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DEL DICHO AL HECHO, Por: John Argerich
 

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El amasijo

DEL DICHO AL HECHO
(Donde se habla de que no hay una sin dos)


Por: John Argerich


 


El artículo 18 de la Constitución Nacional, establece una norma básica del estado democrático: "Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas." Claro que las cosas no se pueden tomar al pie de la letra.

-Mire, che... -dijo el Ciriaco di Giovanni apretando las cejas, mientras le ponía un poco más de yerba al mate -en esta vida, lo más difícil es siempre hacer las cosas por primera vez.
Sabias palabras, que no dejan de machacarme el balero, porque si caí en cana fue por chapucerías de principiante. Es que el mundo está en contra de uno. Los dentistas aprenden a afanarte con el verso del implante, en la propia facultad. Los contadores y los abogados te parlan en jeringoso, y cuando querés pedir changüe, estás ensartado hasta el jamón. Incluso los zapateros remendones reciben entrenamiento de fábrica para poner suelas plásticas en los tamangos, y cobrarlas como si fueran de cuero. Solo el pobre carterista tiene que ser autodidacta, haciendo falta un superdotado para conformar al público en general. Sobreviven los buenos, y andan sueltos los mejores. Claro que con el control de calidad cuando caés en cafúa, cabe esperar poco favor a la tradición que mamaste de purrete.
-Yo digo que, como hay escuelas para recibirse de fraile o de plomero, debería haber instituciones de enseñanza que prepararan al chorro de un país moderno -continuó el Ciriaco, dando cátedra- Que si no hubiera ladrones, se fundirían las compañías de seguros. O sea un bachillerato alternativo. No solamente peritos mercantiles, bachilleres y maestros mayores de obra, sino también chorros con título nacional. Puro sentido de lo práctico: Así se haría más sencillo formar gabinete, cuando hay bajas por bronca entre los políticos.
-Y cubrir los cargos de jerarquía en cualquier oficina pública -agregaron dos somellis con cara de lechón.
-Ese problema siempre lo vieron claro los milicos, -agregó el yoni Pemberton, especialista en fabricar pasaportes, registros de conductor y DNI que hacían sudar de envidia a los auténticos.
Entonces sonó la campana.
-RIIING...
Había terminado el recreo, y era hora de volver a las ratoneras.
-Nos vemos antes de cenar -se despidió di Giovanni, poniéndose en fila para salir del comedor.
-¡Caminen, negros de mierda! -gritó un guardián, que le decían "Melena", por las chuzas hasta los hombros.
Tipo de pocas palabras, y nacido para botón. Así que le dio una feroz patada en el culo al primer recluso, para apurarlo. Pero la maniobra salió mal, porque impactó en el hígado, y el interno casi más se viene en banda. El que iba después intentó echarse a un lado para eludir alguna torta perdida, pero patinó sobre unas papas del guiso, quedando planchado contra la lona. Entonces se armó un despiole flor y flor.
-¡Tomá otro casote, atorrante!
-¡Así te quería chapar!
Sobrevino una lluvia de piñas, y cuatro guardias quedaron encerrados entre la multitud de presos que empujaba para salir del comedor. No hace falta decir que les rompieron el alma, afanándoles cuanto llevaban puesto. Salvo los calzoncillos patria, que son prenda poco apta para despertar codicia en el penal. Después los encerraron en el cuartito de la limpieza. Pero entre los internos cundía el pánico, porque en cualquier momento podía aparecer la Federal. Y los acontecimientos se desenvolvían más rápido de lo que toma contarlos. Apenas recobrados de la primer sorpresa, los guardias tocaban furiosamente sus silbatos, y empezaron a sonar timbres de alarma.
-¡Otra rosca en el comedor! -dijo el director del penal, mientras se ponía la camiseta color caki.
-Siempre pasa igual. No nos dejan tranquilos cuando estamos en lo mejor... -se quejó la jefa de Lavado y Planchado.
-Un funcionario de prisiones, apenas tiene vida privada... -repuso él- ¡Todo sea por la Institución!
Después se puso las botas, resabio del prestigio que una vez tuvo el arma de caballería.
Se enfundó en la chaquetilla y el correaje, controló que la pistola estuviera en su sitio, y salió con paso firme, mientras se alisaba el bocho con la mano. Que, rapado a cuchilla doble cero, no necesitaba peine, brillantina, ni otros aderezos. Ya lo dijimos antes: Un milico al cien por cien.
