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Planetas de Plastilina:
Algunas notas sobre cultura y
educación
por Ángel
Castaño Guzmán
(Colombia).- Hace
unos meses, mientras caminaba
por el agitado centro de la
ciudad de Armenia, decidí
revivir por algunos instantes
mis tiempos de escolar. Traer al
presente las angustiosas tareas
de dibujo técnico y los siempre
agotadores ejercicios del verbo
To be. Caminé, vadeando la
marejada de cuerpos apiñados,
hasta el paradero de buses de la
carrera 19, frente al viejo
edificio de Telecom.
Apresurados, un par de ancianos
casi fueron levantados por los
aires por una moto que violó el
semáforo en rojo. En las
ventanillas de los buses,
centenares de rostros anónimos
miraban con desgano la cintilla
de asfalto. Agrietada, la
carretera es testimonio
elocuente de las improvisadas
medidas administrativas de un
alcalde de ingrato recuerdo.
Paré al azar una de las tantas
rutas de transporte urbano.
Busqué, con rápido vistazo, un
puesto libre. Una oleada de
cotilleos llegó a mis oídos
mientras iba hasta el lugar
escogido. Unas jovencitas,
sentadas en el fondo del bus,
entre risas presumían de sus
amores. Coqueta, una morena con
el pelo en dos trenzas y los
labios pintados a la ligera,
contaba, no exenta de orgullo,
las travesuras del día anterior.
Se había fugado de las clases
para ir a dar una vuelta en la
motocicleta de su novio. La
expedición terminó, entre copas
y besos clandestinos, en la
discoteca de moda. Las demás
sonrieron, más complacidas en mi
mal disimulado interés que en
las travesuras de su compañera.
Se apearon a los pocos minutos a
la entrada de un colegio
oficial. Las seguí. Alcancé a
escuchar, antes que se
internaran en la algarabía de un
salón de clases, que esa tarde
irían a pasear de mano con sus
romeos.
Con una falsa reunión de padres
de familia justifiqué mi
presencia en los corredores del
colegio ante el diligente
celador que se acercó al ver mi
consternación frente a una
multitud de niños que se
precipitaba al patio tras el
timbre del recreo. Deambulé un
poco hasta encontrar, en el
fondo de un corredor de paredes
blancas, la entrada a la
biblioteca. Alineadas en tres
filas de cuatro en fondo, las
mesas, con las sillas encima, al
recinto daban aire de
consultorio de dentista. Un
señor de gruesos anteojos y
mostacho cervantino, enfundado
en una raída bata azul, limpiaba
con un trapo rojo la superficie
de una mesa. Desde hacía algunos
minutos una duda lexicográfica
se había incrustado en mis
pensamientos. Le pedí la más
reciente edición de la
Enciclopedia Salvat.
Desconcertado, movió la cabeza
de un lado al otro. Me escrutó
con interés, repasando cada
pliegue de mi cara, intentando
descifrar qué raro espécimen se
encontraba delante. Antes que
iniciara el previsible discurso
sobre los exiguos fondos de la
educación pública, solicité
cualquier enciclopedia,
abochornado por una situación
que, si no tomaba medidas, se me
iba a escapar de las manos.
Tomó aire y, con tono calculado,
dijo: el único ejemplar lo tiene
el profesor de geografía. Bueno,
si quiere, por ahí tengo unas
fotocopias, las que usan los
alumnos. Agradecí con un ademán.
Me pasó un grueso legajo de
hojas con las puntas dobladas;
amarillas, más que por el uso,
por la humedad de las paredes.
Acomodé una silla en el rincón
más alejado. Busqué en el índice
las páginas dedicadas al sistema
solar. Encontré el clásico
esquema del sol como punto
central y nueve planetas
orbitando alrededor.
Leí un rato la explicación sobre
los nombres de los satélites de
Júpiter. El autor, un científico
sueco contratado por la
editorial para escribir los
artículos concernientes a la
física y la astronomía, traía a
cuento su participación como
actor secundario en un filme de
Bergman. Dato curioso, que no
dejé de apuntar en mi libreta.
Llamadas como las amantes del
dios principal del paraninfo
romano, las lunas fueron
descubiertas por Galileo en
1610. Alcé la vista. Un detalle
atrajo poderosamente mi
atención: en la pared del lado
izquierdo, junto a unos mapas de
Sudamérica, un dibujo hecho en
plastilina desentonaba, por su
cromatismo, con los pálidos
carteles. Diez bolitas marrones
giran en torno a una amarilla.
Por entonces la Nasa no sabía
nada de la existencia del décimo
planeta, descubierto no hace
mucho por potentes telescopios
computarizados, pero la fantasía
de miles de niños, reprobados
por no repetir jaculatorias
científicas, hacía rato lo tenía
inventariado.
