|
Los somellis De Filippi eran dos
púas más rodados que pelota de
campeonato. Con una pinta que
parecía propia imagen del baldío
que los vió nacer. Donde hacían
méritos sacándole luste al
balón. Flacos, lungos, y siempre
trajeados con las mismas pilchas
rasposas. El corazón en la boca
cuando se disparaba un penal, y
desde la pitada que marca el
vamos, una loca fiebre goleadora
rumiándoles los más profundo de
sus entrñas. Pero esa noche todo
h abía salido al vesre, y
andaban en la mala. Con fiaca
para contarla, cabizbundos y
meditabajos de tanto cianuro que
les corrompía el cuore. Cosas
del deporte rey, un decir. Hasta
que alguien cantó la justa:
-Hay que rajar.
-¿Rajar pa’ dónde, si no tenemos
encima ni el recuerdo de un
fasul?
-A la capital, che, donde con un
cachito de orto, encontrás guita
en la vedera, encontrás.
-Puede ser.
-Yo me anoto.
-Yo también.
Y garroneado a la familia, entre
todos juntaron cincuenta mangos,
que es buena guita para empezar
un viaje.
-Esta noche pasa el mionca de
“La veloz”, que maneja Cacho
Ferreira -dijo Bartola.
-Le ofrecemos un lavado a mano
por cuatro chirolas, y al ratito
estamos surfiando la Ruta 8,
entreverados con la merca que va
a Plaza Constitución.
-¡Manija! -dijo el Rata.
-¡Manija! -repitió otro chango,
que le decían el Samuel.
Esperaron agazapados toda la
tarde, hasta que el enorme
Mecedes se detuvo frente al
restaurante y copetín al paso
“El bagual”, anexo cancha de
bochas, que marca un hito
importante del camino a la
Capital.
-¡Una hora para morfar, pero no
chupés de más! -dijo el chófer.
-¡Tá güeno, che mitaí! -repuso
un paragua vestido con pantalón
corto y remera china, que le
hacía de acompañante.
Todo estaba planeado, así que
cuando se bajaron de la cabina,
apareció el propio Bartolo,
esgrimiendo una sonrisa de
relaciones industriales, que
abría las puertas de cualquier
café rutero.
-¡Buenas, don Cacho!
-¿Qué hacés, pibe?
-Lavando jaulas de hacienda, así
llegan sin tufo a la Capital.
-Interesante, che. ¿Y a cuánto
sale el servicio, para un mionca
cerrado con remolque?
-Treinta mangos, por ser usté.
-Manija, entonces. A ver si
estás listo cuando terminemos el
ambigú.
-Quédese tranqui, y buen
provecho, don.
-¡Feliz digestión!
Tras lo cual, el camionero y su
ayudante se fueron caminando
despacito, para desplomase al
fin, rendidos de cansancio, en
la primera mesa libre que
apareció en lontananza. Entonces
hicieron acto de presencia unas
locas en minifalda y pelo rubio
platinado, como para sacarte las
ganas de terminar el día
laburando. Mireya, la Loli, y
Magdalena, una promesa de
dejarlos como quedó Napoleón la
noche de Waterloo. Hechos
pomada, un decir. Y como de
carne somos, cuando quisieron
volver a la realidad, eran las
10 de la matina del día
siguiente. Contentos, pero más
atrasados que reloj con pilas
viejas, después de una noche de
amor. ¡Había que rajar, para
hacer el reparto en hora!
-¡Tomá diez mangos, pebete, por
la lavada!
-Gracias, don, pero no alcanza.
-Las naifas me dejaron en Pampa
y la vía, che. Fijate que hasta
el paraguas que venía de peón se
tomó el pire por falta de
alicientes.
-¿No tiene un sope más para
largarnos?
-Lo siento, pero me quedé en
bolas, che.
-Yo tengo la solución.
-¿Afanar un banco?
-No, algo que nos lleve a la
Capital sin hacer escala en
Sierra Chica. Somos cuatro, y no
vamos a hacer ningún despiole
durante el viaje.
-¿No van a empedarse, tampoco?
-Minga de chupi, palabra de
honor.
-Entonces, vos sentate en l
cabina donde va el acompañante,
y que los otros vayan en el
acoplado, así no los ve la cana.
