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El amasijo

El que espera, desespera

(Donde se habla de promesas a cumplir en el año verde)

Por: John Argerich


 


La ansiedad no conduce a nada bueno -solía decir mi tío, el finado Florencio Sosa, que en paz descanse.

Y para los que pongan en duda su enseñanza, ahí van una pequeña crónica. Que en esta clase de fatos, de la teoría a la práctica sólo falta rempujarlo suavecito al punto. La vuelta que les voy a contar, yo estaba bajándome un feca en el Bar Gorostiaga, donde paro desde hace años. Y los muchachos empezaron a hablar de la pacencia. Alguien dijo que el colmo de ésta era meter un zapato adentro de una jaula, y sentarse a esperar que cante.
-O dejarle una zapatilla al lado -agregué yo- y ponerse a elegir nombres para los pibes. Ejemplos de ansiedad, que aunque poco se los mire, a nada conducirán. Pero ese mal siempre estuvo presente en nuestra cultura.
“El que espera, desespera, es también refrán de amor...
¡No dejés para mañana lo que puedas hacer hoy!”
-proclamaba una letrita de cuando éramos péndex.

Sano consejo, aunque también es cierto que de buenas intenciones está alfombrado el camino del infierno. Quien piense de otra manera, léase lo que vamos a contar.

“A la vejez, viruela”, sabían decir las viejas de pura envidia, celebrando alguna goleada tardía.
-¿Sabe, doña Mecha, que el Sufragio Piruletti anda con la hija del almacenero, que es cuarenta años más joven que él? Yo no sé qué le queda para ofrecerle, con esa facha de mortadela.
-El carrozaje dejó de ser problema, señora, desde que apareció la Viagra. Las pastillas son caras, pero los muchachos que parecían destinados a tomar sol per sécula seculorum en el banco de la plaza, ahora hacen capote, como allá en los años 40. ¿Recordás lo que te cuento, o no?
-¿Si me acuerdo de qué?
-De cómo se chapaba en el zaguán, al volver de la milonga.
-De parado, y con el novio en sobretodo, por si las moscas.
-O con poncho criollo, que cubre más.
-Precauciones ante el acoso de los parientes, con la moraleta de entonces. Que si los cachaban haciéndose ojepto de malos tratos, les salía del cuore un grito de guerra para hacerlo cagarse de pánico al más pintado.
-No me acuerdo de éso.

-Te lo cuento. La consigna para que bajaran los cuñados con el cuchillo de la cocina era bien clara. “¡Ambulancia para uno, sacacorchos para otro!” Y caer en sus manos era como estar en el patíbulo, con la soga mordiéndote el gañote. ¿Qué ibas a negociar? Día del entierro o fecha y hora de esponsales, nada más.
-¡Mamma mía...!
Y como esa generación era puntillosa, nada quedaba librado al azar. Así que de haber confites, el padrino de la novia solía aparecerse muy sonriente, pero con un 45 a la cintura. Por si las moscas.
-Toma por esposa a la Guillermina Susana Rucci Escobar y Obes, hasta que la muerte los separe?
Entonces el padrino apretaba, haciéndote sentir el caño en las partes más sensibles del costillar.
-¡Decí que sí, o sos fiambre!
-Si.
Se intercambiaban los anillos, y cuando el del chumbo te daba un abrazo, sobrevenía el deshielo
-¡Felicidades, hijo mío!
Pero vos íntimamente no habías aceptado la reducción al estado de vasallaje, y como única forma de esquivarlo te ponías a esperar las parcas. O a juntar guita para un pasaje de ida a la selva del fin del mundo, donde tus carceleros no pudieran llegar jamás. Tipo Papillón, pero al vesre. Que si te chapaban en fatos de cornamenta, podías terminar vichando las margaritas del lado de la raíz.
-¡Vaya amansadora la que te aguarda, chaval! -dijo un andaluz que por allí pasaba.

Y cantó propio la justa. Que mesejante encierro era como dictarte prisión perpetua, sin derecho a condicional.

