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Lucha contra la pobreza… ¿o
contra la injusticia?
Marcelo
Colussi
Rebelión
La pobreza no es sino la
expresión descarnada de la
injusticia de fondo en que está
basada nuestra sociedad
planetaria. El capitalismo, en
tanto sistema dominante, no
quiere ni puede superar todo
esto (y es obvio que no tiene la
más mínima voluntad siquiera de
planteárselo). Por tanto, luchar
contra la pobreza en esos marcos
no puede pasar de una –en el
mejor de los casos– rimbombante
declaración políticamente
correcta, pero que no tiene la
más remota posibilidad de
transformarse en hechos
concretos. Si alguna lucha es
posible, aunque cueste horrores,
es la lucha contra la
injusticia. Aunque estos pasados
años hayan sido de retroceso en
esta lucha, aunque últimamente
se hayan perdido derechos
sociales conquistados con
profundos combates durante los
primeros años del siglo XX,
aunque la represión y la
derechización de los años 80 del
pasado siglo aún están presentes
y provocando miedo, la lucha
sigue abierta. Pero no es la
pobreza el objetivo final, como
no lo podrían ser, por ejemplo,
los niños de la calle, o la
delincuencia juvenil. Esos son
los síntomas visibles. La lucha
ha sido y continúa siendo la
lucha por la justicia.
Desde hace ya algunos años se ha
establecido como parte del
discurso "políticamente
correcto" en todo el mundo
hablar de la lucha contra la
pobreza. Se presenta la
iniciativa como algo loable,
digno, altamente meritorio, con
lo cual nadie podría estar en
desacuerdo. Los más diversos
sectores, desde gobiernos de
derecha hasta el Vaticano, desde
la Madre Teresa de Calcuta hasta
los magnates de los listados de
la revista Forbes, todos
coinciden en que la pobreza es
algo contra lo cual debe
actuarse. Incluso el Banco
Mundial, organismo que ha dado
más que suficientes pruebas de
servir sólo a los intereses de
los grandes capitales del Norte
en detrimento de las
mayoritarias masas pauperizadas
del Sur, levanta airado su voz
contra este flagelo, y desde el
año 2002 basa sus estrategias de
asistencia a los países más
necesitados en sus "Documentos
de estrategia de lucha contra la
pobreza".
Podríamos estar tentados de
creer que todo esto es cierto,
que efectivamente hay, desde los
poderes que rigen la marcha de
la humanidad, una marcada
preocupación por terminar con
esta lacra de la pobreza. Pero:
o bien la cuestión no está
correctamente planteada, o bien
no hay ningún interés real en
cambiar nada. O peor aún (y esto
pareciera lo más cercano a la
verdad): la estructura misma del
sistema social no permite en
realidad esa lucha, porque es
desde el inicio una lucha
perdida.
Como siempre en las experiencias
humanas no hay negros y blancos
absolutos. La realidad es, en
todo caso, mucho más multicolor,
más plena de matices
contradictorios, y por tanto,
compleja. Habrá quien
honestamente cree que se puede
luchar contra este mal en sí
mismo que representa la pobreza.
Habrá –hablábamos de la Madre
Teresa más arriba, por ejemplo–
quien da sus mejores esfuerzos a
través de acciones concretas
creyendo firmemente que por
medio de un voluntarismo a
prueba de balas se pueden
cambiar estructuras profundas; y
en consecuencia no faltarán
quienes trabajarán denodadamente
para tapar algunos agujeros por
aquí y por allá. Pero sabemos
que la caridad, en cualquiera de
sus variantes, no puede ir muy
lejos: lo más que puede lograr
es ser un bálsamo parcial en
algunas situaciones puntuales.
La pretendida "lucha" contra la
pobreza no puede ser, por tanto,
resolver algunos casos
puntuales. La historia de la
humanidad y de sus
transformaciones profundas es
algo más que una familia que se
ganó la lotería y salió de su
favela.
