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El hundimiento del centro del
mundo
por Jorge
Beinstein
especial para ARGENPRESS.info
Fecha publicación: 07/05/2008
La recesión se ha instalado
en los Estados Unidos, los
subsidios alimentarios que
cubrían a unas 26 millones y
medio de personas en 2006
subieron en 2007 a 28 millones,
nivel nunca alcanzado desde los
años 1960. Recientemente la OCDE
ha revisado a la baja sus
previsiones de crecimiento para
la economía estadounidense
asignándole una expansión igual
a cero para el primer semestre
del año actual, por su parte el
FMI acaba de hacer un pronóstico
aún más grave incluyendo
períodos de crecimiento
negativo. Estos organismos
venían bombardeando a los medios
de comunicación (que a su vez
bombardeaban al planeta) con
pronósticos optimistas basados
en la supuesta fortaleza de la
economía norteamericana;
sostenían que no habría recesión
y que lo peor podría ser un
crecimiento bajo rápidamente
desbordado por una nueva
expansión... si ahora admiten la
recesión es porque algo mucho
peor está en el horizonte.
Bajo la apariencia de varias
crisis convergentes se despliega
ante nuestros ojos el final de
lo que deberíamos mirar como el
primer capítulo de la
declinación del Imperio
norteamericano (aproximadamente
2001-2007) y el comienzo de un
proceso turbulento disparado por
el salto cualitativo de
tendencias negativas que se
fueron desarrollando a lo largo
de períodos de distinta
duración.
De todos modos las malas
noticias financieras,
energéticas y militares no
parecen aplacar los delirios
mesiánicos de Washington sino
todo lo contrario, es como si
Bush y sus halcones no fueran a
dejar la Casa Blanca dentro de
unos pocos meses. Siguen
amenazando a gobiernos que no se
someten a sus caprichos,
insinúan nuevas guerras y
afirman querer prolongar
indefinidamente las ocupaciones
de Irak y Afganistán, incluso un
ataque devastador contra Iran
todavía es posible. De tanto en
tanto emerge una nueva ola de
rumores bélicos apuntando hacia
Iran por lo general originados
en declaraciones o trascendidos
de altos funcionarios del
gobierno, un ataque contra ese
país tendría consecuencias
inmediatas catastróficas para la
economía mundial, el precio del
petróleo se dispararía hacia las
nubes, el sistema financiero
global pasaría a una situación
caótica y la recesión imperial
se convertiría en ultra recesión
encabezada por un dólar en caída
libre. Tal vez algunos
estrategas del Pentágono y del
círculo de halcones mas
radicalizados estén imaginando
un gran fuego mundial
purificador del que emergería
victoriosa la nación elegida por
Dios: los Estados Unidos de
América. Se trata de una locura
pero forma parte de la
configuración psicológica de una
porción importante de la élite
dominante atravesada por una
corriente letal que combina
virtualismo, omnipotencia,
desesperación y furia ante una
realidad cada día menos dócil.
En los grandes centros de
decisión económica actualmente
domina la incertidumbre que se
va convirtiendo en pánico; el
fantasma del colapso comienza a
asomar su rostro. Mientras tanto
la autoridades económicas
norteamericanas inyectan
masivamente liquidez en el
mercado, otorgan subsidios
fiscales e improvisan costosos
salvatajes a las instituciones
financieras en bancarrota
intentando suavizar la recesión
sabiendo que de ese modo
aceleran la inflación y la caída
del dólar: su margen de
maniobras es muy pequeño, la
mezcla de inflación y recesión
hace completamente ineficaces
sus instrumentos de
intervención.
