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Los intelectuales y la
"guerra infinita" en Colombia
por
Fernando Rendón
El pueblo colombiano resiste
hoy al asalto global neoliberal,
que consolida el poderío del
capital financiero en este país
y en Latinoamérica, acumulando
utilidades de ficción, a costa
del deterioro de la soberanía y
de la vida de los pueblos y de
la destrucción de la naturaleza.
La burguesía colombiana -aliada
al capital estadounidense en
crisis- escala una guerra contra
la insurgencia armada y contra
el movimiento popular y social,
empleando insanas formas de
coerción. Su estrategia es
acrecer y proteger sus
ganancias, a costa del
empobrecimiento infinito,
material y cultural, del pueblo
trabajador, cerrando todo camino
hacia la paz.
En 2007, después de un largo
reflujo, la lucha de masas
volvió a reactivarse en
Colombia, desde las
significativas movilizaciones
estudiantiles de mayo, hasta las
marchas y concentraciones
campesinas de octubre, las
retomas indígenas de tierras en
el sur del país, y a través del
ejercicio de la campaña
electoral del opositor Polo
Democrático Alternativo (PDA) a
fines de octubre.
El control sobre la población
expresado en detenciones,
torturas, desapariciones,
masacres y ejecuciones, y el
fomento de la «guerra infinita»,
alentada por los EE. UU., han
sido la constante de la historia
colombiana desde la fundación de
la república, sometida a un
mandato bipartidista, en
contravía de la justicia social,
la democracia y la paz.
El lucro de transnacionales
norteamericanas, asociadas a la
dirigencia política de nuestro
país, proviene de una aceitada
maquinaria de guerra, para
aplastar a las fuerzas
insurgentes, someter por la
violencia al pueblo colombiano e
imponer el retorno a formas
abiertas y «legales» de
esclavitud laboral. El Congreso
colombiano está en manos de
barones electorales, 50 de los
cuales fueron vinculados a
procesos penales por
paramilitarismo (con 23 llamados
a juicio). Estos caciques
eligieron con sus votos al
actual Presidente, apoyados en
intimidación y fraude.
Antecedentes
El 9 de abril de 1948 el pueblo
se levantó contra el gobierno
conservador de Mariano Ospina
Pérez, protestando por el
asesinato del líder popular
Jorge Eliécer Gaitán. Una legión
de niebla, medio millón de
muertos, yacen desde entonces,
en fosas comunes de campos y
ciudades colombianas. Mediante
el terror y la confusión, la
dirigencia política bipartidista
colombiana ha dividido,
controlado y sometido al pueblo
colombiano.
Las Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia
(FARC) surgieron como respuesta
a las agresiones armadas
estatales contra las
organizaciones agrarias de
colonos en El Pato, Guayabero,
Riochiquito y Marquetalia.
Expresión de la resistencia de
los campesinos, despojados
secularmente de sus tierras por
latifundistas y ganaderos (en
2005, 0.2% de los propietarios
rurales poseía el 65% de las
tierras cultivables), las FARC,
con un programa agrario y
revolucionario, en una marcha
signada de aciertos y errores,
devinieron en una fuerza rebelde
que ha firmado treguas y
adelantado diálogos de paz con
diversos gobiernos colombianos,
confrontando por décadas al
Ejército colombiano.
Cinco candidatos presidenciales
fueron asesinados en Colombia
entre 1987 y 1995 por sicarios
paramilitares, lo que no sucedió
nunca en ningún otro país del
mundo. 5.000 integrantes del
partido Unión Patriótica -fruto
de los acuerdos de paz entre el
Gobierno de Belisario Betancur y
las FARC, en 1984- fueron
masacrados, incluidos dos
candidatos presidenciales,
congresistas, diputados,
concejales y alcaldes.
Para no reconocer la naturaleza
política de las fuerzas
insurgentes colombianas, Uribe
ha señalado, en diversos foros
internacionales, que en Colombia
no existe una guerra, sino una
«amenaza terrorista», encarnada
en las FARC. En tanto, el
presupuesto para la guerra
aumentó en 2008 a 22.21 billones
de pesos (6.5% del PIB).
