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Amor con amor se paga, (Donde se habla de milongas que acechan tus movimientos, desde el fondo de la Red), Por: John Argerich
 

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El amasijo

Amor con amor se paga

(Donde se habla de milongas que acechan tus movimientos, desde el fondo de la Red)

Por: John Argerich


 


El Pelusa Parravicini era un amante de la técnica. Tanto es así, que estuvo entre los primeros en comprarse una bici con caja de velocidades, de esas que sólo se veían en las películas italianas. Como doce cambios tenía la máquina, propiamente. Y al inscribirse en una carrera, entre los competidores cundía el desaliento
-Malas noticias, muchachos.
-¿Boca bajó a segunda?
-No es problema de fóbal. Este domingo Pelusa corre en Devoto.
-Seguro que lleva el arma secreta.
-Ponéle la firma.
-Entonces yo me quedo en casa jugando al sapo, que con tanta ingeniería, al coso no lo para el más pintáo.
-Yo tampoco me muevo del domicilio legal.
-Ni yo, porque sólo hay mosca para el puntero. Al segundo puesto lo arreglan con diploma y un abrazo.
-¿Ni un sope para viáticos?
-Así la están batiendo.
-¡Cuánto daño hizo ese garca al deporte nacional...!
-Quedáte en el molde, cofla, porque el destino no perdona a nadies. Cuestión de tiempo, pero el que a hierro mata, a hierro muere -agregó como epílogo el negro Udaondo- La misma tecnología que le dio lustre, lo va a dejar en pelotas, che.
-Ojála, que tanta malaria no se banca más.
Toda una maldición gitana. Porque a veces las vendettas parece que estuvieran escritas con tinta china. A mayor abundamiento, estás apoyado piola contra un árbol viendo pasar las naifas por la vedera, y el destino te sacude un mazazo atrás del occipital. Formas hay muchas, aunque la más corriente es que te se venga en banda una maceta del primer piso. Algo así le pasó al Pelusa cuando oyó que llegaba la técnica para borrar distancias, y apenas apretabas un botón, la pantalla se llenaba de rusas. Pero no como la cajera de “Gran Compraventa El Siglo”, donde dejé el saco de cuero. Minones con carucha de ángel, tetas modelo “Vip”, y ganas de conversar. Un mundo nuevo, de consecuencias imprevisibles. Entre las cuales lo peor era dejarte todas las neuronas en corto apenas empezaba el chou. Y nada quedaba librado a la casualidad, porque para lograr tan plausible fin, las nuevas páginas web contaban con todo el soporte técnico. La paponia, que andás en la buena, te hacen creer. Pero lo cierto es que en esta vida poco se tira a la marchanta. Y llevarse gratarola una rusa al mueble, es tan poco probable como pegarle un mordisco al gordo de Navidad.
-¡Llegaron los paquetes, tío! -gritaban los nenes cuando se arrimó a la vedera el furgón de reparto.
“Palacio de la electrónica. Ventas minoristas y atención al gremio.”, decía el cartel.
-¿Está ese que banca la festichola? -preguntó el chófer, con gesto impaciente- Son dos lucas, antes de descargar
-Argentino, por el léxico -dijo una señora con parientes en La Plata.
Atrás se iba formando una fila de taxis, mioncas y coches particulares, que tocaban la bocina. El pavimento ardiendo de calor.
-¡Es para el 4 “B”! -dijo la señora del portero.
En eso apareció el Pelusa Parravicini, asomándose al balcón, en calzoncillo blanco y musculosa.
-¡Ya va! -gritó
-¡Hay que tener facha, interrumpir el tráfico porque se le cantan los quinotos, nomás! -dijo un taxista con acento mendocino.
-¡Llame a la policía, maestro!
-¡Apúrese, don Pelusa, que se arma un gran roscón! -gritó la portera.
Al final el cliente hizo efectiva su cuenta, bajaron varias cajas del camión, las metieron en el ascensor, y la comitiva salió disparada hacia el espacio aéreo. O sea Parravicini, cuatro o cinco reos que buscaban la propina, y un inquilino del 6”F” con pinta de alemán, que hacía changas en el gremio.
-¿Funca, don?
-Ponéle la firma, che. Es un equipo de primera calidad.
-Entonces hagamos nuestras primeras armas en el mundo de internet.
