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El artículo 18 de la
Constitución Nacional, establece
una norma básica del estado
democrático: "Las cárceles de la
Nación serán sanas y limpias,
para seguridad y no para castigo
de los reos detenidos en ellas."
Claro que las cosas no se pueden
tomar al pie de la letra.
-Mire, che... -dijo el Ciriaco
di Giovanni apretando las cejas,
mientras le ponía un poco más de
yerba al mate -en esta vida, lo
más difícil es siempre hacer las
cosas por primera vez.
Sabias palabras, que no dejan de
machacarme el balero, porque si
caí en cana fue por chapucerías
de principiante. Es que el mundo
está en contra de uno. Los
dentistas aprenden a afanarte
con el verso del implante, en la
propia facultad. Los contadores
y los abogados te parlan en
jeringoso, y cuando querés pedir
changüe, estás ensartado hasta
el jamón. Incluso los zapateros
remendones reciben entrenamiento
de fábrica para poner suelas
plásticas en los tamangos, y
cobrarlas como si fueran de
cuero. Solo el pobre carterista
tiene que ser autodidacta,
haciendo falta un superdotado
para conformar al público en
general. Sobreviven los buenos,
y andan sueltos los mejores.
Claro que con el control de
calidad cuando caés en cafúa,
cabe esperar poco favor a la
tradición que mamaste de purrete.
-Yo digo que, como hay escuelas
para recibirse de fraile o de
plomero, debería haber
instituciones de enseñanza que
prepararan al chorro de un país
moderno -continuó el Ciriaco,
dando cátedra- Que si no hubiera
ladrones, se fundirían las
compañías de seguros. O sea un
bachillerato alternativo. No
solamente peritos mercantiles,
bachilleres y maestros mayores
de obra, sino también chorros
con título nacional. Puro
sentido de lo práctico: Así se
haría más sencillo formar
gabinete, cuando hay bajas por
bronca entre los políticos.
-Y cubrir los cargos de
jerarquía en cualquier oficina
pública -agregaron dos somellis
con cara de lechón.
-Ese problema siempre lo vieron
claro los milicos, -agregó el
yoni Pemberton, especialista en
fabricar pasaportes, registros
de conductor y DNI que hacían
sudar de envidia a los
auténticos.
Entonces sonó la campana.
-RIIING...
Había terminado el recreo, y era
hora de volver a las ratoneras.
-Nos vemos antes de cenar -se
despidió di Giovanni, poniéndose
en fila para salir del comedor.
-¡Caminen, negros de mierda!
-gritó un guardián, que le
decían "Melena", por las chuzas
hasta los hombros.
Tipo de pocas palabras, y nacido
para botón. Así que le dio una
feroz patada en el culo al
primer recluso, para apurarlo.
Pero la maniobra salió mal,
porque impactó en el hígado, y
el interno casi más se viene en
banda. El que iba después
intentó echarse a un lado para
eludir alguna torta perdida,
pero patinó sobre unas papas del
guiso, quedando planchado contra
la lona. Entonces se armó un
despiole flor y flor.
-¡Tomá otro casote, atorrante!
-¡Así te quería chapar!
Sobrevino una lluvia de piñas, y
cuatro guardias quedaron
encerrados entre la multitud de
presos que empujaba para salir
del comedor. No hace falta decir
que les rompieron el alma,
afanándoles cuanto llevaban
puesto. Salvo los calzoncillos
patria, que son prenda poco apta
para despertar codicia en el
penal. Después los encerraron en
el cuartito de la limpieza. Pero
entre los internos cundía el
pánico, porque en cualquier
momento podía aparecer la
Federal. Y los acontecimientos
se desenvolvían más rápido de lo
que toma contarlos. Apenas
recobrados de la primer
sorpresa, los guardias tocaban
furiosamente sus silbatos, y
empezaron a sonar timbres de
alarma.
-¡Otra rosca en el comedor!
-dijo el director del penal,
mientras se ponía la camiseta
color caki.
-Siempre pasa igual. No nos
dejan tranquilos cuando estamos
en lo mejor... -se quejó la jefa
de Lavado y Planchado.
-Un funcionario de prisiones,
apenas tiene vida privada...
-repuso él- ¡Todo sea por la
Institución!
Después se puso las botas,
resabio del prestigio que una
vez tuvo el arma de caballería.
Se enfundó en la chaquetilla y
el correaje, controló que la
pistola estuviera en su sitio, y
salió con paso firme, mientras
se alisaba el bocho con la mano.
Que, rapado a cuchilla doble
cero, no necesitaba peine,
brillantina, ni otros aderezos.
Ya lo dijimos antes: Un milico
al cien por cien.
