mil
hombres lograron regresar a
Francia y 55 mil quedaron
enterrados en la ex colonia,
muertos en su mayor parte por la
fiebre amarilla.
Pero las guerras generan
problemas ambientales y
sanitarios con independencia del
sitio en que sucedan. Al
terminar el sitio de Montevideo
(1812-1814) la ciudad sólo tenía
10 mil habitantes, habiendo
muerto 20 mil; como resultados
de combates sólo 818, con 531
heridos que quedaron
mutilados[10]. En otras
palabras, que el 4 por ciento de
los muertos cayó en los combates
y el 96 por ciento por las
enfermedades ambientales
asociadas a la guerra.
En Dominicana, después de un
intento español de volver a
apoderarse del país, en 1864,
“los soldados españoles
sufrieron mucho en esa guerra.
El país no tenía ni puertos, ni
caminos, ni ferrocarriles; las
intensas lluvias tropicales se
alternaban con los fuertes
calores de la zona; la malaria,
la buba y las enfermedades
intestinales causaban miles de
bajas en sus filas”[11].
Durante la guerra de la
Independencia de Cuba existieron
situaciones de mortandad masiva
por hambre. El jefe español
“ordenó la concentración de los
campesinos en los sitios donde
hubiera guarniciones españolas,
con lo cual quedó virtualmente
liquidada la producción de
viandas y animales de carne y
comenzó a generalizarse el
hambre y la muerte por
inanición. Los cubanos, por su
parte, estaban llevando a cabo
la llamada “campaña de la tea”,
esto es, la destrucción, por
medio del fuego, de todos los
ingenios y los cañaverales”
[12]. En 1897, el ejército
español tuvo 30 mil bajas, sólo
por enfermedades.
Es sugestivo que en casi todos
los casos las enfermedades
ambientales sorprenden a los
militares de todos los bandos,
cuya preparación profesional los
hace pensar sólo en enemigos
humanos. La ausencia de
prevenciones ambientales es una
constante.
Una nueva artificialización de
los ecosistemas
A partir de mediados del siglo
XIX, los países americanos
ingresan al sistema de la
división internacional del
trabajo. Europeizan su cultura,
sus ciudades y, por supuesto,
sus finanzas y su comercio. Para
integrarse a los mercados
internacionales se especializan
en la venta de productos
determinados en los que tienen
ventajas comparativas. En Europa
esta especialización se había
hecho invirtiendo en fábricas.
En gran parte de América, las
inversiones consistirán en
transformar los ecosistemas para
hacerlos aptos para satisfacer
la demanda internacional.
El descubrimiento del trópico
significó una profunda conmoción
sobre los conquistadores
españoles primero y sobre la
visión europea del mundo,
después.
La pampa de los tiempos
históricos no se parecía en nada
a la actual. Así, todas las
crónicas coinciden en que la
Buenos Aires del período
colonial no tenía los campos
fértiles que hoy vemos, sino que
estaba rodeada por un desierto
que muchos califican como
“horrible”. Una inmensa llanura
de altos pajonales, casi sin un
sólo árbol -salvo los del borde
de los arroyos- en el largo
trayecto hasta Córdoba.
La ausencia de árboles se
explica por la densidad del
pajonal que sombreaba las
semillas e impedía su
desarrollo. Si a pesar de eso,
algún árbol conseguía crecer,
era difícil que durase mucho
tiempo: las frecuentes tormentas
eléctricas provocaban incendios
de campos. Muy de vez en cuando
se veía un solitario ombú, cuyo
tronco es prácticamente
incombustible, o un pequeño
monte de chañar, cuyas semillas
se activan con el fuego.
Pampa es un término indígena que
significa llanura. Para Humboldt
su aspecto “llena el alma del
sentimiento de lo infinito”.
Descripta por Sarmiento como “el
mar en la tierra”, su vegetación
originaria son las gramíneas y
eso explica la buena adaptación
que tuvieron las gramíneas
cultivadas, como el trigo y el
maíz. Pero el fenómeno ecológico
más extraño ocurrido en la pampa
fue la explosiva reproducción de
las vacas y caballos que se le
escaparon a Pedro de Mendoza. Y
que de unos pocos ejemplares
pasaron a ser millones en unos
cuantos años.