-¡Subordinación y valor! -gritó la Rosita, ocultando una sonrisa, bajo las sábanas con bordes que decían "Ministerio del Interior".
-¡Para defender a la patria! -repuso él, con aguerrido automatismo, mientras cerraba la puerta de madera, pintada color celeste.
-Enseguida vuelvo... -agregó.
En la pared había un mensaje escrito con laconismo castrense. "Aposento del Señor Director. Solicite turno en la Oficina de Guardia".
-¡Metalén con todo, así estos hijos de puta respetan a los presos! -dijo un jefe de cuadrilla
Y sus palabras hallaron eco, porque con la porquería que había sido el lastre, todos se iban al mazo rumiando bronca. Un grupo de penados usó mesas, sillas y mostradores para barricar las puertas. Otros, más prácticos, abrieron la heladera y se dieron un banquete como no hubieran soñado hace media hora. En esas circunstancias, por el sistema de altoparlantes se oyó la voz del director.
-¡Internos de la Unidad Carcelaria! -advirtió- Regresen de inmediato a sus celdas, y no se tomarán medidas disciplinarias. Caso contrario, dentro de cinco minutos desalojaremos el comedor, y los cabecillas serán castigados, como establece el Reglamento.
-¡Se armó la rosca! -dijo un petizo que en la vida diaria había sido descuartizador.
-¡Votemos! -gritó otro penado de buena reputación, el Lolo Pérez, con fama de haberse despachado a toda la escudería del Almacén don Emilio (anexo cancha de bochas), por piropear a su novia cuando pasó en minifaldas.
Lo cierto es que desde una ventanita que da a la calle, se observaba cómo iban llegando los carros de asalto color azul.
-¡Araca la cana! -gritó alguien- ¡Rajemos pa' dentro, o nos cagan a garrotazos!
El regreso a los calabozos tuvo lugar sin más discusiones. Los guardias quedaron libres, no sin antes chuparse algun piñazo. Por tradición más que nada, porque los ánimos no estaban tan cargados como para reventarlos a sopapos. Pero de toda situación se debe sacar siempre la mejor parte, y antes de hacerse humo, los muchachos se tomaron el vino que los celadores tenían guardado en un armario. Así que cuando llegaron los azules, el interrogatorio fue imposible, porque los presos estaban en curda.
-¿Cómo te llamás?
-José de San Martín.
-¿Y el que está abajo de la cama?
-¡Domingo Faustino Sarmiento, señor!
-No pierda el tiempo, mi cabo -dijo un morocho retacón- Estos presos han chupado tanto, que ya ni saben ni cómo se llaman.
Así terminó el motín. Como una llamarada que se extingue tras un instante de luz. Al día siguiente, dos reclusos hacían cola para ver al enfermero.
-¿Y qué me dice del despiole de ayer en el comedor, don Ciriaco?
-Yo no llegué a chuparme más que medio litro de tinto.
-Cosa de principiantes. No voy a proponer rajarnos porque, con los perros, te traen de vuelta a la media hora. Pero si el motín se hubiera organizado en forma, podíamos haber llegado a la bodega del director.
-Nada sale bien la primera vez -razonó el colega.
-Tenerlo en cuenta en el futuro, porque no hay una sin dos.
-Ni dos sin tres -asintió otro penado, que iba a la enfermería..
En eso se abrió la puerta, e hizo aporte el matasanos empuñando una jeringa. Un pibe recién salido de la facu, que hacía prácticas en el mejor hospital del mundo. La cárcel, donde si los pacientes se mueran, no es un borrón en la foja de servicios. Pero el chico tenía miedo al "¿qué dirán?" y temblaba como una hoja.
-No se preocupe, dotor -dijo el Ciriaco- que en este mundo todo tiene su precio. Por dos botellas de alpiste lo dejo que me pinche a mí todos los días, así aprende.
-¿No tenés miedo?
-De entrada da julepe, pero la segunda vuelta es más fácil. Después de eso no hay dos sin tres, y terminás hecho el manosanta de la inyección.
"Si aprendemos bien, podríamos recetar pinchazos todos los días, y ganar guita vendiendo las jeringas usadas, que quedan con una pinta bestial después de lavarlas", pensó el jefe de sala.
Dicho en dos palabras: Basta la salud. He aquí otro ejemplo de cómo rige nuestras vidas el precepto constitucional.

 

Copyright: John Argerich, 2008
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 32 medios de 10 países.

 



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