Ahora les abro. Pero van a tener
que aguantarse un cacho la
calor.
-Ni una palabra más. ¿Cuánto
dura el viaje?
-Cuatro horas.
-¡Choque los garfios, don!
Un ruido infernal, y el rey de
las rutas se lanzó a la meta de
tantas esperanzas. ¡Buenos
Aires!
-¡Qué suerte, haber encontrado
transporte barato! -dijo el
Bartolo.
“ZUUM”, asintió el motor.
Mireya, la Loli y Magdalena
hacían equilibrio en el borde de
un cajón. Los otros se
acomodaron como pudieron entre
cajas de conserva. Así es como
la Capital se va llenando de
patucas. Cada uno con sus
sueños, su prontuario, y la
certeza de triunfar. No importa
cómo, con tal de que sea pronto.
Para eso están las relaciones.
-¡Estuvo bien planeada la subida
al mionca! -dijo Mireya- Si a
éste no lo apretás, sólo abre la
puerta en destino.
Y rodando sin risa ni pausa,
llegaron a la Capital. Allí los
esperaba un gigantesco remolino
de autopistas, puentes,
plataformas de descarga, humo,
bocinazos, rascacielos y
multitudes estresadas por la
presión social. Todos locos por
mantener el periscopio arriba
del agua.
“Cuando gastés los tamangos,
Buscando ese mango que te haga
morfar…”, lloraba un gotán desde
el fondo del dial.
Así empezó el reality show de la
gran capital del Sur, como
ratificando la inmortalidad de
viejos versos que estremecían
los sentimientos.
“Y ya que todo es mentira, y ya
que nada es amor,
¡no esperes nunca una ayuda, ni
una mano, ni un favor…!”
-¡Qué forma de tirarte al piso!
-dijo un pibe, medio julepeado
por la presentación.
Pero no todos eran escépticos,
porque las locas se habían
maquillado como para ir a una
fiesta, y disfrutaban las
alternativas del viaje. Y como
se verá a continuación en Buenos
Aires hay cantitos para toda
ocasión. Por ejemplo uno que
dice:
“Por cuatro días locos que vamos
a vivir…
¡Por cuatro días locos te tenés
que divertir!”
Por fin, una sacudida rompió las
cavilaciones del pasaje, y las
zapatas se ciñeron sobre los
frenos. Después, la imponente
masa del Mercedes con acoplado
se llamó a sosiego. Vino una
patota de ursos vestidos en
musculosa, y la puerta trasera
se abró de par en par.
-¡Un poco de aire fesco, al fin!
-dijo el Beto De Filipi.
Pero los de afuera formaban una
barrera infranqueable.
-¡A ver, chitrulo, dejá bajar!
Pero al pobre pajuerano le
ahogaron la urgencia a bofetazos.
Entonces comprendieron que el
chofer les había hecho la cama.
Paró el mionca donde resumía que
iba a levantar mochileros, y si
engranó con las naifas, fue por
puro sport. Total, en los
talleres negreros que hay ceca
del Once, nadie les pregunta si
son vír genes. Lo que importa es
que laburen de 6 a 23, que
morfen poco, y duerman en el
galpón. Cagadas de lorca en
verano, y hechas un témpano
cuando llega la temporada
invernal. Siempre soñando pagar
sus enormes deudas por viaje,
alojamiento y estadía, para
poder volverse a casa. Rajar, ni
soñarlo, con la guardia
permanente de mafiosos armados
hasta la dentadura. Solamente
cada muerte de obispo se borró
algún operario, más que nada
cuando aparece la Federal y los
crápulas se diluyen en el
barrio. Pero algunos valores se
imponen siempre, pues, como bien
sabemos, la suerte no nos trata
a todos por igual. “Unos nacen
con estrella, y otros nacen
estrellados”, dice el refrán.
-¡Qué elegante estás, colega!
-dijo Bartola cuando la Loli
salió de la oficina del capataz
con maquillaje nuevo y un
delantal cortito, que mostraba
sin rubor sus piernas
esculturales.
Moraleja: Hasta en un campo de
espinas, da sus frutos el amor.
THE END
Copyright: John Argerich,
2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com
La serie quincenal "El
amasijo" se publica regularmente
en 32 medios de 10 países.
paginadigital
|