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Espejos
Eduardo
Galeano
La Jornada de México
Capítulo con el cual da
inicio al libro Espejos
Después de cuatro años de
haber publicado Bocas del
tiempo, Eduardo Galeano regresa
en grande al mundo editorial con
Espejos: una historia casi
universal, cuyo lanzamiento por
el sello Siglo XXI ocurre hoy
martes 15 de abril, de manera
simultánea en Argentina, España
y México, tres de los puntos más
importantes, editorialmente
hablando, del mundo de habla
hispana. La historia de la
humanidad desde sus primeros
años hasta nuestros días,
contada a partir de hechos poco
conocidos, en voz de quienes no
usan coronas ni figuran en los
foros de Davos esplenden en las
páginas de este libro, del cual
hemos presentado a nuestros
lectores en las semanas
anteriores un par de fragmentos,
seleccionados por el propio
autor, colaborador de La
Jornada. Con autorización de la
editorial, ahora publicamos el
capítulo con el cual da inicio
este inventario general del
mundo, contado por un escritor
capaz de enlazar lo cotidiano,
lo poderoso y la denuncia con lo
más sencillo, el humor y la más
exquisita ironía Eduardo Galeano
Los espejos están llenos de
gente.
Los invisibles nos ven.
Los olvidados nos recuerdan.
Cuando nos vemos, los vemos.
Cuando nos vamos, ¿se van?
De deseo somos La vida, sin
nombre, sin memoria, estaba
sola. Tenía manos, pero no tenía
a quién tocar. Tenía boca, pero
no tenía con quién hablar. La
vida era una, y siendo una era
ninguna.
Entonces el deseo disparó su
arco. Y la flecha del deseo
partió la vida al medio, y la
vida fue dos.
Los dos se encontraron y se
rieron. Les daba risa verse, y
tocarse también.
Caminos de alta fiesta ¿Adán y
Eva eran negros?
En África empezó el viaje humano
en el mundo. Desde allí
emprendieron nuestros abuelos la
conquista del planeta. Los
diversos caminos fundaron los
diversos destinos, y el sol se
ocupó del reparto de los olores.
Ahora las mujeres y los hombres,
arcoiris de la tierra, tenemos
más colores que el arcoiris del
cielo; pero somos todos
africanos emigrados. Hasta los
blancos blanquísimos vienen del
África.
Quizá nos negamos a recordar
nuestro origen común porque el
racismo produce amnesia, o
porque nos resulta imposible
creer que en aquellos tiempos
remotos el mundo entero era
nuestro reino, inmenso mapa sin
fronteras, y nuestras piernas
eran el único pasaporte exigido.
El metelíos Estaban separados el
cielo y la tierra, el bien y el
mal, el nacimiento y la muerte.
El día y la noche no se
confundían y la mujer era mujer
y el hombre, hombre.
Pero Exû, el bandido errante, se
divertía, y se divierte todavía,
armando prohibidos revoltijos.
Sus diabluras borran las
fronteras y juntan lo que los
dioses habían separado. Por su
obra y gracia, el sol se vuelve
negro y la noche arde, y de los
poros de los hombres brotan
mujeres y las mujeres transpiran
hombres. Quien muere nace, quien
nace muere, y en todo lo creado
o por crear se mezclan el revés
y el derecho, hasta que ya no se
sabe quién es el mandante ni
quién el mandado, ni dónde está
el arriba, ni dónde el abajo.
Más tarde que temprano, el orden
divino restablece sus jerar-quías
y sus geografías, y pone cada
cosa en su lugar y a cada cual
en lo suyo; pero más temprano
que tarde reaparece la locura.
Entonces los dioses lamentan que
el mundo sea tan ingobernable.
Cavernas Las estalactitas
cuelgan del techo. Las
estalagmitas crecen desde el
suelo.
Todas son frágiles cristales,
nacidos de la transpiración de
la roca, en lo hondo de las
cavernas que el agua y el tiempo
han excavado en las montañas.
Las estalactitas y las
estalagmitas llevan miles de
años buscándose en la oscuridad,
gota tras gota, unas bajando,
otras subiendo.
Algunas demorarán un millón de
años en tocarse.
Apuro, no tienen.
Fundación del Fuego En la
escuela me enseñaron que en el
tiempo de las cavernas
descubrimos el fuego frotando
piedras o ramas.
Desde entonces, lo vengo
intentando. Nunca conseguí
arrancar ni una humilde
chispita.
Mi fracaso personal no me ha
impedido agradecer los favores
que el fuego nos hizo. Nos
defendió del frío y de las
bestias enemigas, nos cocinó la
comida, nos alumbró la noche y
nos invitó a sentarnos, juntos,
a su lado.
