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José Carlos Mariátegui
En el periplo intelectual
que lo llevó desde sus raíces en
la Revolución Mejicana y la
Reforma Universitaria hasta su
aproximación final a la Tercera
Internacional stalinista,
Mariátegui sostuvo por un tiempo
una fuerte sociedad política con
Víctor Manuel Haya de la Torre.
De esa época data el escrito que
aquí presentamos. Salva sea la
idea de que los países
latinoamericanos pueden
constituir "naciones" por
derecho propio, es un
pensamiento que entronca
(seguramente por similitud de
raíces) con el de Manuel Ugarte,
puesto que inicia su
arquitectura con la afirmación
taxativa de la unidad originaria
de Nuestra América Criolla. Del
equívoco original se deducen una
serie de interpretaciones que no
resisten el contraste con los
hechos (por ejemplo, que los
Libertadores sostuvieron un
"frente único" de "gérmenes de
nacionalidad" contra España).
Pero lo interesante en este
Mariátegui es que se revela aquí
en coincidencia con lo mejor de
Haya de la Torre [Néstor
Gorojovsky]
La Unidad de la América
Indo-Española
por José Carlos Mariátegui
Escrito en 1924. Primera edición
en Variedades, Lima, 6 de
diciembre de 1924. Preparado
para Internet por MIA, mayo de
2000. Texto gentileza de la
Lista Reconquista Popular
Los pueblos de la América
española se mueven, en una misma
dirección.
La solidaridad de sus destinos
históricos no es una ilusión de
la literatura americanista.
Estos pueblos, realmente, no
sólo son hermanos en la retórica
sino también en la historia.
Proceden de una matriz única. La
conquista española, destruyendo
las culturas y las agrupaciones
autóctonas, uniformó la
fisonomía étnica, política y
moral de la América Hispana. Los
métodos de colonización de los
españoles solidarizaron la
suerte de sus colonias. Los
conquistadores impusieron a las
poblaciones indígenas su
religión y su feudalidad. La
sangre española se mezcló con la
sangre india. Se crearon, así,
núcleos de población criolla,
gérmenes de futuras
nacionalidades.
Luego, idénticas ideas y
emociones agitaron a las
colonias contra España. El
proceso de formación de los
pueblos indo-españoles tuvo, en
suma, una trayectoria uniforme.
La generación libertadora sintió
intensamente la unidad
sudamericana.
Opuso a España un frente único
continental. Sus caudillos
obedecieron no un ideal
nacionalista, sino un ideal
americanista. Esta actitud
correspondía a una necesidad
histórica. Además, no podía
haber nacionalismo donde no
había aún nacionalidades. La
revolución no era un movimiento
de las poblaciones indígenas.
Era un movimiento de las
poblaciones criollas, en las
cuales los reflejos de la
Revolución Francesa había
generado un humor
revolucionario.
Mas las generaciones siguientes
no continuaron por la misma vía.
Emancipadas de España, las
antiguas colonias quedaron bajo
la presión de las necesidades de
un trabajo de formación
nacional. El ideal americanista,
superior a la realidad
contingente, fue abandonado. La
revolución de la independencia
había sido un gran acto
romántico; sus conductores y
animadores, hombres de
excepción. El idealismo de esa
gesta y de esos hombres había
podido elevarse a una altura
inasequible a gestas y hombres
menos románticos. Pleitos
absurdos y guerras criminales
desgarraron la unidad de la
América Indo-española.
Acontecía, al mismo tiempo, que
unos pueblos se desarrollaban
con más seguridad y velocidad
que otros. Los más próximos a
Europa fueron fundados por sus
inmigraciones. Se beneficiaron
de un mayor contacto con la
civilización occidental. Los
países hispano-americanos
empezaron así a diferenciarse.
Presentemente, mientras unas
naciones han liquidado sus
problemas elementales, otras no
han progresado mucho en su
solución.
Mientras unas naciones han
llegado a una regular
organización democrática, en
otras subsisten hasta ahora
densos residuos de feudalidad.
El proceso del desarrollo de
todas las naciones sigue la
misma dirección; pero en unas se
cumple más rápidamente que en
otras.
Pero lo que separa y aísla a los
países hispanoamericanos, no es
esta diversidad de horario
político. Es la imposibilidad de
que entre naciones
incompletamente formadas, entre
naciones apenas bosquejadas en
su mayoría, se concerte y
articule un sistema o un
conglomerado internacional. En
la historia, la comuna precede a
la nación. La nación precede a
toda sociedad de naciones.
Aparece como una causa
específica de dispersión la
insignificancia de los vínculos
económicos hispano-americanos.
Entre estos países no existe
casi comercio, no existe casi
intercambio. Todos ellos son,
más o menos, productores de
materias primas y de géneros
alimenticios que envían a Europa
y Estados Unidos, de donde
reciben, en cambio, máquinas,
manufacturas, etcétera. Todos
tienen una economía parecida, un
tráfico análogo. Son países
agrícolas. Comercian, por tanto,
con países industriales. Entre
los pueblos hispanoamericanos no
hay cooperación; algunas veces,
por el contrario, hay
concurrencia. No se necesita, no
se complementan, no se buscan
unos a otros. Funcionan
económicamente como colonias de
la industria y la finanza
europea y norteamericana.