Sucede que una ley ecológica
bastante comprobada es que hace
falta una dimensión mínima para
que una población animal
subsista en estado salvaje. Si
son muy pocos, los accidentes y
las enfermedades genéticas
agravadas por los cruzamientos
consanguíneos terminan
haciéndolos desaparecer. Esto
vale tanto para Adán y Eva como
para los ejemplares de cualquier
otra especie animal. Salvo,
claro está, que el hábitat haya
sido especialmente acogedor.
Para las vacas y caballos del
siglo XVI, la pampa fue un lugar
muy parecido al paraíso
terrenal. Si, como dice
Atahualpa Yupanqui, “hay cielo
para el buen caballo”, hace
cuatrocientos años ese cielo
quedaba en la actual provincia
de Buenos Aires. Porque esos
animales se encontraron con un
ecosistema donde había un nicho
ecológico desocupado: la pampa
no tenía grandes herbívoros.
Apenas unos ciervos y guanacos,
de mucho menor tamaño que ellos,
que no representaban competencia
seria para los recién llegados.
Tampoco había grandes carniceros
que se los comieran: los
jaguares llegados del Litoral
eran muy escasos y los pumas
eran demasiado pequeños para
ellos. Sin competidores ni
depredadores, el único límite a
su expansión fue la cantidad de
pastos. De ese modo entraron al
mito los infinitos rebaños de
las pampas.
Pero además, aunque estén
condicionados por el ecosistema,
los animales lo cambian a su
vez. La vegetación de altos
pajonales resecos va siendo
reemplazada por pastos más
finos, a medida que la presencia
del ganado acelera el ciclo del
nitrógeno. La bosta de millones
de vacas y caballos transforma
el suelo y permite el
crecimiento de los pastos que
hoy conocemos. En 1825, un
observador muy agudo llamado
Charles Darwin cruza a caballo
la provincia de Buenos Aires de
sur a norte. “Me he quedado
sorprendido -dice Darwin- con el
marcado cambio de aspecto del
campo después de cruzado el río
salado. De una hierba gruesa
pasamos a una alfombra verde de
pasto fino. Los habitantes me
afirman que es preciso atribuir
esa mudanza a la presencia de
los cuadrúpedos. Exactamente el
mismo hecho se ha observado en
praderas de la América del
Norte, donde hierbas comunes y
rudas, de cinco a seis pies de
altura, se transforman en césped
cuando se introducen allí
animales en suficiente número”.
Este profundo cambio en los
ecosistemas que Darwin vio en
sus comienzos culmina en el
proyecto modernizador de la
Generación del 80. La fertilidad
de la Pampa Húmeda es obra
humana, y la Región Pampeana que
conocemos es tan artificial como
una ciudad. Sólo que nuestra
falta de percepción nos lleva a
confundir un paisaje agrario con
un paisaje natural.
En esta etapa hay en todos los
países un esfuerzo por avanzar
en la transformación productiva
de sus ecosistemas naturales.
Así como una generación atrás la
literatura cantó el heroísmo de
la gesta libertadora, ahora se
canta la conquista de la
naturaleza. Andrés Bello invita
a los americanos a poner en
producción los ecosistemas de
sus respectivos países, que
están esperando el brazo del
agricultor.
Para gozar de esos bienes, es
necesario que los americanos
abandonen las ciudades y vayan
al campo. “¿Por que ilusión
funesta aquellos que fortuna
hizo señores de tan dichosa
tierra y pingüe y varia, en el
ciego tumulto se aprisionan de
míseras ciudades? Romped el duro
encanto que os tiene entre
murallas prisioneros. El campo
es vuestra herencia: en él
gozaos” [13]. Licencia poética:
Bello no habla de la tenencia de
la tierra ni de las condiciones
sociales. El propietario de los
latifundios seguirá residiendo
en la capital del país y viajará
a menudo a Europa, su segundo
hogar. Los hombres que pongan en
producción esos ecosistemas no
serán sus dueños y trabajarán en
condiciones durísimas, no aptas
para la sensibilidad poética.
Pero el deslumbramiento de la
naturaleza se transforma en un
canto a la deforestación, en una
épica del hacha y del fuego.
