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Francisco Brines
Harold
Alvarado Tenorio
Situado en el límite
meridional de la provincia,
Oliva, el municipio donde nació
y vive Francisco Brines (1932),
no tendrá más de treinta mil
habitantes, la mayoría de ellos
extranjeros y jubilados. De
clima mediterráneo, sus llanuras
están plantadas de naranjos,
como estos que rodean Elca, su
enorme y solitaria casa al sur
de Valencia, donde el poeta se
retiró hace unos tres años,
luego de haber sufrido un
infarto y donde, sostiene, ha
descubierto « todos los secretos
en que consiste vivir. Oliva es
el lugar que amo y prefiero,
donde intento recuperar con
nostalgia la edad dichosa de la
infancia, ahora que estoy de
vuelta de otras ilusiones y
otros intereses».
Brines ha ganado esta primera
semana de Septiembre el Premio
Internacional de Poesía Federico
García Lorca, pero antes había
recibido otros muchos e
importantes galardones como el
Nacional de las Letras
Españolas, Fastenrath, Pablo
Iglesias, Nacional de
Literatura, Letras Valencianas,
Nacional de la Crítica y Adonais.
Recibe en su casa frente al mar,
en cuyo despacho guarda libros
antiguos y valiosas impresiones
del siglo XVIII, entre ellas las
de su paisano Gregorio Mayáns,
pero también numerosas primeras
ediciones de poemarios de sus
contemporáneos y de no pocos
poetas latinoamericanos. Me
invita a hablar en una suerte de
banco de concreto que está
frente a la casa, y al fondo
diviso las pequeñas montañas
valencianas y los voluptuosos
naranjales.
Brines viste esta tarde una
camisa azul que armoniza con su
pelo cano y la amabilidad de su
sonrisa. Hace más de diez años
no le veía, desde su única
visita a Colombia, el año en que
murió Raúl Gómez Jattín, a quien
él quiso conocer, con tan mala
fortuna que al llegar a
Cartagena en su búsqueda, el día
anterior un conductor de autobús
le había atropellado. No ha
cambiado mucho, aun cuando se
percibe una honda madurez en sus
palabras, una sabiduría y manera
de exponerla que me recuerda
ciertos momentos de Borges,
siempre entre la posibilidad de
descubrir y una creciente
incertidumbre sobre lo dicho.
Alguien a quien la vida ha
pulido lentamente, con inhumana
puntualidad.
Francisco Brines estudió derecho
en Deusto y Salamanca y
Literatura en Madrid, fue lector
de literatura española en Oxford
y desde 2006 es miembro de la
Real Academia Española. Dos de
sus libros, Ensayo de una
despedida (1974) y El otoño de
las rosas (1986), hacen parte
del santoral de la poesía
peninsular del siglo XX.
Son ya demasiados premios, Paco…
Bueno, desgraciadamente los
premios no añaden nada a la obra
de un autor, si un premio
corrigiera los deslices que hay
en los poemas valdría la pena
tenerlos todos, pero no es así,
la obra es igual con premios que
sin ellos y hay muchos autores
que no han recibido premios,
además eso de los premios es
cosa reciente y nadie se
pregunta hoy en día si Garcilaso
fue premiado o no. Los premios
tienen poco que ver con la
literatura, son cosas para tener
eco entre el público, entre
quienes compran libros, o con la
vanidad humana…
Hace tres años decidió pasar más
tiempo en Elca…
Hace tres años sufrí un infarto
y ese reventón en el pecho hizo
que sintiera más la necesidad de
vivir, un mayor amor a la vida,
al presente, al momento. Espero
ahora que los días sean más
bellos porque son dones
gratuitos, como los crepúsculos…
Las horas del crepúsculo han
sido para mí siempre las más
bellas del día y cuando eres
consciente que vas a dejar de
existir sientes la vida como un
crepúsculo, que estás en ese
momento del ocaso y degustas más
la vida. Morir es como no haber
nacido, nada sabemos de la
muerte, lo único que conocemos
es la vida y cuando está a punto
de terminar, la sentimos como un
ocaso…
Pero la poesía ayuda a vivir…
La poesía ayuda a vivir a quien
la hace, pero también a los
lectores, quienes a través de
ella pueden profundizar en el
conocimiento de la existencia,
educar su sensibilidad, alcanzar
un placer estético y también un
conocimiento ético del mundo. La
poesía es una antena especial de
la humanidad, capaz de reflejar
lo que está oculto y de
recuperar lo vivido, de
preservar la memoria…
Por eso se hizo poeta…
Quizás me hice poeta porque no
sé hacer otras cosas, no sirvo
para otras cosas. La poesía me
ha permitido escribir cosas que
salen de mi, pero que no conocía
antes de escribirlas. Es algo
mágico y maravilloso. Un acto
secreto que luego se tornó
necesidad. La poesía hace
evidente nuestro desvalimiento
ante el mundo, cambian las
cosas, cambia la técnica, pero
seguimos estando solos…
Entonces la poesía no sirve
para…
No, la poesía hace mejor la vida
como le he dicho antes, mejora
nuestros sentimientos y nuestro
espíritu crítico, nos enseña a
mirar el mundo, a entender el
dolor y la soledad del hombre.
