Por Víctor Hugo Tissera
Con precisión de sed
que multiplica el hambre
en un desierto devorador de
oasis,
te busqué en los rostros
de los días.
Inventé tu ojos
con una sonrisa pálida en los
labios.
El sonido de tu voz
fue canción nupcial de un ave
cercana a las alturas de la
lumbre.
Ahí, en esa conjunción
de aire liberado,
guardabas un concierto de lunas
sublimadas.
Divisé el extremo exacto
de tu sombra en la mía,
y te hice partícipe
de mis vuelos abortados.
Ahora, te confío lo que callo
desde las punzantes honduras
de mis zonas naufragadas.
Yo soy este hombre, ungido por
silencios,
que se libera y surge
por la curvatura unánime
de incendios demorados.
Te busqué y no sabía
que estabas ahí,
en la ceguera del espejo de mis
ojos,
en el crepúsculo virgen de los
dioses,
y en los latidos sostenidos de
mi sangre.
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