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Las dolientes hijas del
Medioevo
James O.
Pellicer
La mujer en el
oscurantismo de la Historia
El desprecio hacia la mujer
pasará a través de los siglos y
se hará muy visible en la Edad
Media, donde los directores
espirituales de Occidente eran
los monjes. San Agustín
(354-430), considerado Padre de
la Iglesia, fue la autoridad
máxima del pensamiento cristiano
entre los siglos V y XIII. La
forma de razonar de este autor
era jerárquica, ubicando la
condición femenina en un plano
inferior respecto al hombre. El
profesor James O. Pellicer
desarrolla en esta nota la
persecución a la mujer iniciada
por la Iglesia cuyo poder y
dominación se extendía a todos
los ordenes de la vida humana.
Ubicación histórica
En la cultura occidental, se
entiende por "Medioevo" o "Edad
Media" un período de unos mil
años que se ubica más o menos,
entre la caída de las dos
capitales del Imperio Romano, la
del oeste, Roma, en el siglo
quinto, año 476 de la era común
(E C), con el derrocamiento del
último emperador, Rómulo
Augustulo, por las huestes
"bárbaras" de Odoacro y la del
este, la Nea Roma de
Constantino, conocida después
como Constantinopla, en el año
1453, siglo quince (E.C.), con
la derrota y muerte del último
emperador bizantino, Constantino
XI, a manos de los otomanos
comandados por Mehmed II. Se la
divide generalmente en dos
etapas: la "Alta Edad Media",
que llega más o menos hasta el
año 1000, y la "Baja Edad
Media", que finaliza en el
Renacimiento, más o menos hacia
el 1500 de la Era Común.
La parte occidental de este
vasto territorio es la que
interesa aquí y se caracteriza
por el lento pero constante
ascenso del Cristianismo que se
había oficializado con el
Emperador Constantino I en el
siglo IV y se fue convirtiendo
después en la "Iglesia
Católica".
Poco antes de la caída de Roma,
el 24 de noviembre de 380, el
emperador Teodosio había
establecido el cristianismo como
"religio unica" mediante el
Edicto de Tesalónica y la
consiguiente destrucción de los
templos de los dioses.
Justiniano continuó los
despojos. Mientras tanto, en el
oeste, se afianzaba la figura
del obispo de Roma quien, a
partir de la derrota de la
ciudad, se fue convirtiendo en
la autoridad más respetable
hasta llegar a ser la única
debido a dos factores sumamente
poderosos:
1) la caída en manos de los
musulmanes de todas las otras
sedes cristianas originales
(Alejandría, Antioquia,
Jerusalén y finalmente la misma
Constantinopla), caída que dejó
a la advenediza Roma, sin
rivales.
2) Los Obispos de Roma, ya sin
emperadores encima de ellos,
crearon su propia estructura de
imperio y se fueron apoderando
de todos los atributos
imperiales incluyendo la corona,
que se convirtió en la tiara,
que no es sino el huevo de Leda
como casco, antiguo signo de
nobleza de la caballería
romana1.
Fenómenos que caracterizan el
Medioevo
1. El establecimiento de un
poder religioso central
El primer fenómeno que
caracteriza la Edad Media es el
restablecimiento del poder de
Roma, esta vez, desde el punto
de vista de otro poder, el poder
religioso conocido como
"catolicismo". Mediante
sucesivas alianzas con los
líderes bárbaros, ya
"cristianizados", Roma, ahora
"cristiana", logró eliminar
sistemáticamente a los
adoradores de los dioses, que
empiezan a ser conocidos como
"paganos"2 En el siglo sexto,
Clodoveo arremetió contra
paganos y cristianos no
católicos en alianza con el Papa
Anastasio II. Fue entonces que
se afirmó la creencia de que el
emperador gobernaba en nombre de
Dios. Más tarde, en el siglo
octavo, Carlomagno generalizó la
liquidación de paganos y
cristianos no católicos de
acuerdo con el Papa León III. Es
también con Carlomagno que se
crea la noción de que es el papa
quien autoriza y corona al
emperador. Desde el siglo trece
al diez y nueve, la Inquisición
se encargó de liquidar toda
disidencia con la muerte más
cruel inventada por los seres
humanos: quemar vivos a los
pobres desgraciados que se
animaran a pensar
independientemente.
2. El monacato
Otro fenómeno que caracterizó la
Edad Media es el afincamiento y
el creciente prestigio de los
monjes que llegaron a dominar
toda la iglesia y la cultura.
Durante los siglos V a VIII, en
Europa se destacaron dos
corrientes monásticas: los
monjes celtas irlandeses,
comunitarios y severamente
ascéticos, y los que seguían la
regla de san Benito de Nursia.
Las órdenes irlandesas estaban
muy relacionadas con las reglas
monásticas orientales. San
Columbano, en el siglo VI, fue
su principal impulsor, un monje
rígido que exigía a sus
comunidades que vivieran con
descanso y alimentación mínimos,
sometiendo sus cuerpos a
terribles castigos para evitar
la sensualidad.
Más aún, dice el medievalista
Jacques Dalarun, anterior
director de la Escuela de
Estudios Medievales de Roma y
actualmente a cargo del
Instituto de Investigación e
Historia de Textos, que
inclusive los clérigos se
asimilaron a la vida monacal:
"desde el Siglo XI, los clérigos
que se ocupaban del mundo
secular se entregaron a la vida
inmaculada de los monjes; todo
los alejaba de las mujeres.
Tomemos por ejemplo a Guiberto
de Nogent (fallecido en el
1124), oblato, es decir,
ofrecido a un monasterio
benedictino cuando era todavía
un niño. ¿Qué sabe del otro
sexo, fuera del doloroso
recuerdo de una madre casada a
los doce años, a la que él
recompone para protegerla de
toda 'mancha'? El resto está en
bloque destinado al anatema.
Separados de las mujeres por un
celibato que, a partir del Siglo
XI se extiende firmemente a
todos, nada saben los clérigos
de ellas. Se las imaginan o más
bien se la imaginan; se
representan a la Mujer en la
distancia, la amenidad y el
temor …"3 Uno de los primeros
monjes, San Antonio, es famoso
por sus luchas espirituales
contra el Demonio, quien siempre
lo tentó en la forma de una
mujer que se le insinuaba; en
vano, porque el santo la
rechazaba resistiéndose y
luchando valientemente contra
las visiones diabólicas.
Estas comunidades monacales
crecían en forma notable por
varias razones, especialmente
por la cantidad de niños e
incluso infantes donados a los
monasterios. Con tal afluencia
de candidatos, los monjes pronto
dominaron las ciudades más
importantes de Europa
convirtiéndose sus abades en
obispos e incluso en papas que
llevaron el poder católico
romano a la cumbre política
europea, como el famoso San
Gregorio I Magno entre los
siglos sexto y séptimo y
Gregorio VII que en el siglo XI
afirmó el poder absoluto de la
Iglesia Romana sobre todo otro
poder humano y su total
inerrancia. Más tarde, otros
papas surgidos de la nobleza,
refrendaron la acción previa de
los monjes en la tarea de
someter a las gentes europeas al
férreo dominio de la Roma
"cristiana" como opuesta a la
antigua Roma pagana. Así
procedieron Inocencio III en el
siglo trece y Bonifacio VIII a
comienzos del catorce. De este
último, es famosa la bula "Unam
Sanctam" (1302) por la que
decretó que fuera de la Iglesia
Católica, apostólica y romana no
había salvación alguna y que
esta Iglesia tenía el poder de
las dos espadas, la espiritual y
la material. Más aún, no ya la
Iglesia tenía ese poder sino él
mismo en persona; así lo declaró
textualmente: "Finalmente
declaramos, afirmamos y
definimos que es necesario para
la salvación que toda criatura
humana esté sujeta al Romano
Pontífice". El año anterior
(1301), en otro documento
oficial, la bula "Ausculta Fili",
había afirmado solemnemente: "Es
una necedad pensar que los
reyes, como los demás
cristianos, no están sometidos
al Sumo Pontífice".
3. La demonización del sexo
Otra de las características más
notables de la Edad Media es el
haber demonizado el sexo4. Esta
particularidad que fue
progresivamente invadiendo
Europa es paralela y también
consecuencia del auge del
monaquismo. Jacques Dalarun5,
menciona este poderoso factor de
conducta e ideología en su
estudio "La mujer a los ojos de
los clérigos", publicado en
Historia de las Mujeres - La
Edad Media6.