La palabra 'colapso' fue
apareciendo con creciente
intensidad desde fines del año
pasado en entrevistas y
artículos periodísticos muchas
veces combinadas con otras
expresiones no menos terribles,
en algunos casos adoptando su
aspecto más popular (derrumbe,
muerte, caída catastrófica) y en
otros su forma rigurosa, es
decir como sucesión irreversible
de graves deterioros sistémicos,
como decadencia general. Paul
Craig Roberts (que fue en el
pasado miembro del staff
directivo del Departamento del
Tesoro de los Estados Unidos y
editor de Wall Street Journal)
publicó el 20 de marzo un texto
titulado "El colapso de la
potencia americana" donde
describe los rasgos decisivos de
la declinación integral de los
Estados Unidos (1), el 27 de
marzo "The Economist" titulaba
"Esperando el arnagedon" a un
articulo referido a la marea
irresistible de bancarrotas
empresarias norteamericanas. El
14 de marzo "The Intelligencer"
titulaba "Expertos
internacionales pronostican el
colapso de la economía
norteamericana" donde recogía
las opiniones entre otros de
Bernard Connelly del Banco AIG y
de Martin Wolf, columnista del
Financial Times.
El 3 de abril Peter Morici en
una nota aparecida en "Counterpunch"
señalaba que "es imposible negar
que la economía (estadounidense)
ha entrado en una recesión cuya
profundidad y duración son
impredecibles" (2). A modo de
conclusión el 14 de abril
Financial Times publicaba un
articulo de Richard Haass,
presidente del Consejo de
Relaciones Exteriores de los
Estados Unidos donde señalaba
que "la era unipolar, periodo
sin precedentes de dominio
estadounidense, ha terminado.
Duro unas dos décadas, algo más
de un instante en términos
históricos" (3).
Una prolongada degradación
Para entender lo que está
ocurriendo así como sus posibles
desarrollos futuros es necesario
tomar en cuenta fenómenos que
han modelado el comportamiento
de la sociedad norteamericana
durante las últimas tres décadas
generando un proceso más amplio
de decadencia social.
En primer lugar el deterioro de
la cultura productiva
gradualmente desplazada por una
combinación de consumismo y
prácticas financieras. La
precarización laboral
incentivada a partir de la
presidencia de Reagan buscaba
disminuir la presión salarial
mejorando así la rentabilidad
capitalista y la competitividad
internacional de la industria,
pero a largo plazo degradó la
cohesión laboral, el interés de
los asalariados hacia las
estructuras de producción. Ello
derivó en una creciente
ineficacia de los procesos
innovativos que pasaron a ser
cada vez más difíciles y caros
comparados con los de los
principales competidores
globales (europeos, japoneses,
etc.). Uno de sus resultados fue
el déficit crónico y ascendente
del comercio exterior (2 mil
millones de dólares en 1971, 28
mil millones en 1981, 77 mil
millones en 1991, 430 mil
millones en 2001, 815 mil
millones en 2007).
Mientras tanto se fue
expandiendo la masa de negocios
financieros absorbiendo
capitales que no encontraban
espacios favorables en el tejido
industrial y otras actividades
productivas. Las empresas y el
Estado demandaban esos fondos,
las primeras para desarrollarse,
concentrase, competir en un
mundo cada vez más duro, y el
segundo para solventar sus
gastos militares y civiles que
cumplían un papel muy importante
en el sostenimiento de la
demanda interna. Recordemos por
ejemplo las erogaciones
descomunales motivadas por la
llamada 'Iniciativa de Defensa
Estratégica' (mas conocida como
'Guerra de las Galaxias')
lanzada por Reagan en 1983 en el
momento en que la desocupación
superaba el 10% de la Población
Económicamente Activa (la cifra
más alta desde el fin de la
Segunda Guerra Mundial).
Un segundo fenómeno fue la
concentración de ingresos, hacia
comienzos de los años 1980 el 1
% más rico de la población
absorbía entre el 7 % y el 8 %
del Ingreso Nacional, veinte
años después la cifra se había
duplicado y en 2007 rondaba el
20 %: el más alto nivel de
concentración desde fines de los
años 1920, por su parte el 10 %
mas rico paso de absorber un
tercio del Ingreso Nacional
hacia mediados de los años 1950
a cerca del 50% en la actualidad
(4). Contrariamente a lo que
enseña la "teoría económica"
dicha concentración no derivó en
mayores ahorros e inversiones
industriales sino en más consumo
y más negocios improductivos que
con la ayuda del boom de las
tecnologías de la información y
la comunicación engendraron un
universo semi virtual por encima
del mundo, casi mágico, donde
fantasía y realidad se mezclan
caóticamente. Por allí navegaron
(y aún navegan) millones de
norteamericanos, en especial las
clases superiores.
