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Cuando París no era una
fiesta
Juan
Goytisolo
Publicado en Babelia, España
El Mayo francés
El escritor Juan Goytisolo
rememora su experiencia en París
y recuerda cómo la rebelión
acabó devorada por la rutina. Ni
la "liberación " del Gran Teatro
del Odeón, ni la del Palais de
l´Institute del Quai del Conti,
junto a Jean Genet y amigos,
logró borrar la idea de
disfrutar unas vacaciones en el
Midi. El movimiento
contestatario pierde fuerza y
aliento. La población parisiense
–después de dos semanas
inolvidables- partió masivamente
a respirar el aire del campo.
Embriagados de palabras, la
mejor y más bella forma de
embriaguez, el Mayo francés
simplemente sucedió.
Francia se aburre". La frase,
formulada en vísperas del mítico
Mayo Francés, adquirió
celebridad posterior por su
índole involuntariamente
adivina. Su autor tenía razón.
Los jóvenes y menos jóvenes nos
aburríamos y, tal vez por eso,
Monique Lange y yo nos fuimos a
pasar unas vacaciones en el Midi.
Apenas habíamos tenido tiempo de
tomar el sol y de bañarnos,
cuando escuchamos por la radio
las primeras noticias de la
rebelión estudiantil:
manifestaciones callejeras,
choques con las Compañías
Republicanas de Seguridad,
ocupación de La Sorbona y
Censier, barricadas. Las
imágenes reproducidas por la
televisión y la lectura de la
prensa nos decidieron a
regresar. No queríamos perdernos
lo que respondía a nuestros
sueños y colmaba nuestras
aspiraciones. La conjunción de
Marx y Rimbaud parecía
concretarse al fin. La política
tradicional se abría a nuevos
ámbitos: los de los deseos
reprimidos, la utopía y la
imaginación, de la invención y
exigencia de nuevas y más
amplias libertades.
Desde nuestro regreso a París,
nos pusimos en contacto con Jean
Genet. Los acontecimientos le
habían devuelto toda su
combatividad y energía. Le
acompañamos a La Sorbona
liberada por los estudiantes y
su intervención mordaz en una
asamblea improvisada arrancó un
aplauso cerrado de los
asistentes. Un tanto abrumado e
inquieto por el éxito de sus
palabras -estaba habituado, me
dijo, a los silbidos e
insultos-, propuso que fuéramos
a Billancourt. Contrastando con
la agitación del Quartier Latin,
comprobamos que reinaba la calma
en las fábricas. Pues, mientras
Mendès-France apoyaba el
movimiento de los jóvenes, el PC
se mantenía en unas posiciones
que juzgábamos reformistas y
limitaba sus reivindicaciones al
ámbito laboral.
El domicilio de Monique en la
Rue Poissionière, contiguo al
cine Rex y a un centenar de
metros de L'Humanité, es el
punto neurálgico de
manifestaciones opuestas: la de
los estudiantes y grupos
libertarios que silban y vocean
consignas contra el órgano
oficial del Partido Comunista, y
la de los representantes de la
derecha pura y dura, movilizados
contra "la marea roja". Los unos
gritan "De Gaulle, dimisión" y
repudian la línea timorata y
acomodaticia del partido. Los
otros agitan banderas tricolores
y denuncian la mano de Moscú. Un
día, la cohorte patriótica,
rechazada por una carga
policial, se reagrupa al pie de
nuestro inmueble. Como escribí
en el capítulo titulado 'El
territorio del poeta', en En los
reinos de Taifa, Genet
-estábamos almorzando- agarra la
sopera y trata de arrojarla por
la ventana a los manifestantes.
Monique se la arrebata de las
manos: ¡es de la vecina! Él coge
entonces un plato, que va a
estrellarse contra la boina, el
cráneo, de un individuo de una
cincuentena de años que parece
un miembro de L'Action Française
inventado por Buñuel. La frente
le sangra ligeramente mientras
mira hacia arriba al genio
encolerizado que le insulta. "Grossier
personnage!", se limita a decir.
La portera ha tenido la
precaución de cerrar la entrada
del edificio y los manifestantes
se olvidan del increpador.
Entre tanto las noticias
eufóricas se multiplican: la
"liberación" del Gran Teatro del
Odéon, convertido en un foro de
discusión abierto a todas las
corrientes de la izquierda; la
del Colegio de España en la
Ciudad Universitaria, en la que
participó, según creo, Fernando
Arrabal. Con Genet y un grupo de
amigos, proponemos la del Palais
de l'Institut del Quai de Conti.