Para fortalecer su punto,
Dalarun introduce en su texto la
cita de un monje benedictino que
fue uno de los hombres más
distinguidos e influyentes de
Europa entre los siglos XI y XII,
Geoffrey Abad de Vendome; tan
importante era la actuación de
este monje que fue elevado a la
dignidad cardenalicia por el
Papa Urbano II. Refiriéndose al
sexo personalizado en Eva, dice
el Abad Geoffrey: "Este sexo ha
envenenado a nuestro primer
padre, que era también su marido
y su padre; ha decapitado a Juan
Bautista y llevado a la muerte
al valiente Sansón. En cierto
modo, también ha matado al
Salvador pues, si su falta no se
lo hubiera exigido, nuestro
Salvador no habría tenido
necesidad de morir. ¡Ay de ese
sexo, en el que no hay temor ni
bondad ni amistad y al que más
hay que temer cuando se lo ama
que cuando se lo odia!" (p. 34).
Todo el pensamiento medieval
sobre la mujer se apoya
principalmente en los
comentarios del fundador de una
congregación casi monacal del
Siglo IV, San Agustín7, que
escribió extensamente sobre el
primer libro de la Biblia
hebrea, el Génesis. San Agustín
fue la autoridad máxima del
pensamiento cristiano entre los
siglos V y XIII. La forma de
razonar de este autor era
jerárquica. Dios creó al hombre
varón y mujer y se compone
también de dos partes, el alma y
el cuerpo. El alma es espíritu y
es superior al cuerpo que es
materia. El alma se compone
también de dos elementos: el
masculino y el femenino. En
todos los casos, lo masculino
está sobre lo femenino porque se
identifica con la "ratio". La
parte femenina es siempre
inferior pues se identifica con
la materia. El ser humano está
formado por materia y espíritu y
éste prima sobre aquella. El
matrimonio se compone de varón y
mujer. Esta es carne, materia y
aquél es espíritu. El espíritu
se rige por la sabiduría y está
sobre la materia y debe
gobernarla; el varón está sobre
la mujer y debe gobernarla: "Ille
a sapientia regitur, haec a
viro"8. San Agustín apoya su
pensamiento en el Nuevo
Testamento; San Pablo había
declarado: "Caput mulieris vir
est, cum caput viri est Christus,
qui Sapientia est Dei"9. Por eso
mismo, siendo tan importante la
fuente de su pensamiento, vuelve
a insistir."… sicut vir debet
feminam regere, nec eam
permitiere dominari in virum;
quod ubi contingit, perversa et
misera domus est". Jamás se le
podrá permitir dominar en el
varón y donde tal ocurriere,
"perversa y mísera será esa
casa" (11:15).
El santo doctor pensaba además
que el papel de la mujer en el
matrimonio era sólo dar al varón
un vientre, una matriz en donde
hacer sus hijos. El mismo se
apresura a explicar que
solamente ésa era la "ayuda" que
menciona el Génesis y agrega que
si Dios hubiera pensado algo
más, por ejemplo una ayuda
intelectual, espiritual, una
compañía enriquecedora
humanamente, en tal caso hubiera
creado otro varón ya que la
mujer no puede ascender a tales
funciones superiores. Que tal
era el centro de su pensamiento
lo prueba el hecho de que jamás
mencionó a su amante que por
diez años lo asistió y le dio un
hijo, Adeodato. Nombró e informó
sobre cuanto personaje apareció
en su vida pero de su mujer de
diez años no dio ni siquiera el
nombre en los cuarenta y un
volúmenes de su obra. Más aún,
simplemente la despidió cuando
de acuerdo con su madre, Santa
Mónica, resolvió contraer
matrimonio con alguien de cierta
altura en la sociedad romana.
Como este enlace se demoraba
porque la elegida tenía sólo
doce años de edad, muy
naturalmente, tomó otra amante.
De él llega hasta nuestros días
el mandamiento católico de que
toda actividad sexual es
pecaminosa y sólo se hace lícita
si está orientada a la
procreación.
Este desprecio de la mujer
pasará a través de los siglos y
se hará muy visible en la Edad
Media donde los directores
espirituales de Occidente eran
los monjes, que en su mayoría
jamás habían visto una mujer, ni
a la madre, ya que muchos de
ellos eran "oblati", niños o
infantes donados a los
monasterios. Para estos monjes,
la instrucción para la vida se
tomaba principalmente de San
Agustín y pasaba a la vida
diaria de las poblaciones
europeas mediante las
disposiciones tomadas por la
creciente autoridad de la
Iglesia Romana.
En su constante propósito de
extender su dominio, la Roma
papal logró entre los siglos
noveno y décimo, además del
celibato de los ministros, otro
de los instrumentos más eficaces
para establecer definitivamente
su poder sobre las comunidades
europeas: la creación de lo que
vino a llamarse "confesión
auricular" y que empezó a
practicarse a partir del siglo
décimo para hacerse finalmente
obligatoria con el Papa
Inocencio III en el siglo trece.
Varios obispos monjes actuaron
intensa y eficazmente en esta
tarea de someter a los ahora
universalmente católicos.
4. El celibato sacerdotal
La prohibición del matrimonio
para los sacerdotes y obispos
del rito romano de la Iglesia
Católica surge de la misma raíz
de la que nacieron los monjes:
la demonización del sexo y la
mujer. Si bien existen
manifestaciones anteriores, tal
práctica se hace ley en el Siglo
XI. Muy fuerte fue el impacto
del ingreso del Maniqueísmo en
Europa y su consiguiente
demonización de toda actividad
sexual. Tan fuerte que se llegó
a establecer exactamente lo
contrario del mandato de Dios
que claramente declara: "Pero es
necesario que el Obispo ser
irreprensible, marido de una
sola mujer… que gobierne bien su
casa y tenga sus hijos en
obediencia"..., (I Tim. 3: 3-4),
"Marido de una sola mujer, con
hijos creyentes"... (Tit. 1:6)
El Nuevo Testamento mismo
sugiere que las mujeres
presidían la comida eucarística
en la Iglesia primitiva. Pero en
el año 401, San Agustín escribió
que "Nada hay tan poderoso para
envilecer el espíritu de un
hombre como las caricias de una
mujer".
En el año 1074, el Papa Gregorio
VII estableció que toda persona
que desea ser ordenada debe
hacer primero un voto de
celibato: "Los sacerdotes
[deben] primero escapar de las
garras de sus esposas". En 1095,
el Papa Urbano II hizo vender a
las esposas de los sacerdotes
como esclavas y sus hijos,
abandonados. Finalmente, en el
Siglo XII, en el año 1123, Papa
Calixto II, en el Concilio de
Letrán I, decretó que los
matrimonios clericales no eran
válidos.
Basta ver todo el bla, bla, bla,
vacío, de cuanto articulito anda
por allí sobre "la
espiritualidad" del celibato
para descubrir la verdadera
blasfemia, la que hace perversa
la obra del buen Dios, tan
creador del espíritu como del
cuerpo y del sexo. Y, además,
¿por qué no puede ser
"espiritual" un hombre casado o
una mujer en el matrimonio,
dedicados cien por cien a la
evangelización, a los estudios o
a las ciencias como los hay y
los ha habido siempre? Toda esa
monserga barata sobre la
espiritualidad del celibato no
sólo es un ejercicio de
verbosidad sino que es una
prédica peligrosa porque puede
inducir a personas de alma noble
a ingresar en el sacerdocio
célibe para convertirse después
en la cantidad de corruptores de
menores que aflige al
catolicismo internacionalmente o
al suicidio de seres nobles y
sinceros como lamentablemente se
han dado entre nosotros.
5. La confesión de los pecados
Lo que hoy día se conoce en los
círculos católicos como
"confesarse" y "la confesión"
fue apareciendo a fines del
Siglo X y principios del XI y se
fue estableciendo gracias a los
libros que enseñaban a manejar
esta nueva práctica religiosa.
Los monjes fueron quienes se
ocuparon de dichas tareas.
Burchard de Worms fue monje en
la Abadía de Lobbes. En 1007
obtuvo el Obispado de Worms en
las cercanías de la actual
ciudad alemana de Colonia. Se
propuso escribir un tratado que
reuniera las resoluciones que se
venían tomando en las diversas
reuniones de obispos de la
Iglesia de Occidente.
Particularmente, puso toda su
atención en las prescripciones
dadas por un elemento nuevo en
la iglesia, los libros
penitenciales, que habían
comenzado a aparecer a fines del
siglo décimo, junto con el
invento de la confesión secreta
de los pecados a un sacerdote en
privado. Estos libros contenían
la descripción de todos los
posibles pecados, a los que se
agregaba la pena con la que
debían redimirse. Dichos textos
se venían extendiendo por todo
Occidente y eran de gran
utilidad en manos de los jefes
religiosos para prohibir lo que
creían inmoral y dotar al mismo
tiempo a la cristiandad de un
incipiente código de conducta.
El Obispo de Worms escribió así
su "Decretum", inspirándose y
transcribiendo al pie de la
letra muchas veces loa conceptos
que habían sido vertidos a
principios de ese siglo décimo
por Reginón de Prüm, monje jefe
de la Abadía de Saint Martin, en
sus libros "Des causes générales"
y "De la discipline
eclesiastique".