Fundación de la belleza Están
allí, pintadas en las paredes y
en los techos de las cavernas.
Estas figuras, bisontes, alces,
osos, caballos, águilas,
mujeres, hombres, no tienen
edad. Han nacido hace miles y
miles de años, pero nacen de
nuevo cada vez que alguien las
mira.
¿Cómo pudieron ellos, nuestros
remotos abuelos, pintar de tan
delicada manera? ¿Cómo pudieron
ellos, esos brutos que a mano
limpia peleaban contra las
bestias, crear figuras tan
llenas de gracia? ¿Cómo pudieron
ellos dibujar esas líneas
volanderas que escapan de la
roca y se van al aire? ¿Cómo
pudieron ellos...?
¿O eran ellas?
Verdores del Sáhara En Tassili y
otras comarcas del Sáhara, las
pinturas rupestres nos ofrecen,
desde hace unos seis mil años,
estilizadas imágenes de vacas,
toros, antílopes, jirafas,
rinocerontes, elefantes...
¿Esos animales eran pura
imaginación? ¿O bebían arena los
habitantes del desierto? ¿Y qué
comían? ¿Piedras?
El arte nos cuenta que el
desierto no era desierto. Sus
lagos parecían mares y sus
valles daban de pastar a los
animales que tiempo después
tuvieron que emigrar al sur, en
busca del verdor perdido.
¿Cómo pudimos?
Ser boca o ser bocado, cazador o
cazado. Ésa era la cuestión.
Merecíamos desprecio, o a lo
sumo lástima. En la intemperie
enemiga, nadie nos respetaba y
nadie nos temía. La noche y la
selva nos daban terror. Éramos
los bichos más vulnerables de la
zoología terrestre, cachorros
inútiles, adultos pocacosa, sin
garras, ni grandes colmillos, ni
patas veloces. Ni olfato largo.
Nuestra historia primera se nos
pierde en la neblina. Según
parece, estábamos dedicados no
más que a partir piedras y a
repartir garrotazos.
Pero uno bien puede preguntarse:
¿No habremos sido capaces de
sobrevivir, cuando sobrevivir
era imposible, porque supimos
defendernos juntos y compartir
la comida? Esta humanidad de
ahora, esta civilización del
sálvese quien pueda y cada cual
a lo suyo, ¿habría durado algo
más que un ratito en el mundo?
Edades Nos ocurre antes de
nacer. En nuestros cuerpos, que
empiezan a cobrar forma, aparece
algo parecido a las branquias y
también una especie de rabo.
Poco duran esos apéndices, que
asoman y caen.
Esas efímeras apariciones, ¿nos
cuentan que alguna vez fuimos
peces y alguna vez fuimos monos?
¿Peces lanzados a la conquista
de la tierra seca? ¿Monos que
abandonaron la selva o fueron
por ella abandonados?
Y el miedo que sentimos en la
infancia, miedo de todo, miedo
de nada, ¿nos cuenta que alguna
vez tuvimos miedo de ser
comidos? El terror a la
oscuridad y la angustia de la
soledad, ¿nos recuerdan aquel
antiguo desamparo?
Ya mayorcitos, los miedosos
metemos miedo. El cazado se ha
hecho cazador, el bocado es
boca. Los monstruos que ayer nos
acosaban son, hoy, nuestros
prisioneros. Habitan nuestros
zoológicos y decoran nuestras
banderas y nuestros himnos.
Eduardo Galeano Radar/Página12
de Argentina - 13 de abril de
2008 Diosas y reinas En su
próximo libro, Espejos. Una
historia casi universal, que
estará en la calle a mediados de
abril, Eduardo Galeano elabora
un inventario general de los
hitos y mitos de la historia de
los hombres, un repaso
caprichoso desde los orígenes
hasta hoy, sólo regido por la
mirada lírica y lúcida del
autor. Como anticipo, Radar
ofrece el capítulo dedicado a
las mujeres de la antigüedad y
la mitología, una suerte de
fundación del machismo.
Eduardo Galeano Hindúes Mitra,
madre del sol y del agua y de
todas las fuentes de la vida,
fue diosa desde que nació.
Cuando llegó a la India, desde
Babilonia o Persia, la diosa
tuvo que hacerse dios.
Unos cuantos añitos han pasado
desde la llegada de Mitra, y
todavía las mujeres no son muy
bienvenidas en la India. Hay
menos mujeres que hombres. En
algunas regiones, ocho por cada
diez hombres. Son muchas las que
no culminan el viaje, porque
mueren en el vientre de la
madre, y muchas más las que son
asfixiadas al nacer.