Hoy, la educación y el dinero no
sirven para vivir, la poesía si,
la poesía nos hace mas plenos,
más felices, más conscientes,
más intensos… Como lector la
poesía me ha ayudado a vivir
mejor. Si uno escribe algo o
sobre algo es porque se desea
que lo escrito se cumpla en el
lector, pero sobre todo en uno
mismo. Escribir es sentir la
emoción de una revelación, de un
conocimiento sobre la vida,
sobre el mundo, esa es la gran
emoción de la creación poética.
Otra forma de la moral…
Como le he dicho, la poesía nos
permite acceder a ese otro que
no somos, y de allí que implique
una moral de la tolerancia.
Cualquiera que haya pensado el
mundo sabe que somos nadie, como
Ulises, que somos seres
intercambiables. La verdadera
poesía trasciende toda moral de
contenidos. De ahí su eticidad.
Cuando nos emocionamos con el
otro, entonces aceptamos su
verdad, por eso podemos
emocionarnos con cualquier tipo
de poesía sin que tengamos que
compartir sus ideologías o
posturas políticas. La gran
poesía nos acerca a lo mejor del
hombre, a lo que podemos
rescatar del hombre entre tantas
miserias cotidianas e
históricas.
Antes de hablar de su poesía,
permítame preguntarle por
Kavafis y Cernuda…
A Kavafis lo conocí en las
mismas pruebas de las versiones
que José Ángel Valente hizo para
Revista de Occidente en 1963. El
me dio una copia de ellas y
cuando fui a devolvérselas me
preguntó qué me habían parecido
y yo le dije que eran algunos de
sus mejores poemas. Luego leí
las que hizo Carles Riva, que
excluye los poemas homosexuales.
Kavafis, desde su verdad
individual rompe con la poesía
occidental, tan marcada por la
religión, haciendo una poesía
pagana que habla con naturalidad
de la vida misma.
A Cernuda lo descubrí en una de
esas antologías de antes, la de
Alfonso Moreno. Luego, en la
librería Abril de Madrid, que
tenía libros prohibidos encontré
un ejemplar de Como quien espera
el alba. Sólo después de haber
leído Historial de un libro fue
que leí La realidad y el deseo.
El Cernuda poeta que más me
interesa es el de después de la
guerra civil. Cernuda ha
influido mucho porque es la
primera poesía cívica donde la
estructura colectiva surge de
una postura personal.
La fuerte influencia de estos
dos poetas en nuestro tiempo
tiene mucho que ver con el
peculiar erotismo que informa
sus obras. El hecho de develar
con franqueza su condición
homosexual les ha hecho muy
atractivos, porque al ser
confesionales y dar testimonio
de unos impulsos y deseos
totalmente inaceptables para las
sociedades de su tiempo, los
hacía diferentes, dignos del
futuro. No olvide que la
homosexualidad ha sido el tabú
más inconmovible y escarnecido
de nuestras sociedades. Y aun
cuando no lo crea, lo es aún.