Bello no imagina la utilización
productiva de los ecosistemas
tropicales, sino en su completa
destrucción y reemplazo por
paisajes europeos. “El
intrincado bosque el hacha
rompa, consuma el fuego, abrid
en luengas calles la oscuridad
de su infructuosa pompa. Abrigo
den los valles a la sedienta
caña; la manzana y la pera en la
fresca montaña el cielo olviden
de su madre España; adorne la
ladera el cafetal. De la
floresta opaca oigo las voces,
siento el rumor confuso, el
hierro suena, los golpes el
lejano eco redobla; gime el
ceibo anciano, batido de cien
hachas se estremece, estalla al
fin, y rinde el ancha copa. Huyó
la fiera, deja el caro nido.
Deja la prole ímplume el ave, y
otro bosque no sabido de los
humanos va a buscar doliente”.
Es decir, que para Bello los
bosques son inagotables y
simplemente la fauna busca otra
selva para asentarse.
Encontraremos la misma ilusión
un siglo más tarde. La ideología
de la América inagotable aún
subsiste entre nosotros.
Lo mismo ocurre en Brasil. Entre
las décadas de 1860 y 1870, se
produce el auge de la cultura
del café en Río de Janeiro. El
rápido enriquecimiento de los
propietarios impulsa el
crecimiento de ciudades en la
región. Para reforzar los
acuerdos políticos, el Imperio
reparte títulos nobiliarios
entre los ricos fazendeiros
[14]. El proceso de expansión de
la cultura cafetera traspasa las
fronteras de Río de Janeiro,
alcanzando Minas Gerais y la
porción paulista del Vale do
Paraíba, primera región de São
Paulo beneficiada por el
enriquecimiento que lleva
consigo la caficultura. Río de
Janeiro, como capital del
Imperio Brasileño, permanece
como centro financiero y
controlador del comercio del
café producido en el Vale do
Paraíba.
Sin embargo las tierras donde se
plantan los cafetales, no
soportan por largo tiempo la
agricultura sobre suelos
desprotegidos, debido a fuertes
declives y a la deforestación.
En el Vale do Paraíba se actuó
sin el menor cuidado y ni
precaución técnica. El resultado
de la erosión fue rápido y
fatal, “bastaron sólo unos pocos
decenios para que se revelaran
rendimientos acelerados
decrecientes, debilitamiento de
las plantas, aparición de plagas
destructoras. Se inicia la
decadencia con todo su cortejo
siniestro: empobrecimiento,
abandono sucesivo de las
culturas, disminución
demográfica” [15].
La supervivencia de la
esclavitud en Brasil hasta fines
del siglo XIX podría tener mucho
que ver con el hecho de que las
tecnologías de la época para las
producciones tropicales
(realizadas en las grandes
fazendas) requerían mano de obra
no calificada, que, por tanto,
no necesitaba ser cuidada, ni
tratada como una inversión. Por
el contrario, las producciones
de clima templado requerían mano
de obra calificada, lo que hizo
ineficiente la esclavitud en el
Río de la Plata.
El tiempo del cólera
Los avances en el conocimiento
no siempre se traducen en
avances en la gestión ambiental
y sanitaria. En el siglo XIX,
como en la actualidad, existen
sectores científicos dispuestos
a sostener puntos de vista
indefendibles, si se trata de
respaldar determinados intereses
económicos. El caso del cólera
es uno de los más ilustrativos.
El siglo XIX es el siglo del
cólera. Hay más años con
epidemias en algún lugar del
mundo que sin ellas. Las causas
tienen que ver con los procesos
ambientales desencadenados a
partir de la Revolución
Industrial iniciada en el siglo
XVIII en Inglaterra con la
introducción de la máquina de
vapor.
A partir de ese momento tenemos
en casi todo el mundo
migraciones masivas del campo a
las ciudades. Las barriadas de
trabajadores tienen las peores
condiciones de hacinamiento y de
falta de saneamiento que puedan
imaginarse. Las autoridades que
administran las ciudades a
menudo se no se ocupan de las
cuestiones de higiene y
saneamiento, lo que potencia los
riesgos de epidemias.
Lo interesante es que son muchos
los científicos que evitan
hablar de las condiciones
ambientales, cuando hay algún
interés político, económico o
militar en juego. En la Guerra
de la Triple Alianza (de
Argentina, Brasil y Uruguay
contra Paraguay, 1864-1870) la
única profilaxis al alcance de
los soldados de ambos bandos fue
el consumo de mate, ya que el
agua caliente ayudaba a matar
los gérmenes del agua que
sacaban de los pantanos que
recibían las excretas de hombres
y animales y donde su pudrían
sus cadáveres.
