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De Palabras, palabras,
palabras
Ana
Larravide
Día del idioma
Gabriel García Márquez, en
el Primer Congreso Internacional
de la Lengua, celebrado en
Zacatecas en 1997, dijo:
"Jubilemos la ortografía, el
terror del ser humano desde la
cuna". Esta frase todavía
retumba. Los amantes de la
etimología se abrazan a su
diccionario Corominas como a una
tabla de salvación, sin querer
renunciar a las raíces que todo
lo explican. Los tecleadores de
pecés presentan por su lado
otros argumentos. Entre unos y
otros, la lengua española corre,
se disfraza, se adapta, crece,
vive.
"¡Niños, dejen de hacer
zapeo...!" puede decir, hoy, un
padre a sus hijos. Sucede que la
Real Academia Española,
infatigable, atrapa y legaliza
–dándoles fe de bautismo–
palabras que describen el mundo
en que vivimos. Así nació
orbitar (que fue necesaria a
partir de los satélites
artificiales) o zapear
(incorporada al diccionario como
alternativa correcta, en
castellano, de hacer zapping).
Nunca como en esta época ha
habido tal diversidad de
actividades. Para nombrarlas
brotan nuevas palabras. O,
palabras ya en uso, toman nuevo
significado: verde, ya no es
sólo un color mezcla de azul y
de amarillo o sinónimo de
inmaduro sino un término
ecológico.
Investigaciones en distintos
campos producen palabras nuevas,
para designar nuevos hechos o
descubrimientos.
Hay grupos de personas que
manejan con fluidez palabras
incomprensibles para otros. Para
quienes usan computadoras, un
algoritmo es algo tan sencillo
como una receta para los
cocineros; y las benzodiazepinas
son tan conocidas para los
científicos que estudian los
vericuetos del sueño y la
memoria como la pínula para los
navegantes.
Cada uno maneja su dialecto
(electrónico, rockero, médico,
deportivo), pero cada vez es más
difícil comprender al mundo en
general: hay más palabras pero
menos intercomunicación.
Se está, en estos tiempos,
frente a dos grandes
–fascinantes– problemas: el de
la enorme oleada de
conocimiento, que cae sobre
nosotros como una catarata... y
las palabras necesarias para
transmitir ese conocimiento.
Antes
Tal vez al hombre primitivo le
alcanzaría un sólo tiempo verbal
(el imperativo) y media docena
de sonidos (¡cuidado!, fuego,
agua, ¡socorro!).
Hoy, en cualquier charla de
boliche, intercalamos: láser,
reciclaje, anorexia,
hipercalórico, microondas,
abandónico, postmoderno o
biodegradable.
Este malón verbal y su
consecuente necesidad de ser
escrito sin errores preocupó
siempre a educadores y poetas:
Juan Ramón Jiménez pretendió
despojar al castellano de la G
(empezó por sacrificar la de su
propio apellido) dado que la
jota le parecía suficiente, y
hasta más musical.
Domingo Faustino Sarmiento,
indiscutiblemente moderno,
propuso, en su Memoria
ortográfica: cambiar “y griega”
por "i", "ge" por "jota" en
todos los casos... Le bastaba
con una sola be para bibir y un
solo sonido “ese”, tanto para
silbido y soledad como para...
sapatos y caserolas.
Seguro que los alumnos de hoy,
que tantos tropiezos sufren con
la ortografía, cantarían con
mayor entusiasmo "padre del
aula, Sarmiento inmortal”... si
el padre del aula hubiera
triunfado en su intención de
simplificarles los dictados.
Ahora
Pero si bien ni Sarmiento ni
Jiménez fueron escuchados, la
fuerza de las cosas parece que
obligará a que sus sugerencias
se lleven a la práctica.
Tienen que ver con esto, ¡cuándo
no!, las computadoras: la
posibilidad de hablarles y que
éstas escriban el mensaje podía
darse si, para cada sonido,
encuentran un signo equivalente.
Pero la tarea se les volvería
imposible al tener que elegir
entre una profusión de eses,
zetas, bes y ves. De la hache,
ni hablar: ¡sería borrada del
mapa, y de los cuadernos!
Tal alivio ortográfico –que no
conocieron nuestros hijos– se
acerca a nuestros nietos.
¿Será más fácil?
¿Será mejor?
Personalmente, le tengo un
indestructible cariño a cada
letra y no renunciaría a
ninguna.
Déjenme por favor las eses en su
sitio, la zeta con su trazo
veloz, las eñes con su ola
marina a cuestas, y la ve,
victoriosa como la vida.
Que las palabras nos sigan
explicando lo que somos y lo que
hemos sido.
María Elena Walsh, cuando alguna
vez le hicieron la ingeniosa
pregunta: "¿Qué libro se
llevaría usted a una isla?",
contestó simplemente: "¡El
diccionario!"
Ana Larravide / Periodista
Edición 269 EAD/elarcadigital
http://www.elarcadigital.com.ar
Gentileza:: EAD - El Arca
Digital
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