El "Decretum" tuvo un éxito
notable. Lo utilizaron todos los
obispos del Imperio para
enseñarles a los sacerdotes las
normas de cómo debían proceder
en la confesión de los pecados,
llamada ahora "confesión
auricular", el nuevo instrumento
de que disponía la Iglesia para
el control de las comunidades
cristianas. Estas normas se
fueron desarrollando
paulatinamente. Dice Georges
Duby que "los sacerdotes debían
ayudar a los pecadores a
purgarse completamente"(…) los
forzaban a confesar y los
presionaban a "que fueran más
lejos y examinaran lúcidamente
lo más profundo de su alma" 10.
A continuación, el investigador
Duby transcribe párrafos enteros
de la obra del Obispo de Worms:
"Quizás, mi querido amigo, no
recuerdes todo lo que has
cometido, pero voy a
interrogarte, y tú, presta mucha
atención de no ocultar nada a
instigación del diablo" (ibid.).
"No vais a prestar juramento
frente a un hombre, sino frente
a Dios (…) Tratad de no ocultar
nada, de no ser condenados
eternamente…" (p.24). Esta
última frase era la palanca que
daba fuerza real al ejercicio de
poder y dominación que
significaba este nuevo invento:
el terror del más allá. No es
extraño pues que, en la época
actual, de creciente
descreimiento, el nuevo Papa
Benedicto XVI se apresure a
recordar al mundo que existe el
diablo.
Gracias a la confesión auricular
la Iglesia logró, a partir del
Siglo X, meterse en lo más
íntimo de las familias y
controlar la gente,
principalmente mediante las
mujeres que vendrían a ser el
instrumento principal para
apoderarse de toda la familia. A
éstas les manda preguntar el
Obispo "si te has fabricado una
máquina de tamaño adecuado para
meterla en tu sexo o en el de
tus compañeras o si se juntan
con otras mujeres como si
pudieran unirse para apagar el
deseo que las atormenta" (p.26).
Más inquisitivo aún, el Obispo
pregunta: "¡Has fornicado con tu
hijito, quiero decir, lo has
colocado sobre tu sexo e imitado
de este modo la fornicación?"
Las preguntas que deben hacer
los confesores siguen subiendo
de tono: "¿Te has ofrecido a un
animal? ¿Lo has provocado al
coito por medio de algún
artificio?" o "has vendido, como
las putas, tu cuerpo a amantes
para que estos gocen?"
Todo este cuestionario parece
más bien una exposición de
desviaciones sexuales cada vez
más álgido y desviado, destinado
a humillar a la mujer de tal
manera que le hiciera perder la
noción de respeto de sí misma y
convertirla en fácil presa del
prepotente invasor de la
inviolable privacidad del ser
humano. Sobre todo, la Iglesia
logró meter un cura entre el
marido y la mujer y, mediante
esta artimaña, dominar
eficazmente al varón, cosa que
persiste hasta hoy. Con
increíble desvergüenza, el
obispo sigue instruyendo a los
confesores. Deben preguntarles
detalladamente a las mujeres:
"¿Has probado el semen de tu
hombre para que se consuma de
amor por ti o has ¿has mezclado
en lo que bebe y en lo que come
diabólicos y repugnantes
afrodisíacos, pequeños pescados
que maceraste en tu regazo, ese
pan que amasaste sobre tus
nalgas desnudas o bien un poco
de sangre de tus menstruos …"
(p.27).
Bien podría pensarse que estas
instrucciones episcopales sobre
lo que se vendrá a llamar el
"sacramento de la confesión" son
los antecedentes de la
literatura pornográfica.
6. La demonización de la mujer
Los sacerdotes estaban
convencidos del poder maligno de
las mujeres sobre los varones.
Por eso, muchas de las preguntas
que debían hacer los confesores
en el confesionario, se refieren
a ese poder. Véase la siguiente:
"Has untado de miel tu cuerpo
desnudo, colocado trigo sobre
una sábana en el suelo para
envolverte en ella, recogido con
cuidado todos los granos pegados
a tu cuerpo y, luego, los has
molido haciendo girar la rueda
de molino en sentido contrario
al sol y con esa harina has
hecho un pan para tu marido con
el propósito de que se debilite"
(p.29).
En este tema ya cercano a la
magia, loa confesores debían
iniciar otro grupo de preguntas
referentes a la brujería. Junto
con la lujuria, la brujería es
otro de los grandes temas que la
Iglesia atribuía a las mujeres.
Muy poco tiempo después,
instituida ya la Inquisición,
cantidad de mujeres irían a la
hoguera por el crimen de
practicar la brujería. Véase
esta pregunta: "Cuando reposas
en el lecho con tu marido
recostado sobre tu pecho, en el
silencio de la noche y con las
puertas cerradas, ¿crees poder
salir volando por los aires y
recorrer los espacios junto a
otras mujeres y matar sin armas
visibles a los varones
bautizados y redimidos por la
sangre de Cristo, para luego
comer juntas su carne cocida y
colocar paja o madera u otra
cosa en el lugar de su corazón y
luego volverlos a la vida?"
Más aún, el Obispo manda
investigar a fin de poder
descubrir a estas mujeres y, una
vez identificadas las que salían
a cabalgar por los aires en
compañía de una multitud de
demonios de apariencia femenina,
expulsarlas por todos los medios
de la comunidad. En el siglo 13,
este "por todos los medios" se
convertiría en quemarlas vivas
en las hogueras de la
Inquisición.
Gracias a Burchard se conoce el
texto del juramento que en esa
época se les exigía a los
cónyuges al contraer matrimonio.
El investigador Duby lo
transcribe tomándolo del Libro
XI del Decretum. Los obispos
habían establecido que el marido
declarara: "La tendré desde
ahora tal como dice el Derecho
que un marido debe tener a su
mujer, queriéndola en la
disciplina requerida (…)". La
esposa había de jurar: "Desde
ahora lo cuidaré y lo rodearé
con mis brazos y a él me
someteré; seré obediente y
estaré a su servicio con amor y
con temor, tal como el Derecho
dice que la esposa debe estar
sometida a su marido"(p. 35). El
marido era responsable de los
actos y pensamientos de su
esposa y si ella o cualquiera de
las otras mujeres de su casa
decían o hacían algo que la
Iglesia reprobaba, él debía
castigarlas aun físicamente. Por
otra parte, los castigos o
penitencias impuestos
oficialmente por la Iglesia a
las mujeres eran muchísimo más
severos que los que se aplicaban
a los varones.
Otro de estos obispos escritores
fue Étienne de Fougères, Obispo
de Rennes a partir de 1168. Es
uno de los mejores exponentes
del concepto en que los altos
jefes de la Iglesia tenían a las
mujeres. En su libro Livre de
manières (1174) se dirigió a la
clase altas, a los cortesanos, a
los que distribuyó en tres
partes: primero, los que dominan
(los reyes, los clérigos, los
caballeros); después, los
dominados (los campesinos, los
burgueses); finalmente y en
clase aparte, las mujeres, las
que aparecen en los altos
salones. El religioso las veía
ociosas, vanidosas, fáciles,
víctimas del Demonio, listas
para frustrar los planes de Dios
y engañar a los hombres.
En primer lugar, el libro
episcopal se detiene en los
cosméticos (todos los
eclesiásticos de la época
fustigaban con vehemencia los
cosméticos). Las mujeres,
decían, los usaban para
falsificar la realidad de su
cuerpo. Declara el obispo
Fougères: "putas, vuélvense
vírgenes; de feas y arrugadas,
bellas". Uno de los más graves
propósitos que el Prelado
atribuye a las mujeres es tratar
de evitar la procreación. Otro
de los grandes crímenes
perpetrados por la mujer es
embrujar a los hombres
dominándolos con encantamientos
e incluso matarlos. Matar a su
señor, al marido, a quien sus
padres habían legalmente
entregado y a quien debían total
obediencia. Al no tolerar el
dominio del marido, pérfidas y
rebeldes, las mujeres intentan
deshacerse de él mediante su
mejor venganza, el amante y el
adulterio.
Aquí, el Obispo entra en su tema
preferido: la lujuria. Los
placeres del sexo son la única
preocupación de la mujer; el
deseo las consume. Al negarse al
esposo por venganza,
insatisfechas, corren tras los
galanes o, peor, se deleitan
entre ellas. Al respecto,
Georges Duby declara: "los
sacerdotes (…) consideraban que
la raíz del mal (…) era la
impetuosa sensualidad de la que
éstas (las mujeres) estaban
dotadas por la naturaleza"
(p.18).
