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Ciencia, religión y Estado
Hilario
Wynarczyk
"El legado de Darwin", John
Dupré y su razón atea de la
biología.
Hilario Wynarczyk
Miembro fundador del CALIR,
Consejo Argentino Libertad
Religiosa. Asesor de la
Secretaría de Culto entre
1999-2001. Miembro de RELEP, Red
Latinoamericana de Estudios
Pentecostales, y ACSRMS,
Asociación de Cientistas
Sociales de la Religión en el
Mercosur.
Razones en contra del ateísmo
militante
El antiguo debate entre la
racionalidad científica y la
creencia religiosa ha cobrado
una sorprendente expansión que
sobrepasa los medios
intelectuales. En Europa la
polémica tomó estado público a
través de carteleras
publicitarias y anuncios en los
medios de transporte, donde
tanto se “vende” a Dios y
Jesucristo, como se sostiene la
inexistencia de “seres
superiores” o bien, premios y
castigos luego de la vida
humana. Los mensajes, desde
ambas posiciones, han mantenido
un respetuoso equilibro. En esta
nota, un especialista desde el
costado de la religiosidad,
aborda la polémica.
Barcelona: "Probablemente Dios
no
existe, deja de preocuparte y
disfruta la vida". Una vasta
producción de literatura de
ateísmo militante circula en
estos días. Particularmente
provocativa es la pieza de
Odifreddi, “Por qué no podemos
ser cristianos”. Pero otras son
igualmente notables: Dupré, “El
legado de Darwin”; Onfray,
“Tratado de ateología”; Dawkins,
“El espejismo de Dios”, “Los
enemigos de la razón”; Hitchens,
“Dios no es bueno”; Harris, “The
end of faith”.
Mientras tanto, los carteles a
favor del ateísmo en los medios
de transporte público de
Londres, y a favor del ateísmo y
a favor de Jesucristo en los de
Barcelona, Málaga y Madrid,
completan el fenómeno, que del
campo intelectual pasa a las
calles de un modo pintoresco.
Además, en España, algunas
personas hacen públicas
manifestaciones de apostasía. La
apostasía pasa a ser un ritual
de contra-bautismo.
Un punto básico en las
argumentaciones académicas a
favor del ateísmo, es el
contraste entre la razón
científica y la oscuridad de la
religión, con lo cual pareciera
que todo se redujese a un
problema cognitivo. Es cierto
que enfrentada a un fenómeno, la
ciencia, con su luz, lo
describe, enuncia conceptos que
lo explican, y verifica la
validez de los conceptos en
términos por todos aceptados.
Esto es una verdad, en un
sentido diferente de lo que
significa la verdad en el plano
ético y religioso.
A partir de la fuerza del
método, la ciencia genera un
instrumental cuyos usos dependen
de la política. De igual modo,
la elección personal de carreras
científicas depende de
cuestiones no científicas. La
ciencia no puede brindarle
significado y propósito a la
existencia, salvo a la de
aquellas personas que la asumen
como vocación; ni responder a
los dilemas éticos de la
sexualidad, la bioética o la
guerra.
Pero la gente busca
perspectivas. Y las encuentra en
la fábrica de la religión, las
especulaciones filosóficas o las
ideologías políticas. Y también
en los ejemplos ajenos, los
fracasos, triunfos y emociones.
Por eso es imposible y
no-científico pretender
desterrar la religión: porque
aporta marcos ideacionales a la
existencia, que por sí sola no
dice nada al respecto, o dice
poco.
En el fondo el discurso ateo
pareciera surgir de la
indignación: en los discursos
religiosos también las mentes
criminales, los sistemas
autoritarios y los marcos de
exclusión, encuentran sentido,
propósito y legitimidad, a raíz
de lo cual cabría pensar que “el
mundo sería más pacífico si
fuéramos todos ateos” (Saramago,
Buenos Aires, Revista de Cultura
Ñ, edición 269). Entonces, es en
la política donde se localizan
las consecuencias negativas más
importantes de las religiones.