Sin embargo, un médico militar
explica de este modo las causas
de las enfermedades que
diezmaban a las tropas: “Yo creo
que la presión atmosférica, el
calor, la humedad y la
electricidad cuya acción es tan
poderosa en las afinidades
químicas y que aquí son llevadas
a un grado muy alto, determinan,
muy probablemente los principios
constituyentes del aire y en las
emanaciones extrañas de que se
carga la atmósfera,
modificaciones, combinaciones y
descomposiciones que deben
ejercer una gran influencia
tanto sobre el hombre
fisiológico como
patológico”[16].
También se atribuyen las
epidemias a “las peregrinaciones
que verifican periódicamente de
la Arabia al Ganges innumerables
caravanas de mahometanos”[17].
En todas partes encontramos
abundante literatura científica
que evita hablar de las
cuestiones obvias de
saneamiento. Ante una epidemia
de cólera, la Municipalidad de
la Ciudad de Buenos Aires
recomienda evitar el sexo y el
alcohol: “el que desprecia los
consejos de la ciencia, vive en
el desorden, abusa de la bebida
y de los placeres que debilitan,
respira atmósferas insalubres y
descuida los primeros síntomas
del mal, está muy expuesto a
contraer el cólera
confirmado”[18]. También se
recomendaba no cambiarse la ropa
con frecuencia ni leer libros de
medicina. En Santiago de Chile
se elaboran instrucciones
semejantes.
Durante casi un siglo se
discutió, contra todas las
evidencias disponibles, si el
cólera era o no una enfermedad
contagiosa. Fueron científicos
muy prestigiosos quienes lo
negaron sistemáticamente. Esto
no es sólo un muestrario de
argumentos ridículos. Es la
expresión de la conducta de
determinados científicos que
prefirieron defender intereses
creados antes que buscar el
conocimiento.
En efecto, aceptar el carácter
contagioso del cólera, asociarlo
a las condiciones de higiene y
de pobreza, implica la
responsabilidad de actuar.
Especialmente, de realizar
inversiones para mejorar la
situación ambiental de los más
necesitados. Se comprende,
entonces, la necesidad de
atribuir el cólera al sexo y el
alcohol. En el mismo sentido, la
estrategia de echarle la culpa a
la víctima asumirá diversas
variantes y continuará hasta la
actualidad.
Después de muchas epidemias, los
sectores dominantes aceptan que
las enfermedades de los pobres
también los amenazan a ellos y
comienzas a financiar sistemas
de agua potable y saneamiento.
Esto cambia la prevalencia de
las enfermedades ambientales. Si
en el siglo XIX domina el
cólera, el siglo XX será, en sus
primeras décadas, el tiempo de
la tuberculosis.
Latifundio y monocultivo
El modelo productivo se orienta
hacia la producción de productos
agropecuarios exportables en
grandes establecimientos. En
ecosistemas muy distintos, con
tecnologías que van variando a
lo largo de los últimos años del
siglo XIX hasta el siglo XXI, se
generan, sin embargo enfoques
comunes.
En todas partes la política
tiende a la concentración de
tierras. En países que no habían
tenido una importante
acumulación de capitales, el
capital por excelencia es la
tierra y el poder es una
herramienta para acumularla. En
Venezuela, José Antonio Páez
aprovecha su lugar junto a Simón
Bolívar para convertirse en uno
de los principales latifundistas
del país. En Argentina, el 3 de
febrero de 1852 se enfrentan en
la batalla de Caseros el mayor
propietario de la Provincia de
Buenos Aires (Juan Manuel de
Rosas) con el mayor propietario
de tierras de la Provincia de
Entre Ríos (Justo José de
Urquiza).
Es frecuente que cada latifundio
esté rodeado por un cinturón de
minifundios. De un modo
semejante a las tierras
asignadas a los siervos de la
gleba en la Edad Media, los
latifundistas otorgan algunas
tierras de inferior calidad a
los trabajadores, como una forma
de permitir su subsistencia en
el período estacional en el que
no trabajan en la hacienda. Se
trata de personas que
complementan sus ingresos con
producciones de autosubsistencia
y trabajos que realizan en la
gran hacienda. En la medida de
que disponen de una superficie
muy pequeña, lo habitual es que
se expandan a costa de la
vegetación natural.