Otro importante texto de
enseñanza "religiosa" de la
época es el escrito por Marbode,
conocido simplemente como "Marbode
Obispo de Rennes", fallecido en
1123. Compuso un libro, el Livre
des dix chapitres, de gran
influencia en su época,
especialmente en sus sucesores
en el Obispado de Rennes.
Se refiere a "la prostituida",
Eva, convencida por el Demonio
para que probara lo prohibido;
"es la enemiga del género
masculino". Sólo sabe crear
escándalos, riñas y sediciones;
es pendenciera, avara, ligera,
celosa. El Obispo se vale de un
antiguo símbolo, la Quimera.
Cabeza de león con cola de
dragón; envolvente, carnicera,
viscosa, sembradora de muerte y
condenación eterna. Pide que
nadie sueñe con detener a
semejante monstruo porque su
fuerza es invencible; sólo se
debe huir de él, de inmediato.
¡Huir de la mujer!, concepto que
ciertamente no han abandonado11.
La mujer es siempre la culpable
y eso en múltiples grados; el
varón sólo pecó por consentir,
quizás por ser generoso Muchos
otros escritores han poblado la
Edad Media con documentos
referentes a la mujer. En mayor
o menor escala, todos ellos
coinciden y dependen del
pensamiento de San Agustín.
Parten de la exposición del
capítulo segundo del Génesis; es
decir, el segundo relato de la
creación en el que Dios no crea
a la mujer directamente sino que
la saca de una costilla del
varón. El investigador Georges
Duby los estudia y resume sus
textos en varios capítulos de su
libro ya citado. Aquí se
mencionarán sólo algunos de los
nombres más conocidos, como
Rupert de Liège, Abelardo12,
Pierre le Mangeur, Hugues de
Saint Victor, André de Saint
Victor, quienes a su vez citaban
a escritores anteriores tales
como Beda el Venerable, a
comienzos del Siglo VIII,
Alcuino a fines de ese mismo
siglo y Raban Maur del Siglo IX.
Al respecto, concluye Duby: "…
en el mundo monástico, la
cuestión está clara: el pecado
es la mujer; el sexo, el fruto
prohibido"(p. 65), un fruto
prohibido que se está siempre
ofreciendo. Los varones son sólo
víctimas, quizás por débiles,
quizás por demasiado generosos.
A propósito, Duby trae una
anécdota que tomó a su vez del
cronista inglés Raoul de
Coggeshall. Alrededor de 1180,
dice el cronista, un canónigo –Gervais
de Tilbury– huésped del
Arzobispo de Reims, se paseaba
por los viñedos de Champaña
cuando repentinamente se topó
con una joven cuya belleza lo
impactó profundamente. Le hizo
conocer sus intenciones pero la
muchacha lo rechazó diciendo:
"Si pierdo mi virginidad, me
condeno". El religioso se
asombró. ¿Cómo alguien podía
resistírsele? "No hay duda,
pensó, esa mujer no es normal;
es una hereje, una de esas
cátaras13 que se obstinan en
considerar diabólica toda
copulación". Trató de hacerla
razonar y al no lograrlo, la
denunció a la Inquisición. Fue
arrestada y juzgada; la prueba
era irrefutable; se trataría sin
duda de una cátara obstinada. La
pobre muchacha acabó quemada
viva en la hoguera (Duby, p.
75).
Uno de los géneros literarios
más cultivados en la Edad Media
fue el epistolar. Se conservan
grandes cantidades de cartas
escritas principalmente por
abades y monjes, dirigidas a
damas de alto vuelo social,
esposas de importantes
dignatarios o viudas de
caballeros o guerreros de fama.
No faltan, por otra parte, las
escritas para las vírgenes
consagradas a Dios en los
monasterios. Son generalmente
epístolas preparadas con gran
cuidado y elegancia literaria
que serían leídas luego en
público ya sea en la mansión
señorial, en hogares privados o
en el monasterio. Las oirían
tanto los miembros de la mansión
como el pueblo en general o el
personal de servicio en el
monasterio o el castillo. El
estudioso Duby las comenta
largamente citando una larga
lista de escritores. Para este
trabajo, se han seleccionado
algunos ejemplos: Adam, Abad de
Perseigne a Blanca de Champaña,
Hugues de Fleury a Adèle Condesa
de Blois, el Obispo Ives de
Chartres a Matilde Reina de
Inglaterra. En todos ellos se ve
la imagen que los sacerdotes
tenían de las mujeres, pecadoras
que ellos debían rescatar del
dominio del demonio.
Adam la emprende contra la ropa;
dice que el vestido destaca lo
que hay de perturbador en el
cuerpo femenino. Esos atuendos
lujosos son imagen del peso
carnal que conduce a la
inmundicia. Es absurdo adornar
el jarrón de excrementos que es
el cuerpo, esa carne que hay que
castigar y mortificar en vez de
engalanar.
Hugues de Fleury declara que dos
son las características
principales de la naturaleza
femenina: la "infirmitas", la
debilidad que las hace frágiles
y la "carnalitas", el peso de lo
carnal que las empuja hacia
abajo. Si alguna mujer posee
alguna característica de
fortaleza, se debe a la bondad
de Dios que le ha dado algo de
virilidad.
El Obispo Yves alaba a la Reina
Matilde porque "Dios puso fuerza
viril en su pecho de mujer".
Comenta Duby que "los sacerdotes
deducen de todo eso que la mujer
debe estar constantemente bajo
la tutela masculina" (86).
7. La deificación de la mujer
Otra característica sumamente
típica de la Edad Media fue la
deificación de la mujer. Aunque
parezca contradictorio, este
rasgo medieval es muy importante
en comparación con los
anteriores. Es como su antípoda
y aparece en toda su fuerza en
dos aspectos de la realidad
medieval: el culto religioso a
la Virgen María, manifestado en
todas las prácticas de devoción,
en la poesía, en el arte y la
arquitectura en toda Europa y el
culto secular a la dama en las
tradiciones de la nobleza y de
la caballería En contraposición
a la general condenación del
sexo femenino, esta actitud
contraria significa la más
exitosa exaltación de la mujer.
Para entender esta aparente
contradicción es necesario
examinar la dicotomía que fue
apareciendo ya en primeros
siglos del cristianismo: la
primera Eva vs. la nueva Eva.
Especialmente en los comienzos
del catolicismo surge un coro de
maldiciones a la primera mujer,
Eva; poco a poco, fue creciendo
la imagen contraria: la nueva
Eva, la Eva sin pecado y también
sin sexo y sin feminidad. Con
este ascenso de la mujer sin
sexo, tenemos entonces en el
Medioevo dos figuras de mujer:
la "sin sexo", triunfante,
prácticamente deificada, y la
"con sexo", humillada, de
rodillas, pidiendo perdón con
lágrimas y arrepentimiento.
A mediados del siglo quinto, los
concilios de Éfeso y Calcedonia,
habían dejado establecido el
título de "Madre de Dios" y
"Virgen y Madre" para la madre
de Jesucristo. Al ir avanzando
la Edad Media, todas la ciudades
europeas van dedicando sus
catedrales y principales
iglesias a "Nuestra Señora". Sin
embargo, al principio no fue
así. Dice Guy Bechtel en Las
cuatro mujeres de Dios 14: En la
Biblia no aparecen muchas
santas. La Virgen María todavía
no lo era puesto que no era
perfecta e incluso alguna vez
llegó a dudar. A veces
exasperaba a Jesús, como sus
otros hijos. Es evidente que no
comprendió el excepcional
destino del Mesías. Sabemos que,
a su vez, él la dispensó de la
tarea de difundir su mensaje (p.
200).15 En el Siglo V, el Papa
León I afirmaba que "Cristo
solamente fue inocente porque él
sólo había sido concebido sin la
suciedad y la concupiscencia de
la carne" (Op.T, p. 78). La
fuente de toda la teología
católica, Santo Tomás de Aquino,
en el Siglo XIII todavía
declaraba que María había sido
concebida en pecado (Summa
Theologica, Part 3, p.65).
Sin embargo, a medida que
pasaron los años se le dedicaron
cantidad de obras literarias y
musicales, estatuas y
advocaciones sin fin. Se le
atribuyeron asombrosos milagros
y apariciones. El culto llamado
"mariano" dominó de tal manera
que cuanta catedral apareció en
la Edad Media se dedicó a "Notre
Dame". Las primeras
manifestaciones de la lírica
culta española están dedicadas a
ella. Los milagros de Nuestra
Señora, de Gonzalo de Berceo,
proclaman en el mismo Siglo XIII
inclusive horribles batallas
contra el infierno ganadas por
la Virgen María. Se le
atribuyeron calidades míticas
tales como "Reina del Cielo",
"Reina de la Mañana", "Mediadora
Universal", "Madre de la
Humanidad", "Estrella del Mar",
"Puerta del Cielo"; la mayor
parte de las cuales pertenecían
a diosas de la antigüedad, tales
como Asherah, la Reina del
Cielo, según el testimonio del
Profeta Jeremías (cap. 44, vers.