“Señora joven y culta, desesperada por falta de alicientes, busca su media naranja en el exterior”, decía la página web. “26 años de edad, universitaria, cuerpo voluptuoso y amante de las tareas hogareñas”. “Sólo te pido que para hacer realidad nuestros sueños, me compres un boleto de Vladivostok a España. De todo lo demás, me hago cargo yo. Pero no te arrepentirás, chaval, porque amor con amor se paga”.
El Pelusa saltaba en una pata, de alegría. Recién enchufaba la p.c. y ¡mirá qué resultados! Conectó la impresora, e hizo varios retratos de su amada. Unos, vestida con ropita rosa. Otros desnuda, como se usa ahora para saber quién es quién. Claro que estos últimos los puso en un archivo con código secreto, por si las moscas. Entonces se fue a Western Union y le mandó la guitarra. Era un toco, sin duda, pero ese sueño de mujer lo meritaba. ¿Quién, si no? Entonces empezó a contar los días. Tenía una hoja de libreta pegada con chicle a la heladera, e iba tachando las fechas, a medida que se acercaba el momento. 28 días. 27 días. 26 días. 25 días. 24 días... Y como dice clarete el tango, no hay plazo que no se venza ni deuda que no se pague. O sea que un buen día llegó la gran fecha. ¡Qué noche se pasó el Pelusa! Despierto, transpirado, mirando el reloj a cada rato. Tan nervioso, que a las 4 de la mattina empezó a cebar mate, por hacer algo. A las 5 había limpiado todo el depto, y a las 6 tenía la ropa planchada. Además se había calado sus mejores pilchas. Un ratito después sonó la musiquita del portero eléctrico.
-Es el taxi, señor -dijo una voz cascada.
La distancia desde Fuengirola al aeropuerto internacional de Málaga son unos veinticinco kilómetros, y se llega por modernas autopistas de franjas múltiples. Pero con la cantidad de vehículos que ingresan cada año al parque automotor, los accesos están siempre atorados.
-¡Apúrate, gilipollas! -rugió un morocho que llegaba tarde al trabajo.
-¿Sos aviador? ¡Pasá por arriba entonces, boludo! -le contestó un paisano, con ese localismo que a veces te delata.
Y el entredicho estaba empezando a ponerse feo, cuando al terminar una curva surgieron varios carteles azules fosforescentes. Su texto eran mensajes lacónicos, en spanglish aerocomercial. Pero también había mensajes que no se entendían en inglés ni en español, y mucho menos mezclándolos. Sin embargo, la gente se iba acercando ordenadamente al área de recepción. En eso una voz dulce con acento indefinido, batió la justa.
-“Aeroflot” anuncia la llegada de su vuelo 566, procedente de Vladivostok y Moscú.
El Pelusa sintió que le subía la presión arterial, y miraba la foto de Fanny, para memorizar los más mínimos detalles, y no confundirse de novia. ¡Que buena hubiera estado la galleta, en tal caso! Por fin se vieron.
-¡Hola, pimpollo!
-¡Aló, mi cosaco azul!
La primero noche fue lógico que luego de hacer el amor como si estuviera por acabarse el mundo, él la llevara a un restaurante. La segunda, casi más. Pero después de quince días con la pieza hecha un revoltijo, la ropa sucia, y sin guita en el banco, Pelusa empezó a sospechar que aquella mujer no era el ideal. Lo que más le llamaba la atención fue su interés obsesivo por internet. Día y noche sentada frente a la compu, meta teclear. Por eso empezó a espiarla discretamente, hasta conseguir su contraseña personal.”Mushki”, un nombrecito tan tierno como sus ojos color de cielo. Lástima lo que escondían detrás.
El primer mail que abrió le tiró el alma a los pies. “Hacélo entrar en confianza a ese papafrita, que yo llego el lunes para dejarlo en bolas -decía- “Después, hay otro candidato esperándote en Berlín. Saludos, Ivan Michow”
-¿Cómo era su gracia, señor? -preguntó el guardia civil.
-Iván Michow.
-Me va a tener que acompañar.
¿Para qué seguir contando, si el lector ya se palpita el resultado? Así terminó el romance del Pelusa Parravicini con Fanny Normikovna.
-Se lo merecía este garca, con tanta cosa rara como tiene en el taller -sostuvo el negro Udaondo.
“El que a hierro mata, a hierro muere”, dice el refrán.

THE END
 

Copyright: John Argerich, 2007
All rights reserved.
johnargerich@malmo2.net
johnargerich@ya.com

La serie quincenal "El amasijo" se publica regularmente en 32 medios de 10 países.

 



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