Buena parte de las acciones
emprendidas para luchar contra
la pobreza se engloban en esto:
son actividades voluntaristas
convencidas que es posible
modificar procesos históricos a
través de la buena acción, la
"buena práctica", como ha pasado
a ser moda designarla. Y ahí
está la caridad asistencialista
dando sus limosnas toda vez que
le sea posible. Lo curioso (o
quizá, mejor dicho: patético) es
que esa corriente, esa
intervención contra la pobreza,
nunca vemos que surja de grupos
de pobres hacia otros pobres. Es
siempre una ratificación de
quién es el menesteroso –con su
mano suplicante– y quién es el
que, "desde arriba", puede dejar
caer una moneda. En otros
términos: el circuito de la
beneficencia no sirve, no puede
servir jamás, para sacar de
pobre a nadie. Sirve, en todo
caso, para ratificar las
diferencias, los lugares
establecidos: es el señor
respetable quien concede una
gracia al pordiosero en la
puerta de la iglesia, limosna
con la que, sin ningún lugar a
dudas, no cambiará la situación
de base. Si el indigente levanta
la voz y reclama el por qué de
su histórica exclusión,
inmediatamente pasa a ser un
rebelde, un loco, un desadaptado,
y ahí están las distintas
instituciones preservadoras del
"bien común" (policía, manicomio,
escuadrones de la muerte) que se
encargarán de neutralizarlo
adecuadamente, o eliminarlo si
fuera el caso.
Otro tanto sucede en términos de
colectivos, de grandes grupos
sociales: es impensable que un
habitante del famélico Sur vaya
a algún país europeo o a Estados
Unidos para "ayudarle" a sus
habitantes a salir de sus
atolladeros por la actual crisis
económica, mientras ya pasó a
ser un lugar común que la
población negra del África, por
ejemplo, reciba alimentos
arrojados desde un avión, o que
en cualquier punto de la
"exótica" Latinoamérica se
encuentren trabajadores de
alguna organización no
gubernamental del Norte
construyendo una escuela o
ayudando a establecer un pozo de
agua. Más allá de las reales
buenas intenciones en juego,
esos esfuerzos, con ya 50 años
de venir haciéndose, nunca han
sacado de la pobreza a nadie. Y
en todo caso, si hubo
modificaciones, no pasaron de
ser ejemplos aislados,
individuales. Las sociedades del
Sur siguieron tan explotadas
como siempre. Y vale aquí citar
palabras de una dirigente
indígena guatemalteca que, en
medio de las democracias de baja
intensidad que vive la región
luego de las dictaduras de
décadas pasadas y con planes
neoliberales de empobrecimiento
de las grandes mayorías, dijo
con razón que "nunca tuvimos
tantos derechos humanos como
ahora, pero tampoco nunca
tuvimos tanta hambre como
ahora". Ayuda a luchar contra la
pobreza: sí. Pero si ese
"pobrerío" va más allá de la
dádiva y quiere ser dueño de su
propio destino, si levanta la
voz y quiere decidir por sí
mismo, ahí están las fuerzas de
seguridad, los marines, las
picanas eléctricas.
Por tanto la caridad, en ninguna
de sus variantes, es un camino
válido para plantearse cambiar
la pobreza en el mundo. Por
cierto que sin la más mínima
duda, la situación actual debe
cambiar. Según datos de Naciones
Unidas, hoy día en nuestro
planeta 1.300 millones de
personas viven con menos de un
dólar diario (950 en Asia, 220
en África, y 110 en América
Latina y el Caribe); hay 1.000
millones de analfabetos; 1.200
millones viven sin agua potable.
El hambre sigue siendo la
principal causa de muerte: come
en promedio más carne roja un
perrito hogareño del Norte que
un habitante del Sur. En la
sociedad de la información,
ahora que pasó a ser una frase
casi obligada aquello de "el
internet está cambiando nuestras
vidas", la mitad de la población
mundial está a no menos de una
hora de marcha del teléfono más
cercano y cerca de 1.000
millones están sin acceso, no ya
a internet, sino a energía
eléctrica. Hay alrededor de 200
millones de desempleados y ocho
de cada diez trabajadores no
gozan de protección adecuada y
suficiente. Lacras como la
esclavitud (¡esclavitud!, en
pleno siglo XXI… se habla de
casi 30 millones de personas a
nivel global), la explotación
infantil o el turismo sexual
continúan siendo algo frecuente.
