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Obama retoca la historia de la política exterior de Estados Unidos, por Paul Street. -
 

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Obama retoca la historia de la política exterior de Estados Unidos, por Paul Street. -


 


 

Obama retoca la historia de la política exterior de Estados Unidos

Paul Street
IHC-Znet
Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens


EE.UU. tiene una solución para evitar la discusión de los numerosos crímenes que ha cometido contra naciones más débiles: la negación. "Nunca ocurrió," dicen los estadounidenses, cuando se ven enfrentados a los hechos. Barack Obama es tan experto en el arte de la negación como cualquiera, y también lo son sus asesores. "En la visión del mundo de Obama, como en la de su amiga de Harvard y ex asesora de política exterior, Samantha Power, los crímenes estadounidenses generalmente no existen. No ocurrieron." La negación es asunto serio. "Los pronunciamientos sobre política exterior del candidato Obama han estado cargados de promesas de futura criminalidad bajo un gobierno de Obama."

Según las reglas del discurso político "dominante" en EE.UU., los crímenes son cometidos por otros malos, nunca por el noble "EE.UU." Las cosas malas las hacen "ellos," pero no "nosotros." "Ellos" tienen a menudo intenciones malévolas pero "nosotros" somos fundamentalmente buenos, motivados por los motivos más elevados y nobles: paz, democracia, y libertad.

Desde el fin de la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad, el Imperio EE.UU. ha causado "la extinción y el sufrimiento de incontables seres humanos. EE.UU.," señala John Pilger, "intentó derrocar a cincuenta gobiernos, muchos de ellos democracias, y aplastar a treinta movimientos populares que luchaban contra regímenes tiránicos. Al hacerlo, bombardeó veinticinco países, causando la pérdida de millones de vidas y la desesperación de millones más" (John Pilger, Freedom Next Time: Resisting the Empire [New York: Nation Books, 2007], pp. 4-5].

Los principales crímenes imperiales incluyen un ataque masivo de EE.UU. contra la nación campesina de Vietnam – un ataque épico que mató a 3 millones de indochinos – y una invasión ilegal en curso de Mesopotamia rica en petróleo. Este último ataque ha resultado en la muerte prematura de 1,2 millones de iraquíes.

Pero en EE.UU., y por cierto en gran parte de Occidente, la historia oficial y la cultura de masas han sido trucadas para eliminar el historial de esta criminalidad persistente. Es tirada por el "agujero de la memoria" de George Orwell, acorde con el dicho del Hermano Mayor en 1984: "El que controla el pasado, controla también el futuro. El que controla el presente, controla el pasado". Como señalara Harold Pinter en su corrosiva aceptación del Premio Nobel 2005 de Literatura, las autoridades culturales dominantes de Occidente se comportan como "si nunca ocurrió." Cuando tiene que ver con la saga de monumental trasgresión de EE.UU. contra las normas civilizadas y el derecho internacional, "nada nunca ocurrió. Incluso mientras estaba ocurriendo," agregó Pinter, "nunca ocurrió. No importaba. No interesaba" (citado en Pilger: "Freedom Next Time," p. 4).

"La historia oficial y la cultura de masas han sido trucadas para eliminar el historial de esta criminalidad persistente"

Los códigos culturales dominantes de Occidente, dirigidos por EE.UU., exigen que las únicas víctimas dignas de ser reconocidas y compadecidas sean las atacadas por enemigos oficialmente designados. La cantidad mayor inmolada por nosotros y nuestros clientes y aliados (por ejemplo, los palestinos que sufren bajo la ocupación y el apartheid israelíes) no merecen consideración, conmiseración, o incluso reconocimiento. No ocurrieron. No existen.

Más allá del tema de la exactitud histórica, el problema es que es probable que naciones poderosas que niegan que hayan ocurrido trasgresiones pasadas vuelvan a cometer otras nuevas.

