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Palabras, palabras,
palabras...
Gustavo
Benites Jara
Sería vana pretensión
abordar el problema de la
palabra en tan breve espacio
como éste, porque ni la
especialidad, ni el tiempo, me
permitirían analizar las
múltiples y complejas
relaciones, implicancias o
derivaciones de la palabra, la
cosa que nombra, lo que sugiere,
lo que entre líneas dice o deja
de decir. O lo que entre
suspiros susurra o calla.
Porque cada palabra tiene su
carga semántica, sus equívocos,
sus univocidades, sus
representaciones, sus
derivaciones, su tono, su célula
musical, su encarnada
manifestación. Una es la palabra
en la decantada poesía, otra en
la relación científica, y, más
allá, otra es en los vaivenes
cotidianos, en la cita o cuita
íntimas, en el dolor de la
tortura, en la tortura de la
desesperanza, en los gemidos de
la caducidad, en la ausencia del
escucha, en el barullo del
mercado, en la presencia de lo
detestable y detestado.
La palabra usada no siempre
nombra la realidad manifiesta,
ni siempre es la palabra dicha
la que la enmascara. Y la que
desenmascara no siempre es la
deseada ni aceptada. En la malla
babelónica o babilónica, la
misma confusión: la palabra no
dice lo que dice ni niega lo que
niega.
La palabra que enmascara la
realidad es parte del poder de
los que poseen la riqueza, de
los que manipulan el saber. Esta
no es una verdad nueva - Michel
Foucault ya lo expresó de
brillante modo -, pero no por
sabida es menos importante ni
menos urgente denunciar el
manejo de la realidad a través
de la palabra, buscando
proyectar los deleznables
intereses de clase y mantener la
repudiable explotación local y
global.
Qué lejos de la profunda
simplicidad aristotélica están
esos falsificadores: la verdad
es decir de lo que es que es y
de lo que no es que no es, y la
falsedad, decir de lo que es que
no es y de lo que no es que es.
Y entonces, para negar las
clases sociales, afirman la
existencia de sectores A, B, C,
D, E. Ya no hay, pues, obreros,
campesinos, capitalistas,
terratenientes, explotados ni
explotadores. Tampoco
desempleados, subempleados o
informales. Y eso suena bien. No
hiere el oído ni la buena
conciencia de nadie. Y todos en
paz, pues se acabó la lucha de
clases, la contradicción, el
conflicto. Es decir, decir de lo
que es que no es: rotunda y
cínica falsedad.
Y si antes se afirmaba que había
países subdesarrollados, los
operadores lingüísticos
imperiales dijeron después que
lo que existe son países en vías
de desarrollo, y luego, a tono
con la posmodernidad, dijeron
que lo que discurre hoy en el
mundo global son países
emergentes. Y ante la existencia
de barriadas, tugurios,
hacinamiento, promiscuidad,
tuberculosis, los manipuladores
escribieron que no existían
aquéllas ni los cinturones de
miseria ni los niños que comen
basura, sino pueblos jóvenes,
asentamientos humanos y otros
juegos de palabras, con lo cual
se borraba, nuevamente, la
realidad miserable en que vivían
las poblaciones a causa del
vampírico capitalismo.
Y las prostitutas ya no eran
tales dijeron, sino trabajadoras
sexuales. Entonces esa
despreciable realidad que el
capitalismo promueve, permite,
alimenta y engorda, con una
voracidad criminal y
nauseabunda, se convierte, por
la mágica palabra, en una
realidad que hay que defender,
¡si son trabajadoras! Y las
mujeres, ¡pobres, pobres!,
continúan siendo las víctimas
pisoteadas, irredentas e
insalvables de una masculinidad
pervertida, celebrada y
consentida.
Y así, la inmoral deuda externa
ya no existe, pues solo es un
problema técnico; y las
devastadoras crisis económicas
son simples desequilibrios
momentáneos; y los crímenes del
terrorismo estatal, excesos; y
los abominables pederastas,
turistas sexuales o pobres
pecadores; y… sería interminable
continuar mostrando la
trapacería de estos
mixtificadores de la realidad,
cuya artera, tortuosa y zorruna
hipocresía debe ser
desenmascarada sin ninguna
concesión.
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Gentileza:: Guillermo C. Cohen-DeGovia
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