Salí de allí y no dejé de pensar
en el astro de plastilina. En
una repentina secuencia de ideas
lo vinculé con el hidalgo
Quijote, caballero que, en
contra del dogmatismo de su
época, fue honesto con la
'realidad'. Cervantes, al
develar la arbitraria relación
de las palabras con el universo,
vislumbró las contradicciones
propias de la modernidad. No
deja de ser paradójico que la
educación formal, basada en el
magisterio inapelable, tenga
como paradigma al hombre que se
burló de los axiomas de la
narración caballeresca.
El colegio y la universidad,
concebidos desde sus orígenes
como espacios de conocimiento,
son instituciones autoritarias,
tiránicas en la forma en cómo
permiten que el individuo se
acerque al saber y conciba el
universo. La enseñanza
convencional no promueve en los
estudiantes la acción poética,
creativa. Al hablar de lo
poético no me refiero a la
construcción rítmica de
estructuras literarias. Lo hago
en el sentido del pasaje de
Zarathustra de Nietzsche: 'y que
nos parezca falsa toda verdad
que no traiga consigo cuando
menos una alegría'. El
conocimiento, palacio de
corredores interminables y
traslúcidas persianas, de falsas
escotillas y pasadizos ocultos,
donde todo encaja, como
mecanismo de reloj, en la
borgeana certeza de que los
dioses están locos, escapa, por
esencia, de la instrucción
técnica. Bien ha hecho al decir
Leonardo Boff que la comprensión
del mundo está más afinada en el
poeta que en el científico
clásico. Tal vez inspirado en la
historia de San Agustín y el
niño de la playa, Chesterton
escribió que el poeta, con la
candidez de un gorrión, quiere
poner, por unos segundos, su
cabeza en el cielo, mientras el
científico, con una voracidad
que lo hace buscar explicaciones
a todo, quiere meter el cielo en
su cabeza. Éste disecciona y
extrae leyes mecánicas,
cartesianas. Aquel, por el
contrario, vierte su asombro en
canto y, al hacerlo, recrea al
universo. El burócrata da
información ataviada con los
adornos del saber, mientras el
poeta dibuja en las playas del
lenguaje su visión del infinito,
y si no estamos de acuerdo nos
deja el pellejo intacto.
El centro educativo produce
funcionarios del saber, que
repiten leyes incuestionables,
como lo hacían en el medioevo
los alumnos de la inquisición.
La vida forma poetas
libertarios, nacidos de los
rescoldos de la pira en la que
Bruno no cedió. El problema
educativo no se soluciona con
doctorados ni maestrías. Ni
mucho menos con intervenciones
gubernamentales que se limiten a
cambios mínimos en los
currículos escolares. El camino
empieza en reconocer que se
necesitan cientos de planetas de
plastilina y menos teoremas.
Ninguna idea o proyecto político
es tan valioso en si mismo como
para prescindir de lo alcanzado
en siglos de reflexión
humanista. No existe idea más
subversora del orden vigente que
aquella que nos pone enfrente
del espejo de nuestras miserias.
El siglo pasado demostró que los
programas ideológicos que se
autoproclaman como los únicos
portavoces de la Verdad, que
levantan barreras que encierran
al individuo en callejones
oscuros, son incapaces de
tolerar el disenso y la ironía.
La educación, por principio,
debe darles a los ciudadanos las
herramientas suficientes para
evitar los siempre rutilantes
señuelos de la guarnición, de
los valores políticos
intocables.
Heráclito dijo que todo está en
continuo movimiento. Parménides
lo refutó al decir que todo está
inmóvil. Ambos, si se mira con
detenimiento, tenían razón. No
hay dogmas, sólo formas de
percepción.
Después de una breve
conversación con el escritor
Hugo Aparicio sobre el
equivocado sentido que se le da
a la lectura en los planteles
educativos, llegué a la
conclusión de que, para formar
ciudadanos lectores, es
indispensable exigirle a las
industrias mediáticas televisión
de calidad. Es innegable que la
sociedad moderna, a raíz de las
revoluciones tecnológicas,
cambió en esencia y contenido.
Vivimos inmersos en la imagen.
El poder persuasivo de las
estéticas nunca antes ocupó el
lugar que detenta hoy. La
apariencia desplaza al
contenido. O, mejor, lo asimila.
Quedan, apenas esbozados, temas
que en un futuro no lejano
marcaran las agendas educativas.
¿Cómo, sin caer en un
sincretismo peligroso, podemos
valorar los aportes culturales
de cada comunidad? ¿Cuál es el
camino a seguir, las coordenadas
a considerar, para articular
orgánicamente la reflexión
académica a la vida social del
país? En fin, por ser el espacio
tan breve, y por la misma
importancia de tal empresa, me
resta recordar la frase de
Adorno, derrotero válido para la
educación contemporánea: 'la
educación debe, sobre todo,
evitar que Auschwitz se repita'.
Gentileza:: Movimiento Poetas
del Mundo
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