17), o Isis, la diosa virgen y
madre de los egipcios, que no
dejaba de ser virgen por ser
madre16.
Es un proceso de deificación de
la mujer sin sexo que cobra cada
vez más vuelo. Tanto que en el
Siglo XVIII, un escritor famoso,
San Alfonso María de Ligorio,
llega hasta declarar que
"seremos más rápidamente oídos
por Dios y salvados acudiendo a
María e invocando su santo
nombre que el de nuestro
Salvador, Jesús" (Las glorias de
María, pag. 82). Lo interesante
del caso es que Jesucristo mismo
lo había prohibido, según se lee
en el Evangelio de San Lucas,
cap. 11, vers. 27. Frente a la
mujer que celebró un inspirado
discurso de Jesús con aquella
exclamación: "Bienaventurado el
vientre que te llevó", Jesús
mismo respondió: "Más bien
bienaventurados los que oyen la
palabra de Dios y la guardan".
Este renacimiento de la diosa,
"la Reina poderosa" que cantaba
Berceo, se da también fuera del
ámbito religioso. Es
característico del Medioevo el
caballero que lucha por su dama
a quien le dedica todas sus
victorias. Es una dama purísima,
inalcanzable e intocable a la
que jura una fidelidad
incondicional, la cual lo lleva
a la purificación total. Para
entregarse a ella se hace
"cruzado". ¿Qué diferencia hay
entre esta dama ideal que
purifica y consagra al caballero
y la Virgen María predicada por
el Abad del Císter, San Bernardo
de Clairvaux, al promocionar la
Orden de los Caballeros
Templarios?: "Dios ha puesto la
totalidad de todos los bienes en
María y quiere que la honremos
pues si nos queda alguna
esperanza de salvación, sólo de
ella nos viene".
Incluso Cervantes, en la obra
que dio por terminada la novela
de caballería, El Quijote, con
su burla cruel del caballero
ideal, deja bien parada a la
dama, una humilde campesina
idealizada con el nombre de
Dulcinea, que recuerda una de
las celebraciones más famosas de
la Virgen María, lograda
precisamente por España en el
año 1513, el Dulce Nombre de
María17.
Para concluir estas
consideraciones sobre este doble
aspecto de la mujer, quizás lo
más adecuado sea ver la cuestión
a través de un documento del
Siglo XX, Carta a las mujeres,
del Papa Juan Pablo II con
motivo de la Cuarta Conferencia
Mundial de la Mujer, celebrada
en Beijing en septiembre de
1995. El papa declara que su
intención es celebrar el "genio
de la mujer" e identifica este
genio femenino con la
disposición de "servir" y dice
textualmente que "la más alta
expresión del genio femenino es
la Virgen María". De inmediato
agrega citando el Evangelio de
San Lucas (1:38) que la esencia
misma de María es ser "la
sirvienta del Señor", que se
puso a sí misma como servidora
de Dios y de los demás. Recuerda
el Papa a continuación que no en
vano es ella llamada "Reina del
Cielo y de la tierra" porque "su
reinar es servir". Se apura el
Papa a terminar su carta
recordando que este servicio no
es el ministerial, ya que el
servicio ministerial sólo les
pertenece a los varones debido a
su sublime grandeza.
Quizás estemos otra vez al
principio, que la condición
esencial de la inferioridad
femenina hace que la mujer sólo
se redima siendo "la esclava"
(Lucas 1: 38) Esta progresiva
divinización de una mujer surge
paralelamente al envilecimiento
y difamación de la mujer en
general. Es la nueva "madre de
los vivientes", la nueva Eva.
Todos los predicadores y
escritores medievales se
encantan ante la antinomia de
Eva y María y producen
innumerables escritos al
respecto. Dice Jacques Dalarun,
citando al Abad de Vendome: "La
buena María ha dado a luz a
Cristo y, en Cristo, ha dado a
luz a los cristianos". Ella es
"la madre de todos los que viven
por la gracia en oposición a
Eva, madre de todos los que
mueren por la naturaleza" (p.
41).
Se puede afirmar pues que esta
divinización de la mujer ideal
resulta directamente en la
depreciación de la mujer en
general. Un ejemplo de esta
afirmación está ocurriendo ahora
mismo en nuestros días. La muy
famosa novela actual de Dan
Brown, El código Da Vinci,
popularizó la vieja creencia de
que María Magdalena era la
esposa de Jesucristo. ¿Qué es lo
que dicen espontáneamente
cuantos obispos o laicos se han
explayado sobre el tema?
¡Blasfemia! ¿Blasfemia? ¿Qué
Jesucristo, digamos debidamente
casado, haya tocado mujer, es
blasfemia? Pero ¿No hizo Dios
mismo el sexo? ¿No hizo Dios el
matrimonio? ¿No es Jesucristo
verdadero hombre, según todos
los escritores católicos? ?No es
el sexo parte esencial del ser
humano, más aún, de la creación
entera? Blasfemia más bien
parece lo contrario, el que no
haya tocado mujer. De todos
modos, la prueba máxima de que
la demonización de la mujer
todavía opera en la
subconsciencia de los países
dominados por el catolicismo, la
tenemos hoy día palpable y
evidente; es el mismo
maniqueísmo18 de San Agustín,
perpetuado hasta nuestros días.
8. La mujer bruja
En el Antiguo Testamento, Dios
mandaba matar a las mujeres
dedicadas a la brujería: "A la
bruja (hechicera) no la dejarás
con vida" dice el libro del
Éxodo (22:18). No había brujos,
sólo brujas19. De todos modos,
las persecuciones de brujas no
se tornaron tan violentas como
otras matanzas mencionadas por
la Biblia y la historia, excepto
el caso de la famosa astrónoma,
profesora de matemáticas,
Hypatía, directora de la Escuela
de Alejandría. Monjes, secuaces
del Obispo San Cirilo de
Alejandría, la asaltaron, la
arrastraron por las calles, le
arrancaron la piel y la
quemaron. Esta horrible muerte
se destinaba a las brujas.
Parecería que la profesión de la
astronomía les sonaba a estos
religiosos algo así como
brujería. Además, las
matemáticas eran mal vistas en
los ambientes cristianos de la
época.
Se entendía por "bruja" una
mujer que supuestamente se ponía
en tratos con el demonio. Santo
Tomás de Aquino en el siglo XIII,
siguiendo a San Agustín (siglo
IV) había estudiado
cuidadosamente las relaciones de
los seres humanos con los
demonios y había logrado
descubrir que éstos, para
adquirir poder sobre la
humanidad, "intervienen
secretamente y anuncian sucesos
futuros que ellos conocen". (Summa
Theologica 2-2, q. 95) Sin
embargo, es recién a fines de la
Edad Media y en los albores de
la Edad Moderna que recrudece y
se generaliza la persecución de
las mujeres bajo la acusación de
brujería. Durante la época del
auge de la Inquisición, siglos
XV al XVII, fueron oficialmente
asesinadas más mujeres que
hombres. Con gran frecuencia,
las mujeres eran acusadas de ser
brujas, endemoniadas o de
mantener relaciones sexuales con
el demonio. Más aún, con
admirable conocimiento, los
clérigos clasificaban a los
demonios según prefirieran estar
encima o debajo, con los títulos
de "incubus" o "succubus",
siendo éste último un demonio
hembra.
Constantemente sufrieron las
parteras la posibilidad de morir
quemadas, especialmente si el
feto nacía muerto porque se las
acusaba de ser agentes de
Satanás para poblar el Infierno
con niños no bautizados. Típico
es el caso de la partera
licenciada Walpurga Hausmännin,
quemada viva atada a una estaca
en Haugsburg en 1587. Aunque se
defendió proclamando su
inocencia, al fin y bajo la
fuerza de horribles torturas,
confesó toda clase de tratos con
el demonio según el gusto de sus
jueces y acusadores20.
Según el estudio del Prof. Carl
Sagan, de Harvard University, la
impunidad con que operaban los
religiosos inquisidores llevó a
la muerte más cruel a elevado
número de personas. Las cifras
son asombrosas. Según la
investigación más reciente, se
calcula que hubo cerca de
100.000 causas de brujería en
Europa; de las cuales, unas
50.000 personas acabaron en la
hoguera. La fuerza de las
persecuciones varió mucho de
país a país. La mitad de las
quemas de brujas ocurrieron en
las naciones germánicas, donde
fueron ejecutadas 25.000
personas 21.
