Por
UDI
¿Quién no fantaseó alguna vez
con cambiarse de nombre?
¿A quién no lo sedujo, aunque
sea un tanto así, la posibilidad
de elegir soberanamente el
nombre por el cual habrían de
llamarlo?
¿Cuántas veces no hemos
lamentado el malhado que torció
nuestro destino cuando nuestros
padres nos "nombraron"? Es
decir, nos impusieron la más
fuerte de las marcas.
Y así como de sus ijares echaron
nuestra materia al mundo, fue de
sus bocas el aliento
transfundido que creó nuestras
almas.
Nos "nombraron", nos definieron
y recortaron del resto de la
humanidad. Insuflaron en
nosotros esa pequeñísima cuota
de divinidad que -
paradójicamente - nos humaniza.
Nos reconocemos en nuestro
nombre, somos nuestro nombre,
hasta que tomamos conciencia que
- al igual muchas otras cosas -
no lo elegimos. Nos lo
"impusieron".
Normalmente esta percepción nos
asalta en esa época de la vida
en la que empezamos a cuestionar
todo lo que durante nuestra
infancia fue certeza y hasta
artículo de fe.
Nada casualmente - sostengo - es
también por esos años que la
emergencia de nuestros sentidos,
la potencia de nuestros deseos,
y la urgencia por obtenerlos nos
hacen renegar de todo lo que nos
pudiesen haber impuesto:
mandatos, tabúes, interdicciones
y hasta el nombre con el que
alguna vez nos "dijeron".
"El mundo era tan reciente, que
muchas cosas carecían de nombre,
y para mencionarlas había que
señalarlas con el dedo..."
En estas palabras
inconfundibles, e incomparables,
se confirma la presunción; somos
cuando nos nombran. La
existencia, antes de ser
nombrados, es un limbo de
indiferenciación, un magma
primigenio, un mainstream de
potencia. De ella emergemos
cuando nos nombran, y la voz que
aprendimos a reconocer aún antes
de ver la luz nos llama.
Así, elegir un nombre es -
aunque sea parcialmente -
renunciar a aquel que nos
dieron, y rechazar, así sea sin
reconocerlo, a quienes nos
nombraron, o bien, dicen otros,
sería comenzar un camino que en
algún momento nos llevará a
poner en su justa medida lo que
heredamos y lo que construimos.
Crecer lo llaman, también.
¿Será?
Sea así, o asá, la elección de
un nombre para uno mismo no es
poca cosa. Encierra, cómo no, el
deseo de ser - aunque sea en
parte - "otro". Ahora bien,
¿Cuán "otro" será?.
Si consideramos que el material
sobre el cual tomaremos la
decisión es el reservorio de
nuestros recuerdos: caricias
recibidas, gritos soportados,
triunfos pasajeros, derrotas
pertinaces, juegos excitantes,
trabajos aburridos, proyectos
truncados, coitos salvajes,
cópulas rutinarias, goles
malogrados, asistencias
perfectas, plazas frecuentadas,
bares trajinados, playas
concurridas, músicas
disfrutadas, lecturas
inconclusas, miedos
persistentes, dolores agudos,
goces fugaces, sábanas
transpiradas, noches
interminables, sonrisas falsas,
llantos genuinos, ternuras
vergonzantes, orgullos
estúpidos, vergüenzas
obstinadas, amores enconados,
traiciones abyectas...considerando
todo esto - decía - ¿será
nuestro nuevo nombre más
ajustado a nuestra esencia, o -
vaya paradoja - ya nadie nos
reconocerá en él?
Gentileza::
poemasenanil@yahoo.com.ar
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