Enlazado a lo anterior irrumpió
un proceso, casi imperceptible
primero pero luego arrollador de
desintegración social uno de
cuyos aspectos más notables es
el incremento de la criminalidad
y de la subcultura de la
transgresión abarcando a los mas
variados sectores de la
población, acompañada por la
criminalización de pobres,
marginales y minorías étnicas.
Actualmente las cárceles
norteamericanas son las más
pobladas del planeta, hacia 1980
alojaban unos 500 mil presos, en
1990 cerca de 1.150.000 , en
1997 eran 1.700.000 a los que
había que agregar 3.900.000 en
libertad vigilada (probation,
etc.), pero a fines de 2006 los
presos sumaban unos 2.260.000 y
los ciudadanos en libertad
vigilada unos 5 millones; en
total más de 7.200.000
norteamericanos se encontraban
bajo custodia judicial (5). En
abril de 2008 un articulo
aparecido en el New York Times
señalaba que los Estados Unidos
con menos del 5 % de la
población mundial alojan al 25 %
de todos los presos del planeta,
uno de cada cien de sus
habitantes adultos se encuentran
encarcelados; es la cifra más
alta a nivel internacional (6).
Militarización y decadencia
estatal
Otro fenómeno a tomar en cuenta
es la larga marcha ascendente
del Complejo Industrial Militar,
área de convergencia entre el
Estado, la industria y la
ciencia que se fue expandiendo
desde mediados de los años 1930
atravesando gobiernos demócratas
y republicanos, guerras reales o
imaginarias, períodos de calma
global o de alta tensión.
Algunos autores, entre ellos
Chalmers Johnson, consideran que
los gastos militares han sido el
centro dinámico de la economía
norteamericana desde la Segunda
Guerra Mundial hasta las guerras
eurasiáticas de la
administración Bush-Cheney
pasando por Corea, Vietnam, la
Guerra de las Galaxias y Kosovo.
Según Johnson, que define a la
estrategia sobre determinante
seguida en las últimas siete
décadas como 'keynesianismo
militar', el gasto bélico real
del ejercicio fiscal 2008
superaría los 1,1 billones
(millones de millones) de
dólares, el más alto desde la
Segunda Guerra Mundial (7).
Estos gastos han ido creciendo a
lo largo del tiempo involucrando
a miles de empresas y millones
de personas, de acuerdo a los
cálculos de Rodrigue Tremblay en
el año 2006 el Departamento de
Defensa de los Estados Unidos
empleó a 2.143.000 personas.
mientras que los contratistas
privados del sistema de defensa
empleaban a 3.600.000
trabajadores (en total 5.743.000
puestos de trabajo) a los que
hay que agregar unos 25 millones
de veteranos de guerra. En suma,
en los Estados Unidos unas 30
millones de personas (cifra
equivalente al 20 % de la
Población Económicamente Activa)
reciben de manera directa e
indirecta ingresos provenientes
del gasto público militar (8).
El efecto multiplicador del
sector sobre el conjunto de la
economía posibilitó en el pasado
la prosperidad de un esquema que
Scott MacDonald califica como 'the
guns and butter economy', es
decir una estructura donde el
consumo de masas y la industria
bélica se expandían al mismo
tiempo (9). Pero ese largo ciclo
esta llegando a su fin; la
magnitud alcanzada por los
gastos bélicos los ha convertido
en un factor decisivo del
déficit fiscal causando
inflación y desvalorización
internacional del dólar. Además
su hipertrofia otorgó un enorme
peso político a élites estatales
(civiles y militares) y
empresarias que se fueron
embarcando en un autismo sin
contrapesos sociales.