Condena del pastor Wright – Elogios para la guerra de George I contra Iraq

Esto nos lleva al "excepcionalista estadounidense" confeso, [1] Barack Obama, quien goza del apoyo de una gran cantidad de votantes, así llamados liberales de izquierda, quienes hacen todo lo posible por creer que es un oponente "progresista" a la guerra, el imperialismo y el militarismo estadounidenses. Como ha mostrado en sus comentarios condenando al reverendo Jeremiah Wright y elogiando el "servicio" militar de John McCain, Obama está más que dispuesto a limpiar la "mágica" pizarra histórica de EE.UU. cuando habla de crímenes imperiales. Obama condena a Wright porque el buen reverendo se atreve a reconocer y denunciar la sangrienta, peligrosa y viviente historia estadounidense de atrocidad, ilegalidad y arrogancia imperial – porque Estados que practican el terrorismo en el extranjero tienen que contar con que enfrentarán el terrorismo allí y en casa. McCain es loado como "héroe de guerra estadounidense," a pesar de que fue un animoso participante en un masivo ataque imperial contra los hombres, mujeres y niños de una pobre nación campesina que no representaba ningún peligro para la gente de EE.UU.

Hablando en el gimnasio de un colegio secundario en Greensburg, Pensilvania, en abril pasado, Obama dijo que quería restituir EE.UU. a la política exterior más "tradicional" de presidentes pasados como "el padre de George Bush o John F. Kennedy," y "en algunos sentidos, Ronald Reagan." Habló en términos elogiosos y favorables de como George H.W. Bush manejó la supuestamente virtuosa Guerra del Golfo Pérsico. El artículo de Associated Press que informó sobre este comentario llevaba el título "Obama alinea política exterior con el GOP [partido republicano]" – una reprimenda para los escritores liberales de izquierda que argumentan que el centrista Obama se ubica del lado reconociblemente progresista de Hillary Clinton por lo menos en política exterior.

Ninguno de los comentaristas o analistas dominantes hicieron algo por (o es probable que ni siquiera sentido remotamente) la necesidad de señalar que el ataque de Bush I involucró una atroz carnicería de superpotencia: bombardear y aplastar con bulldozers a miles de soldados iraquíes que se habían rendido y la decisión de dejar que Sadam Husein asesinara a kurdos y chiíes a los que EE.UU. había incitado inicialmente a que se rebelaran. Iraq sigue encarando cánceres epidémicos causados por el uso estadounidense de uranio empobrecido en la primera "guerra" unilateral de Iraq, descrita por muchos participantes como "juego de tiro al pavo."

Por lo que dice Obama, esos crímenes nunca ocurrieron. No interesan.

"La esperanza de un joven teniente que valerosamente patrulla el Delta del Mekong"

El entusiasmo de Obama por blanquear el oscuro historial de la política exterior de EE.UU. a duras penas se limita al año 2008. Echad un vistazo al siguiente pasaje de su Discurso Inaugural a la Convención Demócrata de 2004, instantáneamente famoso (el que lo catapultó a convertirse de un día al otro en celebridad), en el que dijo lo siguiente sobre su concepto, repetidamente invocado, de "esperanza":

"Aquí no estoy hablando de optimismo ciego – la ignorancia más deliberada que piensa que el desempleo vaya a desaparecer si no hablamos del tema, o que la crisis de la atención sanitaria se solucionará si simplemente la ignoramos. Estoy hablando de algo más sustancial. Es la esperanza de esclavos sentados alrededor de un fuego entonando canciones de libertad; la esperanza de inmigrantes que parten a riberas lejanas; la esperanza de un joven teniente naval que patrulla valerosamente el Delta del Mekong; la esperanza del hijo de un trabajador industrial que se atreve a desafiar las dificultades; la esperanza de un chico flacuchento con un nombre raro que cree que en EE.UU. también hay un sitio para él,... A la larga, es el mayor don que Dios nos ha dado, el fundamento de esta nación; una creencia en cosas no vistas; una creencia en que nos esperan mejores días."