"Los juicios entablados contra
las brujas fueron comunes en los
siglos XVI y XVII"22, afirma la
autorizada Kate Ravilious en sus
escritos sobre ciencia en York,
Inglaterra. En su análisis de
los juicios contra las brujas de
Cornwall, dice que "un simple
comentario era suficiente para
llevar a alguien a la horca" y
agrega que "durante el año 1650,
más de veinticinco personas
fueron enviadas a la prisión de
Launceston Gaol en Cornwall,
después de que una mujer fue
acusada por sus vecinos de ser
bruja". La escritora continúa su
exposición citando a Jason
Semmens, Curador Asistente del
Museo Horsham, en Sussex,
experto en casos de brujería en
Cornwall, durante el Siglo XVII.
Semmens dice que "la acusada
prontamente implicaba a otras
mujeres en su alegada práctica
de las artes oscuras, alguna de
las cuales ciertamente era
ejecutada" (pag. 41).
"No obstante la persecución, la
brujería siguió siendo popular"
declara Marion Gibson, de la
Universidad de Exeter,
especialista en ideas no
cristianas durante los siglos
XVI y XVII. Dice: "Cada pequeña
aldea tenía personas con fama de
ser hábiles en artes mágicas y,
con un motivo u otro, la gente
de la zona iba a ellas en busca
de sus servicios especializados,
tal como hoy vamos al abogado o
al plomero"23. Sin embargo,
tanto los que practicaban las
artes mágicas como los que las
recibían operaban en el máximo
secreto por temor a los posibles
castigos e incluso la muerte.
La escritora Ravilious comenta
que, "a lo largo de los siglos,
mucha gente en las islas
británicas, ha apelado a las
brujas en tiempos de necesidad
para curar de un dolor de muelas
o preparar una bebida que
indujera el amor o para dañar a
un vecino" y explica que "se
consideraba la brujería y los
rituales de muchos sistemas
paganos como el control del
mundo mediante ritos y
encantamientos" (p. 42).
Lo que la escritora Ravilious
afirma de las islas británicas
puede decirse de todo el mundo.
Pocos o ningunos documentos
escritos se hallan de esta
práctica debido al estricto
secreto con que se rodeaba en
círculos cerrados que jamás
permitían que dichos rituales
cayeran en manos de personas no
iniciadas.
9. La persecución de la mujer
Según el parecer de la mayoría
de los estudiosos, fue un
documento emitido por el
pontífice romano Inocencio VIII,
la Bula "Summis Desiderantes
Affectibus" ("Deseando con
ardiente anhelo") del 5 de
diciembre de 1484, el que desató
la obsesión de espiar la vida de
las mujeres para detectar
posibles brujas encubiertas
lanzando así la más despiadada
persecución de la mujeres en la
cultura occidental. Aunque la
imagen contemporánea de la bruja
es una anciana de aspecto
repugnante, las así llamadas
brujas casi siempre fueron
mujeres jóvenes, doncellas o
esposas, en nada diferentes del
resto de la comunidad.
No se puede afirmar que el Papa
Inocencio VIII haya lanzado esta
persecución por razones de
misoginia o celo religioso. Él
mismo tuvo varias amantes e
hijos ilegítimos y bastardos, a
uno de los cuales –Franceschetto-
casó con Magdalena de Medici
para encumbrar su oscura familia
mediante la alianza con los
poderosos florentinos. Él era un
mero Juan Bautista Cibo, sin
alcurnia alguna. Más aún, en
1488, hizo cardenal a Giovanni
de Medici, de sólo 14 años de
edad, el futuro Papa León X.
También le otorgó el cardenalato
a Lorenzo Cibo, hijo ilegítimo
de su hermano. Es extraño que
este Papa haya puesto tanto celo
para tratar de los demonios como
el que puso para prohibir el
Primer Congreso de Filosofía,
propuesto por los sabios de la
época encabezados por el
admirable Pico della Mirandola.
Dejando de lado el estudio de
las razones por las cuales
Inocencio VIII haya desatado tan
tremenda persecución contra las
mujeres, es importante conocer
aquí algunos de los términos
principales de la bula papal.
Dice el documento que, habiendo
llegado a sus oídos -no sin gran
pena- que en ciertas partes del
norte de Alemania y otras
provincias, muchas personas se
entregan a demonios masculinos o
femeninos y mediante sus
encantamientos y conjuros y
otros abominables sortilegios,
ofensas y crímenes, impiden la
procreación de los seres humanos
y los animales, arruinan las
cosechas, los ganados y los
frutos de la tierra y afligen
con gran pena a la gente, ha
decidido nombrar a Heinrich
Kramer y a Jacob Sprenger, de la
Orden de los Padres Dominicos,
para que "sin limitaciones o
impedimentos y en total
libertad" procedan a castigar,
aprisionar y corregir a las
personas que ejerzan los
crímenes de brujería y pactos
con el demonio.
La primera medida que tomaron
los inquisidores fue escribir un
manual que sirviera de guía para
detectar, enjuiciar y terminar
de una vez por todas el trato
con Satanás, especialmente el
ejercicio del sexo con los
demonios ya que "tal práctica
causaba el nacimiento de
monstruos y otros seres
execrables que luego merodean
por los pueblos aterrorizando y
causando serios daños". Dicho
manual lleva el título de "Malleus
maleficarum" (Martillo de las
brujas), de 1486.
Esta obra se convirtió en la
regla de todas las actividades
contra las mujeres acusadas de
mantener relaciones sexuales con
Satanás en los diversos países
dominados por el catolicismo y
más tarde también entre los
protestantes. Diversos autores
han querido ver el "Martillo"
como el ejemplo máximo del
antifeminismo. Sin embargo,
Walter Stephens, profesor de
Johns Hopkins University , en su
obra Demon Lovers Witchcraft,
Sex and the Crisis of Belief
(Amantes de los demonios.
Brujería, sexo y crisis de las
creencias), si bien admite que
la sección sexta de la primera
parte es definidamente misógina,
todo el libro no lo es ya que la
finalidad primordial del libro
es demostrar la existencia del
demonio y su constante actividad
contra los seres humanos.
En la sección sexta del Malleus,
los religiosos inquisidores
Kramer y Sprenger declaran que
las "mujeres hacen todas las
cosas a causa de sus deseos
carnales, insaciables en ellas.
Por tal razón y para satisfacer
su lujuria las mujeres llegan
hasta tratar con los demonios" (pag.
34). El trato diabólico es
esencial en la brujería; los
inquisidores afirman que todas
las brujas experimentan
sexualmente con el demonio y que
necesariamente las mujeres "se
regodean en inmundicias
diabólicas mediante la
copulación carnal con diablos
íncubos y súcubos y se consagran
completamente a ellos".
A pesar de estas afirmaciones,
la verdadera finalidad de esta
obra capital en la literatura
católica de los comienzos de la
era moderna fue probar que los
demonios no eran imaginarios y
que la prueba de su existencia
real era la unión carnal con
mujeres. Según los mencionados
religiosos, el hecho de que la
brujería tenga que ver
principalmente con el sexo
femenino surge de la naturaleza
psicológica y física de la
mujer, que la hace naturalmente
socia y compañera ideal de los
diablos, declaran los
inquisidores. (Los subrayados
son nuestros) Según Stephens, el
mismo Pico della Mirandola,
citado anteriormente, se
convirtió en gran entusiasta del
Malleus declarando en 1523 que
el Malleus no era en realidad
contra las brujas sino contra
los que no creían en los
demonios y sus actividades con
los seres humanos (sic)24.
10. Pornografía metafísica
Un efecto lateral de toda esta
acción persecutoria fue el
nacimiento de una pornografía
metafísica o teológica. Cantidad
de pinturas y panfletos de la
época pintan gráficamente los
encuentros de hermosas muchachas
en su relación con diablos en
diversas y atrevidas posturas.
Baste para ejemplo el grabado
del artista Hans Baldung Grien
en el año 1515, presentado por
Stephens en su obra arriba
citada, en que un demonio en
figura de dragón introduce una
larga lengua en las partes
privadas de una bella joven
vista lateralmente (p. 109)
Avanzando el tiempo, esta
persecución a la mujer pasa a
América. Ya casi en las puertas
del siglo XVIII, en Diciembre de
1692, se desató en Salem,
Massachussets, la más espantosa
caza de brujas que llevó a
cantidad de mujeres a la horca o
a la cárcel.
Lo más interesante en este tema
del demonio y su relación con
los seres humanos es el anuncio
aparecido en el New York Times,
el 15 de septiembre de 2005, que
informa sobre un congreso de
exorcistas25 realizado en Roma.
El Papa Benedicto XVI les
expresó sus mejores deseos y los
animó a "llevar adelante su
importante trabajo en el
servicio de la Iglesia". Informa
el periódico que no se hicieron
públicas las conclusiones ni los
temas de dicha convención pero
que era evidente que el
exorcismo iba ganando un papel
cada vez más prominente en la
Iglesia Católica. El Papa Juan
Pablo II, antes de morir, se
había estado ocupando
personalmente de la revisión del
Manual para los Exorcismos y,
según se informó, él mismo tomó
parte en un exorcismo contra
Satanás, celebrado en el año
2000. La Universidad Vaticana
Regina Apostolorum ofrece este
año un curso especial sobre
exorcismos, destinado a
sacerdotes. El mismo curso, el
año pasado resultó ser sumamente
exitoso.