Más vale prevenir que curar, y
las hay muy peligrosas, según
advierte uno de los libros
sagrados de la tradición hindú:
Una mujer lasciva es el veneno,
es la serpiente y es la muerte,
todo en una.
También hay virtuosas, aunque
las buenas costumbres se están
perdiendo. La tradición manda
que las viudas se arrojen a la
hoguera donde arde el marido
muerto, pero ya quedan pocas
dispuestas a cumplir esa orden,
si es que alguna queda.
Durante siglos o milenios las
hubo, y muchas. En cambio, no se
conoce, ni se conoció nunca, en
toda la historia de la India,
ningún caso de un marido que se
haya zambullido en la pira de su
difunta mujer.
Egipcias Heródoto, venido de
Grecia, comprobó que el río y el
cielo de Egipto no se parecían a
ningún otro río ni a ningún otro
cielo, y lo mismo ocurría con
las costumbres. Gente rara, los
egipcios: amasaban la harina con
los pies y el barro con las
manos, y momificaban a sus gatos
muertos y los guardaban en
cámaras sagradas.
Pero lo que más llamaba la
atención era el lugar que las
mujeres ocupaban entre los
hombres. Ellas, fueran nobles o
plebeyas, se casaban libremente
y sin renunciar a sus nombres ni
a sus bienes. La educación, la
propiedad, el trabajo y la
herencia eran derechos de ellas,
y no sólo de ellos, y eran ellas
quienes hacían las compras en el
mercado mientras ellos estaban
tejiendo en casa. Según Heródoto,
que era bastante inventón, ellas
meaban de pie y ellos, de
rodillas.
Victorioso sol, luna vencida La
luna perdió la primera batalla
contra el sol cuando se difundió
la noticia de que no era el
viento quien embarazaba a las
mujeres.
Después, la historia trajo otras
tristes novedades:
la división del trabajo atribuyó
casi todas las tareas a las
hembras, para que los machos
pudiéramos dedicarnos al
exterminio mutuo; el derecho de
propiedad y el derecho de
herencia permitieron que ellas
fueran dueñas de nada; la
organización de la familia las
metió en la jaula del padre, el
marido y el hijo varón y se
consolidó el Estado, que era
como la familia pero más grande.
La luna compartió la caída de
sus hijas.
Lejos quedaron los tiempos en
que la luna de Egipto devoraba
el sol al anochecer y al
amanecer lo engendraba, la luna
de Irlanda sometía al sol
amenazándolo con la noche
perpetua y los reyes de Grecia y
Creta se disfrazaban de reinas,
con tetas de trapo, y en las
ceremonias sagradas enarbolaban
la luna como estandarte.
En Yucatán, la luna y el sol
habían vivido en matrimonio.
Cuando se peleaban, había
eclipse. Ella, la luna, era la
señora de los mares y de los
manantiales y la diosa de la
tierra. Con el paso de los
tiempos, perdió sus poderes.
Ahora sólo se ocupa de partos y
enfermedades.
En las costas del Perú, la
humillación tuvo fecha. Poco
antes de la invasión española,
en el año 1463, la luna del
reino chimú, la que más mandaba,
se rindió ante el ejército del
sol de los incas.
Hebreas Según el Antiguo
Testamento, las hijas de Eva
seguían sufriendo el castigo
divino.
Podían morir apedreadas las
adúlteras, las hechiceras y las
mujeres que no llegaran vírgenes
al matrimonio; marchaban a la
hoguera las que se prostituían
siendo hijas de sacerdotes y la
ley divina mandaba cortar la
mano de la mujer que agarrara a
un hombre por los huevos, aunque
fuera en defensa propia o en
defensa de su marido.
Durante cuarenta días quedaba
impura la mujer que paría hijo
varón. Ochenta días duraba su
suciedad, si era niña.
Impura era la mujer con
menstruación, por siete días y
sus noches, y trasmitía su
impureza a cualquiera que la
tocara o tocara la silla donde
se sentaba o el lecho donde
dormía.
Chinas Hace unos mil años, las
diosas chinas dejaron de ser
diosas.
El poder macho, que ya se había
impuesto en la tierra, estaba
poniendo orden también en los
cielos. La diosa Shi Hi fue
partida en dos dioses, y la
diosa Nu Gua fue degradada a la
categoría de mujer.
Shi Hi había sido la madre de
los soles y de las lunas. Ella
daba consuelo y alimento a sus
hijos y a sus hijas al cabo de
sus agotadores viajes a través
del día y de la noche. Cuando
fue dividida en Shi y en Hi,
dioses varones los dos, ella
dejó de ser ella, y desapareció.
