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White contra Keynes
por Jorge
Gómez Barata
Estados Unidos puede
intimidar al mundo con sus armas
pero no con sus finanzas. En 60
años, de pilar del sistema
monetario internacional, el
dólar se ha convertido en rehén
de los grandes tenedores de
dólares. Ya ocurrió una vez. El
mach White vs Keynes fue ganado
por el primero, con un
boomerang.
Admitamos que en sucesivos
encuentros, los Tres Grandes:
Roosevelt, Stalin y Churchill,
pactaron la estructura política
del mundo de postguerra. La
arquitectura financiera se
resolvió en otro escenario:
Bretton Woods y con menos
actores: Estados Unidos y Gran
Bretaña.
El representante norteamericano
fue Harry D. White y el
británico el más famoso
economista de la época: John
Maynard Keynes. Las
negociaciones comenzaron en
1944, antes de concluir la
guerra. Entonces Inglaterra,
además de bajo las bombas estaba
endeudada y quebrantada por la
contienda, mientras el PIB
norteamericano era igual a la
mitad de toda la producción
mundial. Más que como aliada,
Inglaterra fue tratada como
derrotada.
El plan de Keynes reflejó la
situación de las finanzas
británicas y sus intereses
estratégicos y, dado que las
arcas inglesas estaban
exhaustas, trató de aprovechar
las capacidades productivas y la
tradición comercial inglesa. La
base de su propuesta fue la
creación de un banco mundial que
concedería créditos por montos
de hasta del 75 por ciento del
valor de las exportaciones entre
1936 y 1939, expresadas en un
instrumento de pago llamado
“Bancor” respaldado por reservas
en oro. La trampa consistía en
que al prorratearse los niveles
de exportación entre 1936 y
1939, Inglaterra quedaría por
encima de Estados Unidos y, en
un escenario de rápida
recuperación podía colocarse al
nivel norteamericano.
Los estadounidenses que no
fueron a Bretton Woods a
improvisar, no concedieron
ningún merito a la idea de
Keynes y adelantaron su
propuesta, conocida como el Plan
White que consistió en la
creación de un Fondo
Internacional de Estabilización
(FMI) y de un Banco para la
Reconstrucción que luego se
conocería como Banco Mundial.
Para formar el capital del fondo
y del banco, los estados
miembros deberían hacer
depósitos en oro y otras divisas
sobre la base de cuotas
asignadas, de acuerdo con las
cuales se concederían los
préstamos.
Establecidos los fundamentos del
sistema y los organismos para
regirlo, se acordó utilizar el
dólar como moneda de reserva, es
decir que el comercio
internacional se realizará con
dólares y todos los países
signatarios del acuerdo
convertirían a esa moneda los
encajes que les correspondía
depositar a sus bancos centrales
en calidad de reservas
intencionales. De ese modo se
creó una combinación: todas las
monedas se cambiaban por dólares
y el dólar por oro a una tasa
fija de 35 dólares la onza.
Para determinar la cuantía del
aporte de cada país y por ende
en número de votos conque
contaría, se creó una fórmula a
base del dos por ciento del PIB,
el cinco por ciento de las
reservas y el valor del 10 por
ciento de las exportaciones. De
ese modo, al asociar los votos
en la Junta de Gobernadores al
aporte, Estados Unidos tenía más
votos que el resto de los países
juntos. La hegemonía era
escandalosamente ofensiva.
Naturalmente que la obligación
de abastecer de dólares al
mundo, obligó a la Reserva
Federal de Estados Unidos a
producir billetes al por mayor,
cosa que entonces no importaba
porque Norteamérica vivía un
auge económico sin precedentes.
El esquema funcionaba porque, a
la vez que con aquellos dólares
Europa podía comprar en Estados
Unidos todo lo que necesitaba
mientras Estados Unidos compraba
oro que amontonaba en Ford Knox.
Tal vez porque Europa se
reconstruyó a un ritmo mayor que
el esperado, porque el plan
norteamericano no era perfecto o
por problemas estructurales del
capitalismo, en menos de 20 años
el sistema comenzó a emitir
señales negativas. A ello debe
haber contribuido la aparición
de más de 50 nuevos estados,
entre ellos gigantes como India
y China y que Alemania, Japón e
Italia que no participaron en
Bretton Woods se sumaron con
menos compromisos. No se puede
obviar el impacto de la retirada
soviética que arrastró consigo a
los países de Europa Oriental.
Lo más impactante fue la
existencia de cantidades
abrumadoras de dólares en poder
de Europa y Asia. La jugada
estaba cantada: los bancos
centrales, emprendieron un
camino inverso y con sus dólares
comenzaron a comprar los
lingotes de oro de Estados
Unidos cuyas existencias bajaron
de 20 a 9 mil millones. Al
fenómeno técnico se añadieron el
nacionalismo que llevó a De
Gaulle a reclamar el oro de
Francia a cambio de inservibles
papeles verdes. A todo ello se
sumó el temor por el rumbo
irresponsable que tomaba la
economía norteamericana ya
embarcada en la costosa guerra
de Vietnam.
Nixon hizo lo único que podía
hacer: “Donde dije Diego, digo…
y de un manotazo, en 1971 “cerró
la ventanilla” donde los dólares
se cambiaban por oro
suspendiendo la convertibilidad
del dólar. La medida enterró los
entendimientos de Bretton Woods,
desató las manos a la Reserva
Federal pero no resolvió el
problema.
La situación es ahora dramática;
de hecho no hay ni siquiera una
propuesta viable y transparente.
En términos de salud, la
economía norteamericana ni se
parece a la de décadas atrás. La
mala noticia es que las
sociedades desarrolladas,
especialmente los Estados Unidos
no necesitan más dinero sino
menos gasto. No se trata sólo de
reducir el consumo sino de
abstenerse de aventuras tipo
Irak. La lección es obvia: “El
dinero creado de la nada, nada
es”.
Revista Koeyú Latinoamericano
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Caracas. Venezuela
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