11. La demonización de la mujer
pasa a la literatura
Los lectores de literatura
española, conocen una obra del
Siglo XIV, "Libro de buen amor",
compuesto por el sacerdote Juan
Ruiz, conocido como el
"Arcipreste de Hita".Según dice
el crítico José García López,
este autor "es sin disputa el
más alto poeta de nuestra
literatura medieval". Es
interesante leer allí el elogio
de las mujeres pequeñas. Dice:
"Siempre quise mujer chica más
que grande o mayor; no es malo
huir de un mal grande. Del mal
tomar lo menor, dice el sabio.
Por eso, de las mujeres, la
mejor es la menor." 26 Alrededor
de 1499 apareció La Celestina,
que es probablemente el primer
documento feminista de la
civilización occidental. Su
anónimo autor27, obviamente
cansado de tanta estupidez
publicada por los frailes y los
predicadores contra las
mujeres28, resume las absurdas
doctrinas antifeministas
proclamadas desde el principio
de la cultura occidental. Pone
en boca de un sirviente,
Sempronio, toda esa información,
dirigida a su amo, Calisto, que
acababa de enamorarse de tal
manera que no hacía otra cosa
que proclamar a los cuatro
vientos la excelencia de su
amada Melibea. El propósito del
criado era convencer a su Señor
de que no debía amar a la mujer
sino simplemente usarla ya que
el ser superior (el varón) no
debía rebajarse a querer lo
inferior, según había enseñado
el Filósofo. La obra concluye
castigando con la muerte a todos
los que habían participado en
dicha doctrina: la alcahueta
Celestina acaba asesinada por
los sirvientes de Calisto y
éstos, ejecutados por la
Justicia. La muerte más estúpida
la recibe el mismo Calisto por
haberse prestado a tales
creencias (torpemente tropieza y
se cae de lo alto de una torre).
El final más digno lo tiene
Melibea que trágicamente se
suicida. La obra termina con el
llanto del padre de la joven que
ve la existencia humana como
juguete del absurdo.
El fragmento en cuestión dice
así:
Sempronio: Lee los historiales,
estudia los filósofos, mira los
poetas. Llenos están los libros
de sus viles y malos ejemplos
(de las mujeres) y de las caídas
que llevaron los que en algo,
como tú, las reputaron. Oye a
Salomón, donde dice que las
mujeres y el vino hacen a los
hombres renegar. Aconséjate con
Séneca y verás en qué las tiene.
Escucha a Aristóteles, mira a
Bernardo. Gentiles, judíos,
cristianos y moros, todos en
esta concordia están. (…) ¿Quién
te contará sus mentiras, sus
tráfagos, sus cambios, su
liviandad, sus lagrimillas, sus
alteraciones, sus osadías? Que
todo lo que piensan, osan sin
deliberar. ¿Sus disimulaciones,
su lengua, su engaño, su olvido,
su desamor, su ingratitud, su
inconstancia, su testimoniar, su
negar, su revolver, su
presunción, su vanagloria, su
abatimiento, su locura, su
desdén, su soberbia, su
sujeción, su parlería, su
golosina, su lujuria y su
suciedad, su miedo, su
atrevimiento, sus hechicerías,
su manera de embaucar, sus
escarnios, su deslenguamiento,
su desvergüenza, su
alcahuetería? Considera ¡qué
sesito está debajo de aquellas
grandes y delgadas tocas! ¡Qué
pensamiento bajo aquellas
gorgueras, bajo aquel fausto,
bajo aquellas largas y
autorizantes ropas! ¡Qué
imperfección! ¡Qué albañales
debajo de templos pintados! Por
ellas es dicho: arma del diablo,
cabeza de pecado, destrucción
del paraíso. ¿No has rezado en
la festividad de San Juan, donde
dice: 'Las mujeres y el vino
hacen a los hombres renegar';
donde dice: 'Esta es la mujer,
antigua malicia que a Adán echó
de los deleites del paraíso,
ésta metió en el Infierno el
linaje humano; a ésta
menospreció Elías profeta', etc.
Calisto: Di, pues, ese Adán, ese
Salomón, ese David, ese
Aristóteles, ese Virgilio, esos
que dices, ¿cómo se sometieron a
ellas? ¿Soy más que ellos?
Sempronio: A los que las
vencieron querría que imitases y
no, a los que de ellas fueron
vencidos. ¡Huye de sus engaños!
¿Sabes que hacen cosas que son
difíciles de entender? No tienen
moderación, ni razón, ni
intención. Por costumbre
comienzan el ofrecimiento que de
sí hacen. A los que introducen
ocultamente, insultan luego en
la calle. Convidan y despiden,
llaman y niegan, declaran amor y
pronuncian enemistad, se
enfurecen pronto y se apaciguan
luego. Quieren que adivines lo
que quieren.
¡Oh qué plaga! ¡Qué enojo! ¡Oh
qué hastío es conferir con ellas
más de aquel breve tiempo que
son aparejadas al deleite!
Vale la pena mencionar aquí la
obra que posiblemente pudo haber
influido en la creación de La
Celestina, arriba citada, El
Corbacho. Escrito por el
Arcipreste de Talavera, Alfonso
Martínez de Toledo, este tratado
apareció sin título alguno en
1498. Se lo reconocía por el
encabezamiento que se iniciaba
con las siguientes palabras: "El
Arcipreste de Talavera que fabla
de los vicios de las malas
mujeres…". Su título de
"Corbacho" le vino por una
asociación muy posterior que se
hizo con el libro de otro famoso
antifeminista Giovanni Boccaccio,
aunque la obra española nada
tenga que ver con la italiana.
El estudio del Arcipreste de
Talavera consta de cuatro
partes; la primera es un tratado
moral contra el sexo y la
sexualidad; la segunda y la más
importante consiste en una
sátira contra "los vicios,
tachas e malas condiciones de
las perversas mujeres" y contra
sus tretas y sus artes de
seducción. En las siguientes
partes, sigue el Arcipreste con
disquisiciones sobre el orden
moral.
Ya que se ha mencionado al
escritor italiano, Boccaccio,
corresponde citar su famoso
Corbaccio, escrito hacia 1354 y
cuyo título incierto pudo
provenir del español "corbacho",
látigo, que después daría título
al libro del Arcipreste de
Talavera.
Lejos de la simpatía de sus
narraciones anteriores, el
Corbaccio se mueve por una agria
censura a las mujeres y se
enlaza con la más dura tradición
misógina, a través de una trama
artificiosa de realidad y sueño
en el que se aparece al autor la
sombra del marido de la viuda
para incitarlo a la censura
femenina.
Así como del Corbaccio pudo
haber surgido el Talavera y de
él La Celestina, así de ella han
nacido cantidad de posiciones
que llegan hasta el presente.
Obviamente hay otros muchos
aspectos y otros campos de la
actividad humana que no se han
tocado aquí. Quedan para otros
estudiosos.
En fin, en este largo repaso de
la imagen de la mujer en la Edad
Media, se han hecho necesarias
incursiones en otros siglos,
anteriores o posteriores, más
bien con la intención de
conectar los tiempos con sus
causas y orígenes y sus
derivaciones. Toda idea o
movimiento, crece y se
desarrolla originando a su vez
otras realidades, buenas,
mejores o peores, que vienen a
ser hijas o nietas de aquellas…
Este hilvanar de ideas
medievales ha querido
concentrarse en la mujer debido
a la centralidad e importancia
de este punto de vista sobre
otros aspectos que nos afligen
hoy día, como se ha mencionado,
entre líneas, en el presente
estudio.
1 Júpiter convirtió a Leda (la
hija del Rey Thestius) en cisne
hembra y él como cisne macho la
fecundó. Del huevo puesto por
ella, nacieron mellizos, los
héroes Cástor y Pólux -los
Gémini- que se convirtieron
después en patronos de la
caballería romana, quienes
adoptaron como casco -en
homenaje a su madre- la forma de
un huevo cortado por la mitad.
2 Es decir "campesinos" porque
los adoradores de los dioses
fueron siendo relegados al campo
ya que las autoridades y el
núcleo de las ciudades eran
ahora cristianos.
3 Jacques Dalarun. Historia de
las mujeres - La Edad Media.
Madrid: Taurus, 1992. (Pag. 29).