Nu Gua no desapareció, pero se
redujo a mera mujer.
En otros tiempos, ella había
sido la fundadora de todo lo que
vive:
había cortado las patas de la
gran tortuga cósmica, para que
el mundo y el cielo tuvieran
columnas donde apoyarse, había
salvado al mundo de las
catástrofes del fuego y del
agua, había inventado el amor,
echada junto a su hermano tras
un alto abanico de hierbas y
había creado a los nobles y a
los plebeyos, amasando a los de
arriba con arcilla amarilla y a
los de abajo con barro del río.
Romanas Cicerón había explicado
que las mujeres debían estar
sometidas a guardianes
masculinos debido a la debilidad
de su intelecto.
Las romanas pasaban de manos de
varón a manos de varón. El padre
que casaba a su hija podía
cederla al marido en propiedad o
entregársela en préstamo. De
todos modos, lo que importaba
era la dote, el patrimonio, la
herencia: del placer se
encargaban las esclavas.
Los médicos romanos creían, como
Aristóteles, que las mujeres,
todas, patricias, plebeyas o
esclavas, tenían menos dientes y
menos cerebro que los hombres y
que en los días de menstruación
empañaban los espejos con un
velo rojizo.
Plinio el Viejo, la mayor
autoridad científica del
imperio, demostró que la mujer
menstruante agriaba el vino
nuevo, esterilizaba las
cosechas, secaba las semillas y
las frutas, mataba los injertos
de plantas y los enjambres de
abejas, herrumbraba el bronce y
volvía locos a los perros.
Mexicanas Tlazoltéotl, luna
mexicana, diosa de la noche
huasteca, pudo hacerse un
lugarcito en el panteón macho de
los aztecas.
Ella era la madre madrísima que
protegía a las paridas y a las
parteras y guiaba el viaje de
las semillas hacia las plantas.
Diosa del amor y también de la
basura, condenada a comer
mierda, encarnaba la fecundidad
y la lujuria.
Como Eva, como Pandora,
Tlazoltéotl tenía la culpa de la
perdición de los hombres; y las
mujeres que nacían en su día
vivían condenadas al placer.
Y cuando la tierra temblaba, por
vibración suave o terremoto
devastador, nadie dudaba:
–Es ella.
Griegas De un dolor de cabeza
puede nacer una diosa. Atenea
brotó de la dolida cabeza de su
padre, Zeus, que se abrió para
darle nacimiento. Ella fue
parida sin madre.
Tiempo después, su voto resultó
decisivo en el tribunal de los
dioses, cuando el Olimpo tuvo
que pronunciar una sentencia
difícil.
Para vengar a su papá, Electra y
su hermano Orestes habían
partido de un hachazo el
pescuezo de su mamá.
Las Furias acusaban. Exigían que
los asesinos fueran apedreados
hasta la muerte, porque es
sagrada la vida de una reina y
quien mata a la madre no tiene
perdón.
Apolo asumió la defensa. Sostuvo
que los acusados eran hijos de
madre indigna y que la
maternidad no tenía la menor
importancia. Una madre, afirmó
Apolo, no es más que el surco
inerte donde el hombre echa su
semilla.
De los trece dioses del jurado,
seis votaron por la condenación
y seis por la absolución.
Atenea decidía el desempate.
Ella votó contra la madre que no
tuvo y dio vida eterna al poder
macho en Atenas.
Eduardo Galeano Brecha de
Uruguay - 18 de abril de 2008 La
naturaleza no es muda El mundo
pinta naturalezas muertas,
sucumben los bosques naturales,
se derriten los polos, el aire
se hace irrespirable y el agua
intomable, se plastifican las
flores y la comida, y el cielo y
la tierra se vuelven locos de
remate.
Eduardo Galeano Y mientras todo
esto ocurre, un país
latinoamericano, Ecuador, está
discutiendo una nueva
Constitución. Y en esa
Constitución se abre la
posibilidad de reconocer, por
primera vez en la historia
universal, los derechos de la
naturaleza.
La naturaleza tiene mucho que
decir, y ya va siendo hora de
que nosotros, sus hijos, no
sigamos haciéndonos los sordos.
Y quizás hasta Dios escuche la
llamada que suena desde este
país andino, y agregue el
undécimo mandamiento que se le
había olvidado en las
instrucciones que nos dio desde
el monte Sinaí: "Amarás a la
naturaleza, de la que formas
parte".
