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Capitalismo Hambre y
Globalización
por Renan
Vega Castor *
La globalización ha sido
presentada como la medicina
milagrosa que solucionaría todos
los problemas de la humanidad,
entre ellos el hambre. Sin
embargo, esa globalización la ha
acrecentado, generando una
realidad profundamente injusta
en términos alimenticios, donde
al mismo tiempo unos pocos
consumen hasta el hartazgo,
mientras que millones de seres
humanos soportan la desnutrición
o mueren de hambre.
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La globalización, ese apodo
benigno para denominar al
imperialismo, ha sido presentada
desde hace un cuarto de siglo
como la medicina milagrosa que
solucionaría todos los problemas
de la humanidad, entre ellos el
hambre. Sin embargo, esa
globalización la ha acrecentado,
generando una realidad
profundamente injusta en
términos alimenticios, donde al
mismo tiempo unos pocos consumen
hasta el hartazgo (como puede
apreciarse en los "esbeltos
cuerpos" de millones de
estadounidenses, mofletudos y
regordetes, que no pueden ni
andar de tanto ingerir comida
basura), mientras que millones
de seres humanos soportan la
desnutrición o mueren de hambre,
en todos los continentes.
Que el capitalismo produzca
hambrientos no es nuevo, puesto
que, en todas las épocas, su
expansión mundial ha generado,
de manera invariable, hambre a
vasta escala, como resultado de
la destrucción de las economías
locales, sometidas a nuevas
exigencias para que se "adapten"
a los requerimientos del mercado
mundial, como reza la formula de
los economistas ortodoxos.
Primera globalización: la
conquista sangrienta de América
Después de 1492, cuando las
potencias europeas conquistaron
y colonizaron sangrientamente el
continente americano, se
produjeron las primeras
hambrunas en los suelos del
"nuevo mundo". Esa conquista
abarcó todas las esferas
sociales, culturales y
ambientales de la vida de las
comunidades indígenas, lo cual
destruyó las estructuras que
permitían el funcionamiento de
dichas sociedades. Los europeos
trajeron consigo enfermedades y
plagas que alteraron y
destruyeron los ecosistemas
nativos, que posibilitaban la
supervivencia de los indígenas.
Las epidemias de viruela,
sarampión y peste mataron a
millones de seres humanos, junto
con las hambrunas producidas por
el arrasamiento de las cosechas,
destruidas por la introducción
de vacas, ovejas y ratas que
venían en los barcos de los
invasores.
La conquista europea de América
trajo como consecuencia el
hambre y la enfermedad a
sociedades indígenas que no
habían soportado a vasta escala
el flagelo del hambre, como
sucedió en las Antillas,
Mesoamérica y Sudamérica. Uno de
los ejemplos más dramáticos de
ese impacto se aprecia en el
actual territorio peruano, donde
el imperio de los Incas
garantizaba la alimentación de
todos los pueblos que sojuzgaba,
mediante adecuados sistemas de
almacenamiento de alimentos,
como la patata y el maíz, que
eran redistribuidos en los
dominios del imperio. En ese
mismo lugar, se cultivaban diez
mil variedades de papa –la misma
que salvará años después a
Europa del flagelo de las
hambrunas permanentes-, pero hoy
el Perú compra parte de la papa
que consume a Holanda. Esto no
es producto de la fatalidad
histórica, sino de la imposición
del sistema colonial, que
destruyó los sistemas de cultivo
indígenas, transformando
fértiles valles en resecas
porciones de tierra. Al mismo
tiempo que se destruían las
bases de sustentación de las
sociedades indígenas, los
hombres eran esclavizados en las
minas de oro y plata y las
mujeres eran sometidas a la
servidumbre doméstica. Así llegó
el hambre a estas tierras,
traída de afuera como la viruela
y como la cruz y la espada.
Segunda globalización: expansión
capitalista y muerte en masa en
las colonias europeas en el
siglo XIX.
Durante la segunda mitad del
siglo XIX, Inglaterra,
compitiendo con Francia y otras
potencias europeas, encabezó la
conquista de territorios en
África y Asia, lo cual trae
aparejadas las hambrunas a
escala nunca antes vista. En la
India y otros territorios
colonizados por Inglaterra, las
poblaciones fueron obligadas a
producir no para sí mismas sino
para el mercado inglés. Esta
forma de agricultura de
exportación significó que las
comunidades locales,
autosuficientes antes de la
incorporación violenta al
capitalismo, sufrieran una
repentina ruptura en sus formas
de producción agrícola, ahora
dirigidas al mercado europeo,
con la consecuente muerte de
millones de seres humanos en la
segunda mitad del siglo XIX.
Algunos cálculos indican que en
los últimos 25 años de ese siglo
murieron en el mundo por
inanición unas 50 millones de
personas. Mientras en los países
capitalistas de Europa
desaparecía el espectro del
hambre, en el otro lado del
mundo morían como moscas
hombres, mujeres y niños.
Estas personas no murieron
porque estuvieran fuera del
capitalismo, sino porque fueron
violentamente incorporadas al
mismo. De hecho, murieron en la
época dorada del capitalismo
liberal, o más exactamente
fueron asesinadas por la
aplicación de la teología
liberal del mercado de autores
como Adam Smith, Jeremias
Benthan o Jhon S. Mill. Esta
teología planteaba que era más
óptimo que los cereales de la
las colonias se exportaran a
Inglaterra, lo cual, no se sabe
cómo, finalmente beneficiaría a
los habitantes locales por obra
de la mano invisible del
mercado. La aplicación práctica
de este anuncio, que no tenía
nada que ver con la realidad,
produjo el hambre de aquellos
que producían los cereales que
se enviaban hacia Europa. El
incremento en los precios de los
alimentos impedía a los humildes
habitantes de China, la India,
Brasil y muchos otros
territorios, con ingresos
miserables por la pauperización
a que fueron sometidos, adquirir
los productos básicos de
subsistencias.