4 Al estudiar una cultura, es
siempre muy importante
considerar cómo se relaciona
dicha cultura con el cuerpo y el
sexo. Baste para ejemplo el caso
de la India donde la belleza y
la voluptuosidad de los cuerpos
de sus diosas exponen claramente
una relación positiva y
favorable. Obsérvese, por otra
parte, la misma relación en sus
invasores, los musulmanes; es
obvio que están en las antípodas
con la consiguiente incapacidad
de combinación. El judaísmo no
tenía una disposición negativa
para sexo. La prueba está en que
el simbolismo de las relaciones
de Yahvé con su pueblo Israel se
basaba en la imagen del
matrimonio. De allí que la
palabra "adulterio" y
"fornicación" en la Biblia se
refieran frecuentemente a la
idolatría. Tampoco la tenía el
Cristianismo. como derivado de
aquél, ni las religiones
europeas.
5 Jacques Dalarun es sumamente
meritorio en los estudios
medievales debido a sus
profundos estudios sobre Robert
d'Arbrissel, el monje que a
principios del Siglo XII fundó
un monasterio para varones y
mujeres y, a su vez, sobre las
profundas convulsiones que
levantó tal fundación.
6 Editorial Taurus, Madrid
España, 1992.
7Aurelius Augustinus nació el 13
de noviembre del 354 en Tagaste,
hoy Souk Ahras, Argelia, en el
norte de África, dentro del
grupo étnico conocido como
"berebere". Cursó estudios de
retórica en Cartago y en el año
383 decidió ir a Roma para
triunfar en su carrera y ser más
romano que los romanos
penetrando en el centro de la
cultura de la que se sentía
ajeno por su nacimiento
provinciano. Gracias a la
influencia de un pagano ilustre,
Symmacus, encargado de conseguir
un profesor de retórica para la
Corte Imperial, residente
entonces en Milán, logró
emplearse como tal y partió
hacia allá, en compañía de su
madre. Pertenecía a una secta
religiosa no cristiana, llamada
Maniqueísmo; no obstante,
decidió asistir a los sermones
del obispo católico de dicha
ciudad, San Ambrosio. Quedó tan
impresionado por él, que
resolvió hacerse católico y
recibió el bautismo de manos del
mismo Ambrosio. Gracias a este
obispo aprendió a utilizar la
alegoría para estudiar la
Biblia. Esta forma de leer las
Escrituras de los judíos le
entusiasmó y la adoptó. Se
pueden encontrar muchísimos
ejemplos de su aplicación de la
alegoría repasando sus
comentarios al Génesis, citados
aquí. Por ejemplo: de los cuatro
ríos que bañaban el paraíso
terrenal, según el relato
bíblico, San Agustín interpreta
que significan "las cuatro
virtudes cardinales: prudencia,
fortaleza, temperancia y
justicia". Así, el río que baña
la región sumamente calurosa de
Etiopía simboliza la fortaleza,
con la que se tolera la difícil
y dura acción del calor. (De
Genesi, 10:13 y 14); todo lo
cual muestra su gran capacidad
de imaginación que, unida a su
vocación retórica, lo llevaron a
multiplicar el libro único de la
Biblia en los cuarenta y un
volúmenes de sus obras
completas. Después de bautizado
llegó a ser obispo de Hipona (Hippo
Regius, hoy Annaba, también en
Argelia, importante ciudad de
África romana) desde donde
iluminó al mundo con sus
extensas disquisiciones. Murió
allí mismo, a unos noventa
kilómetros del lugar de su
nacimiento, a los 76 años de
edad, mientras los Vándalos
asaltaban la ciudad.
8 De Genesi contra Manichaeos
Libri II, 11: 15 y 16.
9 I Cor. 11:3 "La cabeza de la
mujer es el varón y la cabeza
del varón es Cristo, que es la
Sabiduría de Dios".
10 Georges Duby, Damas del Siglo
XII, Madrid: Alianza Editorial,
1996
11 Gracias a esta estupidez, la
Iglesia desvió la atención del
pueblo cristiano de aquello que,
sí, era verdadero pecado y
crimen, el abuso de los pobres y
la injusticia social, para
ponerla en el sexo. Por eso, muy
pocos años después, nadie se
espantó de que una nación
sedicente cristiana, invadiera,
despojara, cometiera genocidio y
destruyera varias civilizaciones
bajo la bendición de obispos y
papas y todavía hoy el Papa
Benedicto visitara Brasil este
año del 2007 y tuviera palabras
de encomio para la
"colonización".
12 Abelardo creía que solamente
el varón estaba hecho a la
imagen de Dios; la mujer sólo se
le parece; es apenas un reflejo
de la imagen de Dios.
13"Cátaros" o albigenses, son
una especie de puritanos
franceses del Siglo XIII.
14 Bechtel, Guy. Las cuatro
mujeres de Dios: la puta, la
bruja, la santa y la tonta.
Barcelona: Ediciones B, 2001
15 Véase al respecto la
respuesta que Jesús le da a la
gente que le dice que su madre y
sus hermanos están afuera
esperándolo: "¿quiénes son mi
madre y mis hermanos? Luego,
mirando a los que estaban
sentados a su alrededor, añadio:
Estos son mi madre y mis
hermanos pues cualquiera que
hace la voluntad de Dios, ése es
mi hermano, mi hermana y mi
madre" (Marcos 3:31-35)
16 Nótese que ni los griegos ni
los romanos tenían diosas
vírgenes que no dejaban de serlo
al convertirse en madres.
Solamente los egipcios la tenían
en la persona de Isis cuya
imagen en el Siglo I la mostraba
ya en Roma con su hijo Horus
sobre la falda. Es interesante
verificar que precisamente un
egipcio, Cirilo, Patriarca de
Alejandría es el que propuso
declarar a María, Virgen y Madre
de Dios y lo realizó en el
Concilio de Éfeso en el año 531,
con el consiguiente asombro de
Nestorio, Patriarca de la
Iglesia de Constantinopla, la
capital del Imperio, al que
Cirilo hizo destronar mediante
intrigas en la Corte Imperial.
17 Luego, el 25 de noviembre de
1683, el Papa Inocencio XI la
impuso a toda la Iglesia
universal mandando que el 12 de
septiembre se celebrara la
fiesta del Dulce Nombre para
celebrar la victoria de los
cruzados que derrotaron a los
turcos en la Batalla de Viena, a
las órdenes del devoto Rey de
Polonia, Jan III Sobieski.
18 San Agustín del Siglo IV, era
maniqueo antes de convertirse al
Cristianismo. El maniqueísmo era
una doctrina gnóstica que
provenía de la región que hoy es
Irak, que explicaba la
existencia del mal enseñando que
había no un sólo Dios, sino dos
seres omnipotentes, uno del Bien
y el otro del Mal en eterna
lucha. El Bien creaba seres
espirituales y el Mal les ponía
cuerpos para destruir la obra
del Bien. Ser perfecto o santo
consistía en liberarse de todo
lo físico o corpóreo.
Consecuentemente, iba a aparecer
y apareció dentro del
Cristianismo el concepto de la
"virginidad" -monjas y monjes-
concepto que no era cristiano,
sino pagano; no había "vírgenes"
en la religión judía y su
derivada la cristiana. En
cambio, sí las había dentro de
las religiones paganas tanto
europeas como americanas.
19 Nótese que cuando se trata de
varones que hacen prodigios,
como en el caso de Moisés y el
Faraón (Éxodo 7:11), no se
utiliza el término (brujo o
hechicero) y se sobreentiende
que realizan asombrosas proezas
pero, cuando se condena, el
texto hebreo utiliza
expresamente el género femenino
como en el versículo 18 arriba
citado.
20 Stephens, Walter. Demon
Lovers. Chicago: The University
of Chicago Press, 2002. (p. 1)
21 Carl Sagan. The Demon-haunted
World, NY: Random House, 1995.
22 Ravilious, Kate. "Witches of
Cornwal". Archaeology, Nov.-Dec.,
2008, pp. 42-45, pag. 44.
23 Citado por Kate Ravilious, p.
44.
24 Con respecto a esta obsesión
de descubrir seres humanos en
tratos con demonios, el Papa
actual Benedicto XVI acaba de
manifestarse a favor de los
estudios sobre el exorcismo, que
recomienda decididamente.
25 Exorcistas son los religiosos
que se dedican a echar a la
calle a los demonios que se han
alojado dentro de algunas
personas.
26 Pérez Rioja, p. 73
(adaptado).
27 Preferimos aceptar el
testimonio del mismo Fernando de
Rojas de que él no escribió sino
que continuó el texto de la obra
que constaba entonces sólo del
primer acto.
28 Véase como ejemplo principal
El Corbacho, del Arcipreste
Alfonso Martínez de Toledo,
escrito treinta años antes, de
donde la obra toma los datos
referentes a la mujer. Este
religioso escribió para
denunciar "los vicios, tachas e
malas condiciones de las
perversas e viciosas mujeres
James O. Pellicer / Catedrático
de la Universidad de la Ciudad
de Nueva York
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Gentileza:: ead / El Arca
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