El derecho sindical ha pasado a
ser rémora del pasado. La
situación de las mujeres
trabajadoras es peor aún: además
de todas las explotaciones
mencionadas sufren más aún por
su condición de género, siempre
expuestas al acoso sexual, con
más carga laboral (jornadas
fuera y dentro de sus casas),
eternamente desvalorizadas. Pero
lo más trágico es que, según
esos datos, puede verse que el
patrimonio de las 358 personas
cuyos activos sobrepasan los
1.000 millones de dólares
–selecto grupo que cabe en un
Boeing 747, rubiecitos, bien
alimentados y seguramente
también preocupados por esa
"lucha contra la pobreza" para
la que destinan algunos millones
de dólares de sus fundaciones–
supera el ingreso anual
combinado de países en los que
vive el 45% de la población
mundial. Con esos datos en la
mano no pueden caber dudas que
la situación actual es
tremendamente injusta y que la
pobreza no tiene más explicación
que la mala distribución de la
riqueza. No es un destino
instintivo, definitivamente. Y
aunque Aristóteles Sócrates
Onassis o Diego Armando Maradona
hayan salido de pobres, eso no
es la regla sino la más radical
excepción.
La cuestión, entonces, pasa por
ver cómo se combate ese flagelo
de la pobreza. ¿Cómo se da esa
lucha?
Ahí está la cuestión de fondo:
la pobreza no es sino el síntoma
visible de una situación de
injusticia social de base. En
ese sentido "pobreza" significa
no ser capaz de controlar la
propia vida, ser absolutamente
vulnerable a la voluntad de
otros, rebajarse para conseguir
sus fines propios, empezando por
el más elemental de sobrevivir.
Junto a ello, la pobreza
significa no tener la
oportunidad de una vida mejor en
el futuro, estar condenado a
seguir siendo pobre, con lo que
la vida no tiene mayor atractivo
más allá de poder asegurar la
animalesca sobrevivencia, si es
que se logra.
Combatir contra la pobreza es un
imposible, porque de entrada se
está apuntando mal el objetivo.
Llegó a decirse –tal como lo
hizo algún sacerdote miembro de
una organización caritativa de
ayuda a los más pobres del
mundo, la población en situación
de pobreza extrema, los que
viven con menos de un dólar
diario– que "hay que
despolitizar la lucha contra la
pobreza". Ello es imposible
porque no hay lucha más política
que ésta.
La pobreza no es sino la
expresión descarnada de la
injustica de fondo en que está
basada nuestra sociedad
planetaria. El capitalismo, en
tanto sistema dominante, no
quiere ni puede superar todo
esto (y es obvio que no tiene la
más mínima voluntad siquiera de
planteárselo). Por tanto, luchar
contra la pobreza en esos marcos
no puede pasar de una –en el
mejor de los casos– rimbombante
declaración políticamente
correcta, pero que no tiene la
más remota posibilidad de
transformarse en hechos
concretos. Si alguna lucha es
posible, aunque cueste horrores,
es la lucha contra la
injusticia. Aunque estos pasados
años hayan sido de retroceso en
esta lucha, aunque últimamente
se hayan perdido derechos
sociales conquistados con
profundos combates durante los
primeros años del siglo XX,
aunque la represión y la
derechización de los años 80 del
pasado siglo aún están presentes
y provocando miedo, la lucha
sigue abierta. Pero no es la
pobreza el objetivo final, como
no lo podrían ser, por ejemplo,
los niños de la calle, o la
delincuencia juvenil. Esos son
los síntomas visibles. La lucha
ha sido y continúa siendo la
lucha por la justicia.
Gentileza:: Antonio Marín
Segovia
[antoniomarinseg@orange.es]
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