Kavafis y Cernuda no sólo
defendían, sino que llegaban a
la exaltación de la
homosexualidad apoyados en la
mágica calidad de sus versos.
Esta posición significaba un
ataque frontal al centro más
sensible de la moral convenida,
y de ahí la importancia tan
relevante de los mismos, pues se
hacen símbolos de la oposición a
una moral históricamente caduca
y, por ello, injusta.
Pero no es el erotismo el valor
principal de sus obras. Muy
pocos poetas han dado a la
emoción temporal tal intensidad
como ellos sirviéndose de sus
experiencias personales. Kavafis
y Cernuda se presentan ante
nosotros con la misma fatalidad
y necesidad de las personas que
la vida hace que se encuentren
con las nuestras.
Pero cuál de ellos ha sido más
importante para usted…
Sin duda Cernuda porque yo
descubrí su poesía siendo muy
joven y aprendí en ella lo que
buscaba y me era necesario. Si
mi aprendizaje sentimental lo
hice en Juan Ramón Jiménez, el
moral lo ejercí con Cernuda,
además Cernuda escribió en
español. Pero no olvide Alvarado
que ambos escribieron textos
donde se hacen evidentes sus
personalidades y al leerlos
parece que los hubiésemos
conocido siempre. No es sólo sus
personales visiones del mundo,
sino que ellos son protagonistas
de su poesía. En eso son
novedosos también, por lo menos
para la poesía española, porque
en los griegos y latinos hay
evidencias de ello. Esa lección
me ha importado mucho e importa
en mi poesía y se percibe, como
bien puede percibirse en buena
parte de la obra de Jaime Gil de
Biedma.
Usted no fue un poeta social, y
sin embargo escribió algunos
poemas que incursionaban en el
tema, en ese espinoso asunto de
poesía y política, digamos En la
república de Platón y La muerte
de Sócrates…
Puede ser cierto que esos poemas
tengan algún cariz político, eso
lo dirán los lectores y algunos
lo han dicho, como usted mismo,
creo.
No soy un poeta social porque
para mí ésta tenía el
inconveniente de que formulaba
algo ya sabido de antemano. Y yo
concibo la poesía como
desvelamiento, como iluminación
o por lo menos, como revelación.
Lo que sí puede decirse es que
la poesía social representa
éticamente un movimiento de
solidaridad, pero en mi caso,
ésta se da con respecto al
hombre que ha existido y
existirá. No digo que no se
pueda hacer buena poesía
política, ejemplos sobran, pero
casi toda la que conozco tiene
para mí escaso interés y eso que
me considero lector sin
prejuicios. La poesía política o
de intención política tiene
muchos seguidores, pero creo que
les interesa más la política que
la poesía… Yo he escrito sí una
poesía que está atendiendo al
otro desde mí, entonces, el
conocimiento de la otredad es
constante. En ese sentido es una
poesía de solidaridad para con
el hombre.
Viéndole aquí en Elca, su casa,
donde ha escrito la mayor parte
de su poesía, siento que es
usted un solitario…
No necesariamente, quizás a
ratos, no me aburro, no tengo
tiempos muertos, siempre hago
algo, sólo cuando uno está
enfermo y con dolor sobra el
tiempo, pero puede ser también
cierto que la indiferencia cerca
hoy más a los poetas que antes,
el ruido y el brillo de las
vanidades es enorme,
ensordecedora y confusa, pero la
poesía y los poetas siguen
llegando a quienes la necesitan
y piden. Hoy más que nunca el
hombre y las mujeres solitarias
necesitan del poema y de los
poetas.
En sus poemas parece la vida
ausentarse, hay más carne que
espíritu...
Porque es elegíaca, una queja
más que una súplica porque la
vida es pérdida, porque amas
aquello que has perdido. Yo
exalto la vida porque
precisamente la vamos perdiendo,
porque solo vivimos cuando somos
felices, cuando estamos alegres,
y cuando llegan las ausencias,
cuando todo desaparece, celebro
lo perdido.