La "línea del joven teniente naval" era una referencia a la participación de John F. Kerry en la invasión de Vietnam del Sur. Obama tuvo que ser bastante caradura para agrupar las luchas y la espiritualidad de los esclavos afro-estadounidenses con la "crucifixión del Sudeste Asiático" por el racista EE.UU. (Noam Chomsky) bajo la imagen de nobles estadounidenses que desean en conjunto un futuro mejor. Tal vez "Dios" dio a los verdugos nazis y a las víctimas de los nazis el don compartido de esperar "mejores días."

No quedó en claro quién o qué le dijeron a Obama que Kerry y sus superiores tenían derecho a 'patrullar' el territorio del Delta del Mekong. Tal vez fueron las mismas sensibilidades arrogantes, nacionalistas u racistas que dieron permiso a los estadounidenses blancos del Siglo XIX para asesinar y robar tierras de México y de las primeras naciones "americanas" indígenas que permitieron al gobierno de Bush que intentara apoderarse de Iraq como posesión colonial.

El maravilloso trabajo de esos sabios wilsonianos blancos

La afanosa disposición de Obama por blanquear la historia de la política exterior de EE.UU. siguiendo los requerimientos orwellianos de la doctrina imperial dominante fue demostrada en el capítulo sobre relaciones exteriores de su éxito de ventas de la campaña de 2006, el libro "The Audacity of Hope: Thoughts on Reclaiming the American Dream" [La audacia de la esperanza: Pensamientos sobre la recuperación del sueño estadounidense] (Nueva York: Crown, 2006). Con el grandioso título: "The World Beyond Our Borders" [El mundo más allá de nuestras fronteras] este capítulo lució una aceptación rígida de la noción doctrinaria de que las políticas exteriores de EE.UU. han fomentado durante mucho tiempo y consecuentemente "ideas compartidas de libertad" avanzadas y el "gobierno del derecho" y de las "instituciones internacionales." Alabó el maravilloso (para Obama) "liderazgo posterior [a la Segunda Guerra Mundial] del presidente Truman, Dean Acheson, George Marshall y George Kennan" por "crear con gran destreza... un nuevo... orden que combinó el idealismo [Woodrow] wilsoniano con un realismo empecinado, una aceptación del poder estadounidense con una humildad respecto a la capacidad de EE.UU. de controlar eventos en todo el mundo" (Obama, Audacity of Hope, p. 284). Los benevolentes sabios arquitectos "wilsonianos" de la Pax Americana, afirmó Obama en "Audacity," postulaban un orden mundial "democrático" en el que EE.UU. contrarrestaban la ilimitada amenaza "totalitaria" soviética y "señalizaban una disposición a mostrar comedimiento en el ejercicio de su poder" (Obama, Audacity of Hope, p. 285).

Fue un comentario notablemente estéril y reaccionario sobre momentos tan memorables de "humildad" estadounidense como los archi-criminales bombardeos atómicos de Hiroshima y Nagasaki (tiros de advertencia mediante asesinatos masivos ante la emergente Guerra Fría), los enormes ataques imperiales contra Corea e Indochina (millones de civiles "enemigos" muertos), la restauración del poder fascista en Italia "liberada", la intervención contra la revolución social popular en Grecia (calumniada como exportación soviética por los políticos de EE.UU. a fin de "dar un susto de muerte al pueblo estadounidense" a fin de reunir apoyo para los nuevos masivos gastos de "defensa" imperiales) y la subversión de la democracia y de la independencia nacional por EE.UU. en todo el planeta. Irán (1953), República Dominicana (1965), Guatemala (1954), Chile (1970-1973), Indonesia (1965) son sólo algunos de los ejemplos más espectaculares en una lista que suma y sigue.

"Los 'empecinados' 'wilsonianos' de Obama ordenaron el asesinato de innumerables millones del Tercer Mundo."