La creciente sofisticación
tecnológica paralela al
encarecimiento de los sistemas
de armas alejó cada vez más a la
ciencia militarizada de sus
eventuales aplicaciones civiles
afectando negativamente la
competitividad industrial. Esta
separación ascendente entre la
ciencia-militar (devoradora de
fondos y de talentos) y la
industria civil llegó a niveles
catastróficos en el período
terminal de la ex Union
Soviética, ahora la historia
parece repetirse.
A todo esto se agrega un
acontecimiento aparentemente
inesperado, las guerras de Irak
y Afganistán y de manera
indirecta el fracaso de la
ofensiva israelí en el Libano
muestran la ineficacia operativa
de la súper compleja (y súper
cara) maquinaria bélica de
última generación puesta en
jaque por enemigos que operan de
manera descentralizada y con
armas sencillas y baratas.
Planteando una grave crisis de
percepción (una catástrofe
psicológica) entre los
dirigentes del Complejo
Industrial Militar de los
Estados Unidos y de la OTAN (en
la historia de las
civilizaciones no es esta la
primera vez que ocurre un
fenómeno de este tipo).
Ahora bien, la
hipertrofia-crisis de la
militarización esta
estrechamente asociada (forma
parte de) la decadencia del
Estado expresada por el
repliegue de su capacidad
integradora (declinación de la
seguridad social, predominio de
la cultura elitista en sus
centros de decisión, etc.), la
degradación de la
infraestructura y por un déficit
fiscal crónico y en aumento que
ha derivado en una deuda pública
gigantesca. Si nos remitimos a
las últimas cuatro décadas los
superávits fiscales constituyen
una rareza, desde los años 1970
los déficits fueron creciendo
hasta llegar a comienzos de los
1990 a niveles muy altos, sin
embargo Clinton se despidió a
fines de esa década con algunos
superávits que observados desde
un enfoque de largo plazo
aparecen como hechos efímeros.
Pero desde la llegada de George
W. Bush el déficit regresó
alcanzando cifras sin
precedentes: 160 mil millones de
dólares en 2002, 380 mil
millones en 2003, 320 mil
millones en 2005...
Nos encontramos ahora frente a
un estado imperial cargado de
dudas, cuyo funcionamiento
depende ya no solo del sistema
financiero nacional sino también
(cada vez más) del
financiamiento internacional, le
hubiera resultado extremadamente
difícil a la Casa Blanca
lanzarse a su aventura militar
asiática sin las compras de sus
títulos por parte de China,
Japón, Alemania y otras fuentes
externas.
La dependencia energética
A lo anterior es necesario
agregar la dependencia
petrolera, hacia 1960 los
Estados Unidos importaban el 16
% de su consumo, actualmente
llega al 65 %. Durante mucho
tiempo pudieron importar a
precios bajos pero ahora la
situación ha cambiado, la
producción mundial de petróleo
se esta acercando a su máximo
nivel (dentro de muy poco tiempo
comenzará a descender) lo cual
combinado con el debilitamiento
del dólar esta llevando el
precio a niveles nunca antes
alcanzados. Y el reemplazo
parcial de combustible de origen
fósil por biocombustibles (en el
que también están empeñadas la
otras grandes potencias
industriales) reduce la
disponibilidad relativa global
de tierras agrícolas para la
producción de alimentos lo que
provoca la suba general de los
precios de los productos de la
agricultura, en consecuencia el
efecto inflacionario se
amplifica.
Los Estados Unidos emergieron
como un gran país industrial
porque desde comienzos del siglo
XX fueron también la primera
potencia petrolera
internacional. Al igual que
Inglaterra durante el siglo XIX
respecto del carbón, gozaron de
una ventaja energética que les
permitió desarrollar tecnologías
apoyadas en dicho privilegio y
competir exitosamente con el
resto del mundo. Pero a mediados
de los años 1950 prestigiosos
expertos norteamericanos como el
geologo King Hubbert anunciaron
el fin próximo de la era de
abundancia energética nacional,
según lo anticipó Hubbert (en
1956) desde comienzos de los
1970 la producción petrolera
estadounidense comenzaría a
declinar: así ocurrió.