Se produce para los mercados
internacionales, lo que
significa que se pasa de una
producción diversificada para
autoconsumo a una producción
restringida a los pocos
productos que son más rentables.
El monocultivo implica extraer
siempre los mismos nutrientes de
la tierra, ya que los
requerimientos de cada especie
vegetal son diferentes. El
resultado es el descenso de los
rendimientos por agotamiento del
suelo.
La conducta ambiental de las
dictaduras
Los latifundios del siglo XIX
estaban en manos de los grandes
grupos de poder local. En el
siglo XX hay un fuerte
crecimiento de los latifundios
pertenecientes a empresas
multinacionales, a menudo
asociadas a sistemas
industriales. Su influencia en
las decisiones sobre los
recursos naturales y la propia
gestión política en general ha
sido tan grande que llevó a
incorporar al lenguaje corriente
la expresión “republiqueta
bananera”. La calificación
banana republic fue acuñada por
el escritor norteamericano O.
Henry en una novela casi
olvidada llamada “Coles y
reyes”, publicada en 1904,
ambientada en Anchuria
(Honduras) [19].
Las dictaduras latinoamericanas
se caracterizaron por facilitar
el saqueo de los recursos
naturales de sus respectivos
países. El dictador dominicano
Rafael Leónidas Trujillo otorgó
a sus propias empresas,
manejadas por testaferros,
grandes concesiones madereras
sobre los bosques nativos. Lo
mismo hicieron otros dictadores
emblemáticos como “Papa Doc”
Duvalier de Haití, Alfredo
Stroessner de Paraguay o
Anastasio Somoza de Dominicana.
Las obras públicas de los
dictadores de esta etapa pueden
llegar a tener un absoluto
desprecio por sus consecuencias
ambientales. El dictador
imaginario de García Márquez
entrega a los norteamericanos el
mar territorial, lo que en la
novela significa que se llevan
el agua con grandes exclusas y
dejan la capital –antes costera-
junto a un gran desierto de
arena.
Muchas de las grandes obras
diseñadas en tiempos de
dictadura tuvieron el mismo
carácter irracional que el resto
de sus políticas. El dictador
cubano Fulgencio Batista intentó
construir un canal navegable que
atravesara su país para acortar
los tiempos de navegación. Lo
iba a llenar con agua de mar (el
de Panamá utiliza agua dulce) lo
que habría significado la
salinización de cursos de agua y
napas subterráneas en una amplia
zona.
Por su parte, Alfredo Stroessner
impuso una traza absolutamente
irracional para la represa
argentino-paraguaya de Yacyretá,
que encareció desmesuradamente
la obra, para evitar la
inundación de un palacio que
usaba para ocultar sus
actividades de pedofilia.
La deforestación de un
continente
La deforestación del siglo XX
está ligada a grandes procesos
de producción. Algunos son
formas de expansión de las
fronteras agropecuarias sobre
tierras de bosques. Otros son
extracción de materias primas
forestales, realizados en gran
escala. La expansión urbana es
una muy fuerte presión a la
extracción de maderas para
construcción. La mata atlántica,
el bosque tropical brasileño
próximo a las costas, comienza a
talarse para emplear sus maderas
en la expansión de Río de
Janeiro y São Paulo. Pronto se
cortan en tablones las
gigantescas araucarias y se las
exporta con el nombre de pino
Brasil para armar en Buenos
Aires incontables encofrados de
hormigón. A comienzos del siglo
XX estos pinares ocupaban 50
millones de hectáreas en el
estado de Paraná. A fines de la
década de 1970 había 641 mil
hectáreas con formaciones densas
de esta especie y 2,5 millones
con formaciones más claras [20].
La selva amazónica no es, como a
menudo se cree, el pulmón del
mundo. Se trata de un sistema
complejo que funciona como si
fuese cerrado, y que consume
prácticamente todo el oxígeno
que produce. Más allá de los
mitos que circulen sobre esta
región, lo cierto es que su
apariencia de fertilidad
inagotable ha sido la causa de
tantos proyectos fracasados
sobre la región. Desde los
lejanos tiempos del marqués de
Pombal, siempre se vio a la
Amazonia como la tierra de
promisión, donde cualquier
cultivo tendría rendimientos
infinitos, casi sin esfuerzo
alguno. El retraso económico de
la región se explicaba con
argumentos de tipo racista,
sobre la indolencia de los
nativos y la necesidad de algún
capitalista extranjero capaz de
explotar esas riquezas con
visión de futuro.
