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Estados Unidos: Los amigos
del rifle
Jorge
Majfud
ALAI AMLATINA
Libertad de expresión
Como cualquier país, como
cualquier sociedad, Estados
Unidos es un cúmulo de
contradicciones. Gracias a la
libertad de expresión
rigurosamente reconocida por ley
y por tradición, una persona
puede desfilar con la bandera
nazi por una calle sin
consecuencias legales. En Europa
basta que un historiador o un
panadero cuestionen una parte de
la historia oficial sobre el
nazismo para ir a la cárcel,
como si la libertad se pudiese
proteger de los brotes
autoritarios con métodos
autoritarios. Como si la verdad
se pudiese legislar. Como si la
verdad necesitase de la policía
para sobrevivir a las agresiones
de la ignorancia.
Pero en Estados Unidos el
derecho a la libre expresión
irremediablemente lleva a otra
contradicción. Al no existir,
como en muchos países, la misma
figura criminal de la apología
del delito, una persona o un
grupo pueden incitar al odio. El
odio no está prohibido. Solo se
puede prohibir los crímenes por
odio. El argumento que sostiene
esta práctica no es malo: si
limitamos a unos su derecho de
expresión, unos estarían
tomándose atributos sobre otros
sobre qué se puede decir y qué
se debe callar.
De cualquier forma, en los
hechos ni la libertad ni la
libertad de expresión son
iguales para todos. En los
países con gobiernos
autoritarios el Estado censura y
controla la libertad de
expresión; en países
capitalistas como Estados Unidos
el capital censura y administra
la libertad de expresión, ya que
un millonario siempre tendrá
algunos millones de
oportunidades más que un obrero
para expresar su voz o para
promover su agenda política (to
lobby).
Sin embargo, si ante estas
contradicciones casi
irresolubles fuese necesario
elegir entre encarcelar a los
locos y revisionistas y tener
que escuchar las peores ideas y
expresiones de los peores
criminales, me quedo con esta
última opción.
Derecho a portar armas
Otra contradicción fundamental
surge en disputas éticas y
legales como el derecho a portar
armas para la defensa propia.
Recientemente se ha reinstalado
el debate en Estados Unidos
sobre la validez de portar
armas. En los campus
universitarios están prohibidas
pero en Utah existen casos donde
la ley lo garantiza.
No hace mucho un amigo me decía
que no son las armas las que
matan a las personas sino las
personas que las usan. Aunque
esta es una verdad irrefutable e
innecesaria, advertí que el
argumento venía en defensa del
porte de armas. Según sus
defensores, la Segunda Enmienda
de la constitución de Estados
Unidos lo garantiza junto con el
derecho a la autodefensa. No
está claro si el sujeto de
derecho se refiere a los
individuos o a los pueblos.
Tradicionalmente, la poderosa y
bien temida Asociación del Rifle
de Estados Unidos ha usado el
mismo argumento para defender la
propiedad y el millonario
mercado de armas que circula en
este país.
Sin embargo, no es lo mismo un
criminal con un palo que con una
pistola.
Si como víctima tuviese la
libertad de elegir, yo elegiría
la primera opción. No solo
porque mis posibilidades de
sobrevivencia serían mayores
sino porque al menos me quedaría
algo de mi derecho a la
autodefensa, ese derecho que
tanto esgrimen los amantes del
rifle y que protege la
constitución.
Mientras volaba por la autopista
I-95, camino a la universidad,
escuchaba esta misma discusión
por PBS, la radio publica. Quien
criticaba este derecho a portar
armas por defensa propia
argumentaba que de esa forma
pronto cada ciudadano podría
portar una bazooka. Quien
defendía este derecho respondió
que ese tipo de armas no están
contempladas como armas de
defensa individual.
La discusión es infinita y, por
alguna razón, se detiene y se
pierde en ad hocs.
Ahora, como la discusión se
centra en los aspectos legales
de las interpretaciones
constitucionales, nada mejor que
ir a la fuente. La Segunda
Enmienda es muy simple y no
especifica el tipo de arma que
se contempla.
De hecho, la enmienda se refiere
a las milicias populares y a los
ejércitos organizados.
Simplemente reza: "Una milicia
bien regulada, siendo necesaria
para la seguridad de un Estado
libre, el derecho del pueblo de
portar armas, no debe ser
vulnerado".[1] Esta enmienda se
comprende si recordamos que los
padres fundadores de Estados
Unidos en su mayoría hacían gala
de un espíritu anarquista y
solían repetir que los pueblos
tenían derecho a revelarse
contra cualquier gobierno que se
extralimitase en sus atributos.
Irónicamente, esto es lo último
que quieren recordar los
conservadores más radicales que
abogan por un gobierno mínimo
con un ejército máximo.
También el "right to keep and
bear arms" es otra de las
contradicciones constituyentes y
fundadoras que podemos observar
en cada país. Toda constitución
reconoce que lo legítimo es
superior y preexiste a lo legal,
pero al legalizar lo legítimo
proscribe toda legitimidad
ilegal.
Es decir, la constitución
defiende el derecho civil a la
rebelión y al uso de armas
contra el poder oficial, pero en
muchos casos cada legitimidad,
los límites de cada derecho,
puede ser materia de discusión.
Como los limites de la líbre
expresión, del porte de armas y
del derecho a la modificación de
la misma constitución.
Ahora, si los mismo defensores
de las armas reconocen que ni un
tanque de guerra ni una bazooka
pueden ser considerados como
armas de defensa personal,
¿dónde está el limite legítimo y
legal? ¿Por qué, por ejemplo,
este derecho constitucional cesa
completamente en los
aeropuertos?
La solución, entiendo, aun desde
el punto de vista más
conservador (los defensores de
las armas son el extremo más
conservador de la sociedad
americana) consiste en ir
directamente al tiempo en que
fue escrita la enmienda que se
evoca con tanta pasión. Es
decir, 1791.
Supongamos, arbitrariamente, que
la palabra "arms" no se refiere
a un palo ni a un cuchillo. Se
refiera a un arma de fuego. Por
entonces, el arma de fuego
personal más peligrosa no era
mucho más que una pistola tipo
flintlock (mosquete o revolver
de chispa).
Una pistola estándar en 2010
puede alcanzar una distancia de
cincuenta a cien metros. A poco
menos distancia puede volarle la
cabeza a cualquier ser humano
con un solo disparo. Un viejo
trabuco o una flintlock
difícilmente podrían herir de
gravedad a un hombre a quince
pasos. Por algo este tipo de
pistolas eran comunes para uso
personal y para la práctica de
duelos, precisamente porque los
contendientes rara vez perdían
la vida por un disparo a corta
distancia. Quienes se defendían
de un delincuente salvaban la
vida, la vida propia y la vida
del delincuente; quienes se
defendían de un agravio salvaban
el honor en el siglo XIX y
hacían el ridículo en el siglo
XX.
Si la diferencia entre una
pistola y una bazooka, entre un
arma legal y otra ilegal, es su
poder de destrucción, la misma
lógica debemos aplicar para
distinguir una pistola antigua
de una pistola moderna. El
diablo y la diferencia
constitucional están en el
adjetivo.
La solución técnica y legal es
obvia. Si defendemos la Segunda
Enmienda desde una perspectiva
verdaderamente conservadora, las
únicas armas que podrían ser
legales para uso individual no
podrían tener más potencia ni
ser mas peligrosas que una
equivalente a una flintlock de
1790. Es decir, algo poco más
potente que una onda o una
piedra lanzada con la mano.
- Jorge Majfud, Lincoln
University, marzo 2010.
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