La solución del problema –
parcial, difícil y básicamente
occidental –, podría encontrarse
en la separación entre las
esferas de Estado y la religión,
el respeto a la libertad
religiosa y de conciencia, y la
afirmación jurídica de la
igualdad entre las religiones.
No en el ateísmo, que, probado
por algunos Estados, no produjo
lideratos más misericordiosos.
Ciencia y lectura religiosa del
universo físico
Por otra parte, la relación
entre ciencia y religión no
tiene una forma antagónica
radical y permanente como podría
inferirse a partir del punto de
vista de John Dupré y su razón
atea de la biología (Dupré, “El
legado de Darwin”). Pues el
monoteísmo creó las condiciones
de posibilidad para un tipo de
pensamiento científico acerca de
la realidad física del mundo, a
partir de la razón religiosa del
cosmos.
El Antiguo Testamento produce
una desclasificación parcial de
la realidad como zona de la
potencia sagrada y campo de
fenómenos regidos por fuerzas de
tipo espiritual. La ética
permanece entonces incluida en
el dominio sobrenatural, pero
los astros (dioses para los
paganos) son “lumbreras” que
marcan las estaciones y los
ciclos productivos, en última
instancia los datos más
relevantes para la economía
agraria.
La naturaleza de nuestro planeta
(que por entonces, no era un
“planeta”), queda delegada por
el Creador al señorío de los
humanos. La idolatría como el
animismo, quedan clasificados en
la zona del mal; con lo cual la
desclasificación parcial del
cosmos como sistema religioso
tiene también consecuencias
políticas, porque justifica las
guerras “culturales”. Así la
naturaleza adquiere, por vía de
hecho, una autonomía funcional
que permitiría estudiarla fuera
de la religión, gracias al libro
que constituye la raíz de la
religión monoteísta de
Occidente. La realidad percibida
como un grandioso cosmos expresa
la magnificencia del Creador,
concepto que está claro en los
Salmos.
Sin embargo en el contexto
cristiano el tema de la ciencia
dio lugar a contradicciones
desde los albores de la
Modernidad en el ambiente
europeo y norteamericano,
contradicciones que reflejaban
de algún modo las que existían
entre el escolasticismo y el
utilitarismo. En el siglo XVII,
el puritanismo inglés apoyó el
avance de las ciencias que
estudiaban la naturaleza en
forma sistemática, racional y
empírica, para glorificar al
Creador en sus obras y “aliviar
el estado del hombre” (Merton,
“Teoría y estructura sociales”,
1949).
Sin dudas el trasfondo era un
mundo supuestamente corrompido
por el misterio de la Caída.
Estos puritanos fundaron la
Royal Society, la primera
sociedad científica, con sede en
Londres. Quizás algunos de ellos
hayan sido deístas que se
encuadraban a sí mismos en el
sistema de valores puritanos,
pero no dejaban de estar
imbuidos de creencias religiosas
y de buscar “los caminos de la
ciencia hacia Dios”.
No dejaría de ser esto un modo
de percepción de la realidad
afín con la que expresan los
Salmos acerca de la
magnificencia del Creador
expuesta por medio de su obra
ante el entendimiento de las
personas. En Francia y Alemania,
unos fenómenos culturales
parecidos ponían de manifiesto
la convergencia sobre el punto
de vista racionalista y
práctico-utilitarista, al mismo
tiempo que una oposición a la
herencia del bagaje intelectual
basado en Aristóteles y
construido como el gran edificio
de la escolástica.
*Publicado en Ecupres. Agencia
de Noticias Prensa Ecuménica
"El legado de Darwin", John
Dupré y su razón atea de la
biología.
Hilario Wynarczyk / Doctor en
sociología
Miembro fundador del CALIR,
Consejo Argentino Libertad
Religiosa. Asesor de la
Secretaría de Culto entre
1999-2001. Miembro de RELEP, Red
Latinoamericana de Estudios
Pentecostales, y ACSRMS,
Asociación de Cientistas
Sociales de la Religión en el
Mercosur.
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Gentileza:: ead / El Arca
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