El conflicto interno colombiano
no tiene aparente solución
militar. El asesinato de Raúl
Reyes y de 17 guerrilleros de
las FARC en territorio
ecuatoriano mientras dormían, a
manos del Ejército colombiano
-con asesoría militar y
tecnológica norteamericana,
desencadenó una crisis
diplomática latinoamericana y la
ruptura de relaciones de
Ecuador, Venezuela y Nicaragua
con Colombia, que compromete la
estabilidad política de los
regímenes progresistas de la
región.
Esta crisis regional no tendrá
salida y solución en el tiempo
más que a través del
comprometido apoyo internacional
a la lucha resistente del pueblo
colombiano. Se precisa una
definitiva intervención
diplomática internacional que
presione al Estado colombiano
por la concreción del diálogo de
paz con las FARC.
El Movimiento Nacional de
Víctimas de Crímenes de Estado
celebró una enorme marcha el
pasado 6 de marzo, en más de 100
ciudades colombianas y
extranjeras. Reivindicó así la
memoria de los asesinados y
desaparecidos. Se solidarizó con
4.000.000 de desplazados por la
hecatombe. Y se opuso a la
acción militarista del Estado,
exigiendo el fin de la guerra y
un diálogo político que devenga
en un definitivo acuerdo de paz.
Pensamiento desencadenante
Las constantes, impunes masacres
de agentes estatales y
paramilitares, la manipulación
mediática y la censura cómplice
de los medios, hicieron posible
dos décadas de autocensura de
los intelectuales y artistas.
Algunos asumieron posiciones
oportunistas o francamente de
derecha. Otros se declararon
«neutrales» ante el conflicto,
fundados en la idea de que se
debe ser crítico del Estado, de
la izquierda revolucionaria y de
la insurgencia armada «por
igual».
También se produjeron exilios, «inxilios»
o un obstinado mutismo, cuando
no una temerosa complicidad con
el Establecimiento por parte de
algunos «iconos» de la
intelectualidad colombiana.
Dos encuentros nacionales de
artistas e intelectuales -en
2006 y 2007- visibilizaron una
corriente cultural que desea un
futuro gobierno del PDA, y
difundieron declaraciones contra
la política de terror del
régimen, suscritas por
centenares de artistas e
intelectuales de 80 países.
Se reabrió el debate entre
divergentes posiciones
intelectuales y académicas y
comenzó a gestarse un movimiento
cultural por la paz en nuestro
país. Esta proyección desató la
ira de sectores de derecha en
los medios de comunicación, y un
proceso de calumnias y delación
por parte de para-intelectuales,
espejo de la guerra sucia que
vive el país en el plano
ideológico.
El Encuentro de Intelectuales
Populares y de Izquierda,
realizado en Quito, en noviembre
de 2004 señaló: «El proceso de
acercamiento entre los
intelectuales y la izquierda
debe enfocarse hacia la creación
de lo que Gramsci denominó la
hegemonía, es decir la
construcción de una nueva
cultura ética-política que
anteponga los intereses del
conjunto de la humanidad a los
intereses materiales de los
grupos o las clases, bajo la
dirección de las clases
dominadas, articuladas en un
nuevo bloque histórico».
El papel de los artistas e
intelectuales es vital en el
desarrollo de la lucha actual.
Es preciso emplear el
pensamiento sistemático y la
imaginación creadora, en
ejercicio inaplazable de la
libertad de expresión, en un
país intolerante.
Las fuerzas democráticas apelan
al humanismo de los artistas
para desarrollar una revolución
cultural y una honda
transformación educacional. La
resistencia cultural es una
tarea estratégica de la
izquierda colombiana.
El III Encuentro Nacional de
Artistas e Intelectuales por la
Paz de Colombia (5 a 7 de
septiembre, 2008) convocará la
solidaridad de la comunidad
mundial de los artistas e
intelectuales y reflexionará
sobre la necesidad de la
creación de un Movimiento de los
pueblos y de los gobiernos del
mundo, para presionar la
abolición de la pesadilla de la
guerra en Colombia y en la
región suramericana, a través de
la reapertura de los diálogos
entre el Estado y las fuerzas
insurgentes, y de la lucha del
pueblo colombiano por un país
democrático, justo y pacífico.
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