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Thoreau y la economía llevan
a los estudiantes a aprender a
renunciar
Tara
Malone
Traducción de Noelia Jiménez
Adolescentes del instituto
de secundaria Mundelein
(Illinois) muestran su capacidad
de renuncia en un experimento
sobre simplicidad voluntaria
Nathen Cantu anotó decenas de
números de teléfono que tenía
guardados en el móvil y que
nunca se había molestado en
memorizar. A continuación, el
instituto Mundelein le
«confiscó» el teléfono móvil que
durante años había sido su
principal medio de contacto con
sus amigos y la tranquilidad de
su familia. Cantu le entregó el
teléfono a su profesor esta
semana, inaugurando así un mes
sin una sola llamada o mensaje
de texto. Cinco días después,
Cantu empezó a sentir punzadas
debidas al síndrome de
abstinencia. El viernes decía:
«Me siento como desnudo, como si
me faltara algo que debería
estar ahí».
Más de una docena de estudiantes
del mismo instituto de
secundaria se comprometieron
este año a prescindir de algo
distinto cada mes, emulando al
escritor Henry David Thoreau
que, como es bien sabido, se
retiró a vivir en su cabaña
junto al lago Walden durante dos
años «para vivir
deliberadamente, para afrontar
los hechos esenciales de la
vida, y ver si no era capaz de
aprender lo que la naturaleza
tenía que enseñarme».
El proyecto de los adolescentes
de Mundelein comenzó en
noviembre, mes en que
renunciaron al azúcar y evitaron
las cadenas de restaurantes. En
diciembre apagaron el televisor
y el reto de enero fue evitar
usar hojas de papel nuevo. En
febrero prometieron no comprar
nada que pudiera terminar en un
vertedero. Los próximos retos
son los peores: un marzo sin
teléfono móvil y un abril sin
Internet.
Según Cantu, él y sus compañeros
han descubierto algo de sí
mismos con cada sacrificio. Al
cabo de apenas una semana sin
teléfono móvil, Cantu afirma que
está más centrado y más
inclinado a pasar tiempo con sus
amigos en lugar de enviarles un
simple mensaje de texto.
«También tengo una sensación de
orgullo. Hay dignidad en el acto
de decir no a las cosas».
Este experimento sobre el
autocontrol se lleva a cabo al
tiempo que numerosas familias
están renunciando a muchas cosas
en la vida real debido a la
marcha de la economía: se borran
del gimnasio, prescinden de las
vacaciones e incluso de los
colegios privados. Aunque muchos
estudiantes manifestaron que se
unieron al grupo por razones que
no tenían que ver con la
economía, reconocen que las
lecciones que están aprendiendo
podrían ayudarles en la
transición hacia una época de
presupuestos más ajustados. En
una encuesta reciente, dos
tercios de los jóvenes admitían
estar preocupados por su
situación financiera, según un
informe nacional elaborado por
TRU, una empresa de
investigación de mercado con
sede en Chicago. Solo el 11% de
los encuestados dijeron que no
estaban preocupados en absoluto.
«Cuanto peores sean las
estrecheces económicas de los
jóvenes y más tiempo duren, más
probable es que se abran a
cambiar su forma de vivir»,
según Rob Callender, director de
tendencias de TRU.
La renuncia puede ser buena para
los adolescentes, según Madeline
Levine, autora de El precio del
privilegio: Cómo la presión de
los padres y las ventajas
materiales están creando una
generación de jóvenes
desvinculados e infelices. Según
Levine, llevarse la comida de
casa, renunciar a vestir a la
última o prescindir del teléfono
móvil da a los jóvenes la
oportunidad de contribuir y
desempeñar un papel nuevo dentro
de la familia, y les ayuda a
aprender una lección vital sobre
la autodisciplina. En el
proceso, los jóvenes que se han
criado en una época de
abundancia económica pueden
replantearse sus expectativas.
«Para muchos jóvenes es una
oportunidad. Creo que la mayoría
de ellos está aceptando muy bien
el reto.» Pasadas las seis de la
tarde de un día lectivo
reciente, trece estudiantes
entraban en un aula del
instituto Mundelein. El
profesor, Steve Jordan, les
recordó la propuesta que les
había hecho la semana anterior:
«ahora, entregadme vuestros
teléfonos móviles, que guardaré
durante un mes, para evitaros la
tentación». «No, gracias», saltó
Karlie Alms, de diecisiete años.
«Mierda», dijo otro estudiante,
resoplando. Pero Jordan
continúa: «estos meses son los
más duros, lo sabemos, pero no
pasa nada. Queremos que sea
duro. Podéis hacerlo.»
Jordan concibió el experimento
de simplicidad voluntaria el
pasado otoño como una actividad
extraescolar que los niños
aprueban o suspenden. Se reúnen
todas las semanas para comparar
sus apuntes y escribir sobre la
experiencia. La mayoría de los
estudiantes se sumaron al
experimento de la vida simple
porque suponía un esfuerzo
creativo que además contribuiría
a cuidar el entorno. Para
muchos, las implicaciones
económicas vinieron después.
El mes pasado, durante dos
semanas, los estudiantes
guardaron todas las servilletas
y pañuelos de papel y los
envoltorios de los alimentos que
consumían para mostrar cuánta
basura generaban incluso durante
el mes de febrero, en que se
comprometieron a comprar
solamente alimentos, gasolina,
desodorante y pasta de dientes.
Al comparar la basura que habían
generado, Emily Bauer confesó
que había deseado comprar una
pulsera a la que ya había echado
el ojo semanas antes. Había
visto que sus músicos favoritos
la llevaban y entró en Internet
para ver con más detalle cómo
eran las pulseras, que costaban
10 dólares. Tenían estampadas
frases como «Stay gold» y «Believe».
Bauer, de dieciocho años,
mantuvo su compromiso y evitó
comprar nada que no fuera
necesario, pero la acuciante
tentación seguía ahí: «Estoy
deseando tenerla, no voy a
mentir», dijo riéndose.
Ryan Menary, de dieciséis años,
dijo que había estado tentando
de comprar varios CD y pagar por
descargarse una o dos canciones.
Pero contenerse no le había
costado demasiado.
A Patrick Bradley, el ejercicio
de autocontrol le había parecido
sorprendentemente bueno: había
gastado muchos menos dinero al
recortar sus compras. «No lo
echas tanto de menos cuando no
lo tienes», afirmó.
http://www.decrecimiento.info/
Gentileza:: Antonio Marín
Segovia
[antoniomarinseg@orange.es]
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