Nuestro razonamiento es el
siguiente: los pilares del
Estado burgués son el Ministerio
del Interior, el Banco de
Francia y la Academia Francesa.
Ante la imposibilidad de
liberar/ocupar los dos primeros,
fuertemente protegidos por la
policía, nos queda la tercera
opción: irrumpir en aquélla,
reunir en sus salones a todos
los mendigos y borrachos del
barrio, revestirlos solemnemente
con el uniforme de los
inmortales y desacralizar para
siempre a la gloriosa
institución. Pero nuestro poder
de convocatoria es mínimo y los
obstáculos se acumulan. El
Quartier Latin es escenario de
enfrentamientos cada vez más
duros, la consigna es ir a las
barricadas. Se habla de decenas
de heridos (los hubo) e incluso
de muertos (algo desmentido
luego), lo que no obsta para que
la multitud marche al grito de
"¡De Gaulle, asesino!".
Mientras las manifestaciones se
suceden en los bulevares, un
amigo del editor Frédéric Ditis
nos informa de la ocupación del
vecino Conservatorio de Música.
Monique y yo acudimos allí para
encontrarnos con una
miniasamblea de gasolinas -el
primer movimiento de liberación
homosexual europeo, anterior a
la identidad gay neoyorquina-
que, un par de días después,
desfilará por el bulevar de
Belleville con atuendos
provocativos, al grito de "nous
sommes tous des enculés", entre
su regocijo y los aplausos de la
población inmigrante.
París es una fiesta muy distinta
de la que celebró Hemingway. Los
enfrentamientos con las fuerzas
del orden se suceden noche tras
noche y todos, menos los
atemorizados burgueses, nos
sentimos vagamente
conspiradores. Recuerdo una
reunión con el núcleo de
escritores de la Rue Saint-Benoîs:
Marguerite Duras, Mascolo,
Blanchot, Edgar Morin, Robert
Antelme. Se habló de crear
nuevos espacios de desalienación:
libertad sexual, crítica del
consumismo y de la consideración
de la industria como máximo
agente de la liberación del ser
humano, busca de alternativas de
trabajo creativo y no enajenado;
de actuar desde la periferia del
sistema, como una fuerza
centrífuga, a fin de poner en
tela de juicio los consabidos
criterios de normatividad. En
corto, de desvelar, a partir de
la propia experiencia
individual, los mecanismos de
opresión de los demás y de
forjar así una estrategia global
común a todos los marginados por
razones de sexo, raza, clase
social, nacionalidad, religión,
lengua, cultura, etcétera. Nos
embriagamos de palabras, la
mejor y más bella forma de
embriaguez.
Pero el movimiento contestatario
pierde fuerza y aliento, la
exaltación cede paulatinamente
paso a un cansancio general que
propicia la negociación entre el
poder y los partidos de
izquierda y los sindicatos.
Recupero algunas imágenes
dispersas, pero indicativas del
descenso de nivel de las aguas:
la behetría y el desmadre
creados por la liberación del
Colegio de España, cuya
dirección, ofrecida en una
posterior llamada telefónica,
tuve el buen criterio de
rehusar; la cola de inmigrantes
españoles a la puerta de una
entidad bancaria de la avenida
de la Ópera que corrían a
retirar sus ahorros ante el
rumor de la inminente
devaluación de la moneda
francesa; la expresión ceñuda de
un compatriota, peluquero de mi
barrio, en respuesta a los
insultos al general De Gaulle:
"¡No sería nuestro Franco quien
se dejaría insultar así!". El
más negro pesimismo me invade:
¿tenía cura la fatal Península?
Me identifico ya, sin saberlo,
con el mítico conde don Julián y
el Juan Sin Tierra de mi
admirado Blanco White.
Firmados los acuerdos sindicales
con el Gobierno y restablecidos
el orden y la distribución de
combustible para los
automóviles, la población
parisiense, en plena resaca de
aquellas dos semanas
inolvidables, partió masivamente
a respirar el aire del campo.
Como decía un locutor de voz
optimista y tranquilizadora,
"después de estos días de
agitación y de ansiedad, c'est
la détente!". Unas horas más
tarde, un comunicado de la
Dirección General de Tráfico
anunciaba la cifra provisional
de una veintena de muertos en
las carreteras. ¡Una estadística
insignificante en medio de la
dicha general creada por el
retorno a la normalidad!
Juan Goytisolo / Escritor y
periodista
Publicado en Babelia, España
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Edición 269 EAD/elarcadigital
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