-¡Subordinación y valor! -gritó
la Rosita, ocultando una
sonrisa, bajo las sábanas con
bordes que decían "Ministerio
del Interior".
-¡Para defender a la patria!
-repuso él, con aguerrido
automatismo, mientras cerraba la
puerta de madera, pintada color
celeste.
-Enseguida vuelvo... -agregó.
En la pared había un mensaje
escrito con laconismo castrense.
"Aposento del Señor Director.
Solicite turno en la Oficina de
Guardia".
-¡Metalén con todo, así estos
hijos de puta respetan a los
presos! -dijo un jefe de
cuadrilla
Y sus palabras hallaron eco,
porque con la porquería que
había sido el lastre, todos se
iban al mazo rumiando bronca. Un
grupo de penados usó mesas,
sillas y mostradores para
barricar las puertas. Otros, más
prácticos, abrieron la heladera
y se dieron un banquete como no
hubieran soñado hace media hora.
En esas circunstancias, por el
sistema de altoparlantes se oyó
la voz del director.
-¡Internos de la Unidad
Carcelaria! -advirtió- Regresen
de inmediato a sus celdas, y no
se tomarán medidas
disciplinarias. Caso contrario,
dentro de cinco minutos
desalojaremos el comedor, y los
cabecillas serán castigados,
como establece el Reglamento.
-¡Se armó la rosca! -dijo un
petizo que en la vida diaria
había sido descuartizador.
-¡Votemos! -gritó otro penado de
buena reputación, el Lolo Pérez,
con fama de haberse despachado a
toda la escudería del Almacén
don Emilio (anexo cancha de
bochas), por piropear a su novia
cuando pasó en minifaldas.
Lo cierto es que desde una
ventanita que da a la calle, se
observaba cómo iban llegando los
carros de asalto color azul.
-¡Araca la cana! -gritó alguien-
¡Rajemos pa' dentro, o nos cagan
a garrotazos!
El regreso a los calabozos tuvo
lugar sin más discusiones. Los
guardias quedaron libres, no sin
antes chuparse algun piñazo. Por
tradición más que nada, porque
los ánimos no estaban tan
cargados como para reventarlos a
sopapos. Pero de toda situación
se debe sacar siempre la mejor
parte, y antes de hacerse humo,
los muchachos se tomaron el vino
que los celadores tenían
guardado en un armario. Así que
cuando llegaron los azules, el
interrogatorio fue imposible,
porque los presos estaban en
curda.
-¿Cómo te llamás?
-José de San Martín.
-¿Y el que está abajo de la
cama?
-¡Domingo Faustino Sarmiento,
señor!
-No pierda el tiempo, mi cabo
-dijo un morocho retacón- Estos
presos han chupado tanto, que ya
ni saben ni cómo se llaman.
Así terminó el motín. Como una
llamarada que se extingue tras
un instante de luz. Al día
siguiente, dos reclusos hacían
cola para ver al enfermero.
-¿Y qué me dice del despiole de
ayer en el comedor, don Ciriaco?
-Yo no llegué a chuparme más que
medio litro de tinto.
-Cosa de principiantes. No voy a
proponer rajarnos porque, con
los perros, te traen de vuelta a
la media hora. Pero si el motín
se hubiera organizado en forma,
podíamos haber llegado a la
bodega del director.
-Nada sale bien la primera vez
-razonó el colega.
-Tenerlo en cuenta en el futuro,
porque no hay una sin dos.
-Ni dos sin tres -asintió otro
penado, que iba a la
enfermería..
En eso se abrió la puerta, e
hizo aporte el matasanos
empuñando una jeringa. Un pibe
recién salido de la facu, que
hacía prácticas en el mejor
hospital del mundo. La cárcel,
donde si los pacientes se
mueran, no es un borrón en la
foja de servicios. Pero el chico
tenía miedo al "¿qué dirán?" y
temblaba como una hoja.
-No se preocupe, dotor -dijo el
Ciriaco- que en este mundo todo
tiene su precio. Por dos
botellas de alpiste lo dejo que
me pinche a mí todos los días,
así aprende.
-¿No tenés miedo?
-De entrada da julepe, pero la
segunda vuelta es más fácil.
Después de eso no hay dos sin
tres, y terminás hecho el
manosanta de la inyección.
"Si aprendemos bien, podríamos
recetar pinchazos todos los
días, y ganar guita vendiendo
las jeringas usadas, que quedan
con una pinta bestial después de
lavarlas", pensó el jefe de
sala.
Dicho en dos palabras: Basta la
salud. He aquí otro ejemplo de
cómo rige nuestras vidas el
precepto constitucional.
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