Pero no hay por qué seguir machacando con un tema tan pesado, cuando las antípodas también son válidas. O sea, que la minusa se tome el pire, dejándote más planchado que cuello de camisa nueva. Y si nos ponemos a cirujear en los tachos del recuerdo, sale un groso memorial. Por ejemplo, el toña que lo dejaron esperando con la vela en la mano, casi más. Neto desaire para cualquier varón. Y eso es lo que le pasó a otro valor de mi cuadra, el Casote Tamborini, como le decían por su famoso uppercut. Andaba como escrachado del coco por una hembra que era un bombón. Apenitas entradita en carnes a pesar de los treinta y cinco, tetuda, y con un culo respingado para infartar al más gil. Lo que se dice percanta y medio, en la lunfa madre. Y lo amuró al Casote como un chorlito, de tanta ilusión.
-Buenas tardes, niña, seré curioso. ¿Va sola? -dijo un día, cuando la vió paseando el perro por la calle Nicaragua.
-Hasta la esquina, nomás.
-Entonces, la acompaño.
-Me esperan mi novio y sus tres hermanos, que son boxeadores. Si tenés algo que decir, hablá rápido.
-Me quiero casar con vos.
-Esperate sentado, che.
El pobre ñato no entendió bien lo irónico del mensaje, y se compró un silloncito, para ponerlo en el balcón. Un sitio desde donde observaba bien la cuadra, decorado con macetas rojas llenas de dalias y malvones. Y desde allí deshojaba margaritas, mirándola pasar.
-Me quiere mucho, poquito, nada...
Pero un día, sin que nadie lo previera, ocurrió la tragedia. Como en los tangos. Primero apareció en la vedera el viejo de ella, vestido de etiqueta. Un franchute de mostacholis finitos, que se llamaba don Gastón. Después algunos familiares, y al final, propio la Loli, del brazo de un payuca con facha de ortiba. Estaba claro que la espera del Casote había terminado. Entonces tuvo una horrenda premonición, y vio imágenes trágicas. Nada menos que el amor de su vida cebándole mate a ese turro.¿Para qué seguir? No hizo falta más nada para hacerle volar los pájaros. Y con un rugido salvaje, saltó sobre la multitud, para hacer valer los argumentos de su famosa izquierda. Así volaron funyes, tamangos, plumas y claveles. Unos entusiastas se sacaron el saco, arremangándose para la gresca, y los vecinos tomaban parte, creando ambiente.
-¡Me cago en ese grone y viva don Casote, porque conozco a los Tamborini, desde que llegaron de Italia! -gritaban los amigotes.
Al ratito, no quedaban en pié más que el furioso amante y la Loli.
-¿Te querés casar conmigo, ahora?
-¡Sí, héroe de mi corazón!
-Entonces los declaro marido y mujer -dijo el cura, para cobrar unos mangos de propina, y que acabaran de romperle la iglesia.
Dos ambulancias llenaron el horizonte con su alarido, mientras convergían en el campo de batalla varios patrulleros de la Federal. Igualito que en las series policiales norteamericanas que dan por televisión.
-¡Felicitaciones, pibe! -dijo un sardo, que también paraba en el Bar Gorostiaga.
A lo cual agregó, con celo profesional:
-¡Y los que están en el suelo no se desacaten, y vayan mostrando documentos a la autoridá competente!
Tamborini sacó del garage un viejo Ford, que solamente arrancaba cuando se le cantaban las bielas.
-¿Vas a andar esta vuelta, che?
-¡Grrr...! -repuso el viejo motor en “V”, echando los bofes.
Y los novios tomaron el Acceso Oeste, para perderse rumbo al regazo infinito de la patria. He aquí otro ejemplo de lo que sapa a veces, cuando te quedás esperando piola en el molde. Porque, para todo existe un límite, y el que la hace, tiene que formar. O como bien dijo Taboada:
“El que plantó la lechuga, me se morfa la ensalada”
“Recién casados”, rezaba el cartel.

THE END
 

Copyright: John Argerich, 2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 32 medios de 10 países.

 



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