Washington justificó permanentemente su historial descollante de criminalidad global después de la Segunda Guerra Mundial con un gran mito habilitador que Obama abraza ávidamente: la existencia de una Unión Soviética dispuesta a, y capaz "de extender su tipo totalitario de comunismo" [en las palabras de Obama]. (Obama, Audacity of Hope, p. 204). Con el pretexto de proteger al mundo de esa amenaza inexistente pero útil para el imperio – evaluaciones estadounidenses honestas reconocieron que el verdadero peligro soviético era que la URSS modelaba la posibilidad de un desarrollo nacional independiente fuera de los parámetros de la supervisión mundial capitalista dirigida por EE.UU. e indicando una negativa inadmisible "de complementar las economías industriales de Occidente (William Yandell Elliot, ed., The Political Economy of American Foreign Policy [New York: Holt, Reinhart & Winston, 1955], p. 42; Noam Chomsky, Deterring Democracy [New York: Hill and Wang, 1991], p.26) – los "wilsonianos" "empecinados" de Obama ordenaron el asesinato (preferentemente a través de testaferros como el régimen indonesio de Suharto y el Shah de Irán) de innumerables millones de personas en el "Tercer Mundo."

Un "comedimiento" humilde en el "ejercicio del poder [de EE.UU.] no es la primera descripción que se le ocurre a quien echa un vistazo honesto y exhaustivo a ese historial inquietante.

Todo fue muy consistente con la historia "idealista" del verdadero gobierno de (Woodrow) Wilson, cuyo "extremo racismo" (Noam Chomsky, World Orders Old and New [New York: Columbia University Press, 1996], p. 44) tuvo una horrorosa expresión en las brutales invasiones estadounidenses de Haití y de la República Dominicana. Como observa Noam Chomsky: "Las tropas de Wilson asesinaron, destruyeron, reestablecieron la esclavitud virtual y demolieron el sistema constitucional en Haití." Esas acciones tuvieron lugar de acuerdo con la creencia del Secretario de Estado de Wilson, Robert Lansing de que "la raza africana carece de toda capacidad de organización política" y posee "una tendencia inherente a volver al salvajismo y a desechar las cadenas de la civilización que son fastidiosas para su naturaleza física." Como señala Chomsky: "mientras supervisaba la toma de Haití y de la República Dominicana, Wilson cimentó su reputación como un magnánimo idealista, defensor de la autodeterminación y de los derechos de las pequeñas naciones con una oratoria impresionante. [Pero] existe una contradicción [porque] la doctrina wilsoniana se limitaba a gente del tipo adecuado: no hace falta que postulen a los derechos de democracia y autodeterminación los 'que están en una etapa baja de civilización.'" (Noam Chomsky, Year 501: The Conquest Continues [Boston, MA: South End, 1993], pp. 202-203).

Aparte del racismo, Lansing dijo que el significado efectivo de la Doctrina Monroe era simplemente que "EE.UU. considera sus propios intereses. La integridad de otras naciones americanas es un incidente, no un fin" (Cita de Lansing en Chomsky: "What Uncle Sam Really Wants" [Berkeley, CA: 1992], p. 11). Wilson estuvo de acuerdo, pero consideró que no era políticamente aconsejable decirlo en público.

Sentimientos "idealistas" tan elevados ciertamente informaron una noble intervención wilsoniana contra la Revolución Rusa en 1918 y 1919.

Por cierto, nada en esa historia inexistente impide que Obama elogie a Wilson por ver que "era de interés para EE.UU. alentar la autodeterminación de todos los pueblos y suministrar al mundo un marco legal que pudiera ayudar a evitar futuros conflictos" (Obama, Audacity, p. 283).

"Nuestra lucha contra el fascismo"

La tachadura histórica fue un problema importante en un ensayo que Obama publicó en la revista del establishment Foreign Affairs en el verano de 2007. Intitulado "Renovando el liderazgo de EE.UU.", ese artículo de 5.000 palabras comienza por elogiar a Franklin Delano Roosevelt por "construir las más formidables fuerzas armadas que el mundo haya conocido" y por dar "propósito a nuestra lucha contra el fascismo" con sus "Cuatro Libertades."

Gran parte del ensayo de Obama fue dedicada a borrar la criminalidad del pasado imperial de Washington. "En momentos de gran peligro en el siglo pasado," escribió Obama, "líderes estadounidenses como Franklin Roosevelt, Harry Truman, y John F. Kennedy lograron proteger al pueblo estadounidense y expandir las oportunidades para la generación siguiente. Lo que es más, aseguraron que EE.UU., por su acción y ejemplo, dirigiera y exaltara al mundo – que fuimos un símbolo y luchamos por las libertades buscadas por miles de millones de personas más allá de nuestras fronteras."