La incapacidad de los Estados
Unidos para reconvertir su
sistema energético (tuvo casi
cuatro décadas para hacerlo)
reduciendo o frenando su
dependencia respecto del
petróleo puede ser atribuida en
primer lugar a la presión de la
compañías petroleras que
impusieron la opción de la
explotación intensiva de
recursos externos, periféricos,
que fueron sobrestimados. Podría
afirmarse en este caso que la
dinámica imperialista forjó una
trampa energética de la que
ahora es victima el propio
Imperio. El estado no desarrolló
estrategias de largo plazo
tendientes al ahorro de energía,
lo que probablemente habría
desacelerado (no evitado) la
crisis energética actual, no
solo por la imposición del lobby
petrolero sino también porque
sus cúpulas políticas
(demócratas y republicanas) se
fueron sumergiendo en la cultura
del corto plazo correspondiente
a la era de la hegemonía
financiera, subordinándose por
completo a los intereses
inmediatos de los grupos
económicos dominantes.
Pero también deberíamos
reflexionar acerca de los
límites del sistema tecnológico
occidental-moderno que los
estadounidenses exacerbaron al
extremo. El mismo se ha
reproducido en torno de objetos
técnicos decisivos de la cultura
individualista (por ejemplo el
automóvil) que definen el estilo
de vida dominante y a
procedimientos productivos
basados en la explotación
intensiva de recursos naturales
no renovables o en la
destrucción de los ciclos de
reproducción de los recursos
renovables. Gracias a esa lógica
destructiva el capitalismo
industrial pudo en Europa desde
fines del siglo XVIII
independizarse de los ritmos
naturales sometiendo brutalmente
a la naturaleza y acelerando su
expansión. Ello aparecía ante
los admiradores del progreso de
los siglos XIX y XX como la gran
proeza de la civilización
burguesa, una visión más amplia
nos permite ahora darnos cuenta
que se trataba del despliegue de
una de sus irracionalidades
fundamentales que los Estados
Unidos, el capitalismo más
exitoso de la historia, llevó al
más alto nivel jamás alcanzado.
Desequilibrios, deudas, caída
del dólar
La pérdida de dinamismo del
sistema productivo fue
compensado por la expansión del
consumo privado (centrado en las
clases altas), los gastos
militares y la proliferación de
actividades parasitarias
lideradas por el sistema
financiero. Lo que engendró
crecientes desequilibrios
fiscales y del comercio exterior
y una acumulación incesante de
deudas públicas y privadas,
internas y externas. La deuda
pública norteamericana pasó de
390 mil millones de dólares en
1970, a 930 mil millones en
1980, a 3,2 billones (millones
de millones) en 1990, a 5,6
billones en 2000 para saltar a
9,5 billones en abril de 2008;
por su parte la deuda total de
los estadounidenses (pública más
privada) rondaba en la última
fecha mencionada los 53 billones
de dólares (aproximadamente
equivalente a Producto Bruto
Mundial) de esa cifra el 20 %
(unos 10 billones de dólares)
constituyen deuda externa. Solo
durante 2007 la deuda total
aumento cerca de 4,3 billones de
dólares (equivalente al 30 % del
Producto Bruto Interno
norteamericano) (10). El proceso
fue coronado por una sucesión de
burbujas especulativas que
marcaron, desde los años 1990 a
un sistema que consumía más allá
de sus posibilidades
productivas.
A partir de los años 1970-1980
es posible observar el
crecimiento paralelo de
tendencias perversas como los
déficits comercial, fiscal y
energético, los gastos
militares, el número de presos y
las deudas públicas y privadas.
Todas esas curvas ascendentes
aparecen atravesadas por algunas
tendencias descendentes; por
ejemplo la disminución de la
tasa de ahorro personal y la
caída del valor internacional
del dólar (que se se aceleró en
la década actual), expresión de
la declinación de la supremacía
imperial.
Ver Gráfico 1.
