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Capitalismo: Una crisis
devastadora
Robert
Brenner
En lugar de aumentar la
inversión, la productividad y el
empleo para aumentar las
ganancias, las firmas buscaron
explotar el bajo costo de los
préstamos para mejorar su
posición y la de sus accionistas
por la vía de la manipulación
financiera La actual crisis
puede transformarse en la más
devastadora desde la Gran
Depresión. Manifiesta problemas
profundos no resueltos en la
economía real que han sido
literalmente disimulados durante
décadas por medio del
endeudamiento, así como una
escasez financiera en el corto
plazo de una profundidad nunca
vista desde la segunda guerra
mundial. La combinación de la
debilidad de la acumulación de
capital subyacente y la crisis
del sistema bancario es lo que
hace la caída tan inmanejable
para los gobernantes y tan seria
su potencialidad de producir un
desastre. La plaga de hipotecas
ejecutadas y hogares abandonados
-frecuentemente ocupados y
despojados de todo, incluyendo
los cables de cobre- acecha
Detroit en particular, y otras
ciudades del medio oeste.
El desastre humano que esto
representa para cientos de miles
de familias y sus comunidades
sólo puede ser la primera señal
de lo que significa una crisis
capitalista. El alza histórica
de los mercados financieros en
los años 1980s, 90s, y 2000s
-con su transferencia de ingreso
y riqueza al uno por ciento más
rico de la población- distrajo
la atención del debilitamiento
de largo plazo de las economías
capitalistas avanzadas. El
desempeño económico en los
Estados Unido, Europa occidental
y Japón, según virtualmente
todos los indicadores
estadísticos -crecimiento de la
producción, inversión, empleo y
salarios- se ha deteriorado,
década tras década, ciclo
económico tras ciclo económico,
desde 1973.
Los años desde el comienzo del
presente ciclo, que se originó a
comienzos de 2001, han sido los
peores de todos. El crecimiento
del Producto Bruto Interno (PBI)
en los Estados Unidos ha sido el
más lento para cualquier
intervalo comparable desde fines
de los 40s., mientras que el
aumento de nuevas plantas y
equipamiento y la creación de
empleos han estado un tercio y
dos tercios respectivamente por
debajo del promedio de
posguerra. Los salarios horario
reales para la producción y
trabajadores no supervisores,
alrededor del 80% de la fuerza
de trabajo, estuvieron
prácticamente planchados,
languideciendo alrededor de su
nivel de 1979.
La expansión económica tampoco
ha sido suficientemente fuerte
en Europa occidental o Japón. La
caída del dinamismo económico
del mundo capitalista avanzado
está arraigada en un descenso
muy importante de la
rentabilidad, causado en primer
lugar por una tendencia crónica
a la sobrecapacidad en el sector
manufacturero mundial, que data
de fines de los años 1960 y
principios de los 70. Hacia el
año 2000, en Estados Unidos,
Japón y Alemania, la tasa de
ganancia en la economía privada
tuvo una recuperación, pero en
el ciclo de los '90 no subió más
que en el de los '70.
Con la reducción de la
rentabilidad, las firmas
tuvieron menores ganancias para
agregar a sus plantas y
equipamientos y menores
incentivos para expandirse. La
continua reducción de la
rentabilidad desde los años 1970
llevó a una caída sostenida en
la inversión, como proporción
del PBI, en las economías
capitalistas avanzadas, así como
reducciones graduales en el
crecimiento de la producción,
medios de producción y empleo.
La prolongada declinación en la
acumulación de capital, así como
la contención de los salarios
por parte de las corporaciones
para restaurar sus tasas de
retorno, junto con los recortes
del gobierno en el gasto social
para reforzar las ganancias, han
llevado a una caída en el
crecimiento de las inversiones,
el consumo y la demanda del
gobierno, y por lo tanto en el
crecimiento de la demanda de
conjunto. La debilidad de la
demanada agregada, consecuencia
en última instancia de la
reducción de la rentabilidad, ha
constituido la principal barrera
al crecimiento en las economías
capitalistas avanzadas.