Justamente, la conversión de los
alimentos en una mercancía y la
aplicación de los principios
criminales del libre comercio
destruyeron los mecanismos de
producción, distribución,
comercialización y consumo que
posibilitaban la supervivencia
de los pueblos colonizados,
entre los cuales sobresalía la
ayuda mutua, la solidaridad, el
don y la reciprocidad,
mecanismos todos arrasados por
el libre comercio, que mato a
millones de personas de física
inanición.
Tercera globalización:
agronegocios, arrinconamiento de
los campesinos y hambrunas
generalizadas
En la actualidad se repite el
ciclo macabro de utilizar las
tierras para sembrar cultivos de
exportación, mientras que los
productos de subsistencia de las
economías campesinas son
apropiados por los monopolios
agrícolas. En esas condiciones,
la hambruna que recorre el mundo
tiene las mismas causas de las
dos épocas consideradas
anteriormente, aunque ahora sus
consecuencias sean más
destructivas al ser de carácter
mundial. En las últimas décadas
por doquier se expulsa a los
campesinos de la tierra, en la
que se siembran cultivos que
benefician de manera exclusiva a
las grandes empresas agrícolas
del mundo. Ahora la tierra ya no
es el medio de producción
fundamental para alimentar a la
gente, sino el instrumento para
enriquecer a unas cuantas
multinacionales agrícolas y a
sus pocos testaferros locales.
El libre comercio, como en el
pasado, ha servido para despojar
a los pequeños agricultores
mediante la eliminación de los
subsidios y los mecanismos
proteccionistas con el que
contaban los Estados, con la
especialización en la producción
de géneros agrícolas para el
mercado mundial (café, banano,
palma aceitera, frutas
exóticas), con la conversión de
las mejores tierras en zonas
ganaderas o de cultivos
forestales y últimamente de
cultivos que produzcan
necrocombustibles (combustibles
de la muerte es su verdadero
nombre, pues el de
biocombustibles que se emplea
frecuentemente es un embuste).
Todo esto ha originado la
pérdida de la seguridad
alimenticia en los países
pobres, en los cuales ya no se
producen los alimentos básicos,
que deben ser comprados en el
mercado mundial, a los precios
que fijen las empresas
multinacionales y los países
imperialistas, como los Estados
Unidos.
Este modelo agrícola es el
responsable del hambre que, en
estos momentos, se extiende por
el mundo y que ha provocado
rebeliones de gente humilde en
decenas de países, afectados
criminalmente por el libre
comercio. Los campesinos han
dejado de ser productores, pues
se les arrebataron sus tierras,
y ahora son consumidores, aunque
no tengan ni un céntimo con que
comprar los costosos alimentos
que antes producían,
precisamente porque han sido
despojados de la tierra, del
agua y de sus cultivos.
Como lo anunció Estados Unidos
hace casi tres décadas, en el
documento de Santafe 1, los
alimentos se han convertido en
una arma de guerra, para someter
a los países pobres, para
destruir sus campesinos e
indígenas y para experimentar
con cultivos transgénicos, que
se brindan como parte de la
"ayuda" a los hambreados. A eso
debe agregársele que la
agricultura capitalista es
petrodependiente (por el uso de
fertilizantes e insumos
agroquímicos) y ante el
incremento en los precios del
petróleo suben paralelamente los
precios de los productos
básicos, convertidos además en
un botín de los especuladores
financieros.
Por todo esto, el hambre de
millones de seres humanos –se
calcula que 1200 millones
soportarán hambre crónica de
aquí al 2025-, es un producto
del capitalismo y un jugoso
negocio que enriquece en forma
simultanea a las grandes
empresas productoras de
alimentos, petroleras y
automovilísticas. Como en el
siglo XVIII, para el capitalismo
la mejor forma de solucionar el
problema del hambre es devorando
a los pobres, como lo sugería
Jonathan Swift en Una modesta
proposición (1729), cuando en
forma satírica proponía que los
irlandeses pobres devoraran a
sus propios hijos, con lo cual
aparte de evitar la hambruna, le
ahorrarían a los niños más
sufrimientos; o, como
gráficamente, lo decía un
graffiti en la ciudad de Buenos
Aires: "¡Combata el hambre y la
pobreza! ¡Cómase a un pobre!".
Eso es lo que efectivamente
sucede cuando el maíz o la caña
se siembran para producir
gasolina. Cuando a un automóvil
se le está suministrando
combustible, originado en los
alimentos, se está devorando a
un pobre, porque, por un
antinatural metabolismo que sólo
puede ser resultado del
capitalismo, el alimento ya no
tiene por destino saciar el
hambre de los seres humanos sino
el de las voraces máquinas de
cuatro ruedas, la máxima
expresión del modo americano de
muerte.
*
Renan Vega Castor es economista,
Magister en Historia de la
Universidad Nacional de
Colombia. Autor de numerosas
obras sobre economía e historia
política. Su último libro (en
dos volúmenes), es "Un mundo
incierto, un mundo para aprender
y enseñar. Las transformaciones
mundiales y su incidencia en la
enseñanza de las Ciencias
Sociales". Universidad
Pedagógica Nacional, Bogotá,
2007. - Artículo enviado por el
autor para Agenda Radical -
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