|
País inhóspito para los
jóvenes
Editorial
de LA JORNADA,
México
Los números de la primera
Encuesta Nacional de Exclusión,
Intolerancia y Violencia,
levantada en los bachilleratos
públicos del país entre 13 mil
104 alumnos de 15 a 19 años,
proporcionan un diagnóstico
crudo y brutal del extravío: más
de 54 por ciento de los
encuestados dicen estar tristes,
13 de cada cien han atentado
contra su vida y casi 9 por
ciento han pensado en el
suicidio. Las dificultades para
afrontar la existencia se
ahondan entre las mujeres y en
las regiones pobres. Así, 24.5
por ciento de las jóvenes
oaxaqueñas han deseado morir y
21.7 por ciento han intentado
poner fin a su vida. No es de
extrañar que, en general, el
mapa de la depresión juvenil
parezca corresponderse con el de
la miseria y la pobreza: es en
Oaxaca, Tabasco, Veracruz,
Durango, Tlaxcala, San Luis
Potosí, Puebla, Guerrero,
Jalisco y Morelos donde está más
extendido el descontento de los
muchachos con el mundo que los
rodea.
Más allá de que la adolescencia
conlleve aparejados conflictos
con el entorno y angustias ante
el futuro, no hay motivos para
pensar que la melancolía, el
sentimiento de soledad, las
ganas de llorar y la percepción
de la existencia propia como "un
fracaso" entre los mexicanos de
15 a 19 años sean fenómenos
propios de la edad, consecuencia
de lecturas nihilistas o rebote
de modas globales. Antes de las
consideraciones clínicas hay
razones sociales y económicas
que permiten explicar semejante
estado de postración de los
jóvenes del país: la
desintegración y la ruptura de
los tejidos sociales, la falta
de empleo de los padres y de
perspectivas de trabajo para los
hijos o, en el menos malo de los
casos, las deplorables e
injustas condiciones laborales
de unos y de otros, las pésimas
condiciones de vivienda y
transporte en que subsisten
millones de familias, la
desolación ante una economía sin
horizontes de movilidad social,
la negación sistemática de
garantías constitucionales
básicas por parte de las
autoridades de todos los ámbitos
y niveles, así como una
disociación permanente entre los
escenarios idílicos del discurso
oficial y una realidad de
miseria, desigualdades,
atropellos, exclusión,
marginación, inseguridad e
impunidad.
A lo largo de dos décadas, la
tecnocracia neoliberal imperante
ha llevado el sistema de
educación pública a grados de
desastre –lo prueba el mal
desempeño de la gran mayoría de
los aspirantes a ingresar en los
centros de educación superior
del Estado– y ha construido un
país en el que los jóvenes
pobres no tienen otros
horizontes de desarrollo
personal que la economía
informal, la emigración, la
delincuencia o, en el mejor de
los casos, la incorporación a
trabajos mal pagados, inciertos,
inseguros, insalubres y carentes
de perspectivas de superación.
Como parte de la implantación
deliberada del modelo
político-económico que impera,
la convivencia social ha sido
suplantada por la ley de la
selva de la competencia feroz,
los derechos han sido
sustituidos por "oportunidades"
y la beneficencia privada ha
remplazado a casi todas las
instituciones de solidaridad y
de redistribución de la riqueza.
Con este panorama a la vista, no
es necesario buscar razones
misteriosas o inescrutables para
explicar la depresión o la
tristeza que afecta a más de la
mitad de los alumnos de los
bachilleratos públicos. El
motivo central está a la vista:
la persistencia de un proyecto
gobernante concebido para
beneficio de los capitales y no
de las personas, y que en su
afán privatizador y desregulador
ha devastado la agricultura, la
industria, los servicios
públicos, los programas de
bienestar social, los derechos
individuales, la educación, la
salud y la cultura, y que ahora,
para favorecer a las grandes
corporaciones, pretende
expropiar al conjunto de los
mexicanos la única gran riqueza
que aún conserva el estatuto de
nacional y colectiva: la
industria petrolera.
NUESTRA AMERICA
nuestramerica-subscribe@yahoogroups.com
Gentileza:: elaine tavares
[eteia@gmx.net]
paginadigital |