Para contrarrestar la
persistente debilidad de la
demanda agregada, los gobiernos,
encabezados por el de Estados
Unidos, no han tenido más
alternativa que emitir volúmenes
cada vez mayores de deuda, a
través de canales cada vez más
variados y barrocos, para
mantener funcionando la
economía. Inicialmente, durante
los 70 y 80s, los estados se
vieron obligados a incurrir en
déficits públicos cada vez
mayores para sostener el
crecimiento. Pero si bien esto
mantuvo la economía
relativamente estable, esos
déficits también la llevaron al
estancamiento: en la jerga de
esa época, los gobiernos
progresivamente recibían menos,
era menor el crecimiento del PBI
por cada aumento del
endeudamiento.
Del recorte de presupuesto a la
burbuja económica
A principios de los años 1990s,
en Estados Unidos y Europa,
dirigidos por Bill Clinton,
Robert Rubin y Alan Greenspan,
los gobiernos que habían girado
a la derecha y se guiaban por el
pensamiento neoliberal
(privatización y destrucción de
los programas sociales) buscaron
superar el estancamiento
tratando de equilibrar los
presupuestos. Pero aunque esto
no parecía importante en la
contabilidad del período, este
cambio dramático tuvo un efecto
retroactivo radical.
Como la rentabilidad todavía no
se había recuperado, las
reducciones de déficit causadas
por la equilibración del
presupuesto significaron un gran
golpe a la demanada agregada,
con el resultado de que durante
la primera mitad de la década de
1990, Europa y Japón
experimentaron recesiones
devastadoras, las peores del
período de la posguerra, y la
economía de Estados Unidos se
vio obligado a recurrir a formas
de estímulo más poderosas y
riesgosas para contrarrestar la
tendencia al estancamiento. En
particular, reemplazó el déficit
público del keynesianismo
tradicional con el déficit
privado y la inflación de los
activos de lo que podía llamarse
el keynesianismo del precio de
los activos, simplemente una
burbuja económica.
En el gran ascenso del mercado
de valores de la década de 1990,
las corporaciones y los hogares
ricos vieron expandirse
masivamente su riqueza en
dinero. Por lo tanto pudieron
embarcarse en un aumento récord
de endeudamiento y, sobre esta
base, sostener una poderosa
expansión de la inversión y el
consumo. El así llamado boom de
la "nueva economía" fue la
expresión directa de la burbuja
histórica del precio de las
acciones de los años 1995-2000.
Pero como los precios de las
acciones subieron a pesar de la
caída de la tasa de ganancia y
como las nuevas inversiones
exacerbadron la sobrecapacidad
industrial, eso rápidamente
aseguró la caída de la bolsa y
la recesión de 2000-2001,
deprimiendo la rentabilidad en
el sector no financiero a su
nivel más bajo desde 1980.
Sin inmutarse, Greenspan y la
Reserva Federal, ayudados por
otros importantes Bancos
Centrales, contrarrestaron el
nuevo ciclo descendente con otra
ronda de inflación de los
precios de los activos, y esto
ha sido esencialmente lo que nos
trajo a donde estamos hoy. Al
reducir a cero las tasas de
interés a corto plazo por tres
años, facilitaron una explosión
sin precedentes históricos del
endeudamiento de los hogares,
que contribuyó y alimentó la
suba de los precios de las casas
y la riqueza doméstica.
Según The Economist, la burbuja
inmobiliria mundial entre 2000 y
2005 fue la mayor de todos los
tiempos, superando incluso la de
1929. Esto hizo posible un
aumento sostenido del gasto de
consumo y de la inversión
residencial, que juntos
impulsaron la expansión. El
consumo personal más la
construcción de viviendas dan
cuenta de entre el 90 al 100%
del crecimiento del PBI de
Estados Unidos en los primeros
cinco años del actual ciclo
económico. Durante el mismo
intervalo, sólo el sector
inmobiliario, según Economy.com
de Moody's, fue responsable por
casi el aumento del 50% del PBI,
que de lo contrario hubiera sido
-2,3% en lugar de 1,6%.