Amar el vivir, sentir y ver cómo
transcurre y se va, ver que para
unos hay gloria y para otros
nada, si uno de verdad ha amado,
tiene que ser elegíaco.
Insisto, más carne que amor, más
lubricidad que espíritu…
Es que me he enamorado pocas
veces, y de pronto he amado mas
en carne viva, y siendo el amor
tan positivo, tan importante,
doy mayor prestigio al segundo.
El goce de la carne es algo que
se nos da hasta cierta edad.
Entonces hay que agradecerlo y
procurar las ocasiones para
ello. No obstante, en mi poesía
el acto erótico se presenta de
un modo negativo, por aquella
visión del mundo que le he
mencionado, por el sentido de
despedida de la vida. Así el
acto erótico resulta en mi
poesía un acto de desposesión.
Volvamos entonces al tema de
vida y poesía…
Quien escribe no es el hombre es
el poeta. La existencia es una
cosa y la poesía otra. La poesía
es un arquetipo al que nos
asomamos y en el que aparece un
personaje que no tiene nuestro
rostro, pero que sabemos es
nosotros, pero con otro rostro.
La poesía descubre aspectos
oscuros y desconocidos en
nosotros y que sólo por el
procedimiento poético llegamos a
conocer. Por ello el personaje
que aparece en los textos no es
exactamente el que se refleja en
el espejo. La poesía no es una
biografía como tal. Es una
biografía potenciada y a veces,
sajada. Y entonces hay cosas que
no aparecen. Por eso le he dicho
que nunca he escrito desde la
alegría sino desde la pérdida.
Hay algo que he venido a
descubrir aquí en Elca, que
usted es aficionado a los toros
y al futbol, algo que me deja
estupefacto…
Las corridas de toros ahora son
muy malas porque no hay toros de
buena calidad. Pero las corridas
son un espectáculo
extraordinario, es un sacrificio
donde la razón, la sensibilidad
y el arte se enfrentan a una
fuerza noble e inocente pero
brutal, donde no media un
ensayo, un arquetipo, como
podría ser en el teatro o la
danza. Que es una fiesta
cruenta, qué duda cabe, pero es
acaso la vida del hombre mejor
que la del toro? Todos los que
defienden la vida del toro,
desde un punto de vista
ecologista, están deseando la
muerte del toro. El toro hubiese
desaparecido sin la fiesta. Para
carne, lo otro va mejor, cabe
más y tiene menos gastos.
Además, el toro lleva una vida
mejor que los bueyes que araban
y estaban condenados a la
esclavitud del trabajo. Son
libres y tienen 15 minutos de
tortura, quizá menos. Lo pasan
peor los que se hacen la cirugía
estética. La espada bien puesta
es sencillamente un infarto. Es
lo que yo deseo: una estocada y
caer. Y me gusta el fútbol
también. Pero el fútbol, a
diferencia de los toros, no es
arte. El mismo público en los
toros y en el fútbol no se
comporta igual. Los partidarios
de un torero ovacionan a otro si
lo hace bien. Eso es arte. En el
fútbol, el aficionado quiere que
gane su equipo, con la ayuda del
árbitro, con un penalti injusto,
como sea. Eso anula el arte.
¿Recuerda Paco, este poema?:
"En la noche más calma habita el
asco. / Y una navaja extiende su
única ala de ángel/desapacible,
de odio. /La belleza es un
vómito; la vida/se cumple en la
justicia de no amarla. /Mas los
niños, guardados de la noche,
/despertarán felices con el
sol./Contempla, en la ancha
calle, esas dos alas/que ahora
mueven la luz de la ciudad/y
hacen dichoso el aire./Vigila el
crecimiento: su belleza/lo aísla
en turbiedad. Quema el
misterio.../Deslumbran, en su
espalda, dos navajas."
Si, es de mi libro El otoño de
las rosas, el libro con el que
me siento más identificado y
cercano, quizás porque fue
escrito más cerca de mi edad
actual.
Valencia, Septiembre 24 de 2007.
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Gentileza:: Carlos Perez
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