La articulación de esos
fenómenos nos permite esbozar
una totalidad social decadente a
la que se incorporan (convergen)
una gran diversidad de hechos de
distinta magnitud (culturales,
tecnológicos, sociales,
políticos, militares, etc.).
Esta visión de largo plazo ubica
a la era de los halcones
presidida por George. W. Bush
como una suerte de "salto
cualitativo" de un proceso con
varias décadas de desarrollo y
no como un hecho-excepcional o
una desviación-negativa. Nos
encontraríamos ante la fase más
reciente de la degradación del
capitalismo estatista-keynesiano
iniciada en los años 1970
puntapié inicial de la crisis
general del sistema. La
experiencia histórica enseña que
esos despegues hacia el infierno
casi siempre debutan en medio de
euforias triunfalistas donde
detrás de cada señal de victoria
se oculta una constatación de
desastre. La loca carrera
militar sobre Eurasia estaba
(está aún) en el centro del
discurso acerca del supuesto
combate victorioso contra un
enemigo (terrorista) global
imaginario que sumergió en el
pantano a las fuerzas armadas
imperiales, las expansiones
desenfrenadas de la burbuja
inmobiliaria y de las deudas
eran ocultada por las cifras de
aumento del Producto Bruto
Interno y la sensación
(mediática) de prosperidad.
El centro del mundo
Los Estados Unidos constituyen
hoy el centro del mundo (del
capitalismo global), su
declinación no es solo la de la
primera potencia sino la del
espacio esencial de la
interpenetración productiva,
comercial y financiera a escala
planetaria que se fue acelerando
en las tres últimas décadas
hasta conformar una trama muy
densa de la que ninguna economía
capitalista desarrollada o
subdesarrollada puede escapar
(salir de esa tupida red
significa romper con la lógica,
con el funcionamiento concreto
del capitalismo integrado por
clases dominantes locales
altamente transnacionalizadas).
Durante la década actual la
expansión económica en Europa,
China más otros países
subdesarrollados y el modesto
(efímero) fin del estancamiento
japonés solían ser mostrados
como el restablecimiento de
capitalismos maduros y el
ascenso de jóvenes capitalismos
periféricos cuando en realidad
se trató de prosperidades
estrechamente relacionadas con
la expansión
consumista-financiera
norteamericana. Estados Unidos
representa el 25 % del Producto
Bruto Mundial y es el primer
importador global, en 2007
compró bienes y servicios por
2,3 millones de millones de
dólares, es el principal cliente
de China, India y Japón,
Inglaterra, el primer mercado
extra europeo de Alemania. Pero
es sobre todo en el plano
financiero, área hegemónica del
sistema internacional, donde se
destaca su primacía. Por
ejemplo, la red de los negocios
con productos financieros
derivados (más de 600 millones
de millones de dólares
registrados por el Banco de
Basilea, es decir unas 12 veces
el Producto Bruto Mundial) se
articula a partir de la
estructura financiera
norteamericana, las grandes
burbujas especulativas
imperiales irradian al resto del
mundo de manera directa o
generando burbujas paralelas
como fue posible comprobar con
la experiencia reciente de la
especulación inmobiliaria en los
Estados Unidos y sus clones
directos en España, Inglaterra,
Irlanda o Australia e indirectos
como la superburbuja bursátil
china.
Si observamos el comportamiento
económico de las grandes
potencias comprobaremos en cada
caso como sus esferas de
negocios superan siempre los
límites de los respectivos
mercados nacionales e incluso
regionales cuya dimensión real
resulta insuficiente desde el
punto de vista del volumen y la
articulación internacional de
sus actividades. La Unión
Europea está sólidamente atada a
los Estados Unidos a nivel
comercial e industrial y
principalmente financiero, Japón
agrega a lo anterior su
histórica dependencia de las
compras norteamericanas, por su
parte China desarrolló su
economía en el último cuarto de
siglo sobre la base de sus
exportaciones industriales a los
Estados Unidos y a países, como
Japón, Corea del Sur y otros,
fuertemente dependientes del
Imperio. En fin, el renacimiento
ruso gira en torno de sus
exportaciones energéticas
(principalmente dirigidas hacia
Europa), su élite económica se
fue estructurando desde el fin
de la URSS multiplicando sus
operaciones a escala
transnacional en especial sus
vínculos financieros con Europa
occidental y los Estados Unidos.