El primero de los salvadores
modernos del Amazonas fue Henry
Ford, quien en 1927 compró un
millón de hectáreas en el estado
de Pará, junto al río Tapajós.
Era un momento de grandes
dificultades económicas en el
mercado mundial del caucho. La
economía norteamericana se
apoyaba en la industria
automotriz, que necesitaba de
neumáticos de caucho. Por lo
cual parecía una buena idea
hacer una gigantesca plantación
de caucho en su misma tierra de
origen. La forma de obtención
del caucho era tan primitiva y
artesanal, que parecía el sitio
ideal para llevar a la práctica
los principios de división del
trabajo, mecanización y
organización en gran escala que
caracterizaron al fordismo. Los
trabajadores caucheros (seringueiros)
van buscando en la selva
ejemplares de este árbol, que
van sangrado periódicamente.
Ford diseñó una explotación
moderna, que combinaría los
criterios industriales de
eficiencia para el cultivo del
caucho y la extracción y
exportación de maderas duras. La
ilusión de abundancia de la
naturaleza era tal que a nadie
le importó conocer cómo era
realmente la selva. A la
distancia sorprende la
ignorancia ecológica de quienes
intentaron realizar los grandes
proyectos en el Amazonas. Por
una parte, tenían una ilusión de
homogeneidad, que les hacía
creer que era lo mismo una parte
de la selva que otra. La tierra
elegida tenía colinas y suelos
arenosos, que dificultaron el
uso de maquinarias. El rey de
los motores a explosión tuvo que
retornar a las viejas carretas
de bueyes, las únicas capaces de
circular por esos terrenos.
Pero además, se realizó el
emprendimiento sin tener los
mínimos conocimientos sobre la
ecología de la selva. Pronto
empezaron a crecer miles de
hectáreas con monocultivos de
caucho. La ambición llevó a
plantar los árboles tan juntos
que sus ramas se rozaban. Apenas
crecían, los hongos y los
insectos destruyeron una
plantación tras otra. Para
combatirlos, se trajeron
variedades que parecían
resistentes, pero la
extraordinaria capacidad de
mutación de los insectos fue
generando nuevas plagas. Las 53
variedades se volvieron
susceptibles, y no menos de 23
variedades de insectos
depredadores también atacaron
los cultivos [21].
En 1941 la Compañía Ford del
Brasil tenía 2.723 empleados
trabajando sus plantaciones, En
1945, después de una inversión
total del orden de los 10
millones de dólares, Henry Ford
II vendió sus tierras al
gobierno brasileño por 500 mil
dólares. Parte de ellas seguían
intactas y otra parte había sido
irreversible e inútilmente
deforestada.
La urbanización de América
latina
Durante el siglo XX las ciudades
latinoamericanas tuvieron los
índices de crecimiento más altos
del mundo. Un modelo agrario que
no retiene población en el
campo, la pérdida de fuentes de
trabajo en las pequeñas
ciudades, impulsaron un continuo
proceso de migración hacia las
grandes ciudades, con el
consiguiente colapso ambiental y
demográfico.
La homogeneización cultural
lleva a construir en todas
partes paisajes urbanos
semejantes. Los edificios de
acero y cemento de la mayor
altura posible son los símbolos
urbanos de esta época.
Las capitales quedan rodeadas de
un cinturón de viviendas
precarias, carentes de servicios
básicos, cuyas condiciones
ambientales son extremadamente
deficitarias. Los sectores de
menores recursos son los que no
tienen acceso al agua potable ni
al saneamiento, edifican sus
viviendas entre basurales
abandonados y respiran las
emanaciones de la industria
química y petroquímica. En el
siglo XX, los temas de nivel de
vida y los de calidad de vida
son, sencillamente, los mismos.
Los niveles más críticos se
encuentran en las ciudades
ubicadas en valles, debido a las
dificultades de circulación del
aire. Un fenómeno meteorológico
llamado de “inversión térmica”
fue observado primero en Los
Ángeles y después en Ciudad de
México, Santiago de Chile, San
Pablo y Caracas. Los cordones de
montañas que rodean la ciudad
detienen los vientos que podrían
actuar sobre el humo. Una capa
de aire frío se estaciona en la
atmósfera e impide que el aire
contaminado ascienda y disperse
los gases emitidos en la ciudad.