Es interesante que el ensayo de Obama nunca haya nombrado las "Cuatro Libertades": libertad de palabra y de expresión, libertad de la necesidad, libertad del miedo y libertad de culto. Una probable explicación de esa tachadura es que los políticos de EE.UU. desde Roosevelt II hasta [y más allá de] Kennedy violaron regularmente la mayoría de ellas en la imposición de su propio concepto imperial particular del "interés nacional." Durante mediados y fines de los años treinta, los políticos de EE.UU. ayudaron a posibilitar el ascenso del fascismo europeo que culminó en la marcha de terror de Hitler. EE.UU. contempló con aprobación cuando las tinieblas fascistas se impusieron en Europa durante los años entre las guerras. Los políticos estadounidenses vieron las variedades italiana, española, alemana y otras de la enfermedad fascista como enemigos convenientes de la "amenaza soviética," esencialmente de la demostración que Rusia hizo de las posibilidades de una existencia nacional fuera del sistema capitalista mundial – y de los movimientos y partidos de izquierdas, y de tendencias políticas socialdemócratas relacionadas dentro de Europa Occidental.

Los políticos estadounidenses vieron las variedades italiana, española, alemana y otras de la enfermedad fascista como enemigos convenientes de la "amenaza soviética,"

En 1937, la División Europea del Departamento de Estado de EE.UU. de Roosevelt argumentó que el fascismo europeo era compatible con los intereses económicos de EE.UU. Esa agencia diplomática crucial informó que el ascenso del fascismo era una reacción natural de las "clases ricas y media" ante la amenaza planteada "por masas insatisfechas," las que, con "el ejemplo de la Revolución Rusa frente a ellas," podrían "girar a la izquierda." El fascismo, argumentó el Departamento de Estado, "debe tener éxito o las masas, esta vez reforzadas por la clase media desilusionada, volverán a girar a la izquierda." El gobierno del Frente Popular francés de mediados de los años treinta fue un ejemplo de la amenaza socialista democrática que hizo que el fascismo alemán fuera aceptable a responsables estadounidenses antes de que Hitler lanzara su ofensiva por un Nuevo Orden Mundial (Noam Chomsky, Deterring Democracy [New York: Hill and Wang, 1991], p. 41).

Es verdad que Alemania nazi se convirtió en un enemigo declarado de EE.UU. No ocurrió, sin embargo, hasta que el fascismo, que controlaba el poder en dos importantes Estados industriales rivales, atacó directamente los intereses de EE.UU. Los políticos de EE.UU. intervinieron contra el fascismo sobre la base del interés nacional percibido, no por alguna preocupación en particular por los derechos humanos de los franceses o, en cualquier caso, de los judíos europeos o cualesquiera otros. (Howard Zinn, A People's History of the United States [New York: HarperPerennial, 2003], pp. 407-410; Chomsky, Deterring Democracy, pp. 37-42).

"Nuestra verdadera tarea"

Pero volvamos al noble y misericordioso "comedimiento en el ejercicio de su poder" estadounidense en la era posterior a la Segunda Guerra Mundial que fue guiado de un modo tan hermoso por gente como George Kennan y Dean Acheson. Después de la "guerra buena," la adaptación de EE.UU. al fascismo europeo y asiático en el período entre las guerras se convirtió en una especie de modelo para la política de EE.UU. en el Tercer Mundo. En nombre de la resistencia a la influencia soviética supuestamente expansionista y al "comunismo," EE.UU. patrocinó, financió, y suministró cobertura política a numerosos regímenes "fascistas del Tercer Mundo." Al hacerlo, alistó y protegió a numerosos criminales de guerra nazis (por ejemplo Klaus Barbie) de los que se pensaba que poseían útiles habilidades de "contrainsurgencia" contra la izquierda (Chomsky, What Uncle Sam Really Wants, pp. 14-25).
Para comprender algo del "realismo empedernido" que estaba tras semejantes políticas de la Guerra Fría de EE.UU., como ser el patrocinio de crueles dictaduras militares en Indonesia, Irán, Grecia y Brasil (para nombrar a sólo unos pocos socios del "Mundo Libre"), podemos consultar una interesante formulación del sabio héroe "wilsoniano" de Obama, George Kennan. Como explicara Kennan en "Policy Planning Study 23," elaborado para el Departamento de Estado en 1948:

"Poseemos cerca de un 50% de la riqueza del mundo, pero sólo un 6,3% de su población... En esta situación, no podemos dejar de ser objeto de envidia y resentimiento. Nuestra verdadera tarea en el período venidero es diseñar un modelo de relaciones que nos permita mantener esta posición de disparidad... para hacerlo tenemos que deshacernos de toda sentimentalismo y dejar de soñar despiertos; y nuestra atención tendrá que concentrarse por doquier en nuestros objetivos nacionales inmediatos... Deberíamos dejar de hablar de objetivos vagos e... irreales como ser los derechos humanos, el aumento de los niveles de vida, y la democratización. No está lejano el día en el que vamos a tener que tratar en conceptos directos de poder. Mientras menos nos entraben las consignas idealistas, tanto mejor."

Después Kennan explicó la necesidad de aplastar por todos los medios necesarios a los que se negaban a servir los intereses de EE.UU. en el Tercer Mundo (definidos como "comunistas"): "la respuesta definitiva podrá ser desagradable, pero... no debemos vacilar ante la represión policial por el gobierno local. No es vergonzosa porque los comunistas son traidores... Más vale tener un régimen fuerte en el poder que un gobierno liberal si es indulgente y relajado y penetrado por comunistas." (Citado en Noam Chomsky: "What Uncle Sam Really Wants," p. 11).

"En la visión del mundo de Obama, como en la de su amiga de Harvard y ex asesora de política exterior Samantha Power, los crímenes estadounidenses generalmente no existen."

Los millones masacrados directa o indirectamente por EE.UU. en Hiroshima, Nagasaki, Corea, Vietnam, Camboya (estos últimos fueron víctimas de lo que "Audacity of Hope" de Obama llama caritativamente una campaña de bombardeo "sin timón moral") y Centroamérica, representan un espantoso pero oficialmente invisible testimonio del maravilloso "comedimiento" del Tío Sam dentro del EE.UU. del "totalitarismo invertido" (vea Sheldon Wolin, Democracy Incorporated: Managed Democracy and the Specter of Inverted Totalitarianism [Princeton, NJ: Princeton University Press, 2008) y de gran parte de Occidente. Y lo mismo sucede con los innumerables otros asiáticos, africanos y latinoamericanos que sufrieron bajo dictaduras y clases gobernantes opresoras financiadas y equipadas rutinariamente por "la atalaya sobre los muros de la libertad" (como el héroe de Obama, John Fitzgerald Kennedy describiera una vez a EE.UU.) en nombre de la mítica batalla contra el mesiánico expansionismo soviético – víctimas de lo que "Audacity of Hope" de Obama llama el "fomento ocasional de la tiranía... cuando servía nuestros intereses (Obama, Audacity of Hope, p. 279).

Semejantes "víctimas indignas" de la política exterior de EE.UU. representan un trágico testimonio histórico del oscuro secreto tras el compromiso, apasionadamente declarado, de EE.UU., con la "democracia" durante la Guerra Fría: EE.UU. sólo apoyó a gobiernos populares y la autodeterminación nacional en el extranjero en los raros incidentes cuando y donde (nunca y en ningún sitio o cerca de ello) esos principios fueron considerados como consistentes con los objetivos globales "estadounidenses" determinados por la elite del poder de EE.UU.