No se trata de simples lazos
directos con el Imperio sino de
la reproducción ampliada
acelerada de una compleja red
global de negocios, mercados
interdependendientes,
asociaciones financieras,
innovaciones tecnológicas, etc.,
que integra al conjunto de
burguesías dominantes del
planeta. El mundo financiero
hipertrofiado es su espacio de
circulación natural y su motor
geográfico son los Estados
Unidos cuya decadencia no puede
ser disociada del fenómeno más
amplio de la llamada
globalización, es decir la
financierización de la economía
mundial.
Podríamos visualizar al Imperio
como sujeto central del proceso,
su gran beneficiario y
manipulador, y al mismo tiempo
como su objeto, producto de una
corriente que lo llevo hasta el
más alto nivel de riqueza y
degradación. Gracias a la
globalización los Estados Unidos
pudieron sobre-consumir pagando
al resto del mundo con sus
dólares devaluados imponiendoles
su atesoramiento (bajo la forma
de reservas) y sus títulos
públicos que financiaron sus
déficits fiscales. Aunque
también gracias al parasitismo
norteamericano, europeos,
chinos, japoneses, etc.,
pudieron colocar en el mercado
imperial una porción
significativa de sus
exportaciones de mercancías y de
excedentes de capitales. En ese
sentido el parasitismo
financiero, producto de la
crisis de sobreproducción
crónica, es a la vez
norteamericano y universal, la
otra cara del consumismo
imperial es la reproducción de
capitalismos centrales y
periféricos que necesitan
desbordar sus mercados locales
para hacer crecer sus
beneficios. Ello es evidente en
los casos de Europa occidental y
Japón pero también lo es en el
de China que exporta gracias a
sus bajos salarios (comprimiendo
su mercado interno).
Lo que se está hundiendo ahora
no es la nave principal de la
flota (si así fuera, numerosas
embarcaciones podrían salvarse);
solo hay una nave y es su sector
decisivo el que está haciendo
agua.
Horizontes turbulentos e
ilusiones conservadoras
Debemos ubicar en su contexto
histórico a las actuales
intervenciones de los estados de
los países centrales destinadas
a contrarrestar la crisis. En
los últimos meses han
proliferado ilusiones
conservadoras referidas al
posible desacople de varias
economías industriales y
subdesarrolladas respecto de la
recesión imperial pero lo hechos
van derrumbando esas esperanzas.
Junto a ellas apareció la
fantasía del renacimiento del
intervencionismo keynesiano:
según dicha hipótesis el
neoliberalismo (entendido como
simple desestatización de la
economía) sería un fenómeno
reversible y nuevamente como
hace un siglo el Estado salvaría
al capitalismo. En realidad en
las últimas cuatro décadas se ha
producido en los países
centrales un doble fenómeno: por
una parte la degradación general
de los estados que manteniendo
su tamaño con relación a cada
economía nacional quedaron
sometidos a los grupos
financieros, perdieron
legitimidad social. Y por otra
fueron progresivamente
desbordados por el sistema
económico mundial no solo por su
trama financiera sino también
por operaciones industriales y
comerciales que burlaban los
controles (cada vez mas flojos)
de las instituciones nacionales
y regionales.
En los Estados Unidos dicho
proceso avanzó más que en ningún
otro país desarrollado, nunca
fue abandonado el histórico
keynesianismo militar por el
contrario el Complejo
Militar-Industrial se
hipertrofió articulándose con un
conjunto de negocios mafiosos,
financieros, energéticos, etc.,
que se convirtió en el centro
dominante del sistema de poder
apropiándose groseramente del
aparato estatal hasta
convertirlo en una estructura
decadente.