Así, junto con los déficits
presupuestarios reaganianos de
GW Bush, el récord en los
déficits de los hogares permitió
oscurecer cuán débil realmente
era la recuperación económica
subyacente. El incremento de la
demanda consumista respaldada
con deuda, así como el crédito
excesivamente barato, no sólo
revivió la economía
norteamericana, sino
especialmente, por el impulso de
una nueva oleada de
importaciones y el aumento del
déficit de cuenta corriente
(balance de pagos y comercio) a
niveles récord, alimentó lo que
parecía ser una impresionante
expansión económica global.
Brutal ofensiva corporativa
Pero si los consumidores
hicieron su parte, no se puede
decir lo mismo de las firmas
privadas, a pesar del estímulo
económico récord. Greenspan y la
Fed habían inflado la burbuja
inmobiliaria para darle tiempo a
los corporaciones para
desembararzarse de su exceso de
capital y retomar la inversión.
Pero, en lugar de esto, al
centrarse en restaurar la tasa
de ganancias, las corporaciones
desencadenaron una brutal
ofensiva contra los
trabajadores.
Elevaron la productividad, no
tanto por el aumento de las
inversiones en plantas avanzadas
y equipamiento sino por medio
del recorte radical en los
empleos, obligando a los
trabajadores que quedaron a
utilizar los tiempos muertos. Al
mantener bajos los salarios y a
la vez extraer más producción
por persona, se apropiaron en la
forma de ganancias de un porción
del crecimiento del sector no
financiero del PBI sin
precedentes históricos.
Las corporaciones no
financieras, durante esta
expansión, han elevado
significativamente sus tasas de
ganancias, aunque este
crecimiento no llegó hasta los
ya reducidos niveles de la
década de 1990. Además, teniendo
en cuenta que el grado al cual
se había elevado la tasa de
ganancia había sido alcanzado
simplemente por la vía de elevar
la tasa de explotación -haciendo
que los trabajadores trabajen
más y pagándoles menos la hora-
habían razones para dudar de
cuánto tiempo podía continuar.
Pero sobre todo, al mejorar la
rentabilidad por medio de
mantener baja la creación de
empleo, la inversión y los
salarios, las empresas
norteamericanas mantuvieron bajo
el crecimiento de la demanda
agregada y por lo tanto
socavaron su propio incentivo
para expandirse.
Simultáneamente, en lugar de
aumentar la inversión, la
productividad y el empleo para
aumentar las ganancias, las
firmas buscaron explotar el bajo
costo de los préstamos para
mejorar su posición y la de sus
accionistas por la vía de la
manipulación financiera
-liquidando sus deudas y
dividendos, comprando sus
propias acciones para subir su
valor, particularmente en la
forma de una enorme oleada de
fusiones y adquisiciones. En
Estados Unidos, durante los
últimos cuatro o cinco años, la
recompra de dividendos y
acciones como parte de ganancias
acumuladas (retained earnings)
ha explotado a sus niveles más
altos de la posguerra. La misma
clase de cosas han ocurrido en
toda la economía mundial
-Europa, Japón y Corea.
El estallido de las burbujas
El límite es que, en Estados
Unidos y el mundo capitalista
avanzado desde el año 2000,
hemos visto el crecimiento más
lento de la economía real desde
la segunda guerra mundial y la
mayor expansión de la economía
financiera en la historia de
Estados Unidos. No es necesario
un marxista para decir que esto
no puede continuar.
Por supuesto, así como la
burbuja de la bolsa de los años
1990 estalló, la burbuja
inmobiliaria también explotó.