La lista histórica oficialmente inexistente de víctimas incluye a masas de timoreses orientales asesinados por una invasión indonesa casi genocida que fue aprobada, y que podría haber sido impedida con un solo llamado telefónico, por la Casa Blanca de Gerald Ford. Un llamado que Ford y su Secretario de Estado, Henry Kissinger, no hicieron. Obama borró las atrocidades de Timor de sus reflexiones en "The Audacity of Hope" sobre lo que supo de la "historia subsiguiente de Indonesia" después de vivir en ese país como joven muchacho durante los años sesenta. En la visión del mundo de Obama, como en la de su amiga de Harvard y ex asesora de política exterior. Samantha Power, los crímenes estadounidenses generalmente no existen. No ocurrieron. [3]

"La mayor víctima de esa guerra"

La concepción nacionalista y blanqueada de la historia de las relaciones exteriores de EE.UU. fue muy evidente en las reflexiones en "The Audacity of Hope sobre la Guerra de Vietnam, una invasión ilegal de EE.UU. que mató a por lo menos 3 millones de indochinos. En el perturbador relato de Obama:

"Las desastrosas consecuencias de ese conflicto – para nuestra credibilidad y prestigio en el extranjero, para nuestras fuerzas armadas (cuya recuperación costaría una generación), y sobre todo para los que combatieron – han sido ampliamente documentadas. Pero tal vez la mayor víctima de esa guerra fue el lazo de confianza entre el pueblo estadounidense y su gobierno – y entre los propios estadounidenses. Como consecuencia de un cuerpo de prensa más agresivo y de las imágenes de bolsas para cadáveres desbordando las salas de estar, los estadounidenses comenzaron a darse cuenta de que los mejores y más inteligentes en Washington no saben siempre lo que hacen – y no dicen siempre la verdad. De más en más, muchos de izquierdas expresaban oposición no sólo a la Guerra de Vietnam sino también a los objetivos generales de la política exterior estadounidense. Según su opinión, el presidente Johnson, el general Westmoreland, la CIA, el 'complejo militar-industrial,' e instituciones internacionales como el Banco Mundial eran todos manifestaciones de la arrogancia, el jingoísmo, el racismo, el capitalismo y el imperialismo estadounidenses. Los de derechas respondieron con la misma moneda, responsabilizando exclusivamente por la pérdida de Vietnam y por la decadencia del lugar de EE.UU. en el mundo a los que 'culpaban primero a EE.UU' – los manifestantes, los hippies, Jane Fonda, los intelectuales de las universidades prestigiosas y a los medios liberales" (Obama, Audacity of Hope, pp. 287-288)

"The Audacity of Hope" [2] dejó en manos de los críticos enajenados de la izquierda de los "absolutistas morales" (la descripción de Obama de la Nueva Izquierda y la Nueva Derecha) la tarea de señalar que EE.UU. no era propiedad de EE.UU. y por lo tanto no podía "perderlo" y que el masivo ataque de EE.UU. contra Indochina reflejaba los objetivos de la política exterior de EE.UU. de subordinar el desarrollo del Tercer Mundo a las necesidades percibidas del orden capitalista mundial supervisado por EE.UU. Dejó en manos de radicales excéntricos la tarea de señalar que la "guerra" unilateral fue ordenada por elites criminales – no sólo estúpidas e ignorantes – y que muchos de los responsables políticos sabían "[perfectamente] lo que estaban haciendo": asesinando a Vietnam.
En cuanto al supuesto trágico desgaste del "lazo de confianza entre el pueblo estadounidense y su gobierno," numerosos izquierdistas 'poco realistas' (incluyendo a este autor) tienen motivos sanos para pensar que el así llamado "Síndrome de Vietnam" – la actitud frecuentemente escéptica de muchos estadounidenses hacia los pronunciamientos y planes de guerra militaristas de sus "dirigentes" de la política exterior – es algo muy sano. Es una tendencia saludable, piensan muchos progresistas, cada vez que los ciudadanos de EE.UU. someten a "su" establishment de la política exterior a un escrutinio escéptico, incluso "desconfiado." Hay que aplaudir, pensamos muchos, que durante los fines de los años sesenta y comienzos de los setenta gran parte de la población estadounidense se haya vuelto contra una sangrienta guerra colonial en la que "Hijos Afortunados" de la "elite" fueron considerados como demasiado privilegiados para "servir". Es fantástico, creen correctamente muchos estadounidenses, que parte de la población haya llegado a comprender las bases interiores clasistas y racistas del imperialismo que el libro electoral de Obama mostró como una creación mitológica de la "caricatura" de izquierdas (The Audacity of Hope, p. 288).