Poco a poco se eleva la
concentración de esos gases,
originados en automotores y en
chimeneas de fábricas.
Durante siete meses, de
noviembre a mayo, casi no
llueve, con lo que se agravan
las “inversiones térmicas” que
son habituales en los meses más
fríos [22]. Esto llevó a
empeorar la contaminación del
aire, lo que hizo que se
declararan varias situaciones de
emergencia ambiental. Pero el
principal responsable no es la
cantidad de habitantes sino la
irracionalidad de un sistema de
transporte basado en el
au¬tomóvil individual.
Santiago de Chile repite el
drama de Ciudad de México. Desde
hace milenios, los mejores
lugares para el asentamiento de
nuestra especie son los valles.
Disputados en las guerras,
cantados en la lite¬ratura, a
partir de esta etapa los valles
son sitios en los que el aire
circula con dificultad y cuyos
habitantes maldicen en el
momento en que la autoridad
ordena una emergencia ambiental
y la economía y el tránsito se
detienen a la espera de una
brisa salvadora. Así como el
verano es la época de la escasez
de agua, el invierno es el
tiempo de la escasez de aire, ya
que es el momento de mayor
frecuencia de inversiones
térmicas. Para el caso de
Santiago de Chile, así como en
otras ciudades latinoamericanas,
la mayor proporción de la
contaminación atmosférica
proviene del transporte, sector
que es la fuente principal de
emisión de óxidos de nitrógeno,
hidrocarburos y monóxido de
carbono. Un tema que despierta
tanta angustia que en algún
momento se discutió el proyecto
de dinamitar uno de los cerros
de Santiago para facilitar la
circulación de los vientos [23].
¿Es más fácil cambiar la
naturaleza que las costumbres y
la forma de vivir en una ciudad?
A partir de 1926, cuando el
petróleo pasó a ser el primer
producto de exportación de
Venezuela, se inició un éxodo
masivo hacia Caracas. A medida
que se va saturando el valle,
los recién llegados se van
ubicando en sitios de cada vez
mayor riesgo geológico, sobre
los cerros que rodean la ciudad.
Los desbordes y aludes fueron el
comienzo, ya que esa población
pasó a estar en situación de
riesgo ante deslaves y
terremotos [24]. Al cerrarse las
fuentes de trabajo del interior
del país y al definir un modelo
irracional de uso del espacio
urbano, sólo les quedaba a los
pobres la autoconstrucción en
las laderas de los cerros. Y se
creaban las condiciones para
poner en situaciones de riesgo
ambiental a grandes contingentes
de población.
Sin embargo, las ciudades
ubicadas en llanuras abiertas
tampoco están libres de tener
fenómenos semejantes. Y es que
una gran ciudad genera
alteraciones climáticas en su
propio territorio. La idea de
que las ciudades edificadas en
llanuras están “abiertas a los
cuatro vientos” es una ilusión.
Lo están, pero por encima de la
edificación, donde los vientos
no tienen obstáculos. Pero al
nivel del suelo, o, mejor aún,
al nivel del sistema
respiratorio de sus habitantes,
cada calle se comporta como si
fuera un valle, y obstaculiza la
circulación de los vientos. Los
“malos aires” que tanto
preocuparon a los urbanistas del
Renacimiento, han regresado.
Algún comentario final
Hemos visto unos pocos episodios
destacados de la compleja
relación de América latina con
su soporte natural. Tal vez lo
más importante que tengamos para
decir es tratar de superar el
mito de los conquistadores, para
quienes la naturaleza americana
era inagotable.
Se agotan nuestros bosques,
nuestra fauna, se agota el agua
subterránea, se contamina el
agua superficial y aún parece
agotarse la capacidad de
autodepuración del aire de
nuestras grandes ciudades.
¿No será el momento de pensar
algunas cosas de vuelta y tratar
de mejorar nuestra relación con
la naturaleza de la que depende
nuestra subsistencia?