Como consecuencia, la película
de la expansión impulsada por el
boom inmobiliario que vimos
durante el cliclo ascendente
está ahora revirtiéndose. Hoy,
los precios de las casas ya han
empezado a caer un 5% de su
punto más alto de 2005, pero
esto sólo es el comienzo. Según
la estimación de Moody's, en el
momento en que la burbuja
inmobiliaria se desinfle
completamente a principios de
2009, los precios de las
viviendas habrán caído un 20% en
términos nominales -incluso en
términos reales-, de lejos la
mayor caída en la historia
norteamericana de la posguerra.
Así como el efecto riqueza
positivo de la burbuja
inmobiliaria impulsó la
economía, el efecto negativo de
la caída del mercado
inmobiliario está empujándola
hacia abajo. Con el valor de sus
viviendas en bajada, las
familias ya no pueden tratar sus
casas como cajeros automáticos,
y los préstamos a los hogares
están colapsando, por lo que
tienen que reducir su consumo.
El peligro subyacente es que los
hogares norteamericanos, al ya
no poder "ahorrar" a través de
la elevación del valor de sus
viviendas, comiencen rápidamente
a ahorrar verdaderamente,
elevando al tasa de ahorro
personal, que ahora está en su
nivel más bajo de la historia,
haciendo caer el consumo. Al
comprender cómo el fin de la
burbuja inmobiliaria afectaría
el poder de compra de los
consumidores, las firmas
recortaron la incorporación de
personal, con el resultado de
que el crecimiento del empleo
cayó significativamente desde
principios de 2007.
Gracias a la crisis inmobiliaria
y a la desaceleración del
empleo, ya en el segundo
trimestre de 2007, el flujo
total real de dinero a los
hogares, que había aumentado a
una tasa anual de alrededor del
4,4% en 2005 y 2006, había caído
hasta casi cero. En otras
palabras, si uno suma los
ingresos reales disponibles de
los particulares, más sus
ingresos por la diferencia entre
el precio de la vivienda y la
hipoteca, más los créditos para
consumo, más la realización de
ganancias de capital, descubrirá
que lo que tienen para gastar ha
dejado de crecer. Bastante antes
de que la crisis financiera
golpeara el pasado verano, la
expansión ya estaba agonizando.
La debacle sub-prime, que surgió
como una extensión directa de la
burbuja financiera, está
compilcando en gran medida el
ciclo declinante, haciéndolo muy
peligroso. Los mecanismos que
ligan los préstamos hipotecarios
inescrupulosos a una escala
titánica, las ejecuciones
masivas de viviendas, el colapso
del mercado de títulos
financieros respaldado por
hipotecas sub-prime, y la crisis
de los grandes bancos que
directamente tenían esas
cantidades de títulos, requieren
una discusión aparte.
Simplemente se puede decir a
modo de conclusión -debido a que
las pérdidas de los bancos, ya
enormes, son tan reales, y a que
probablemente crezcan mucho más
a medida que empeore la caída-
que la economía enfrenta la
perspectiva, sin precedentes en
el período de posguerra, de un
congelamiento del crédito en el
mismo momento en que se está
deslizando en una recesión -y
que los gobiernos enfrentan un
problema de una dificultad sin
precedentes para evitar este
resultado.
*
Robert Brenner es historiador y
economista, se ha destacado por
un trabajo sobre los orígenes
agrarios del capitalismo europeo
conocido como el "debate Brenner",
que ocupó un lugar importante en
el estudio histórico
contemporáneo. En su Nº 229 de
mayo-junio de 1998, The New Left
Review (Gran Bretaña), publicó
una de sus principales obras:
The economics of global
turbulence (La economía de la
turbulencia global). En
castellano, fue publicado bajo
el título "Turbulencias de la
economía mundial", ediciones LOM,
Chile 1999.
Against the Current Nº 132
(Detroit, enero-febrero 2008).
Traducción del PTS (Argentina)
Correspondencia de Prensa -
Agenda Radical - Boletín
Solidario
diariodeurgencia mailing
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