"The Audacity of Hope" olvidó señalar que el presunto "lazo de confianza" anterior (cuya disolución lamenta Obama) entre el pueblo y "su" gobierno se basaba en gran parte en mentiras del establishment, calculadas para "dar un susto de muerte al pueblo estadounidense" (Senador estadounidense Vandenburg en 1947) con amenazas globales soviéticas y "comunistas groseramente exageradas." Los engaños tenían la intención de inducir a la masa estadounidense a encogerse de miedo bajo la tutela del Estado de Seguridad Nacional y a aceptar por el valor de sus palabras las proclamaciones globales e interiores de los gerentes sabios y benévolos del sistema estadounidense.

Obama abandonó a radicales irrelevantes y a incurables archi-iconoclastas la tarea de señalar que su icono frecuentemente invocado, el doctor Martin Luther King fue uno de los "de izquierdas" que vieron a la Guerra de Vietnam como una expresión del imperialismo y racismo general de EE.UU. y de su esclavitud conexa con lo que el ex presidente de EE.UU. y Comandante Aliado en la Segunda Guerra Mundial, Dwight Eisenhower, identificó como el complejo militar industrial – una entidad muy real y fácilmente identificable que merece ser mencionada sin comillas sarcásticas.

"El doctor Martin Luther King fue uno de los "de izquierdas" que vieron a la Guerra de Vietnam como una expresión del imperialismo y racismo general de EE.UU."

También dejó en manos de los "disparatados" "fanáticos" del sector radical marginal que señalaran la inconveniente verdad de que "las mayores víctimas de la notablemente unilateral "guerra" de Vietnam – un ejercicio en agresión imperial que tuvo lugar en su totalidad en suelo vietnamita (y camboyano y laosiano) ilegalmente invadido – fueron sufridas por el pueblo de Vietnam. El terrible recuento de cadáveres de soldados de EE.UU. (58.000 durante la guerra y más que se suicidaron después) palidece ante los millones de vietnamitas muertos y el horrendo daño hecho a aldeas, ciudades, infraestructura, ecología y agricultura indochinas. La cantidad de civiles sudvietnamitas muertos sólo en el programa de tortura y asesinato de la CIA, "Operation Phoenix", fue equivalente a un 45% de la cantidad total de muertos estadounidenses en Vietnam.

Además, en vista de que hasta 700.000 iraquíes habían sido muertos por la "Operación Libertad Iraquí" para cuando "The Audacity of Hope" se convirtió en un éxito de ventas en EE.UU., se podría perdonar al pueblo de Iraq por no compartir la percepción de Obama de que fue algo bueno que las Fuerzas Armadas de EE.UU. se hayan "recuperado" después de Vietnam.

En cuando a la intrépida observación de Obama de que Vietnam indicó que los responsables de la política exterior de EE.UU. "no dijeron siempre la verdad" (p. 287), debe una de las observaciones más infravaloradas de realidad elemental en la historia escrita de la literatura electoral.

Nuestro propio Departamento de Defensa: vs. ese radical demente, Jesús

La misma tachadura y distorsión histórica orwelliana que caracterizó el capítulo sobre política exterior de "The Audacity of Hope" se ha repetido una y otra vez en los diversos discursos de política exterior de Obama y en su ensayo en Foreign Affairs. En todos esos lugares, y en otros, Obama se ha mostrado dispuesto a funcionar como lo que Pilger llama "la voz del Consejo de Relaciones Exteriores."

Lo que sigue es una proclama típica del voluminoso historial de pronunciamientos imperiales de Obama, más allá de sólo su libro: "En momentos de gran peligro en el siglo pasado, nuestros dirigentes aseguraron que EE.UU., mediante los hechos y su