Un objeto que quiere ser sujeto
Durante miles de años, casi toda
la gente tuvo el derecho de no
tener derechos.
En los hechos, no son pocos los
que siguen sin derechos, pero al
menos se reconoce, ahora, el
derecho de tenerlos; y eso es
bastante más que un gesto de
caridad de los amos del mundo
para consuelo de sus siervos.
¿Y la naturaleza? En cierto
modo, se podría decir, los
derechos humanos abarcan a la
naturaleza, porque ella no es
una tarjeta postal para ser
mirada desde afuera; pero bien
sabe la naturaleza que hasta las
mejores leyes humanas la tratan
como objeto de propiedad, y
nunca como sujeto de derecho.
Reducida a mera fuente de
recursos naturales y buenos
negocios, ella puede ser
legalmente malherida, y hasta
exterminada, sin que se escuchen
sus quejas y sin que las normas
jurídicas impidan la impunidad
de sus criminales. A lo sumo, en
el mejor de los casos, son las
víctimas humanas quienes pueden
exigir una indemnización más o
menos simbólica, y eso siempre
después de que el daño se ha
hecho, pero las leyes no evitan
ni detienen los atentados contra
la tierra, el agua o el aire.
Suena raro, ¿no? Esto de que la
naturaleza tenga derechos... Una
locura. ¡Como si la naturaleza
fuera persona! En cambio, suena
de lo más normal que las grandes
empresas de Estados Unidos
disfruten de derechos humanos.
En 1886, la Suprema Corte de
Estados Unidos, modelo de la
justicia universal, extendió los
derechos humanos a las
corporaciones privadas. La ley
les reconoció los mismos
derechos que a las personas,
derecho a la vida, a la libre
expresión, a la privacidad y a
todo lo demás, como si las
empresas respiraran. Más de 120
años han pasado y así sigue
siendo. A nadie le llama la
atención.
Gritos y susurros Nada tiene de
raro, ni de anormal, el proyecto
que quiere incorporar los
derechos de la naturaleza a la
nueva Constitución de Ecuador.
Este país ha sufrido numerosas
devastaciones a lo largo de su
historia. Por citar un solo
ejemplo, durante más de un
cuarto de siglo, hasta 1992, la
empresa petrolera Texaco vomitó
impunemente 18 mil millones de
galones de veneno sobre tierras,
ríos y gentes. Una vez cumplida
esta obra de beneficencia en la
Amazonia ecuatoriana, la empresa
nacida en Texas celebró
matrimonio con la Standard Oil.
Para entonces, la Standard Oil
de Rockefeller había pasado a
llamarse Chevron y estaba
dirigida por Condoleezza Rice.
Después un oleoducto trasladó a
Condoleezza hasta la Casa
Blanca, mientras la familia
Chevron-Texaco continuaba
contaminando el mundo.
Pero las heridas abiertas en el
cuerpo de Ecuador por la Texaco
y otras empresas no son la única
fuente de inspiración de esta
gran novedad jurídica que se
intenta llevar adelante. Además,
y no es lo de menos, la
reivindicación de la naturaleza
forma parte de un proceso de
recuperación de las más antiguas
tradiciones de Ecuador y de
América toda. Se propone que el
Estado reconozca y garantice el
derecho a mantener y regenerar
los ciclos vitales naturales, y
no es por casualidad que la
Asamblea Constituyente ha
empezado por identificar sus
objetivos de renacimiento
nacional con el ideal de vida
del sumak kausai. Eso significa,
en lengua quichua, vida
armoniosa: armonía entre
nosotros y armonía con la
naturaleza, que nos engendra,
nos alimenta y nos abriga y que
tiene vida propia, y valores
propios, más allá de nosotros.
Esas tradiciones siguen
milagrosamente vivas, a pesar de
la pesada herencia del racismo
que en Ecuador, como en toda
América, continúa mutilando la
realidad y la memoria. Y no son
sólo el patrimonio de su
numerosa población indígena, que
supo perpetuarlas a lo largo de
cinco siglos de prohibición y
desprecio. Pertenecen a todo el
país, y al mundo entero, estas
voces del pasado que ayudan a
adivinar otro futuro aposible.
Desde que la espada y la cruz
desembarcaron en tierras
americanas, la conquista europea
castigó la adoración de la
naturaleza, que era pecado de
idolatría, con penas de azote,
horca o fuego. La comunión entre
la naturaleza y la gente,
costumbre pagana, fue abolida en
nombre de Dios y después en
nombre de la civilización. En
toda América, y en el mundo,
seguimos pagando las
consecuencias de ese divorcio
obligatorio.
(En
Uruguay exclusivo para Brecha)
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