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[1] Lic. en Economía Política,
escritor. Profesor Titular en
las Universidades de Buenos
Aires y Belgrano. Mail:
brailovsky@uolsinectis.com.ar
[2] Bibliografía general:
Brailovsky, Antonio Elio:
Historia ecológica de
Iberoamérica: Primer tomo: De
los mayas al Quijote:”, Buenos
Aires, Ed. Kaicrón-Le Monde
Diplomatique, 2006, y Brailovsky,
Antonio Elio: “Historia
ecológica de Iberoamérica:
Segundo: De la Independencia a
la Globalización”, Ed. Kaicrón-Le
Monde Diplomatique, 2009.
[3] Vargas Llosa, Mario, en:
Varios autores: "Descubriendo el
valle del Colca", Barcelona,
1988.
[4] Arguedas, José María:
“Señores e indios”, Ed.
Calicanto, Buenos Aires, 1976.
[5] Desarrollado sobre la base
de Brailovsky, Antonio Elio y
Foguelman, Dina: “Memoria
Verde”, Sudamericana, 1992.
[6] Martínez Arzanz y Vela,
Nicolás de: “Historia de la
Villa Imperial de Potosí”,
Buenos Aires, 1943.
[7] Capoche, Luis: “Relación
General de la Villa Imperial de
Potosí”, Madrid, 1959.
[8] Tandeter, Enrique: “Coacción
y mercado: la minería de la
plata en el Potosí colonial,
1692-1826”. Buenos Aires,
Sudamericana, 1992.
[9] Coatsworth, John: “Ciclos de
globalización, crecimiento
económico y bienestar humano en
América Latina”.
[10] Praderi, Raúl y Bergalli,
Luis: “Notas para una historia
de la cirugía uruguaya”,
Montevideo, 1981
[11] Bosch, Juan: “De Cristóbal
Colón a Fidel Castro”, Madrid,
Alfaguara, 1970.
[12] Bosch, Juan: “De Cristóbal
Colón a Fidel Castro”, op. cit.
[13] Bello, Andrés: “Silva a la
Agricultura de la Zona Tórrida”,
Elija Clarence Hills, ed. “The
Odes of Bello”, Olmedo and
Heredia. New York: G. P.
Putnam's Sons, 1920. El texto ha
sido sintetizado por razones
didácticas.
[14] Larra, Raúl: “Historia de
América”, ediciones Ánfora,
1973.
[15] Argollo Ferrao, André
Munhoz de: “Paisaje cultural del
café en Brasil”, en Tesis
Doctoral, São Paulo, 1998.
[16] Damianovich, cit en:
Rodríguez, Marcelo Gabriel: “La
Sanidad Militar Argentina,
durante la Guerra de la Triple
Alianza”. Buenos Aires, Hospital
Militar Central. 2004.
[17] Puga Borne, F: “Cómo se
evita el cólera. Estudio de
hijiene popular”. Santiago de
Chile, 1886. Suponemos que el
autor se refiere al retorno de
las peregrinaciones a la Meca.
[18] “Instrucciones
precaucionales dictadas durante
la epidemia de cólera”.
Tomado de: Ordenanza Municipal
de la Ciudad de Buenos Aires,
20/12/ 1886.
[19] Ver comentarios en: Pérez-Brignoli,
Héctor: “El fonógrafo en los
trópicos: sobre el concepto de
banana republic en la obra de O.
Henry”, en Iberoamericana, VI,
23, 2006.
[20] Cunill Grau, Pedro: “Las
transformaciones del espacio
geohistórico latinoamericano,
1930-1990”, op. cit.
[21] Hecht, Susanna y Cockburn,
Alexander: “La suerte de la
selva”, Bogotá, Ediciones
Uniandes, 1993.
[22] “El reto ambiental del
desarrollo en América Latina y
el Caribe". CEPAL-PNUMA,
Santiago de Chile, 1990.
[23] Se trata de un proyecto
imaginado durante la dictadura
del general Augusto Pinochet. Es
decir, en un momento en que se
intentó resolver todos los
problemas mediante el uso de la
violencia ejercida desde el
poder.
[24] Sarli, Alfredo Cilento:
“Sobre la vulnerabilidad urbana
de Caracas” Revista Venezolana
de Economía y Ciencias Sociales
vol.8, n.3, Facultad de Economía
y Ciencias Sociales Universidad
Central de Venezuela.
Antonio Elio Brailovsky /
Escritor. Ex Defensor del Pueblo
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Gentileza:: ead / El Arca
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