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El Juancito Balvanera no había
nacido para orador. Pero cuando
en una discusión todos pensaban
que le había llegado la hora de
sonar como arpa vieja, siempre
encontraba verso para salir del
zopo. Que fueran puros globos,
poco iba a quitarle el sueño,
porque según su opinión, en
dialéctica el fin justifica los
medios. O sea, que guardando las
distancias, este coso resultó
ser tan falseta como otro
maestro en el arte de engrupir.
El finadito Houdini, ese que lo
ataban con cadenas y le metían
siete candados, pero se las
arreglaba para rajar antes de
que sonara el timbre, sin tener
a mano siquiera un fierrito para
usar como ganzúa. Un valor que
en paz descanse. Baza que
arrimamos con respeto, porque
raras avis de tal calibre casi
no quedan. Y ya lo dijo
Cervantes: ¡Magos eran los de
antes!
Llegado este punto, sería muy
válido preguntarse de qué sota
estamos hablando. Y se la voy a
batir tan tranqui, porque es
cosa de prestigio. Estamos
hablando de prudencia, señores,
esa virtud que Santo Tomás de
Aquino dividía en una barra de
virtudes menores. Algo tan poco
común como palpitar
correctamente para dónde debe
tirarse el arquero, cuando le
patean un penal.
Pero quédesen piolas en el
molde, que errare humanum est.
Por ejemplo, una de las mayores
metidas de pata cuando culmina
el noviazgo es ponerse a
discutir las condiciones que
tramoya el cura, antes de que
des el sí. En esos casos, la
mano viene tan bruta, que
conviene callarse la boca, y por
educación, no responder más que
a las “buenas tardes”. Así
tampoco entran moscas, como dice
el refrán, con lo fulero que es
andar después con la luenga en
crisis, si se te mete una
avispa, aprovechando la volada.
De esas que te hacen poner el
grito en el cielo. Opiniones hay
muchas, dijimos, pero cuando uno
está en apuros, lo mejor es
contestar incoherencias, que no
comprometen a nada concreto, y
al interlocutor le arman un
terrible menjunje en la
claraboya.
-Decime, macho...¿Prometés darle
de morfar a la Hortensia hasta
que la muerte los separe?
-¡Pare, padre...! No nos tomemos
las cosas con tanto fanatismo,
que esto del matrimonio era
solamente un tema de
conversación.
-¿Conversación, con siete meses
de panza?
-Depende de cómo se lo mire,
padre... A lo mejor el niño
termina siendo cura, obispo o
cardenal. Una bendición del
Señor.
-¡Rajáte por la tangente,
nomás...!
Pero hay otros dichos que aporta
la filosofía popular, para que
antes de decir macanas, uno la
piense un cacho. Me viene a la
testa “por la boca, muere el
pez”. O sea que todas las
porquerías que te llenan el
balero cuando ves al minaje
sacudiendo la carnaza por el
microcentro, hay que
callárselas. Nunca sabés si la
nami es hermana de botón, o si
es un gay disfrazado de pendeja.
Cualquiera de los dos errores es
nefasto, porque si el coso calza
de 44 para arriba, te puede
asentar una patada en el culo
como para poner en órbita al más
inspirado. Y eso es precisamente
lo que le pasó a un hincha de
Racing que conocí en el
colectivo cuando íbamos a la
Bombonera para golear, y salimos
chupándonos un pesto para
escarnio de las futuras
generaciones. 6 a 0, como bien
sabrás.
-Lo del partido, no me preocupa,
porque son cosas del fóbal. A
nadie le hace daño que cada
tanto le metan una lluvia de
pepinos para mantenerlo
despierto.
-Eso no es todo.
-Claro que no, pero lo de la
nami es grave. Parecía un
angelito de Playboy. Como para
ensartar a cualquier vecino
confiado en su suerte -dijo el
loco.
-¿Y te costó mucho el entrevero?
-Cincuenta euros para empezar a
conversar, y el resto como menú
“a la carta”.
-Oia, mi dió.
-Que te afanen la mosca como a
un gil, jode, no nos engañemos.
Pero lo peor fue cuando
empezaron las exploraciones, y
encontré un bulto sospechoso
donde debía haber espacios
libres.
-Vení, nene, que tu mami te va a
hacer un mimito -dijo el
engendro, asomándole una mirada
torva abajo de las pestañas
postizas.
-¿Yqué hiciste, para salvar el
invicto?
-Abrí la puerta y salí rajando,
antes de que fuera tarde.