En los países centrales el
estado intervencionista (de raíz
keynesiana) no necesita regresar
porque nunca se ha ido, a lo
largo de las últimas décadas,
obediente a las necesidades de
las áreas más avanzadas del
capitalismo, fue modificando sus
estrategias, apuntalando la
concentración de ingresos y los
desarrollos parasitarios,
cambiando su ideología, su
discurso (ayer integrador,
social, productivista-industrial,
hoy elitista, neoliberal y
virtualista-financiero).
Es en el mundo subdesarrollado
donde el estatismo retrocedió
hasta ser triturado en numerosos
casos por la ola depredadora
imperialista, la desestatización
fue su forma concreta de
sometimiento a la dinámica del
capitalismo global. Allí el
regreso al estado
interventor-desarrollista de
otras épocas es un viaje en el
tiempo físicamente imposible,
las burguesías dominantes
locales, sus negocios decisivos,
están completamente
transnacionalizados o bien bajo
la tutela directa de firmas
transnacionales.
Ahora en plena crisis quedan al
descubierto los dos problemas
sin solución a la vista del
Estado desarrollado
(imperialista): su degeneración
estructural y su insuficiencia,
su impotencia ante un mundo
capitalista demasiado grande y
complejo. Es lo que señala
Richard Haas en el articulo
arriba citado aunque sin decir
que no se trata de una
reconversión positiva
sobredeterminante del
capitalismo internacional lo que
acorrala al estado
norteamericano y a los otros
estados centrales sino más bien
de un fenómeno mundial negativo
que de manera rigurosa
deberíamos definir como
decadencia global
(económica-institucional-política-militar-tecnológica).
Es por ello que el paralelo
ahora de moda en ciertos
círculos de expertos entre la
implosión soviética y la
probable futura implosión de los
Estados Unidos es totalmente
insuficiente porque existe entre
otras cosas una diferencia de
magnitud decisiva, el hiper-gigantismo
del Imperio hace que su
hundimiento tenga un poder de
arrastre sin precedentes en la
historia humana. Pero también
porque los Estados Unidos no
constituyen "un mundo aparte"
(marginado) sino el centro de la
cultura universal (el
capitalismo), la etapa más
reciente de una larga historia
mundial en torno de Occidente.
La inmensidad del desastre en
curso, la extrema radicalidad de
las rupturas que puede llegar a
engendrar, muy superiores a las
que causó la crisis iniciada
hacia 1914 (que dio nacimiento a
un largo ciclo de tentativas de
superación del capitalismo y
también al fascismo, intento de
recomposición bárbara del
sistema burgués) genera
reacciones espontáneas negadoras
de la realidad en las élites
dominantes, los espacios
sociales conservadores y más
allá de ellos, pero la realidad
de la crisis se va imponiendo.
Todo el edificio de ideas, de
certezas de diferente signo,
construido a lo largo de más de
dos siglos de capitalismo
industrial está empezando a
agrietarse.
Notas:
1) Paul Craig Roberts, "The
collapse of American power",
Online Journal, 20-03-2008.
2) Peter Morice, "Bush
Administration Dithers While
Rome Burns. The Deepening
recesion", Counterpunch, April
3, 2008.
3) Richard Haass, "What follows
American dominion?", Financial
Times, April 16, 2008.
4) Center on Budget and Policy
Priorities.
5) U.S. Department of Justice -
Bureau of Justice Statistics.
6) Adam Liptak, "American
Exception. Inmate Count in U.S.
Dwarfs Other Nations", The New
York Times, April 23, 2008
7) Chalmers Johnson, 'Going
bankrupt: The US's greatest
threat', Asia Times, 24 Jan
2008.
8) Rodrigue Tremblay, 'The Five
Pillars of the U.S. Military-Industrial
Complex', September 25, 2006,
http://www.thenewamericanempire.com/tremblay=1038.htm.
9) Scott B. MacDonald, 'End of
the guns and butter economy',
Asia Times, October 31, 2007.
10) Grandfader Economic Report (http://mwhodges.home.att.net/nat-debt
).
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