Por muy escaso crédito que se
conceda a la concepción
materialista de la historia, no
se puede desconocer que las
relaciones económicas son el
principal agente de la
comunicación y la articulación
de los pueblos. Puede ser que el
hecho económico no sea anterior
ni superior al hecho político.
Pero, al menos, ambos son
consustanciales y solidarios. La
historia moderna lo enseña a
cada paso. (A la unidad germana
se llegó a través del zollverein.
El sistema aduanero que canceló
los confines entre los Estados
alemanes, fue el motor de esa
unidad que la derrota, la
post-guerra y las maniobras del
poincarismo no han conseguido
fracturar. Austria-Hungría, no
obstante, la heterogeneidad de
su contenido étnico, constituía,
también, en sus últimos años, un
organismo económico. Las
naciones que el tratado de paz
ha dividido de Austria-Hungría
resultan un poco artificiales,
malogrado la evidente autonomía
de sus raíces étnicas e
históricas.
Dentro del imperio
austro-húngaro la convivencia
había concluido por soldarlas
económicamente. El tratado de
paz les ha dado autonomía
política pero no ha podido
darles autonomía económica. Esas
naciones han tenido que buscar,
mediante pactos aduaneros, una
restauración parcial de su
funcionamiento unitario.
Finalmente, la política de
cooperación y asistencia
internacionales, que se intenta
actuar en Europa, nace de la
constatación de la
interdependencia económicamente
de las naciones europeas. No
propulsa esa política un
abstracto ideal pacifista sino
un concreto interés económico.
Los problemas de la paz han
demostrado la unidad económica
de Europa.
(La unidad moral, la unidad
cultural de Europa no son menos
evidentes; pero sí menos válidas
para inducir a Europa a
pacificarse.)
Es cierto que estas jóvenes
formaciones nacionales se
encuentran desparramadas en un
continente inmenso. Pero, la
economía es, en nuestro tiempo,
más poderosa que el espacio. Sus
hilos, sus nervios, suprimen o
anulan las distancias. La
exigüidad de las comunicaciones
y los transportes es, en América
indo-española, una consecuencia
de la exigüidad de las
relaciones económicas. No se
tiende un ferrocarril para
satisfacer una necesidad del
espíritu y de la cultura.
La América española se presenta
prácticamente fraccionada,
escindida, balcanizada (1). Sin
embargo, su unidad no es una
utopía, no es una abstracción.
Los hombres que hacen la
historia hispano-americana no
son diversos. Entre el criollo
del Perú y el criollo argentino
no existe diferencia sensible.
El argentino es más optimista,
más afirmativo que el peruano,
pero uno y otro son irreligiosos
y sensuales. Hay, entre uno y
otro, diferencias de matiz más
que de color.
De una comarca de la América
española a otra comarca varían
las cosas, varía el paisaje;
pero no varía el hombre. Y el
sujeto de la historia es, ante
todo, el hombre. La economía, la
política, la religión, son
formas de la realidad humana. Su
historia es, en su esencia, la
historia del hombre.
La identidad del hombre
hispano-americano encuentra una
expresión en la vida
intelectual. Las mismas ideas,
los mismos sentimientos circulan
por toda la América
indo-española. Toda fuerte
personalidad intelectual influye
en la cultura continental.
Sarmiento, Martí, Montalvo, no
pertenecen exclusivamente a sus
respectivas patrias; pertenecen
a Hispano- América. Lo mismo que
de estos pensadores se puede
decir de Darío, Lugones, Silva,
Nervo, Chocano y otros poetas.
Rubén Darío está presente en
toda la literatura
hispanoamericana.
Actualmente, el pensamiento de
Vasconcelos y de Ingenieros son
los maestros de una entera
generación de nuestra América.
Son dos directores de su
mentalidad.
Es absurdo y presuntuoso hablar
de una cultura propia y
genuinamente americana en
germinación, en elaboración. Lo
único evidente es que una
literatura vigorosa refleja ya
la mentalidad y el humor
hispano-americanos. Esta
literatura - poesía, novela,
crítica, sociología, historia,
filosofía - no vincula todavía a
los pueblos; pero vincula,
aunque no sea sino parcial y
débilmente, a las categorías
intelectuales.
Nuestro tiempo, finalmente, ha
creado una comunicación más viva
y más extensa: la que ha
establecido entre las juventudes
hispano-americanas la emoción
revolucionaria. Más bien
espiritual que intelectual, esta
comunicación recuerda la que
concertó a la generación de la
independencia. Ahora como
entonces la emoción
revolucionaria da unidad a la
América indo-española. Los
intereses burgueses son
concurrentes o rivales; los
intereses de las masas no. Con
la Revolución Mexicana, con su
suerte, con su ideario, con sus
hombres, se sienten solidarios
todos los hombres nuevos de
América. Los brindis pacatos de
la diplomacia no unirán a estos
pueblos. Los unirán en el
porvenir, los votos históricos
de las muchedumbres.
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