-Ella salió a la ventana, y
chillaba, media en cueros, con
la melena al viento.
-Volvé, boludo, que no sabés lo
que vas a perderte!
Yo apenas conseguí cerrarme el
cierre relámpago que guardaba
mis signos de identidad, y corrí
hasta la parada del bondi, con
los tamangos en la mano.
Entonces respiré más tranqui,
pero cuando apareció un botón,
me puse al lado, por si las
moscas. Como aconseja un gotán
de la guardia vieja, que de fija
te acordás.
-Ponéle la firma, che...
El silencio es una opción, y sus
razones son múltiples,
generalmente basadas en la
prudencia. Por eso, otro de los
consejos que se pueden dar a la
muchachada es no hablar cuando
uno es medio brutazo. Porque hay
un complot, más que nada de
chilenos, socialistas y falsos
intelectuales, esperando que
metas las de andar, para sacarte
el cuero. Especialmente se debe
evitar la tentación de mandarse
un parrafito en sueco para
inmigrantes cuando vas a las
fiestas que organizan los
sidicatos en el Folkets Park. La
discriminación es cosa del
pasado, pero corrés el riesgo de
que te afanen, te amasijen, o te
dejen peor parado que la torre
de Pisa. Ese consejo es
especialmente válido cuando hay
moscas, así no se meten en la
busarda, lo cual es una tortura
china que sólo se la deseo a los
hinchas de River Plate.
Y como el silencio, para que sea
útil, debe ser selectivo,
seguiremos buscando situaciones
aptas para el desmadre, con el
didáctico fin de educar al
soberano. Primero, aconsejamos
al cursillista no hablar cuando
tiene la boca llena de ravioles
caseros o pizza con muzzarella,
que se pega todavía más. En
tales casos si no hay trifulca,
uno la saca baratieri. Pero
cuando alguien empieza a
llevarte la contra, se te va el
morfi por mal camino, y si estás
nervioso, empiezan los ataques
de tos. Lo cual de por sí es
medio incómoda, pero con pasta
en la busarda, esta se
convulsiona, y los bataraces
tienen un alcance de veinte
metros, parte baja. Un gringo
conocido murió así, y como era
medio pescado, en el epitafio le
pusieron una frase para escarnio
de futuras generaciones: “Por la
boca murió el pez”.
Por fin, llegaremos a lo más
substancioso del tema. El tiempo
es oro cuando hay poco que
decir. Dicho en otras palabras,
hay que rajar a la tentación de
hablar al cohete, y dedicárselo
a la señora, a los pibes, o a la
muchachada del club. Caso
contrario, acabás siempre en
galletas. Vea si no, lo que le
pasó a otro valor de mi cuadra,
el tano Pettinari, por no
callarse a tiempo. Era amigo del
Juan, pero apenas escuchaba sus
consejos.
-Que sé prudente, Tano.
-Que el marido es boxeador.
-Que te va a ver todo el barrio.
De nada sirvieron las buenas
intenciones, con el embale que
llevaba el interesado.
-¿Va sola, piruja? -dijo al
verla pasar.
Ella no contestó, desparramando
olor a perfume francés.
-Contestáme, mi amor, que me
muero por vos...
-¿Lo decís de corazón?
-¡Por la memoria de mi vieja!
-Entonces, pasá al salón.
Adentro aquello era un sueño de
color rosado.
“Pisito que puso Maple, piano,
estera y velador,
un telefón que contesta, una
fonola que llora,
viejos tangos de mi flor, y un
gato de porcelana
pa’ que no maulle al amor...”
-decía el tango.
Pettinari sacó fuerzas de
flaqueza para apechugar con esa
hembra, que era lo más rotundo
que había pisado jamás las
calles de Villa Urquiza. Pero
las glorias de este mundo son
efímeras, y ya estaba por
completar la cuarta vuelta,
cuando apareció el dorima.
-¡Yo te mato, garchándote a mi
señora, hijo de puta!
-Tranquilo, don Ernesto, que
todo tiene solución.
Don Ernesto tenía un Colt 45 en
la mano.
-Entonces tenés que
indemnizarme. Son dos lucas.
-No tengo tanto dinero encima...
-¿Y la tarjeta de Visa?
-Sírvase.
-¿Contado o en tres cuotas?
Así terminó una aventura que se
pudo haber evitado, de saber
callar.
THE END
Copyright: John Argerich,
2007
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amasijo" se publica regularmente
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